Cuba: ¿Adónde fue la revolución?

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Después de años de indiferencia, parece que la atención del mundo se centra una vez más en Cuba. Desde hace tiempo, los ideólogos de la derecha, sobre todo en los Estados Unidos, esperan impacientes la muerte de Fidel Castro. Para algunos ideólogos de izquierda, el hecho de que sobreviva parece contener la última esperanza de un concepto del socialismo dentro de las fronteras de un sólo país...

Hace cuatro años Fidel Castro pasó el relevo a su hermano Raúl, cinco años menos que él y dirigente histórico de la revolución cubana además de Ministro de Defensa desde la caída de Batista.

Pero la transición dinástica de hermano a hermano en Cuba debe preocupar a cualquier socialista. La aprobación agritos ante las denuncias al imperialismo no puede representarse como un proceso de decisión libre y producto de reales alternativas propuestas y presentadas en el cuadro del socialismo como autoemancipación.

Nueva introducción: Cuba hoy
Cuba: ¿Adónde fue la revolución?
Orígenes de la revolución
La corriente nacionalista
Los del 26 de julio
La guerrilla en el poder
Intentando evitar el abrazo ruso
Cuba en el mundo
Rectificación
Notas

Este artículo se publicó en inglés, en International Socialism Journal (Nº 56, otoño 1992), la publica­ción teórica trimestral del Socialist Workers Party (GB).

La primera edición en castellano la publicó Socialismo Internacional/En lucha en junio de 1994. 10ª ed. febrero de 2011.

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Nueva introducción: Cuba hoy

“En un momento dado, el aviador se da cuenta que ha perdido el rumbo, está totalmente perdido. Este aviador, en vez de volver a su punto de partida para tomar un punto verdadero, está corrigiendo el rumbo ahí donde se dio cuenta de que lo había perdido. Pero el que él se haya dado cuenta de que lo había perdido en esos momentos no quiere decir que es allí donde lo perdió. Y de esto es de donde parten una serie de aberraciones.” (Ernesto Che Guevara, La parábola del aviador)

En abril de 2011, se realizará el Congreso del Partido Comunista Cubano, el primero del nuevo siglo (el último congreso se realizó en 1997). Por primera vez no será el Comandante, Fidel Castro, quien lo preside en calidad de secretario general del partido, presidente del Estado y jefe de las fuerzas armadas. Hace cuatro años pasó el relevo a su hermano Raúl, cinco años menor que él y dirigente histórico de la revolución cubana además de Ministro de Defensa desde la caída de Batista.

La transición dinástica de hermano a hermano en Cuba debe preocupar a cualquier socialista. Señala una continuidad, sí; un continuismo del mando político que desde 1959 no se ha sometido nunca a proceso alguno de determinación democrática.

Nadie podría negar la popularidad de Fidel como personaje casi suprahistórico; pero la aprobación a gritos ante las denuncias al imperialismo no puede representarse como un proceso de decisión libre, preparado en reuniones y discusiones de base, y producto de reales alternativas propuestas y presentadas en el cuadro del socialismo como auto-emancipación. Los delegados nombrados por las mismas direcciones, no pueden hacer el papel de auténticos representantes de base.

En diciembre 2010, durante una de las frecuentes visitas de Hugo Chavez a la isla, Raúl Castro le presentó al presidente venezolano un pesado tomo encuadernado. Eran las resoluciones y decisiones del próximo congreso del partido. Lo curioso, y lo preocupante, es que no se había realizado aún la discusión interna que supuestamente daría origen a las propuestas finales. Y de la misma manera, las estrategias nuevas que se supone que se iban a acordar allí no esperaron la decisión de las y los compañeros.

Según Raúl, los cambios anunciados en noviembre y diciembre de 2010 representarían “el perfeccionamento del modelo económico cubano” pues “hay necesidad y urgencia de introducir cambios estratégicos en el funcionamiento de la economía con el propósito de hacer sustentable e irreversible el socialismo en Cuba”.

Las medidas declaradas estaban ya en marcha en muchos casos.

Se trata, según el nuevo mandatario, de despedir a entre 500.000 y un millón de empleados del Estado, de fomentar el sector privado a donde se supone que se dirigirán los nuevos desempleados, de reconocer la propiedad privada (pero según él sin permitir la concentración, o sea manteniendo la pequeña y mediana propiedad tanto en la agricultura como en la industria), de suprimir a corto plazo los subsidios y sobre todo la libreta de abastecimiento, y de abrir la economía cubana al capital extranjero, aun si esto ocurra en conjunto con el Estado.

La realidad para la gran mayoría de los cubanos, según el escritor Leopoldo Padura Fuentes, es que “debe hacer malabarismos monetarios para vivir con cierto decoro”. Los que reciben su sueldo en pesos no tienen abasto: deben recurrir a la corrupción, al robo, al engaño para poder alimentarse. La minoría que disfruta de mejores condiciones de vida es la que recibe remesas del extranjero, la que trabaja en sectores (sean cuales sean) que dan acceso a las divisas que permiten el nivel de consumo que se expresa en el concepto de los ‘shopping’ —las tiendas especiales y centros comerciales que abren los brazos al poderoso dólar— y por supuesto los burócratas de alto rango que son los principales beneficiarios de la corrupción generalizada en todas las instancias del Estado.

En diciembre de 2010, Raúl planteaba una alternativa brutal: “O rectificamos o nos hundimos”. En noviembre de 2005, Fidel avisó que si no se tomaran medidas fuertes contra la corrupción rampante la revolución podría destruirse desde adentro, habiendo sobrevivido a los asaltos de afuera. En 1986, en el primer proceso de rectificación, dijo más o menos lo mismo.

La verdad es que la clase burocrática que ha dominado y controlado el Estado cubano desde 1959 (con unos cuantos cambios de personal, ciertamente) lo sigue controlando. Y la mayoría de los cubanos ha vivido el creciente distanciamiento –económico, político y social– entre ese sector reducido y la mayoría cuya experiencia cotidiana es una lucha por sobrevivir.

Se decía siempre que a cambio de esas dificultades la población tenía a su alcance mejoras palpables en su calidad de vida, sobre todo en lo que se refería a salud y educación. Una de las medidas anunciadas por Raúl era el recorte en los subsidios a la educación superior, y el aviso de que quien quisiera estudiar tendría que hacerlo con sus propios recursos. En materia de salud, se ha hecho mucho alarde de la presencia de personal médico cubano en otros países, sobre todo en Venezuela, como muestra de la solidaridad internacional. Tristemente la realidad es otra. El conocimiento profesional es un importante rubro de exportación –en el caso de Venezuela a cambio del petróleo– con una resultante crisis en el sector de la salud popular dentro de Cuba. Tanto en salud como en educación hay una escasez de personal crítica, de maestros, de médicos y enfermeros/as dispuestos a trabajar a cambio de pesos. Más les interesa trabajar de meseros o taxistas en la industria del turismo.

La crisis económica mundial de los últimos dos años, con los agravantes del impacto de los huracanes y el bloqueo –acto criminal sostenido por Estados Unidos durante cincuenta años y que con ciertos cambios sigue con Obama– ha significado un deterioro serio en la situación cubana. Factores externos, como el colapso de la industria azucarera y la caída en el precio del níquel, sirvieron para arreciar la situación. Y el turismo, que resultó ser el salvavidas para la economía cubana a principios de la década, decayó seriamente en 2008-9, y si bien ha vuelto a subir la cantidad de turistas, los ingresos no han subido de la misma manera. Pero las causas de la crisis son también históricas, como se señala en el texto que sigue; el monocultivo, la dependencia en todos los niveles de los soviéticos y sus satélites, la falta de una democracia interna capaz de desarrollar posturas independientes o de cuestionar las direcciones tomadas por la dirección del estado, por ejemplo.

El resultado ha sido una sociedad cuya característica fundamental es lo que Samuel Farber llama el ‘deterioro social’, producto del bajo nivel de vida de las mayorías quienes ven pasar los carros nuevo modelo que se anuncian y se venden en el Malecón de La Habana mientras ellas esperan horas los camiones irrrespirables que les llevan para su casa después de una larga jornada de trabajo. Y por supuesto pueden ver pero no entrar en las tiendas especiales cuyos bienes de consumo sólo son accesibles a aquellos que disponen de dólares. De allí las recientes protestas de trabajadores en las empresas extranjeras por el hecho de que se les pagara en pesos y no en los dólares que el gobierno recibe de las mismas empresas y que seguramente circulan entre los funcionarios. Esta enajenación está evidenciada de mil maneras: en la literatura contemporánea cubana —por ejemplo, de Pedro Juan Gutiérrez o el mismo Padura Fuentes— o en las canciones de Pedro Luis Ferrera, como ‘¿Cómo viviré?’. Y se palpa en las expresiones de rebelión juvenil como las protestas en distintas universidades que han ido aumentando en los últimos dos o tres años, y en el auge del hip-hop.

Raúl habla de salvaguardar el socialismo. Pero como dice la recién desaparecida Celia Hart con su valor y claridad característicos:

“El socialismo no sólo se distingue de sistemas anteriores por la manera justa de distribuir la riqueza. Las nuevas relaciones de producción deberán ir creándose con una nueva conciencia en la medida en que los trabajadores se reconozcan como actores, gerentes y dueños de la producción material”.

Guillermo Almeyra señala en una serie de artículos hacia finales del 2010 que en aquel grueso libro de resoluciones para el Congreso del PCC apenas se hace mención de las organizaciones del poder popular, de los sindicatos. Al contrario; el nuevo arreglo incluye la fusión del partido y el estado. Y aunque me parece que el partido cubano nunca tuvo capacidad de decisión independiente del estado, como argumenta Almeyra, al menos había semblanza de una vida política distinta de la administración del poder. A estas alturas esto no pasa de ser un simple reconocimiento de que los organismos políticos carecen de vida propia y sirven solamente de conductos del aparato del estado.

Entonces ¿hacia dónde va Cuba? ¿Cuál es su vía de salvación?

Si ha habido liberalización en la economía, y una paulatina pero sistemática integración al mercado mundial, la llegada de Raúl al poder ha significado un endurecimiento del control político. Con las nuevas medidas cerca del 20% de la población económicamente activa se encontrará en el sector privado. Y si bien es cierto que de momento el nuevo sector privado en la agricultura tendrá que vender sus productos al estado, esto simplemente servirá para mantener el poder de la burocracia y abrir nuevas oportunidades para la corrupción. Lo cierto es que como ha sido la realidad desde hace mucho tiempo, los nuevos propietarios y empresarios serán los mismos burócratas y sus familiares y amigos junto con el sector ya privilegiado de los que reciben divisas del turismo o las remesas (lo que pasó con los paladares por ejemplo en épocas anteriores). A la larga, se ampliará la clase económicamente privilegiada a expensas de la mayoría –y se abrirá cada vez más la brecha entre los dos.

Está claro que el modelo preferido de Raúl es el chino, con su ‘apertura’ al mercado global (o más bien su plena participación en él) con férreo control político: las condiciones óptimas para el capital y las más desventajosas para aquella clase trabajadora en cuyo nombre se está llevando a cabo estos cambios.

Hay que recordar que las y los socialistas siempre trabajamos con y para la clase trabajadora en la construcción de su poder de clase.

Hoy en día ese proceso de construcción tiene dos aspectos. Por un lado denunciamos el bloqueo imperialista que ha causado tantos estragos… y que Obama no pudo o no quiso levantar. Es cierto que hoy en día se permiten las remesas y hay una mayor libertad para viajar, teniendo en cuenta siempre el alto costo en todos los sentidos para el cubano que quiera viajar. Y se ha permitido los envíos humanitarios: sobre todo de alimentos ante la crisis alimentaria que está sufriendo la isla. Pero hay que tener en cuenta también que son sectores de la industria agrícola de Estados Unidos que exportan alimentos a Cuba y que esos mismos sectores están presionando por que se levante el bloqueo.

