En septiembre... que no empiecen las clases
Por Albert García (@algoliver). Los ataques a la educación se han ido sucediendo sin tregua a lo largo de este curso, y cada vez con mayor intensidad. El tijeretazo en los presupuestos en educación ha afectado a toda la comunidad educativa, ya sean guarderías, primaria, secundaria o educación superior, ya sean trabajadores o estudiantes: despidos, aumento de las horas de trabajo, reducción del salario y cierre de plazas de interinaje y de profesorado asociado. Masificación de las aulas, devaluación de las condiciones de estudio y elitización de la educación (lo que significa, en palabras del ministro Wert, que “no todo el mundo debería poder estudiar”), materializado en el Real decreto ley 14/2012 y el brutal aumento del 66% del precio de las matrículas de universidad así como, en el caso de Catalunya, en la aplicación de una matrícula para la Formación Profesional.
Cada día está más claro que el gobierno central del PP y todos los gobiernos autonómicos sin excepción están utilizando la crisis a la que nos han conducido los banqueros y los grandes empresarios para hacer algo que llevaban mucho tiempo esperando: aumentar la explotación de la gente trabajadora y convertir la sanidad y la educación en un negocio. Sin embargo, este proceso de precarización, privatización y elitización de la educación, que hunde sus raíces en los dogmas neoliberales que empezaron a aplicarse antes de la crisis, ha empezado a encontrarse una seria resistencia.
Durante este curso la educación ha sido uno de los sectores más movilizados y en lucha a lo largo de todo el Estado, aunque de una forma muy marcada por los ritmos locales y las reivindicaciones sectoriales, y sin ningún tipo de coordinación entre ellos. El curso comenzó viendo cómo asambleas masivas de profesores de instituto en Madrid decidían sobrepasar a las burocracias sindicales e ir a tres días de huelga en lugar de uno, generando una multitudinaria “Marea Verde” del profesorado, estudiantes, AMPAs y movimientos sociales que tomaban las calles y bebía de las formas y expresiones del movimiento 15M. La Marea retrocedía en octubre al tiempo que resurgía un movimiento unitario en las universidades de Barcelona capaz de convocar dos huelgas generales de estudiantes, PAS y PDI el 17 de noviembre y el 29 de febrero. También en febrero la primavera valenciana, protagonizada por estudiantes de instituto, era fuertemente reprimida y levantaba un espontáneo movimiento de solidaridad.
Oleada de protestas
Pero no ha sido hasta finales de curso que una verdadera oleada de protestas ha sacudido los centros y los campus, ajustando los ritmos y presentando un enemigo cada vez más común: el PP y su Real Decreto ley 14/2012. El sector educativo del País Valencià convocó seis días de huelga intermitente. También en Andalucía, y concretamente en la Universidad de Sevilla, la situación ha cambiado drásticamente: asambleas masivas en cada facultad decidieron un parón académico de dos semanas y mantienen un encierro en el Rectorado al cierre de esta edición. Este ejemplo llevó en Barcelona a que en campus poco movilizados durante el curso, como Mundet UB o Arquitectura UPC, surgiera de forma espontánea un movimiento de base a favor de la huelga continuada, con asambleas multitudinarias y cientos de personas organizando actividades, pasa-clases, charlas, acciones y, sobre todo, discutiendo y politizándose.
La huelga estatal de educación del 22 de mayo, aunque seguramente ha llegado tarde, ha sido la punta del iceberg de estas luchas: por un lado, porque es la primera vez que se convoca en la historia de la “democracia” y marca un precedente de cara a las luchas futuras; por el otro, porque pese a que a nivel de huelga no fue superior al 29 de marzo, fueron cientos de miles de personas las que salieron a las calles, desde Sevilla a Mallorca, desde Barcelona a Vigo, pasando por Madrid, Iruñea o Valencia.
¿Y ahora qué?
La oleada de protestas y la reaparición de un movimiento estudiantil y de trabajadores, con asambleas de miles de personas en los centros, movilizaciones masivas y, sobre todo, presente en todos los frentes de la educación y en varios focos a nivel estatal, es una de las respuestas más serias actualmente contra los ataques de la clase dirigente y contiene un potencial enorme. No sería la primera vez que la juventud, organizada en las universidades y en los institutos, junto con los trabajadores y trabajadoras de educación, es capaz de contagiar al resto de la sociedad e invertir la relación de fuerzas. Pero para ello necesitamos aprender de las experiencias pasadas y de otros lugares, como el movimiento estudiantil en Chile; las más de 14 semanas de huelga indefinida que ahora mismo está protagonizando el estudiantado de Québec; o el ejemplo de la UNAM en México, donde las clases no comenzaron en septiembre frente a la aplicación de una subida de tasas.


















