Elecciones en Francia: Lectura a medio camino

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Por Isaac Salinas. La primera ronda de las elecciones en Francia del pasado 22 de abril dejó tras de sí importantes consecuencias. Por ejemplo, el nerviosismo de Angela Merkel ante la inminente victoria electoral de François Hollande (Parti Socialiste) y su apuesta por relajar las políticas de ‘disciplina presupuestaria’ (es decir, austeridad) que impone el gobierno alemán en la eurozona para frenar el déficit público. En gran medida, la campaña electoral de Hollande se está basando en cuestionar que las reformas estructurales del mercado de trabajo promovidas hasta ahora por Merkel y Draghi (presidente del Banco Central Europeo) basadas en facilitar el despido, aumentar la edad de jubilación o reducir salarios puedan contribuir realmente a salir de la crisis.

Pero Hollande no es un antineoliberal. Ni siquiera está contra la austeridad. Simplemente se desmarca un poco de la línea más dura de Merkel, para anunciar que él implementará “austeridad de izquierdas”. Ni que decir tiene, a nadie que se considere realmente de izquierdas puede tranquilizar ese anuncio.

A fin de cuentas, Hollande, igual que Merkel y toda la clase dirigente en Europa, persigue a toda costa el retorno al crecimiento del PIB, por encima del bienestar social. Solo que se inclina un poco más por Keynes que por Friedman; en lugar de la más descarnada austeridad, apuesta más por el estímulo fiscal y otorgar al BCE un papel más activo que incluya la emisión de eurobonos, recetas que están ganando la simpatía de Draghi y otros dirigentes europeos.

Merkel no lo tiene fácil: a la más que probable derrota de Sarkozy se suma la dimisión de Mark Rutte en Holanda –otro de sus principales socios– tras no haber alcanzado un acuerdo con los fascistas de Geert Wilders sobre los nuevos recortes en ese país –está claro que la oposición antieuropeísta de Wilders a los recortes y su llamado a no dejar “sangrar a nuestros pensionistas por los dictados de Bruselas” nada tiene que ver con la oposición de izquierdas a la austeridad: nosotras queremos mejorar las condiciones de vida de las trabajadoras y hacer que la crisis la paguen los ricos; los fascistas quieren otra cosa.

El nuevo gobierno holandés, igual que Hollande, quiere renegociar el pacto fiscal (que, entre otras cosas, limita el déficit estructural anual al 0,5 % del PIB) firmado por 25 jefes de gobierno y refutado ya por algunos parlamentos, como los de Grecia, Portugal y el Estado español. Un momento: ¿Francia y Holanda contra Alemania? Merkel debe tener pesadillas con el “No” a la constitución europea de los referéndums de 2005 en esos países.

Holanda no es el único país europeo donde la austeridad se ha cobrado un gobierno. Tenemos la experiencia de Grecia e Italia, con la imposición de gobiernos tecnócratas. Y ahora también Rumanía, donde también se había constituido un gobierno tecnócrata que ha caído tan sólo dos meses después, tras no superar la moción de censura sobre los recortes presupuestarios. En la Rep. Checa, el gobierno también está luchando por su supervivencia. Asimismo, en Gran Bretaña los tories (conservadores) afrontan serias dificultades para imponer más recortes y privatizaciones. A todo ello se suma el aumento de la prima de riesgo y la bajada que ha hecho Standard and Poor’s de la calificación de la deuda en el Estado español, para poner aún más en evidencia que la austeridad está creando fuertes inestabilidades políticas y dinamitando las posibilidades de recuperación económica.

A pesar de todo, Merkel se muestra tajante. “No es renegociable”, ha dicho en relación al pacto fiscal. Aunque otros se muestran convencidos de que la canciller acabará aceptando el pacto de crecimiento que propone Hollande. En cualquier caso, la hipotética victoria de Hollande y la consecuente disolución de la sociedad ‘Merkozy’ –hasta tal punto había llegado la alianza entre Merkel y Sarkozy– puede amenazar el papel dirigente de la canciller alemana en Europa. Si tomamos en serio las palabras Hollande, Merkel tiene motivos para inquietarse: “Alemania no decide por toda Europa”. De la mano del candidato del PS, otros dirigentes podrían animarse a desmarcarse, aunque sea ligeramente, de las directrices de Alemania. Gracias a la presión social desde abajo y las movilizaciones en aumento, cada vez son más los dirigentes europeos que señalan que la austeridad está conduciendo a una situación más desesperada, como muestra especialmente el desempleo en aumento –en el Estado español ya vamos por el 25% y subiendo.