Por otro lado, no podemos permitir que el discurso anti-imperialista siga encubriendo y disfrazando otra contradicción profunda e importante. En nombre de la solidaridad se ha caracterizado la crítica a las contradicciones dentro de Cuba como una traición al pueblo cubano o a la revolución misma o peor, como una forma de aliarse con los contrarrevolucionarios de Miami. Al contrario. Si el socialismo significa la ‘autoemancipación de la clase trabajadora’, la creciente marginalización de esa clase del poder, la ausencia de mecanismos de intervención directa, el surgir de una clase dirigente que se enriquece a expensas de ese pueblo, y la imposición de prioridades sociales y económicas que van en contra de los intereses y necesidades de las mayorías no puede llamarse socialismo sin vaciar la palabra de todo sentido. Los que hoy representan el socialismo, son los que participan en la resistencia popular a la creciente desigualdad social, a la falta absoluta de democracia, a la cultura política represiva que impera y se profundiza bajo Raúl y sus séquitos. Aunque apenas nacientes, y a veces confusas, son estas luchas que serán como decía Lenin, ‘las escuelas de la revolución’. Como dice Celia Hart:

En Cuba, lo que no pudo destruir el hambre, ni las amenazas, ni el bloqueo, ni Torricelli, ni Burton, ni la Armada Americana, ni las ojivas nucleares, lo podría destruir nuestra propia inconsistencia. Por vez primera la voluntad de los hombres vencería al mercado. Eso es en esencia el socialismo, negarnos a ser presas del mercado y colocarlo a él bajo nuestras riendas.

Y esta tarea la compartirán con todos los que, a través del mundo, luchan por arrasar con el capitalismo.

Mike Gonzalez
Glasgow, enero de 2011


Cuba: ¿Adónde fue la revolución?

Después de años de indiferencia, parece que la atención del mundo se centra una vez más en Cuba. Con gran regocijo, los ideólogos de la derecha, sobre todo en los Estados Unidos, esperan impacientes la muerte de Fidel Castro. Para algunos ideólogos de izquierda, el hecho de que sobreviva parece contener la última esperanza de un concepto del socialismo construido con éxito dentro de las fronteras de un sólo país.

En un mundo donde el derrumbamiento de los regímenes del Este de Europa ha demostrado el grado de integración de la economía mundial en la última década del siglo XX, hay algo ciertamente incongruente en una teoría global del cambio social que descansa en la defensa de una sola economía, débil e isleña. Aún es más dramático que, con tanta frecuencia, dicha defensa se origine en la testarudez de quienes se niegan a reconocer que más de 30 años después de la revolución de 1959, Cuba permanece asediada y prisionera de su debilidad económica; es decir, que es una promesa incumplida.

Mientras el mercado capitalista hace estragos por toda Europa del Este, Rusia y otros lugares, Cuba aparece como una de las pocas bolsas de resistencia contra su predominio mundial. Fidel Castro ha anunciado repetidamente que su gobierno no tolerará la introducción del mercado libre y el último Congreso del Partido Comunista Cubano (en octubre de 1991) fue categórico en la denuncia de la democracia pluripartidista. Al mismo tiempo, los exagerados artículos que ofrecen Cuba como un paraíso para los turistas en 1992 demuestran cuan desesperadamente necesita comercio con el extranjero y moneda fuerte1. Los defensores del mercado señalan esta contradicción y asumen que sólo es cuestión de tiempo que Cuba siga los pasos de Europa, con la asimilación plena del mercado libre y la introducción de la democracia burguesa. Sin embargo, a medida que se acercan las elecciones en los Estados Unidos, la derecha manifiesta una impaciencia creciente con ese obstinado régimen cubano. Es muy probable que, entre los conservadores norteamericanos, la prueba de credibilidad de los candidatos sea su predisposición a acelerar el proceso de cambio en Cuba.

La respuesta de la izquierda es la otra cara de la moneda. Pero el principio de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo es una simplificación muy peligrosa cuyo punto débil ha sido puesto al descubierto, a lo largo de los años, por la defensa en Europa del Este de una tiranía tras otra en nombre del socialismo. Es Cuba esencialmente diferente de esos regímenes? Ha defendido un camino alternativo de transformación socialista? Su historia posrevolucionaria, es una historia de democracia y participación que pueda proporcionar fundamentos diferentes a las ideas socialistas? El análisis que desarrollamos a continuación demuestra que la respuesta a estas preguntas no puede ser más que un no. Qué es, entonces, lo que ha unido a ex defensores de los regímenes estalinistas, por un lado, y a antiguos paladines de la teoría de la revolución permanente de Trotsky, por otro, en una nueva campaña de defensa de Cuba, urgente y sin sentido crítico?

Desde 1959, Cuba ha simbolizado la posibilidad del éxito de una resistencia contra la agresión de los Estados Unidos. Todavía conserva su significado; el lobby conservador anti-Castro aún murmura sobre la invasión y Bush todavía ve Cuba como el único bloque que no participa de esa red de Estados domesticados y sumisos del patio trasero Después de Granada, Nicaragua y Panamá, no hay duda de que Washington celebraría la caída de Castro en tanto que victoria imperial impostergable; y, seguramente, también en América Latina la considerarían así. Por esta razón, y sin lugar a dudas, todos los socialistas se movilizarán contra dicha victoria y expondrán los objetivos reales que constituyen la base del discurso sobre los derechos humanos y la democracia del mercado.

La caída de los regímenes estalinistas nos brinda la oportunidad de reivindicar la auténtica tradición revolucionaria basada en la auto-emancipación de la clase obrera, en el socialismo desde la base. Sería absurdo excluir a algunos regímenes del análisis exhaustivo que esto implica. Sin embargo, son muchos los que objetan que, precisamente, eso hay que hacer con Cuba.

Nosotros partimos de la base de que Cuba no representa ni una práctica ni una idea fundamentalmente diferentes que puedan servirnos como punto de partida en un mundo pos-estalinista. Por el contrario, la Cuba de Castro no desafía, sino que defiende, las mismas ideas y estrategias que se han expuesto en los dos últimos años. Los sacrificios de la población, la subordinación de toda otra consideración a las tareas urgentes de la supervivencia económica, han generado conflictos cada vez más agudos entre el Estado y la mayoría de la población. Y el hecho de que el imperialismo intente por todos los medios explotar dichos conflictos en su propio interés, no nos exime del deber de entenderlos y explicarlos desde una perspectiva socialista. Desde luego, esto no puede conducirnos a la idea absurda, expresada en la poderosa parodia de Brecht, de que el gobierno que se enfrenta a un pueblo disidente "debería disolver al pueblo y elegir a otro". La sugerencia de que el Estado cubano es un defensor del socialismo contra su propia población confusa proporciona, mediante el escamoteo, un nuevo disfraz a la idea de un socialismo sin poder proletario o sin democracia proletaria, de un socialismo preocupado sólo por cuestiones de acumulación; es decir, en otras palabras, nos remite al estalinismo.

Una victoria imperialista en Cuba sería un desastre. Sin embargo, sería igualmente trágico que, en esta encrucijada crucial, los revolucionarios suspendieran la exposición honesta de la historia de la lucha de clases o dejaran de lado el análisis marxista de la naturaleza clasista de la sociedad en determinados casos particulares.

Aunque, durante las tres últimas décadas, Cuba ha construido una resistencia a toda prueba contra los ataques físicos del imperialismo, no ha sabido resistir la imposición de prioridades del sistema capitalista. El Estado cubano ha adoptado una estrategia de supervivencia nacional en el contexto de un capitalismo mundial hostil; los costes de dicha supervivencia han ido a cargo de una clase obrera cubana a la que ahora se le pedirá que acepte niveles de explotación nuevos y aún más elevados. Además, esta explotación será organizada por el Estado. Ahora más que nunca, es imperativo que los socialistas argumenten no sólo que las prioridades capitalistas pueden ser gestionadas de una manera más o menos humana, sino que las prioridades del socialismo, absolutamente diferentes, aún son un punto pendiente en la agenda de la clase obrera cubana.

La lucha por una sociedad diferente será conducida a nivel nacional contra el Estado y es de la máxima urgencia que los trabajadores se apropien, una vez más, de la larga tradición de organizaciones independientes con que cuenta la clase obrera, en tanto que herramienta esencial para dicha lucha. Sin embargo, el contexto de cambio es la realidad internacional del capitalismo. En Cuba, y en cualquier otra parte, la tarea de los socialistas es preparar a la clase obrera para su propia emancipación.

Esta preparación empieza por una evaluación rigurosamente honesta de la realidad presente y por un entendimiento de sus raíces históricas.


Orígenes de la revolución

Cuba fue la última colonia española en América Latina que conquistó la libertad. Consiguió la independencia en 1898, después de tres años de guerra. Pero la libertad no duró mucho: era la época de la expansión de los Estados Unidos en la región. Cuba jugaba un importante papel estratégico y económico en los planes norteamericanos; iba a ser uno de los eslabones de la cadena de bases militares a lo largo del Caribe y de América Central desde las que los nuevos imperialistas podrían controlar su área de intereses en el sur. Además, el capital americano ya tenía intereses en Cuba.2

Utilizando una excusa falsa que iba a hacerse muy familiar, los Estados Unidos, argumentando que sus ciudadanos estaban en peligro, intervinieron inmediatamente en el país que acababa de obtener la independencia. Mandaron a los Marines a la isla, a proteger directamente a los capitalistas y propietarios que habían invertido en la industria azucarera en expansión. En 1902, los Estados Unidos controlaban el Banco Nacional, el servicio de aduanas, la policía y la Presidencia y habían introducido una cláusula en la Constitución cubana (la Enmienda Platt) que permitía a los Estados Unidos intervenir directamente en los asuntos cubanos si se consideraba que los intereses de los ciudadanos norteamericanos se veían amenazados.

Por lo tanto, Cuba nunca experimentó un período de independencia política, ni la posibilidad de desarrollo económico. En consonancia con los intereses norteamericanos, el azúcar monopolizó las nuevas inversiones durante décadas y la producción de azúcar dominó la economía desde ese mismo instante. Entre 1900 y 1920, las inversiones norteamericanas en el azúcar se elevaron de 80 millones de dólares a 1.525,9 millones, y la producción creció de 309.000 a 5.347.000 toneladas métricas.3 Pero la escala de la producción no fue el único factor significativo; las tierras donde tuvo lugar eran también, directamente, propiedad de los Estados Unidos. En 1926, el 63% de la producción de azúcar estaba en manos norteamericanas. Para entonces, la clase agraria capitalista cubana había sido incorporada a la economía norteamericana y el margen de maniobra que hubiera podido tener fue destruido en vísperas de lo que se llamó "la danza de los millones". Durante la Primera Guerra Mundial, el consumo de azúcar en los Estados Unidos había subido regularmente y, a fin de satisfacer la demanda, se abrieron nuevas fábricas azucareras en las provincias de Camagüey y Oriente. En 1919, los precios mundiales alcanzaron un nuevo récord. Toda la tierra arable existente y todo el capital inversionista fueron destinados al cultivo del azúcar para la cosecha de 1920. Luego, se produjo una caída dramática en los precios del azúcar a escala mundial. Las bancarrotas consiguientes pusieron en manos norteamericanas tierras de cultivo de la caña a precios muy bajos.

En vísperas del crac de 1929, estaba claro que "Cuba era un protectorado de los Estados Unidos, que su gobierno funcionaba en un contexto de irrealidad política, y que el recurso final lo constituían los intereses bancarios norteamericanos y el Departamento de Estado norteamericano".4 En el campo, un pequeño campesinado coexistía con una inmensa fuerza de trabajo, principalmente de trabajo negro, de cortadores de caña con cuatro meses de trabajo al año. Durante los meses de desempleo, se veían abocados a la pobreza más abyecta. Una gran parte de la población rural emigró a las ciudades, sobre todo a La Habana, donde las industrias de servicios trabajaban para quienes administraban el Estado o para el sistema comercial. Se ocupaban de la exportación del azúcar (de forma determinante a Norteamérica), y de las importaciones de un 75% de los productos, que eran importados directamente de los Estados Unidos, a cambio de las compras de azúcar.

Washington también controlaba la vida política cubana y una de sus creaciones fue el nuevo dictador Gerardo Machado, que subió al poder en 1927. La oposición estuvo constituida, principalmente, por un movimiento estudiantil dominado por ideas nacionalistas cuya tendencia más radical, el Directorio, liderado por Antonio Guiteras, organizó el enfrentamiento directo con el Estado. El Partido Comunista, de formación reciente y constituido alrededor del carismático Julio Antonio Mella, era aún pequeño y su crecimiento conllevó, sin lugar a dudas, el asesinato de Mella a manos de los secuaces de Machado en 1929.

Pero Machado no pudo hacer nada contra el impacto catastrófico del crac en una economía caracterizada por el monocultivo y tan estrechamente entrelazada con los Estados Unidos. El valor de las exportaciones cayó de 78 millones de dólares en 1931 a 42 millones de dólares en 1932.5. Este fue el contexto de una rebelión popular en aumento, sobre todo entre los trabajadores y los estudiantes; el Directorio impulsó las manifestaciones y preparó actuaciones de acción directa contra la dictadura; a medida que las condiciones de vida de los trabajadores se hacían más intolerables, la militancia de los sindicatos aumentó progresivamente. Y esto fue especialmente cierto en el caso de los trabajadores de las plantaciones, muchos de los cuales, con el colapso de la producción de azúcar, se vieron sumidos en el desempleo completo y en una miseria cada vez más atroz. Fue este sindicato, el CNOC, el que con las huelgas de 1933 anunció el comienzo de un año de lucha.6

El CNOC estaba liderado por miembros de un Partido Comunista en crecimiento; y el partido también tenía influencia entre los conductores de autobuses de La Habana, quienes fueron a la huelga un año después. El impacto fue dramático. Los trabajadores ocuparon las fábricas de azúcar y se defendieron con las armas en la mano; en algunas áreas se formaron soviets de corta vida; los estudiantes fueron muy activos en el movimiento de protesta y oposición. La dictadura de Machado cayó el 23 de agosto y, entre esa fecha y el 29 de septiembre, de hecho Cuba estuvo regida desde abajo. El 24 de septiembre, el Directorio lanzó un manifiesto exigiendo la independencia nacional, el desarrollo económico y la revolución social. Diez días más tarde, un grupo de sargentos encabezado por un oficinista llamado Fulgencio Batista tomó el control del ejército: su retórica se basaba también en el nacionalismo radical y pretendía abarcar las demandas de los huelguistas. Por supuesto que sus propósitos políticos estaban mucho menos claros. Después de todo, Batista sólo contaba con poder e influencia en tanto que hablara con la voz del movimiento de masas. Por el momento, utilizó dicho lenguaje y apostó por lo inmediato. El 9 de septiembre, Grau San Martín fue nombrado presidente, "designado por una asamblea revolucionaria de estudiantes reunida en sesión continua en el segundo piso del Palacio Nacional".7 En el gabinete estaba incluido Guiteras, líder del Directorio, organización clave en las prometedoras jornadas de 1933.

Fue un momento claramente revolucionario, pero se desperdició. A los cuatro meses, Grau dimitió y Batista ocupó su lugar. El Directorio se disolvió por una serie de divergencias relativas al programa; pero en cualquiera de los casos compartía con la clandestina ABC el proyecto de crear una organización cerrada de cuadros que "impusiera un programa revolucionario para la toma del poder mediante una dictadura". Más tarde, en la lucha contra Batista, el Directorio sería reformado de nuevo y proporcionaría el marco político de la lucha contra la dictadura, con la participación de Fidel Castro, entre otros.

Pero, en todo esto, dónde estaba el Partido Comunista Cubano? Había crecido con rapidez durante el curso de las batallas contra Machado, dirigía los principales sindicatos y era portador de una tradición política que había proporcionado a los trabajadores de 1933 los modelos de un poder alternativo. Aunque en principio habían apoyado a los huelguistas, "los dirigentes del PC hicieron un llamamiento a los trabajadores para que detuvieran la huelga cuando ya se había extendido lo suficiente como para convertirse en una insurrección armada espontánea".8 Más tarde, condenaron a Grau y al Directorio y se mantuvieron al margen de la lucha, pues la línea usual de Stalin era que los partidos comunistas no debían tener nada que ver con la democracia social.9

Sin dirección política, el movimiento social retrocedió ante la posibilidad histórica de transformación social que había albergado y por la que había luchado. En pocos meses (en enero de 1935) Batista subió al poder y se dedicó a borrar de la faz de la tierra la memoria y la organización de esos meses. Hizo asesinar a Guiteras (en noviembre de 1933, el PC había denunciado a Guiteras por atreverse a sugerir que Batista era un enemigo del movimiento y debía ser detenido) y se apresuró a ilegalizar al Partido Comunista y a destruir a la dirección del movimiento sindical. Más tarde, hacia finales de la década, Batista, con el apoyo del Partido Comunista, reconstruyó los sindicatos desde el Estado. Con los nazis en el poder en Alemania, Stalin vio que los intereses soviéticos apuntaban hacia la forja de alianzas con el imperialismo occidental y, por tanto, abandonó rápidamente las políticas de ultra-izquierda del llamado "Tercer Período" y dio instrucciones a los comunistas en el sentido de establecer "frentes populares" lo más amplios posible con todas las fuerzas democráticas o con cualquiera de ellas. El resultado fue que el Partido Comunista Cubano se alió con Batista, su antiguo perseguidor. Como dijo Blas Roca, secretario general del partido:

Debemos imbuir en la gente la necesidad de una actitud positiva hacia Batista y hacer todo lo que podamos para apoyarle en sus empresas progresistas... El primer deber del movimiento revolucionario es luchar por una unidad nacional basada en un programa democrático...10

Ahora fue el Partido Comunista quien construyó la federación de sindicatos estatal, CTC, y quien le dio un secretario, Lázaro Peña. A cambio de esto y de dos carteras ministeriales, los comunistas prestaron su apoyo a Batista y actuaron como instrumentos de control de los sindicatos "ahora se subsumía la lucha de clases como actividad estatal" .


La corriente nacionalista

Sin embargo, para los nacionalistas radicales que fueron haciéndose más fuertes bajo la dictadura de Batista, ciertas realidades eran incontestables. La oposición a la dictadura vino de los nacionalistas radicales, los Auténticos, liderados por Grau San Martín. La búsqueda de una tradición revolucionaria les llevó otra vez a las teorías de lucha armada del Directorio y de ABC. Por otro lado, el Partido Comunista representaba una tradición que se había quedado al margen de las luchas de 1933 y que había colaborado activamente con Batista desde entonces. Aunque el dominio y el control norteamericano de la economía y la sociedad cubanas seguían siendo una realidad central y definitoria, los comunistas no contaban con ninguna trayectoria consistente de denuncia ni desenmascaramiento; de hecho, habían colaborado activamente con su sucursal cubana. A los ojos de la nueva generación de nacionalistas radicales que surgió en los años cuarenta, el PC estaba totalmente desacreditado y por ello prefirieron también Castro el nacionalismo incorrupto del Partido Ortodoxo de Eduardo Chibas y la tradición de confrontación directa que éste, como ex-dirigente del Directorio estudiantil, representaba.

En 1952, hubo convocatoria a elecciones. La nueva generación de candidatos a las elecciones incluía a Castro, que se presentaba por el partido de los Ortodoxos, constituido en 1947 para representar lo que consideraban como la genuina tradición nacionalista traicionada por los Auténticos. En tales circunstancias, Batista organizó un golpe y las elecciones nunca tuvieron lugar. Para Castro y quienes le rodeaban, este hecho no hizo más que confirmar que era imposible librarse de Batista por métodos electorales. Además, no había ninguna alternativa convincente. Los Auténticos de Grau habían entrado en el gobierno en 1946 con el permiso de Batista. Durante los seis años de gobierno, habían lanzado un duro ataque, muy eficaz, contra el Partido Comunista, habían expulsado a sus miembros de la dirección de los sindicatos y habían instalado, en su lugar, a una burocracia sindicalista anticomunista y corrupta identificada con el nuevo secretario general de la CTC, Mujal. La corrupción en los centros de poder era de dominio público y fueron los Auténticos, después de todo, quienes supervisaron la conversión de La Habana en un centro de juego y prostitución al servicio de los fines de semana de los norteamericanos y controlado por el crimen organizado en conjunción con negocios "respetables".11

Para los Estados Unidos, Batista era un substituto de Grau perfectamente aceptable; era el poder detrás del trono y siempre había sido un fiel servidor de los intereses norteamericanos. Después de 1952, Batista adoptó una política de "cubanizar" el azúcar, cosa que significó que en 1958, el 50% del cultivo del azúcar estuviera en manos cubanas; sin embargo, eso no significó ninguna amenaza ni para la magnitud ni para la naturaleza del comercio del azúcar, ni para el control norteamericano de las refinerías. Y lo que aún es más importante, el hecho de que las tierras de cultivo de azúcar fueran propiedad cubana no condujo, en ningún aspecto, a una diversificación de la actividad económica ni a la retención de los capitales dentro de Cuba a fines de inversión. La clase capitalista cubana invertía los beneficios en el extranjero sobre todo en la costa de Miami o los gastaba en un derroche de lujo. En 1953, el 41% de la fuerza de trabajo se ocupaba en la agricultura y el 17% en las manufacturas (con una gran mayoría que trabajaba en manufacturas dependientes de la industria a pequeña escala o de los servicios). Los yacimientos minerales de Cuba apenas habían sido explotados y, cuando existía alguna explotación, era totalmente de propiedad norteamericana. Por tanto, no es nada sorprendente que el gasto público tuviera tan poco efecto en la economía; el 25% del total se gastaba en chanchullos y sobornos en una burocracia en expansión y cada vez más corrupta.12

Lo que sí es sorprendente, dado el elevado grado de desprecio por Batista y la corrupción evidente de su régimen, es que el nivel de resistencia popular fuera tan bajo. Mientras que con la nueva burocracia sindicalista las secciones mejor sindicalizadas de la clase obrera cubana seguían recibiendo los beneficios y privilegios a los que se habían acostumbrado bajo la dirección comunista, el resto, los casi 500.000 trabajadores temporeros del azúcar, por ejemplo, se hundía cada vez más en la miseria. La economía seguía siendo esclava de los Estados Unidos. En 1952, los intereses norteamericanos poseían el 48% de la producción de azúcar, el 90% de la producción de energía eléctrica, el 70% de la producción de petróleo, el 100% de la producción de níquel, el 25% de los hoteles, etc. En 1958, en vísperas de la revolución, Cuba seguía siendo una economía azucarera dependiente de los Estados Unidos: el azúcar empleaba el 25% de la fuerza de trabajo, representaba el 80% de las exportaciones cubanas, ocupaba el 80% de las inversiones industriales y la mitad de las tierras cultivables. De 170.000 propietarios, 150.000 tenían menos de 48 acres y 600 poseían más de 1.500 acres. La estructura de la economía cubana había cambiado muy poco en los últimos cinco años y el azúcar no había llevado prácticamente ninguna mejora a la gran mayoría de trabajadores cubanos.

Sin embargo, cuando Batista cayó bajo el peso de la impopularidad y la corrupción, no se produjo, como en 1933, otro alzamiento generalizado de la clase obrera bajo una dirigencia revolucionaria. Durante los años cincuenta, la clase obrera permaneció desmoralizada y desorientada. Los comunistas estaban tan desacreditados por su colaboración con Batista que casi no tenían ninguna influencia, o muy poca; los dirigentes sindicales de derecha proporcionaban a sus miembros bienes y servicios, y perseguían a la izquierda implacablemente. La resistencia contra Batista vino de fuera de las organizaciones de la clase obrera y fue organizada por sectores descontentos de la clase media.


Los del 26 de julio

Fidel Castro era uno de ellos. Como el Directorio Estudiantil, heredero de la organización liderada por Guiteras, que había jugado un papel tan importante, si bien confuso, en 1933, ahora Castro veía en la lucha armada contra el Estado la única forma de derrocar al dictador. La primera acción de este tipo fue el asalto al Cuartel Moncada del 26 de julio de 1953, que fracasó; muchos murieron y Castro fue detenido y encarcelado. Liberado dos años más tarde gracias a una amnistía general, Castro se fue a México y empezó a organizar un grupo guerrillero. Entrenados por un veterano de la Guerra Civil Española, unos 80 rebeldes llegaron a Cuba en el barco Granma a finales de 1956. Atacados por las tropas de Batista, muchos miembros del grupo murieron inmediatamente. Unos doce sobrevivieron; entre ellos estaba el médico argentino Ernesto Che Guevara, que más tarde se convertiría para el mundo en uno de los símbolos de la revolución cubana.

Ese grupo diminuto inició una campaña guerrillera contra el régimen corrupto y estancado de Batista. No hay ninguna duda de que Batista contaba con muy poco apoyo en la Cuba rural, y la guerrilla obtuvo el apoyo de los trabajadores y campesinos del campo cubano. Reconocer la naturaleza de este apoyo es crucial, porque el tema del apoyo y de la popularidad ha jugado un papel clave en los debates políticos de Cuba desde entonces. El apoyo pasivo es algo bastante diferente de la participación activa. El grupo guerrillero siempre fue pequeño; a mediados de 1958 sólo contaba con unos 180 miembros y en el momento de la caída de Batista tenía sólo unos 800 combatientes aproximadamente. La realidad es que la composición social del ejército guerrillero cubano era fundamentalmente de clase media, una experiencia que más tarde iba a reproducirse en todas partes. La dirigencia provenía, sin ninguna duda, de dicho sector. Y esta composición se reflejaba en el carácter de sus seguidores urbanos, cosa que tuvo repercusiones fundamentales en las estrategias políticas del Movimiento 26 de Julio, tanto antes como después de la revolución de 1959.