Pero ¿hasta qué punto la victoria de Hollande supondría un punto de inflexión en la eurozona? ¿Pasaría el crecimiento económico a ser la prioridad de la clase dirigente, por encima de la austeridad? No lo sabemos. Lo que sí sabemos, por una parte, es que no podemos confiar en que ningún dirigente europeo vaya a desafiar con todas las consecuencias el pacto fiscal, convertido en objeto simbólico de disputa. No olvidemos que el pasado mes de diciembre se aprobaron nuevas leyes que refuerzan a la Comisión Europea como garante del rigor presupuestario y fiscal, contemplando sanciones automáticas para quienes sobrepasen el 3% que fija el Pacto de Estabilidad y Crecimiento a finales de 2013. Ni Hollande ni ningún otro dirigente en Europa habla de echar atrás esa nueva legislación. No es casualidad, cuando los datos más recientes indican que la deuda pública media de los 17 países de la eurozona ha ascendido el último año al 87,2% del PIB, la cifra más alta desde la creación del euro el año 1999.

Por otra parte, la vuelta al crecimiento económico en términos capitalistas es una falsa salida a la crisis. Y no solo porque no solucionará el problema del déficit y la deuda. La situación actual de deterioro social y medioambiental nos obliga a replantear el funcionamiento del sistema por completo. Y esto incluye acabar con el dogma del crecimiento capitalista.

Mélénchon

Por eso, Hollande y el social liberalismo no constituyen una alternativa. Mélénchon y su Front de Gauche, en cambio, sí que han logrado erigirse como una alternativa electoral de izquierda. Mélénchon, antiguo ministro del PS, está centrando su campaña en un ataque frontal a las políticas de austeridad, una apuesta por la redistribución de la riqueza y una renovación ecológica. Un resultado del 11,7% de los votos para el Front de Gauche, aunque se sitúa por detrás del 12-15% pronosticado, no es nada desestimable. Más importante aún: esa cifra no refleja el amplio apoyo social de sus propuestas. Así se explica su auge desde el 5% pronosticado a principio de campaña.

En perspectiva, el Front de Gauche ha superado los resultados electorales de la izquierda radical en 2007, en un contexto adverso tras las derrotas de las luchas obreras en los últimos años –especialmente remarcable en este sentido fueron las protestas contra la reforma de las pensiones.

No podemos obviar las diferencias ideológicas de una organización como En lucha respecto a Mélénchon, indudablemente más a la derecha que Poutou del NPA (que fracasa estrepitosamente con un resultado del 1,2%, como era de esperar tras la crisis que arrastra el NPA los últimos años1) o las candidaturas anteriores de Besancenot, Laguiller o Bové. El discurso de Mélénchon se apoya en un fuerte republicanismo nacional, un énfasis en las soluciones institucionales y el cambio desde arriba en lugar de la autoorganización –por no hablar de su apoyo a la intervención militar de la OTAN en Libia o a la prohibición del velo.

Sin embargo, igual de errado sería obviar su contribución a la izquierda. El ex ministro del PS ha hablado durante la campaña de hacer desfilar al ejército junto a la población como ‘aviso’ a las instituciones europeas de que con la soberanía nacional de Francia no se juega; ha sacudido a la clase capitalista al referirse al presidente de la confederación empresarial francesa MEDEF como el “heredero del Terror”; ha amenazado con subir el nivel de impuestos a las grandes fortunas hasta el 100% para combatir la pobreza y la acumulación de riqueza en pocas manos; ha sido el único político que salió en contra de Le Pen, al defender a la población musulmana contra el racismo; etc.

Le Pen

Porque Marine Le Pen y el ascenso fulminante de los fascistas del Front Nacional (FN) es la otra cara de la moneda. Sin duda, los 6,4 millones de votos obtenidos por el FN (el 18%, por encima del 15% de tope que pronosticaban los sondeos) es lo más relevante y a la vez más preocupante del resultado de la primera ronda electoral.

¿Cómo se entiende este auge del FN? Por una parte, la obsesión de Sarkozy con el tema de la “identidad nacional” y el discurso racista del que ha hecho gala durante sus cinco años de mandato han contribuido a la normalización de fuertes clichés contra la inmigración árabe y roma –las cuotas para inmigrantes “ilegales”, los códigos de vestimenta o las agresiones a campamentos de gitanos dan buena cuenta de ello. Así, el FN se está viendo ahora en una posición inmejorable para explotar el clima de islamofobia entre una parte de la sociedad fruto de las campañas de desprestigio de la población musulmana.