El primer movimiento urbano de apoyo a la guerrilla fue liderado por Frank País. La creciente resistencia civil contra Batista era campo abonado para la propaganda del Movimiento 26 de Julio. Se combinaba la acción directa con actividades de apoyo (provisiones y apoyo a la guerrilla). Cuando, en febrero de 1957, País fue capturado y asesinado, la respuesta de los trabajadores de la ciudad y de los alrededores de Santiago fue inmediata. Pero eran acciones que no estaban coordinadas y que estaban relacionadas, por una parte, con los grupos de resistencia civil y, por otra, con la oposición liberal. Las organizaciones de la clase obrera no participaron. Aún así, el debate dentro del Movimiento 26 de Julio se centró en el movimiento urbano potencial que dichos acontecimientos revelaron. A pesar de la insistencia de Guevara sobre el punto de que el movimiento debía permanecer en las montañas, en 1958 se organizó una segunda huelga general. Pero fue organizada con métodos nacidos de las estrategias globales de la lucha armada: desde un centro de mando en la sierra y mediante una red de células clandestinas. No se dio a los trabajadores, que iban a ser los principales actores del drama, ninguna oportunidad de desarrollar organismos propios de lucha o resistencia; esto no entraba en la estrategia política del Movimiento 26 de Julio.

Y el Partido Comunista explotó esta contradicción al denunciar al Movimiento como un grupo de "pequeños burgueses golpistas". Cuando llegó la represión de Batista, los trabajadores no dieron ninguna respuesta, porque "el Movimiento 26 de Julio no era ni el partido ni la vanguardia política de la clase obrera cubana".13 A partir de ese momento, la lucha militar tomó prioridad absoluta sobre la lucha política y se reforzaron las estructuras de mando de la organización.

En estas circunstancias, el régimen represivo y corrupto de Batista resultó ser un defensor ineficaz de los intereses norteamericanos y el gobierno estadounidense empezó a distanciarse cada vez más de él algo de lo que se quejaba el embajador estadounidense Earl T. Smith, amigo y seguidor leal de Batista . Cuando fueron suspendidos los envíos de armas a Batista, Smith dijo que liberales como Herbert Matthews, que dejó entrever sus simpatías en una entrevista a Castro publicada en 1957 en la revista Life , se habían apoderado de la oficina de asuntos latinoamericanos del Departamento de Estado.

El movimiento guerrillero cumplió con su función al acelerar el colapso del régimen de Batista, pero ni con mucho fue el enemigo representado en las historias subsecuentes sobre este período. El 1 de enero de 1959 caía el régimen; nadie movió un dedo para defenderlo. No había ningún poder alternativo y las columnas guerrilleras entraron en La Habana guiadas por Fidel Castro y Che Guevara.

En el discurso que pronunció después del asalto al Cuartel Moncada, "La historia me absolverá", Castro estableció el marco de sus políticas futuras.14 Era un programa de reformas democráticas y económicas que abarcaba la industrialización y la redistribución de de una parte de la tierra, principalmente la de las plantaciones propiedad de empresas extranjeras y de sus agentes cubanos. En los años siguientes, Castro se las vio y se las deseó para destacar lo moderado de la estrategia: la intención de desarrollar su programa de desarrollo económico capitalista lo más rápidamente posible:

Yo, personalmente, he llegado a pensar que la nacionalización es, en el mejor de los casos, un instrumento engorroso. No parece que fortalezca el estado, pero debilita la empresa privada.15

O, también

El Movimiento de 26 de julio nunca ha hablado de socializar o nacionalizar las industrias. Esto es temor estúpido a nuestra revolución.16

Sin embargo, durante los primeros meses, Castro resistió los intentos de varios políticos burgueses por apoderarse del control de la situación. El poder efectivo estaba en manos del Movimiento 26 de Julio, aunque las bases sobre las que se iba a organizar dicho poder fuera una cuestión mucho menos clara. Sin embargo, la popularidad del Movimiento era indiscutible. El dictador se había ido y era evidente que los nuevos líderes eran diferentes de los burócratas venales que habían dominado el aparato de Estado durante la dictadura. Como si quisiera poner de relieve este punto, Castro introdujo inmediatamente medidas severas contra la corrupción política. Se tomaron medidas inmediatas para introducir programas de reforma educativa y sanidad. A principios de año, unas cuantas huelgas reforzaron las demandas salariales, que fueron aceptadas rápidamente, aunque Castro llamó a otros trabajadores a abstenerse de tales demandas. En un principio, el desempleo disminuyó, pues los aumentos salariales favorecieron el consumo. Las huelgas terminaron con la misma rapidez con que habían empezado. No hubo más reivindicaciones cara a un cambio social de más envergadura, ni expresiones espontáneas del poder popular., como había sucedido, por ejemplo, en 1933. No hubo ninguna expresión de esa confianza y de esa creatividad colectivas, ningún rastro de "fiesta de los oprimidos", que generalmente acompaña un alzamiento general de la clase obrera.17 Ni los trabajadores ni los campesinos sin tierra habían tomado el poder; más bien parecían observar y responder a las decisiones del nuevo mando. Fueron los barbudos vestidos de verde quienes asumieron el control y se dedicaron, desde arriba, a llevar a cabo los cambios previstos en el programa global de reforma social descrito por Castro.


La guerrilla en el poder

Lo que Cuba reveló claramente fue que:

Mientras que la naturaleza conservadora y cobarde de una burguesía que se desarrolla tarde es una ley absoluta, el carácter revolucionario de la clase trabajadora joven ni es absoluto ni inevitable.18

Al contrario, Cliff ha demostrado que bajo tales condiciones los sindicatos crecen bajo la égida del Estado y se ven eclipsados por compromisos políticos que les limitan a reivindicaciones económicas. En el caso cubano, dichos compromisos fueron establecidos y defendidos por el partido comunista y tuvieron como consecuencia "un movimiento sindical conservador, estrecho y sin idealismo".19 Y fue precisamente esta debilidad lo que creó las condiciones para la emergencia del movimiento liderado por Fidel Castro.

Los estragos y la corrupción del imperialismo se manifestaban de forma abierta y arrogante; ni las medidas de "cubanización" de Batista ni las condiciones de vida relativamente mejores de algunos sectores obreros organizados desafiaron una economía cubana entrampada con los objetivos imperialistas. Para la mayoría de la población, las realidades de la vida cotidiana eran sombrías, y lo eran aún más porque una reducida sección de la población, la burguesía servil e improductiva, alardeaba sin ningún pudor de una vida de lujo. Sin embargo, la clase obrera cubana no presentó ninguna resistencia colectiva organizada a esta situación, y la dirigencia política, que se había proclamado a sí misma, no ofreció tampoco estrategias alternativas. Fue en este vacío que entró en el juego el grupo de intelectuales disidentes del Movimiento 26 de Julio, presentándose como los representantes de "los intereses de la nación" por encima de los antagonismos de clase, y que expresaron una determinación absoluta de llevar adelante desde el Estado un programa de modernización económica y de desarrollo. "Encarnizan el impulso hacia la industrialización, la acumulación del capital y el resurgimiento nacional."20. En otras palabras, las tareas que una clase capitalista nacional inútil no había llevado a cabo.

Para los comunistas, los barbudos en el poder representaban un serio problema. Los comunistas no habían tenido ningún papel en la caída de Batista; aún más, a los ojos de Castro, habían colaborado con Batista más allá de toda esperanza. Habían denunciado en repetidas ocasiones el Movimiento 26 de Julio por su oportunismo y sus orígenes pequeño burgueses. Dentro del Congreso de los Trabajadores Cubanos (CTC), que aún dominaban, los comunistas tuvieron que enfrentarse a una batalla interna por la dirigencia y la perdieron; el primer congreso celebrado después de la caída de Batista eligió una dirigencia con seis comunistas (miembros del PSP) y quince seguidores del Movimiento 26 de Julio quienes, como el nuevo secretario general, David Salvador, frecuentemente eran encarnizadamente anticomunistas. Pero el Movimiento no contaba con raíces en el movimiento obrero, ni con organizaciones de base que llevaran a cabo una transformación revolucionaria desde abajo. Pronto se hizo evidente que Castro tenía necesidad de la máquina sindical del Partido Comunista para sus propios fines. El cambio de dirigencia había sido una acción dirigida desde arriba y no representaba una transformación importante en la base, donde la vieja dirección sindical mantenía el control. Después de las concesiones iniciales, una de las cuestiones clave, y además urgente, era el control de los salarios y su relación con la productividad, en el marco de un objetivo de desarrollo económico. En este tema, el Partido Comunista era una aliado clave. Ya se empezaba a poner cada vez más énfasis en la necesidad de que los obreros mejor pagados se sacrificaran, en el cambio de salarios individuales a salarios sociales. Para poder convencer, hacía falta una estructura de organización local, y ésta estaba controlada por los comunistas. Ésta fue la base de una reconciliación dictada por el pragmatismo.

El otro elemento clave del programa de Castro fue establecido en mayo de 1959, con el decreto de reforma agraria que distribuía entre los campesinos pobres las tierras antes en manos del capital extranjero.21 Sólo fueron expropiadas las propiedades de más de 1.000 acres (402 hectáreas), que representaban un 25% de las tierras cultivables. Hasta las fincas cubanas más extensas, por lo general, fueron respetadas. Difícilmente podía ser considerada como una reforma agraria revolucionaria, como señalaron muchos comentaristas liberales de los Estados Unidos; su primer objetivo era dar tierra a los sin tierra y explotar de forma productiva tierras que antes no habían sido utilizadas o que habían sido subutilizadas. En primer lugar, con ello se elevaría la producción de alimentos para el consumo interno; en segundo lugar, se podría elevar la producción de caña de azúcar en el sector no dominado por las plantaciones (porque el azúcar seguía siendo el elemento clave de todo el programa económico).22

Sin embargo, pronto se hizo evidente que el problema no estaba sólo en explotar la tierra, sino en emplearla de una forma más productiva; y esto requería inversiones a gran escala en tecnología y nuevos métodos de producción en todas las áreas de la agricultura. De hecho, los capitalistas cubanos retiraron muchas de sus inversiones y se resistieron a plantar de nuevo; sus aliados en los Estados Unidos reaccionaron con una rapidez aún mayor. El gobierno norteamericano, que había mantenido una cierta ambigüedad durante los primeros meses del nuevo régimen (incluso permitieron que Bell Telephone negociara el traspaso a Cuba del servicio telefónico), ahora denunció las expropiaciones de tierras y amenazó con cancelar las compras de azúcar. Los intereses norteamericanos tenían en Cuba inversiones por valor de 1.000 millones de dólares, gran parte en el azúcar y en actividades relativas de las que dependía la economía cubana. Y Estados Unidos compraba el 95% del azúcar cubano. Poner fin al acuerdo comercial era un golpe devastador.

La respuesta cubana fue inmediata e inevitable. En septiembre de 1959, el Estado cubano asumió un papel más intervencionista; las tierras de colaboradores conocidos de Batista fueron confiscadas, se fundó el Instituto Nacional de la Reforma Agraria (INRA), con Fidel Castro a la cabeza, y se establecieron almacenes populares para prevenir la especulación. A principios de 1960, Estados Unidos había cortado ya las compras de azúcar y el petróleo les proporcionó una buena excusa para poner fin a toda relación comercial. Cuando Cuba anunció que iba a recibir cantidades limitadas de petróleo ruso (después de la visita de la delegación Mikoyan en ese mismo año), las compañías petroleras norteamericanas se negaron a refinar el petróleo en las plantas cubanas. En respuesta, Cuba confiscó las refinerías y, en junio, el presidente Eisenhower puso fin a toda adquisición. Cuba confiscó más propiedades norteamericanas y los Estados Unidos impusieron un embargo económico total que había de durar hasta el día de hoy. El impacto del embargo fue dramático; antes de 1959, no sólo la inmensa mayoría de las exportaciones cubanas iban a los Estados Unidos, sino que Norteamérica era también la proveedora del 80% de las importaciones cubanas.

En la guerra que los Estados Unidos organizaron contra Cuba en los meses siguientes, las respuestas de Castro fueron reacciones esencialmente pragmáticas. A partir de junio de 1960, el gobierno de los Estados Unidos apoyó de forma más abierta y activa a los ex-partidarios de Batista que preparaban una contrarrevolución armada en Cuba. Al mismo tiempo, los Estados Unidos empezaron a presionar a sus otros aliados en América Latina para que aislaran a Cuba política y económicamente. Uno de los brazos de esa política fue la Alianza para el Progreso, cuyos programas de reformas dirigidas bajo tutela norteamericana eran una alternativa específica a las reformas nacionalistas radicales puestas en práctica en Cuba.23 El otro instrumento de la estrategia norteamericana fue la noción de "seguridad colectiva" (es decir, la idea de intereses de seguridad comunes a los Estados Unidos y a América Latina) que fue santificada con el Tratado de Punta del Este de 1961 y cuyo objetivo era el cerco militar y político de Cuba.24

Cuba respondió mediante la creación de órganos internos de vigilancia contra la contrarrevolución los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) y de milicias populares que guardaran las instalaciones clave. Cuando, en abril de 1961, mercenarios de extrema derecha apoyados y financiados por la administración Kennedy, y asistidos directamente por diversas tiranías centroamericanas, invadieron Cuba, fueron derrotados de forma inmediata y devastadora por las milicias. Este incidente, conocido como la invasión de Bahía de Cochinos por el lugar de desembarco de los contrarrevolucionarios (en español llamado Playa Girón), desencadenó una explosión masiva de apoyo popular a Castro.

Al mismo tiempo, los defensores del viejo orden abandonaban Cuba en oleadas (medio millón durante los primeros dieciocho meses, aproximadamente). Se terminaron los turistas que visitaban los burdeles y casinos de La Habana, y los parásitos cobraron las deudas y se marcharon a casa, a Miami. Después siguieron las empresas. La clase capitalista privada cubana se había marchado, pero aún estaba pendiente la tarea de desarrollar la economía. La responsabilidad recayó en el nuevo Estado, cuyo papel directivo se había hecho cada vez más central a medida que los Estados Unidos imponían un aislamiento económico absoluto y que la industria y la agricultura pasaban a control del gobierno.

Quién controlaba ahora el Estado? A mediados de 1959, no había ninguna duda de que el Estado estaba en manos de Castro, aunque la batalla por el control absoluto continuara. Los antiguos funcionarios estatales, el circulo inmediato a Batista y los escalones superiores del ejército y la policía abandonaron Cuba durante el primer año. Pero los sectores clave de la burocracia, los dirigentes sindicales comunistas, se vieron incorporados a la nueva maquinaria del Estado y reemplazaron a los burócratas de derecha. La primera expresión del nuevo Estado, la ORI (Organizaciones Revolucionarias Integradas), atrajo al Directorio y a otros grupos bajo la hegemonía de Castro. Aunque empezó por librar la batalla contra los comunistas dentro de los sindicatos, pronto se hizo evidente que el Movimiento 26 de Julio no contaba con una base independiente entre ningún sector de la población. No era el pináculo de un movimiento de masas. La forja de un nuevo grupo dirigente en la cima permitiría la creación de organismos de masa del poder del Estado desde arriba. El ejército, por ejemplo, se constituyó mediante una fusión del ejército rebelde y los elementos del ejército ya existente. El ejército no fue reemplazado por una milicia popular; al contrario, permaneció bajo el control de una estructura de mando con una jerarquía muy rígida y estricta.

No hubo un sólo visitante a Cuba que no quedara impresionado por lo que Huberman y Sweezy llamaron "democracia directa"25: el diálogo permanente entre Fidel Castro y la población cubana, por lo general reunida en ingentes multitudes en la plaza principal de La Habana. Por estimulantes que fueran, ahora está claro que esos espectáculos públicos no formaron parte de una transición para devolver el poder a los trabajadores, sino más bien para substituir dicho poder. Las milicias rendían cuentas a los mandos militares, y no al revés; los sindicatos rendían cuentas a quienes controlaban el Estado.

Con esto no pretendemos, de ningún modo, negar la popularidad del nuevo régimen o el inmenso significado del nuevo gobierno. De hecho, los cambios importantísimos que tuvieron lugar después de la huida de Batista sólo fueron posibles debido, precisamente, a dicha popularidad. Las medidas iniciales elevaron el nivel de vida en general y los salarios de los trabajadores en particular. Los compromisos relativos a sanidad y educación se cumplieron inmediatamente. No hay nada que represente tan claramente la esperanza y el optimismo que tanto socialistas como liberales y demócratas pusieron en Cuba como la campaña de 1960 que, prácticamente en un año, eliminó el analfabetismo en Cuba. Los maestros eran, mayoritariamente, jóvenes urbanos educados que se fueron al campo llevando consigo el sueño de enseñar al pueblo a leer. Los antiguos palacios de corrupción de La Habana ahora estaban llenos de barbudos con uniforme verde-olivo que no se habían enriquecido. Desde la tribuna en la plaza o desde su jeep, Fidel hablaba con todo el mundo. Pero nada produjo más placer que ver como el imperio norteamericano temblaba ante un país tan pequeño. En una era en que el estalinismo dominante había abandonado el papel revolucionario de la clase obrera, las revoluciones coloniales parecían desempeñar ese rol.

El compromiso de construir un Estado independiente capaz de llevar a cabo el desarrollo económico estaba muy presente. Pero no hay que confundir esto con un compromiso con el socialismo, con la auto-actividad de los productores. La inmediata expansión de la economía creó una respuesta a corto plazo; pero las tareas que el nuevo régimen se había impuesto eran la acumulación rápida26, una transmisión de los recursos a la industria, y el éxito en un entorno de acumulación competitiva. Incluso durante este período que Maspero llama "la fiesta cubana"27, el poder estaba concentrado en el nuevo Estado y en la figura misma de Fidel. Las organizaciones de masas no estaban sujetas a una democracia directa desde abajo; el nuevo Estado les dictaba las tareas. El ejército movilizó a las milicias como fuerza defensiva, pero las estructuras de mando se vieron reforzadas durante los primeros años de la revolución.

Si no establecemos las condiciones reales de emergencia del nuevo Estado cubano y las relaciones entre quienes lo controlaban y las organizaciones de masas desde un principio, entonces todo análisis posterior será imposible. O bien simplemente negaremos la concentración de poder en el Estado y la prioridad absoluta que se dio a la acumulación, o bien buscaremos (en vano) alguna fractura dramática en la simbiosis entre el Estado y el pueblo. De hecho, hay un factor de continuidad impuesto por la dinámica de clases del capitalismo: la acumulación competitiva como objetivo.

Desde un inicio, Castro y Guevara vieron en la industrialización y la diversificación las claves del crecimiento económico y de la ruptura del ciclo de dependencia de los Estados Unidos. Tenían razón, por supuesto, pero cómo iban a organizarlo en un país sin capital ni tecnología? En los primeros meses, los cubanos utilizaron todos los medios de los que disponían para convencer a los Estados Unidos. Pero a pesar de los llamamientos efectuados por una amplia gama de liberales e intelectuales, los Estados Unidos permanecieron inconmovibles. Entonces los líderes cubanos se dirigieron al Partido Comunista cubano, cuyo papel cada vez más central se debía a la creciente influencia de la Unión Soviética sobre el pensamiento cubano. Sus métodos económicos y sus estructuras políticas correspondientes proporcionaron a Castro un modelo de planificación centralizada que Guevara, como director del Banco Nacional, suscribió con entusiasmo. Guevara, además, reconoció que la expansión económica exigiría un sacrificio considerable por parte de los trabajadores cubanos, que las promesas de beneficios inmediatos eran ilusorias, y que el método para conseguir la austeridad generalizada era político: convencer a los trabajadores de que el nuevo Estado era el Estado de los trabajadores. La adopción de estas ideas coincidió con un creciente compromiso económico de Rusia con Cuba (1 millón de dólares al día es la figura generalmente citada). El anuncio de Castro, a finales de 1961, de que la revolución "se había convertido en marxista-leninista" representó, más que cualquier otra cosa, el reconocimiento de una interdependencia cada vez más profunda. No quería decir que la revolución estuviera comprometida con la auto-emancipación de la clase obrera, ni que hubiera adoptado el internacionalismo proletario. Al contrario, utilizó a las organizaciones obreras y populares para ejecutar el plan. En las fábricas, por ejemplo, las comisiones técnicas conjuntas de trabajadores y dirección poco a poco substituyeron a los sindicatos en los lugares de trabajo. El énfasis en lo colectivo, en la igualdad y el socialismo, se vio reemplazado por la insistencia en los incentivos materiales, relacionados con la necesidad imperiosa de aumentar la productividad. Y esta insistencia se vio reforzada por la introducción de normas severas contra el absentismo, por la introducción de documentos de identidad, etc. Al mismo tiempo, los recursos fueron masivamente trasladados de la producción para el consumo a las inversiones en maquinaria, que ahora sólo podía obtenerse de los países del Este y que se pagaba con azúcar. La contradicción, claro, estaba en que la desviación de recursos de la agricultura hacia la industria produjo una caída de la producción de azúcar, que era el único medio con que contaba Cuba para obtener beneficios del exterior.

Por tanto, entre 1961 y 1963, la Cuba de Castro impulsó una dirección muy burocrática y centralizada de la economía. Las organizaciones de masas formaban parte de la estructura de ejecución, pero no de las de control o fiscalización de la misma. Y la falta de una organización independiente durante la revolución misma o en el período inmediatamente posterior hizo más fácil aún la tarea de imponer esta nueva dirección.

Sin embargo, esto difícilmente corresponde a la reputación que Cuba ha tenido en el pasado, ni a la imagen que sus adalides presentan hoy. De hecho, la imagen que la izquierda tiene de Cuba se deriva de un breve período de su historia (1963-69) que no fue característico en absoluto de los últimos treinta años de historia cubana. Además, las apariencias pueden ser engañosas, sobre todo cuando el observador participa de tan buen grado en el engaño.


Intentando evitar el abrazo ruso

El embargo económico estadounidense cerró todo camino a una renegociación de las relaciones con el continente. Pero hubo más. Bajo Eisenhower y Kennedy, el gobierno de los Estados Unidos se había propuesto cercar a Cuba. A mediados de 1960, el gobierno norteamericano aprobó el establecimiento de una guerrilla anti-castrista en la provincia de Escambray y se habló mucho de una invasión directa. Los CDR y las milicias eran la respuesta a la amenaza de invasión, y demostraron ser muy eficaces cuando 1.400 cubanos de derechas desembarcaron en Bahía de Cochinos. La fuerza invasora fue destruida rápidamente y sin dificultades, y la sublevación general que se esperaba que hubiera en Cuba no se produjo; es difícil imaginar que pudiera ser algo más que un sueño paranoico de la derecha.

Lo que sí hizo Bahía de Cochinos fue provocar el corte definitivo de las relaciones con los Estados Unidos. En los dos años que habían pasado desde la revolución, el gobierno de Castro había respondido a cada ataque con una radicalización aún mayor. La reforma agraria de 1961 fue de más envergadura y más profunda que el primer decreto de reforma; el compromiso de rápida industrialización ahora era, en palabras de Guevara, una prioridad arrolladora. Sin recursos y sin acceso al capital americano, Cuba recurrió a la Unión Soviética, no sólo en busca de recursos sino también en busca de métodos administrativos y políticos con los que lograr el rápido desarrollo que se había propuesto. Está claro que una estrecha relación con la Unión Soviética formaba parte de esta estrategia; también formaba parte de ella la incorporación a la burocracia del Estado de quienes más cercanos estuvieran del pensamiento soviético, es decir, los miembros del PSP, el Partido Comunista cubano. Su inclusión viene marcada por la formación de la ORI; y cuando, en abril de 1961, tras la invasión de Bahía de Cochinos, Castro declaró que la revolución era "marxista-leninista", lo que se estaba reconociendo era el papel dirigente de los comunistas en cuanto a política económica.