También es cierto que la figura de Marine Le Pen ha contribuido a otorgar a los fascistas una apariencia más respetable, abandonando en su discurso las referencias que hacía su padre Jean-Marie al holocausto y a la ‘superioridad racial’. Marine pone más el foco en la ‘casta política’ y está sabiendo canalizar parte del descontento popular con la clase dirigente francesa y europea, en un contexto de fuerte deslegitimación de las instituciones europeas debido a la crisis en la eurozona. Su discurso incendiario vincula a esa ‘casta política’ con la globalización, la Unión Europea, la desindustrialización y el paro contra la inmigración y los trabajadores organizados. Ahí reside su capacidad de movilizar el voto protesta, especialmente en las zonas rurales (en París solo ha obtenido el 6%). Pero su columna vertebral es la pequeña burguesía. No son tantas, pues, las diferencias entre Marine Le Pen y los nazis.

Por otra parte, no podemos ignorar la responsabilidad de la izquierda radical en Francia y su fracaso a la hora de organizar la oposición de base a los fascistas desde 2002. En los años 90, hubo grandes movilizaciones antifascistas que lograron bloquear actos del FN, lo que provocó divisiones internas entre los fascistas. Sin embargo, en los últimos diez años no se han consolidado en Francia alianzas como Unite Against Fascism en Gran Bretaña o Dresden Nazifrei en Alemania, redes de activistas lo suficientemente amplias y fuertes como para parar los pies a los fascistas.

Segunda vuelta

Consciente del apoyo electoral que ha recibido Marine Le Pen y de la ventaja que le lleva Hollande (las encuestas de opinión lo sitúan cerca de 10 puntos por encima), Sarkozy mira ahora descaradamente hacia su derecha en un intento de ganarse a los electores del FN e intentar ganar el pulso a Hollande en la segunda vuelta, el 6 de mayo. “Hay que respetar a los votantes del FN”, dijo Sarkozy. “Han expresado su opinión. El suyo es un voto de sufrimiento, un voto de crisis”. Ya en la primera ronda electoral, Sarkozy había intentado ganarse el apoyo de Le Pen, haciéndose eco de sus diatribas contra la inmigración. Tras el domingo 22 de abril, declaró que “preservar nuestro estilo de vida es una cuestión central en estas elecciones”.

Por su parte, Hollande tampoco se desmarca hacia la izquierda. Si bien insiste en que no flirteará con el FN, dijo: “Dado que algunos votantes apoyaron al FN por rabia, les escucharé”. Pierre Moscovici, director de campaña de Hollande, llegó a afirmar que el PS no sería laxo respecto a la inmigración y que “lucharía firmemente contra la inmigración ilegal, sin concesiones”. Este es uno de los peligros de que suban los fascistas: incluso los partidos social liberales les escuchan y se hacen eco de sus consignas.

Pese a los guiños que recibe de Hollande y especialmente de Sarkozy, Marine Le Pen ha anunciado que se abstendrá de dar su apoyo a ninguno de los candidatos de cara al 6 de mayo. Y es que las ambiciones del FN, igual que el Partido por la Libertad de Wilders en Holanda, van más allá de ser un mero partido de agitación fascista. La hija del fundador del FN ya ha expresado su ambición de convertirse en “jefa de la oposición”, en caso de que Hollande se erija como presidente. Intentará aprovechar su momento para ganar apoyo en las próximas elecciones legislativas de junio e introducir decenas de ministros del FN en el parlamento. Y no se conformará con ganar poder en las instituciones, sino que tratará de transformar su nueva audiencia en una fuerza militante que eventualmente pueda ejercer de fuerza de choque contra sindicalistas y activistas de izquierda en las calles.

No podemos menospreciar la amenaza fascista, ni en Francia ni tampoco aquí en el Estado español, donde Plataforma per Catalunya intenta extender sus tentáculos siguiendo el modelo de Le Pen. No nos podemos permitir un solo paso atrás; debemos construir un movimiento lo más amplio y unitario posible que articule la resistencia sindical y política. Solo esta izquierda puede luchar contra los fascistas y la austeridad y dirigir la sociedad hacia una salida real de la crisis.

1. Ver Francia: la política anticapitalista en crisis.

Isaac Salinas es militante de En lucha.

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