En un sentido inmediato, esto señaló el fin del idealismo de los primeros escritos de Che Guevara; la emulación socialista y la solidaridad colectiva no eran armas eficaces en la carrera por la acumulación. Los consejos soviéticos eran claros y se reflejaron en la introducción de incentivos materiales, de normas de productividad y de sistemas severos de disciplina laboral, que incluían la imposición de documentos de identidad obligatorios para los trabajadores. La adopción de un modelo soviético de planificación económica también cambió la dirección de las reformas en la agricultura, con un énfasis en el colectivismo y las granjas estatales. Fundamentalmente, todo el programa se basaba en un intercambio de maquinaria, tecnología, etc., para las exportaciones de azúcar. Los pagos en rublos no convertibles obligaron a Cuba a comprar maquinaria rusa; de hecho, significó tener que llegar a cabo un reaprovisionamiento completo en un período de escasos recursos. En 1962, el nivel de vida aún seguía subiendo en comparación con 1958, aunque la tasa de crecimiento se hacía más lenta porque el excedente era destinado a la industria. Sin embargo, el dilema estaba en que se necesitaba más tierra para producir las cantidades de azúcar cada vez mayores previstas en los planes económicos, mientras que la población en aumento esperaba poder comer más y mejor comida. Ya en 1963-64 empezaba a ser evidente para los cubanos que la dependencia del azúcar iba en aumento, que la diversificación de la economía retrocedía y que los incentivos materiales tenían poca importancia en un país que disponía de tan pocos bienes de consumo. En 1963, una cosecha de azúcar desastrosa obligó a Cuba a pedir ayuda a Rusia y luego a emprender una producción de azúcar que era cada vez significativamente mayor. El círculo del azúcar se estaba cerrando otra vez. Y sin una estrategia, cambiando de dirección cada vez que cambiaban los acontecimientos, los dirigentes cubanos no encontraban ninguna salida.

La necesidad de buscar otras vías de desarrollo se hizo imperiosa después de los acontecimientos de octubre de 1962 conocidos como la Crisis de los Misiles. Un avión espía norteamericano fotografió una base de misiles rusos en Cuba. Kennedy anunció que Cuba sería sometida a bloqueo hasta que los misiles fueran retirados. Una flota rusa zarpó en dirección al Caribe y la mayoría de observadores, incluidos yo mismo, empezamos a contar los minutos en el reloj de Armagedón. Entonces, los barcos rusos regresaron, se llegó a un acuerdo y, a cambio de garantías públicas de que Cuba no sería invadida, se inició la retirada de los misiles.

Para los cubanos, este episodio reveló claramente la verdadera naturaleza del apoyo soviético: Cuba era un peón más en su estrategia geopolítica. Castro rechazó, furioso, las declaraciones del dirigente ruso Krushchev asegurando que Cuba había pedido los misiles para protegerse de una invasión.28 Frente al bloqueo, los cubanos alzaron su consigna de "Patria o Muerte". A los rusos no les importaba sacrificar Cuba a las exigencias más imperiosas de la detente EE.UU.-URSS. Castro se enfureció por una traición tan cínica, pero no podía decir nada, y no lo hizo. Internamente, la burocracia estatal estaba bien establecida, con el Partido Comunista en el centro.29 Aunque Castro reabrió cautelosamente el debate sobre estrategias económicas alternativas, Cuba siguió siendo una firme defensora de la posición rusa en la ruptura con China, firmó nuevos acuerdos comerciales en 1963, y reconoció el papel político de los partidos comunistas en América Latina.

En 1965, los cubanos deseaban tomar una nueva dirección. El contexto era de desencanto con Rusia y de búsqueda de una vía alternativa de desarrollo económico. Castro se volvió contra la vieja guardia del Partido Comunista y encarceló a varios de sus miembros; estableció contacto con China y empezó a buscar el establecimiento de relaciones con otros países del Tercer Mundo. Luego, en 1965, Che Guevara publicó el ensayo fundamental El socialismo y el hombre en Cuba30, en el que defendía "un gran salto adelante" en base al modelo chino31, basado en el sacrificio de los trabajadores y en un período de austeridad y escasez cuya recompensa serían no los incentivos materiales sino los "morales", el reconocimiento del colectivo y la generosidad revolucionaria. Era un regreso al voluntarismo del primer año de la revolución, y el protagonista volvería a ser otra vez el Estado comprometido en una lucha por la acumulación rápida y forzada con el apoyo de los trabajadores.

En palabras de Guevara, la producción basada en la "emulación socialista" sería:

el trabajo voluntario en el que el hombre se ve recreado en su propia obra y comprende su magnitud humana... así el hombre accede a su condición plenamente humana cuando produce sin que le obligue a ello la necesidad física de venderse como un bien de consumo más.32

El problema está en que las palabras existen en una realidad material, en este caso en unas circunstancias en que el trabajo iba a ser una contribución a un proceso de acumulación rápida y forzada en el cual las presiones para que los trabajadores vendieran su fuerza de trabajo iba a verse redoblada. El contexto era una situación de escasez en la que las necesidades de los trabajadores tenían que ser subordinadas sistemáticamente a la acumulación de excedente en una economía que no contaba con ningún recurso sin explotar, de no ser la fuerza de trabajo misma. Lo que se estaba pidiendo a los trabajadores era que aceptaran una explotación más intensa, que renunciaran voluntariamente a los frutos de su trabajo a fin de alimentar a un Estado que estaba luchando por la supervivencia según las leyes del mercado y que administraba dichas leyes. El Estado completó la tarea de la acumulación capitalista mediante la explotación; y describir esto como trabajo no-alienado sería absurdo.

Al mismo tiempo, Guevara habló cada vez más de la necesidad de romper el aislamiento de Cuba, de la necesidad de desafiar al imperialismo en "uno, dos, tres Vietnams". Quizá estuviera aceptando la imposibilidad de conquistar el socialismo, o un desarrollo equilibrado, en un sólo país; y puede que ésta fuera la base real de su desacuerdo con Castro.33 Lo que sí es seguro es que ahora criticaba abiertamente los métodos de planificación soviéticos y el papel de la Unión Soviética en la escena mundial.34

Sin embargo, la necesidad de extender la revolución respondía a la búsqueda de mercados alternativos y de proveedores alternativos de bienes de importación, a la búsqueda de unos fundamentos económicos más amplios y libres de la camisa de fuerza que una dependencia cada vez mayor de la Unión Soviética implicaba. En un sentido más amplio, podría haberse apoyado en la noción de un desarrollo a escala latinoamericana, pero esto nunca llegó a ser articulado. Lo que es crucial es que sirvió un propósito interno: movilizar a la clase obrera cubana para su propia explotación, destacar las recompensas morales del sacrificio y la negación de uno mismo. La realidad Cubana era que "el gran salto" exigía un recorte aún a mayor escala de los recursos destinados a la producción para el consumo y su inversión en el desarrollo. Y, a pesar de todo el énfasis en su carácter voluntario, lo cierto es que la vía emprendida fue coercitiva. Fue concebida y dirigida desde arriba, regida por el Estado. Porque detrás de los discursos sobre poder popular y democracia revolucionaria había un control directo cada vez mayor del centro sobre la vida política; las ya limitadas organizaciones de democracia existentes fueron dejadas de lado a favor de una relación directa entre Castro y el pueblo, pero sin los beneficios de un control o de una supervisión democráticos. El Estado, "personificado" en Castro (un concepto que tanto antes como ahora parece hipnotizar a los defensores occidentales de Cuba35) era el protagonista de la historia. La vida política se convirtió en la actividad del Estado entre las masas.

No fue la escasez lo que llevó a muchos intelectuales occidentales a Cuba, ni sus estrategias internas de acumulación, que se ganaron el corazón de toda una generación de la izquierda. Significativamente, lo que dio a Cuba la reputación de que goza fue su internacionalismo. Contra las versiones grises y mecánicas del marxismo que prevalecían entre la vieja izquierda europea, la ideología de Cuba prometía una concentración de la voluntad, desdeñaba los obstáculos que representaban las condiciones materiales, y adoptaba la política del guerrillero simbolizada por el Che Guevara. No era la fuerza material de los trabajadores lo que iba a cambiar el curso de la lucha de clases, sino la voluntad del revolucionario y su ejemplo. Todo ello encajaba perfectamente en el método político del Estado cubano y se hacía eco del desencanto general con las políticas de clase que ahora prevalecía entre una nueva generación de jóvenes revolucionarios. En parte, se trataba de una reacción saludable contra el estalinismo; en parte, era un idealismo impaciente que no podía esperar a que se llevara a cabo la lenta construcción de una organización revolucionaria capaz de encabezar la revolución de los trabajadores.

No había ninguna duda de que la nueva atmósfera de internacionalismo y revolución era saludable, pero no se trataba de internacionalismo proletario. De hecho, generalizando a partir de la experiencia específica de Cuba, asumía la ausencia de la clase trabajadora del proceso revolucionario. Tomaba a Cuba por modelo, y las descripciones de Guevara de los mecanismos de la guerra de guerrillas eran su libro político. Los guerrilleros tomaban el lugar de una clase revolucionaria ausente.

Fue precisamente esta ausencia lo que dirigió hacia Cuba la ola de apoyo y entusiasmo de muchos estudiantes e intelectuales occidentales en busca de potenciales revolucionarios fuera de su propio país. Encontraron al revolucionario en quienes se apartaban de las tradiciones políticas establecidas, en los marginados y los alienados de las grandes ciudades, en la juventud; pero, sobre todo, en el Tercer Mundo, como si el Tercer Mundo no fuera ya la escena de una producción industrial conformada por poderosos países metropolitanos y que convertía a cada vez más habitantes del Tercer Mundo en obreros. En lugar de establecer contacto con los crecientes movimientos sindicalistas de América Latina, los guerrilleros consideraron aliados naturales a los campesinos y a las poblaciones rurales más pobres.36 En este sentido, la revolución se convirtió en un asunto de alienación y pureza moral; lo que definía al revolucionario era el grado de sacrificio y sufrimiento, y no una identificación y una movilización efectivas del poder de cambiar el mundo. Desde esta perspectiva, el instrumento de cambio más importante no eran las organizaciones de lucha de la clase obrera, sino el Estado nacional.

La muerte de Guevara en Bolivia en octubre de 1967 fue ejemplo del valor y el sacrificio de toda una generación de revolucionarios auténticos y comprometidos a los que el Che inspiró y representó. También puso de manifiesto las consecuencias de una estrategia revolucionaria desarrollada al margen de la clase obrera, clase que en ese momento jugaba un papel central en la escena política latinoamericana (y a la que, sin embargo, la estrategia de la guerra de guerrillas no reconocía).37 La generalización de la experiencia cubana acabó muy mal en el caso de Bolivia, pero el apoyo a los grupos de guerrilla aún continuó durante un breve período. Sin embargo, para Cuba, la figura de Guevara siguió sirviendo un propósito interno: legitimar la demanda continuada de sacrificio. Lo que dicha demanda ocultaba era el declive de la producción, un empeoramiento del nivel de vida de los trabajadores38 y una reacción cada vez más desesperada por parte de la dirigencia. La muestra más clara de ello fue la obsesión de Castro con una cosecha de azúcar de 10 millones de toneladas para 1970.

El propósito de lograr una cosecha de azúcar sin precedentes en la historia cubana representó un último esfuerzo por acumular suficientes recursos procedentes de los ingresos de exportación y poder, con ellos, lanzar un programa de industrialización. Como muchas otras medidas, fue adoptada sin estudio ni planificación, como un acto desesperado. La ironía está en que la subordinación de toda otra consideración a la consecución de un objetivo ideológicamente crucial condujo a distorsiones extraordinarias, a sacar tanto inversiones como mano de obra de la industria, pero como la mayoría de los trabajadores, procedentes de las fábricas y voluntarios, eran muy ineficaces en comparación con los cortadores de caña profesionales el resultado no fue el consiguiente aumento de la productividad. Cuba tenía la obligación de entregar a Rusia 8,5 millones de toneladas; el excedente sería vendido en el mercado mundial. De hecho, el azúcar se vendía mediante acuerdos comerciales mutuos; la súbita entrada de 1,5 millones de toneladas extra a un mercado abierto limitado seguramente hubiera hecho bajar el precio del producto aún más y hubiera socavado el propósito mismo de la Gran Zafra. De todos modos, no se consiguieron más de 8,5 millones de toneladas, cifra que, aún siendo todo un récord, no era suficiente para cumplir el objetivo fijado.

De hecho, el mismo Castro se había dado cuenta de ello mucho antes. Y no fue la primera vez ni la última que lograría mantener una retórica de principios inconmovibles y, al mismo tiempo, actuar con un pragmatismo considerable. La invasión rusa de Checoslovaquia en agosto de 1968 dio a Castro la oportunidad de establecer sus propias metas para los cambios futuros y de iniciar un nuevo acercamiento a Rusia.

A los analistas les gusta poner de relieve la doble naturaleza del famoso discurso de Castro.39 Aunque, por un lado, destaca que las tropas del Pacto de Varsovia no habían estado tan dispuestas a defender a otros países como en este caso una referencia irónica a la Crisis de los Misiles de 1962 y reitera la necesidad de prepararse para que dichas tropas intervengan en la eventualidad de confrontaciones futuras; pero por otro lado, el tenor general del discurso es claro y consistente. Castro dio su apoyo a Rusia en un momento en que la condena por la intervención de la URSS en la Primavera de Praga era universal. Aún antes de saberse los resultados finales de la Gran Zafra, y en medio de la Gran Ofensiva Revolucionaria40, Castro reconoció implícitamente el fracaso del proyecto económico. Aunque, incluso en ese momento ya tardío, Castro aún quisiera conservar una cierta posibilidad de maniobra en sus relaciones con Rusia y con otros Estados, la intención central del discurso fue aceptar la identidad de intereses entre Cuba y Rusia.

Como siempre, la causa fue principalmente económica. En primer lugar, era un reconocimiento implícito de que la austeridad no había logrado asegurar el salto económico que Castro había anunciado. Al contrario, el creciente descontento entre los trabajadores y un absentismo cada vez mayor constituyeron una preocupación constante para el gobierno cubano durante 1969 y culminaron en las severas leyes laborales de 1970. Durante los años sesenta, el Estado cubano se había propuesto ganar la carrera de la acumulación mediante la explotación de la mano de obra; pero esto aún fue insuficiente para conseguir la independencia económica. El discurso sobre Checoslovaquia señala el reconocimiento de dicha realidad y anuncia una reconciliación política y económica con la URSS. En 1970, la Junta Central de Planificación (JUCEPLAN) era el organismo supremo de toma de decisiones económicas. Después de haber sido marginado durante la fase "guevarista", el Partido Comunista de Cuba obtenía de nuevo un papel central y la experiencia de planificación soviética se veía reforzada mediante un fortalecimiento del Estado en relación al resto del sistema social.41

No quedaba ninguna duda de la actuación del régimen cubano. La apuesta por los 10 millones de toneladas de azúcar una cantidad que, desde un principio, fue excesiva dio prioridad absoluta a la producción de un excedente para invertir. Todo fue sacrificado a este propósito: el gasto social, la producción para el consumo de la clase obrera, los proyectos de diversificación a largo plazo. Retórica aparte, para Cuba significaba la aceptación de su papel en el mercado mundial como productora de bienes de consumo. La figura de los 10 millones era importante precisamente porque permitiría a Cuba cumplir con el compromiso de 8,5 millones de toneladas para Rusia y dejaría 1,5 millones de toneladas para vender en el mercado mundial. Aparte de la cuestión de si 10 millones de toneladas era una cantidad realista o no, o de si la llegada de tanto azúcar cubano extra habría hecho caer los precios en el mercado mundial, el impacto inmediato de la campaña tuvo consecuencias muy importantes en todas las esferas de la vida cubana.

Todos los recursos fueron destinados al azúcar y los proyectos industriales fueron abandonados. Todo se basaba en el aumento de la producción de azúcar y todo debía ser subordinado a dicho proyecto. Otras áreas económicas fueron abandonadas y la mano de obra, aunque muchas veces fuera ineficaz, fue destinada a los campos de zafra. La presión ideológica sobre los trabajadores para que aceptaran la retirada de recursos del gasto social y de la producción para el consumo se hizo más intensa cada día. De una lista de 20 áreas de producción para el consumo, entre 1965 y 1970 la producción cayó en 17, y el crecimiento tanto absoluto como per capita disminuyó durante este período.42 Al caer el nivel de vida, se adoptaron medidas disciplinarias cada vez más severas. El lenguaje del internacionalismo, de la democracia y de la participación escondía un extraordinario nivel de centralización del poder en manos de Castro, una centralización que sería formalizada con la constitución de 1976 y confirmada en el primer congreso del Partido Comunista Cubano. En la estructura de mando, el ejército ocupó un lugar cada vez más prominente.

En esta situación, no es nada sorprendente que la baja productividad laboral y el absentismo se convirtieran en el tema central de los discursos políticos. En 1970, se volvieron a introducir incentivos materiales y diferencias salariales crecientes. La diferenciación interna dentro de la clase obrera se vio formalizada con la existencia de un Movimiento de los Trabajadores de Vanguardia; la pertenencia al mismo era condición previa para la entrada en el Partido Comunista. Elegido a nivel de fábrica de una lista elaborada por el gobierno, el trabajador de vanguardia se definía por su disciplina en el trabajo, su puntualidad, su productividad, etc. Las disensiones o las críticas constituían razón de descalificación. No todos tenían acceso a los bienes de consumo, pero estos bienes eran accesibles a quienes ganaban bonos e incrementos; de hecho, el trabajador de vanguardia hasta podía ahorrar y obtener intereses de una cuenta bancaria.

Tenemos ya una capa de privilegios claramente definida dentro de la sociedad cubana que ahora podía hacerse extensiva a un grupo de trabajadores privilegiados. Independientemente de las posesiones materiales (aunque era evidente que algunos individuos estaban mucho mejor provistos que otros), la concentración de poder dio a un grupo restringido en la cúspide de la sociedad un poder incontestable. Las tan cacareadas organizaciones de masas y, entre ellas, la principal, los Comités de Defensa de la Revolución eran conductos de ejecución de las decisiones del Estado u órganos de vigilancia del Estado. No había forma de que se pudiera ejercer ningún control desde abajo sobre la gestión de los líderes designados. Cuando, en 1970, se celebraron elecciones sindicales, hubo poca participación y no se permitieron los debates públicos; no había ningún medio de expresión para la crítica pública. Las campañas electorales no estaban permitidas y los únicos medios de comunicación eran los del gobierno. El desinterés en los procesos electorales ponía en evidencia la falta de una población comprometida o interesada. Contra el telón de fondo de todas las otras expresiones de descontento absentismo, cinismo, trabajo de baja calidad, alcoholismo a las que se hacía referencia continuamente en los discursos, la escena mostraba un descontento creciente pero no organizado.

El cambio decisivo se produjo en 1970. Los analistas lo describen con el término anodino de "la institucionalización" de la revolución, pero en realidad significó el abandono de un proyecto de desarrollo económico independiente, el reconocimiento de que Cuba sobreviviría en un sistema económico mundial en los mismos términos que cualquier otro capital nacional débil. Internamente, el nueva énfasis se expresó mediante nuevas normas laborales, sanciones por baja productividad y controles más estrictos de cualquier forma de desacuerdo.43

Todo ello indicaba las condiciones de la supervivencia en una economía mundial y la plena integración de Cuba en la esfera económica soviética. Ahora, Cuba no sólo había abandonado efectivamente la aspiración de desarrollar una industria propia o de diversificar la economía; además, se convirtió en productora de azúcar dentro de un sistema económico integrado. En 1972, Cuba entró en el COMECON, pero ya desde 1970 la Comisión Cubano-Soviética para la Cooperación Económica, Científica y Técnica era el ente central de toma de decisiones, encargado, entre otras cosas, de la elaboración del Plan Quinquenal de 1976-80. En 1971, Castro reconoció que "no se pueden saltar las etapas de crecimiento" ( Qué lejos estaba de las políticas de voluntarismo revolucionario!; y es normal que ya no se hablara más de Guevara).44 Inexorablemente, se impusieron los métodos soviéticos de planificación: incentivos morales, rentabilidad de la empresa, dirección en manos de un sólo individuo, planes quinquenales. En 1973, los precios fueron liberalizados y cinco años más tarde se introdujo la participación de la dirección en los beneficios de la empresa. Eran síntomas de la integración global de la economía en el ámbito soviético. En 1973, el 67,5% del comercio cubano se hacía con la URSS, la maquinaria y los productos fabricados se compraban en los países de Europa del Este con moneda no convertible, y la proporción fue en aumento durante los siguientes quince años. Todas las áreas de actividad económica estaban subordinadas al propósito central de producir azúcar.45 Y los casi 7.000 millones de dólares en inversiones soviéticas que llegaron a Cuba entre 1970 y 1986 no sólo no sirvieron para romper el círculo sino que, además, lo reforzaron.

Estos cambios fueron acompañados de una militarización creciente del trabajo y también del gobierno: a mediados de los años setenta, diez de los veinte ministerios estaban bajo control militar. Las Leyes contra la Vagancia de 1971 eran extremamente draconianas y no existía ningún medio de auto-defensa colectivo ni, simplemente, de expresión. Como dijo un sindicalista:

[el papel de los sindicatos] es reconciliar nuestros intereses como clase obrera con los de nuestro estado revolucionario. Nuestra función principal es la de ser la contraparte, no antagónica sino armónica, de la dirección.46

El Congreso del CTC de 1973, en el que Lázaro Peña, antiguo secretario general del PC, desdeñosamente denunció el "igualitarismo pequeño burgués", ya había marcado la pauta.

Quizá lo que expresara mejor la realidad de la sociedad cubana fuera el Primer Congreso del Partido Comunista Cubano, que se celebró en 1975 para ratificar la nueva constitución "socialista". El Congreso ratificó a Fidel Castro como Secretario General del PC, Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas y Presidente del Consejo de Ministros. Su hermano Raúl fue designado suplente en todas las funciones y sucesor natural. Y, en todos los organismos de dirección del Estado, el poder quedó en manos de 18 individuos que ejecutaban funciones superpuestas. Ninguno de dichos individuos estaba sujeto a elección, destitución o exigencia de responsabilidades. En esta situación, el aclamado experimento de poder popular del año anterior se nos revela como un fraude, porque mientras que los delegados a los órganos de esta nueva forma de "poder local" podían ser elegidos en los niveles locales más bajos, los organismos superiores estaban integrados por personas designadas por el gobierno. Y el Partido Comunista habla por sí sólo de esta capa privilegiada de la sociedad cubana: más del 50% de sus miembros eran directores o burócratas.


Cuba en el mundo

Es en este contexto que deberíamos examinar el papel de Cuba en el mundo. En 1970, por encima de las protestas de quienes habían asimilado completamente el mensaje guevarista de los sesenta47, Castro abandonó la vía armada sin volver los ojos atrás y puso todo su considerable peso a favor la vía política al socialismo representada por Allende en Chile.48 Ahora, Cuba quería establecer relaciones con gobiernos nacionalistas burgueses tales como el de Velasco en Perú o el de Torrijos en Panamá, en base a un anti-imperialismo común e independientemente del tratamiento que se diera a la clase obrera. Cuba estaba construyendo una alianza de estados afines, no un movimiento internacional de lucha.

En este sentido, después de un breve período de divergencia a finales de los años sesenta, las estrategias cubanas se correspondían estrechamente con los intereses soviéticos. En una intervención en Argel en 1970, Castro utilizó la autoridad de Cuba para apoyar el papel soviético en la conferencia del Movimiento de Países No-Alineados y denunció a quienes acusaban a la URSS de imperialismo. La visita de Castro a Chile dio una nueva legitimidad a los partidos comunistas latinoamericanos, desacreditados por sus actuaciones anteriores. De forma muy real, Cuba actuó en nombre de la Unión Soviética buscando zonas de influencia en América Latina y ejerciendo el papel dirigente en la formación de un bloque no alineado.

Hay quien defiende que la destacada participación de Cuba en los asuntos internacionales, especialmente en Angola, indicaba un retorno al viejo internacionalismo. Por un lado, el internacionalismo de los años sesenta formaba parte de una estrategia general de transformación que ahora había sido abandonada explícitamente; por otro lado, había un contexto más amplio de búsqueda de una red de relaciones con estados burgueses en el contexto de un movimiento no alineado. Y lo que es más significativo, la dependencia económica y política de Cuba con respecto a la URSS era una realidad más que consumada, y aunque a veces hubiera tensiones y desacuerdos, Cuba seguía siendo una defensora decidida de la estrategia general de la URSS. El caso angoleño lo demuestra claramente.

En 1975, Cuba mandó tropas a Angola por primera vez; el gobierno cubano insiste en declarar que lo hizo en respuesta a una petición específica de Agostinho Neto, líder del sitiado gobierno del MPLA. Durante el desarrollo de la lucha armada contra los portugueses, el MPLA había establecido un cierto número de zonas liberadas que le daban el control de un 40% del territorio nacional. Sin embargo, en el momento de la caída del colonialismo portugués en 1974, no contaba con una fuerza equivalente en las ciudades, donde organizaciones nacionalistas de derecha, el FNLA y UNITA, tenían una base significativa. Por lo tanto, el acuerdo de retirada de los portugueses, firmado a principios de 1975, era un compromiso entre las tres organizaciones y daba una serie de garantías adicionales a los ex-colonialistas portugueses. A mediados de 1975, estaba claro que, a pesar de los acuerdos, la lucha por la dominación de Angola no había terminado y que, en las ciudades, las maniobras tendentes a prohibir las marchas y las manifestaciones se estaban ganando el apoyo de la derecha. En julio, Neto lanzó un ataque militar contra la derecha.

El gobierno sudafricano también seguía con atención los acontecimientos en la región. En respuesta a la descolonización, y a fin de impedir la formación de un bloque de Estados ex-coloniales, adoptó una política de desestabilización y utilizó la hegemonía económica y militar en la región para organizar una serie de ataques contra Angola y Mozambique.49 Respondió a la ofensiva del MPLA con movimientos de tropas a través de la frontera angoleña, vigilando la frontera con Namibia y dando todo su apoyo a las fuerzas de UNITA, situadas principalmente en el sur del país. En estas circunstancias, Neto pidió ayuda a Cuba.

El llamamiento estuvo dirigido específicamente a Cuba; Neto y Castro contaban con una sólida relación que se inició en el período de "solidaridad" de los años sesenta. Pero las implicaciones que han deducido algunos comentaristas en el sentido de que la respuesta cubana de mandar 35.000 soldados era, en cierto modo, un acto de desafío a Rusia y una manifestación de la independencia política cubana son engañosas. La descolonización dio a los soviéticos la oportunidad de obtener influencia regional en frica del Sur, una política después santificada con la doctrina Brezhnev. Los soviéticos proporcionaron un transporte aéreo masivo de material militar sin el cual las tropas cubanas no se hubieran podido movilizar con la fuerza con que lo hicieron. Y no cabe ninguna duda de que fue la rapidez de la respuesta lo que les permitió cambiar de forma decisiva el equilibrio militar y garantizar la derrota de la invasión sudafricana. Sin embargo, es curioso que estos analistas del papel cubano desestimen sistemáticamente el elevado nivel de actividades de masas en las ciudades y, particularmente, en Luanda, la capital, donde los comités populares se aseguraron de que los sudafricanos no pudieran ni abrir un segundo frente ni asumir el colapso político interno del régimen. En cuanto aforzar la retirada de los sudafricanos, los comités populares tuvieron tanta importancia como las tropas cubanas, si no es que más.

Angola es la pieza clave de todo el discurso de los defensores del internacionalismo cubano. Mencionan la decisión inicial de enviar tropas, y la consiguiente derrota del intento de golpe de Nito Alves en 1977 (golpe del que los soviéticos no informaron al gobierno, aunque tenían conocimiento del mismo) como evidencia de la independencia de Cuba con respecto a los intereses estratégicos soviéticos. Las disputas entre facciones el intento de golpe de 1977 fue resultado de una de ellas tenían una larga tradición en el MPLA. El punto clave es que el Estado que los cubanos fueron a defender había suprimido los movimientos de masas urbanos de los dos años anteriores; es decir, las mismas organizaciones que habían jugado un papel tan significativo en 1975 aunque después hubieran sido borradas de la historia. Era evidente el gobierno angoleño se había propuesto construir un régimen de capitalismo de Estado de líneas similares al desarrollado en la Cuba de después de 1970. La coalición anti-imperialista de Estados que Cuba preveía reflejaba exactamente los objetivos políticos de la Unión Soviética. Y en este caso, como en el de América Latina, el criterio de inclusión parecía tener muy poco que ver con los niveles de democracia interna o con el objetivo de desarrollar la solidaridad internacional de la clase obrera; de hecho, los soviéticos revisaban continuamente su definición de lo que constituía un régimen aceptable, y el compromiso con el socialismo no era uno de los criterios que utilizaban. Por tanto, los cubanos no tuvieron ninguna dificultad en defender al régimen de Guinea Ecuatorial, brutal y represivo. Y lo que es aún más importante, las tropas cubanas también defendieron los intereses soviéticos en Etiopía. Cuando Rusia anunció nuevos acuerdos con el brutal gobierno de Derg en Etiopía que, al mismo tiempo, estaba en guerra contra el movimiento eritreo de liberación y sostenía una guerra de fronteras con Somalia, el gobierno cubano puso sus tropas a disposición del gobierno etíope. No se enfrentaron a los eritreos, pero permitieron que las tropas etíopes tuvieran las manos libres para continuar con sus salvajadas mientras las tropas cubanas guardaban la frontera somalí.

La continua presencia de Cuba en Angola representaba el apoyo militar a regímenes "progresistas", que era parte central de la doctrina Brezhnev, y el intento de éste de explotar la retirada de los Estados Unidos después de Vietnam para hacer progresar los objetivos políticos y económicos soviéticos en la región. El Acuerdo Nkomati de 1984 entre Mozambique y Sudáfrica ciertamente fue un revés; pero la presencia cubana era un factor importante para asegurarse de que Angola no siguiera el mismo camino. Por esta razón, Sudáfrica, que ahora actuaba a través de su propia UNITA, determinó lanzar otra invasión a finales de 1987. El sudoeste de frica tuvo importancia determinante en esta decisión: lo que se esperaba era que una ofensiva importante en Angola y la conquista de la ciudad de Cuito Canavale permitirían a UNITA establecer un centro de gobierno rival del MPLA. En la campaña de 1987-88 volvieron a ser derrotados; sin ninguna duda, la batalla tan crucial de Cuito Canavale fue ganada por tropas cubanas, aunque en el resultado global quizá el poder aéreo soviético y de los países del Este fuera un factor decisivo.

El resultado fue la derrota militar de Sudáfrica. Pero decir que esta única batalla transformó la situación en frica del sur y puso fin al apartheid seria absurdo. Los reveses angoleños desplazaron la política del gobierno sudafricano hacia la negociación, o quizá confirmaron esta dirección. Pero los eventos subsiguientes de ninguna forma podrían ser descritos como indicadores de la derrota del gobierno de Sudáfrica. A finales de 1988, todas las partes acordaron iniciar conversaciones de paz. Los soviéticos no tenían ningún interés en la derrota de Angola pero, en la era de Gorbachev, tampoco querían comprometerse en una prolongada lucha armada que pudiera hacer estallar el polvorín africano. Las negociaciones de 1988 pusieron fin a la guerra, pero representaron un compromiso profundo que reconocía la influencia de Sudáfrica en los hechos y que, como resultado, daba al FNLA y a UNITA cierta credibilidad. Como el negociador norteamericano Chester Crocker dijo:

No hay ninguna duda de que los soviéticos ciertamente han utilizado su papel y su influencia, no sobre dos, sino sobre tres de las partes del acuerdo (es decir, Cuba, Angola y Sudáfrica).50

Las negociaciones se refirieron tanto a la detente norteamericano-soviética como a la situación en el sur de frica. La retirada de las tropas cubanas de Angola se realizó en respuesta a una nueva actitud soviética con respecto a los asuntos sudafricanos, actitud que implicaba la substitución de la doctrina Brezhnev sobre la consecución de zonas de influencia, por la cooperación económica y política con Occidente. El cierre de las oficinas de la ANC en Angola y los compromisos con UNITA fueron el precio impuesto a los angoleños. De hecho, también Angola estaba buscando, desesperadamente, la cooperación económica con los bancos y las agencias occidentales.51 Y a pesar del evidente descontento de Castro con algunos de los términos del acuerdo final, estaba claro que la retirada de tropas fue impuesta por una situación global sobre la que Cuba tenía muy poca influencia. El tono de los discursos de Castro, repletos de alusiones veladas a la traición y el compromiso, sugieren que quizá hubiera visto Angola como una oportunidad (ilusoria) de adquirir estatura internacional independiente.

Durante esos 13 años de participación, la intervención angoleña se había convertido también en un serio problema para los cubanos. Uno de sus aspectos era el número de deserciones en aumento y problemas de drogas cada vez más graves; otro, era el creciente ejército de veteranos cuyas esperanzas de empleo y hogar al regresar no se veían realizadas. Los 1000 cadáveres que regresaron a Cuba crearon desilusion y desesperación, especialmente cuando se repetían las historias (aunque las informaciones en la prensa fueron mínimas durante toda la guerra) de la impopularidad de las tropas cubanas y de las fricciones frecuentes y violentas entre las tropas y la población local.52

A otro nivel, la presencia de Cuba en Angola no era totalmente desinteresada. Angola es uno de los productores de petróleo más importantes y el costo de la presencia cubana en Angola se pagó con petróleo. Un acuerdo firmado en 1981 concedía a Cuba una central pesquera e importantes derechos de pesca en aguas africanas.53 También en otras zonas la ayuda cubana ha estado relacionada con las exportaciones. La construcción (en Vietnam, por ejemplo) implicaba no sólo trabajadores cubanos sino también materiales cubanos, sobre todo cemento; y los equipos médicos cubanos, siempre extremamente bien preparados, se llevaban medicinas que cada vez adquirían más importancia en la lista de exportaciones.

Desde 1970, Cuba ha actuado como la delegada de las políticas exteriores soviéticas en frica y América Latina. Aunque Cuba tenga sus propias razones políticas y económicas para mantener una presencia en dichas áreas, éstas coinciden siempre con los intereses soviéticos. La consistencia se mantiene desde la intervención de Castro en Argel en 1971 hasta la decidida defensa de la invasión rusa de Afganistán en 1979. La Unión Soviética le proporciona a Cuba armas gratis. Para Cuba, los mayores costos son en recursos humanos, pero a mediados de los años setenta el desempleo en Cuba llegaba al 5% y se ofrecieron incentivos materiales significativos a quienes estuvieran dispuestos a partir al extranjero. Por tanto, el esquema de las relaciones internacionales de Cuba ha correspondido siempre a las necesidades y a los intereses del gobierno cubano en busca de aliados y de apoyo en el mundo.

En este sentido, los intereses soviéticos fueron bien servidos. Cuando los Estados Unidos empezaron a enviar ayuda militar a Centroamérica después de la revolución nicaragüense de 1979, el papel cubano fue crucial una vez más por lo que se refiere a la influencia sobre los movimientos de resistencia, el FSLN en Nicaragua y el FMLN en El Salvador. Aunque mandaba técnicos, maestros y formadores a ambos países, Cuba mantuvo un papel conciliador a finales de la década. Después de la invasión de Granada en 1983, el mensaje cubano a los revolucionarios de El Salvador y a los Sandinistas de Nicaragua coincidió mucho más claramente con los intereses globales soviéticos. A medida que avanzaban las negociaciones de paz en Centroamérica, Cuba les incitó activamente a participar en ellas y a aceptar cualquier compromiso cuando fuera necesario. Como dijo el 26 de marzo de 1984 Ricardo Alarcón, Ministro Suplente de Asuntos Exteriores: "Si se produjera una invasión de Nicaragua, los nicaragüenses tendrían que defenderse a sí mismos".54

Esta posición es bastante consistente con un Estado que busca establecer relaciones con otros estados para defender su propia supervivencia, independientemente del carácter de dichos regímenes. Pero ciertamente no es consistente con el internacionalismo proletario. Cuando, en 1982, Castro hizo de anfitrión del Ministro de Asuntos Exteriores argentino durante la guerra de las Malvinas, el ministro era el representante de un gobierno que había heredado la capa de la "guerra sucia". Sin embargo, las razones de estado estuvieron por encima de cualquier otra consideración. Y ahora Cuba precisamente intenta establecer este mismo tipo de relaciones con el "sector no alineado". En el futuro, y con un enfriamiento evidente de las relaciones con un nuevo régimen ruso poco dispuesto a mantener economías lejanas, Cuba buscará amigos allí donde pueda encontrarlos y sin ninguna relación con su democracia interna o su naturaleza de clase. Cuando el gobierno chino hizo la matanza de estudiantes en la plaza de Tiananmen, Cuba no se unió al coro de protestas de todo el mundo. Un año más tarde, Cuba volvía a establecer relaciones comerciales con China.

La historia de las relaciones entre Cuba y la Unión Soviética revelan lo engañosa que es la afirmación de Zimbalist de que "aunque no fueran totalmente benignos, los efectos (de las relaciones con la Unión Soviética) han sido, en general, saludables".55 Stubbs describe la "asistencia" soviética como una "cooperación diseñada para acercar los países menos desarrollados al nivel de los más desarrollados".56 Si éste fue su propósito, desde luego ha fracasado claramente. Lo que si es evidente es que una de las consecuencias de la continua dependencia de Cuba de la Unión Soviética fue su incorporación a los objetivos estratégicos soviéticos en todo el mundo.


Rectificación

En 1980, una ola de refugiados se lanzó al mar en un esfuerzo por llegar a Florida. Estos Marielitos fueron una buena ocasión de propaganda para los Estados Unidos. Pero en Cuba Castro los denunció como "la escoria de la tierra", arribistas, macarras, drogadictos y homosexuales. De hecho, entre ellos había un gran número de trabajadores especializados que formaban parte del creciente número de desempleados de Cuba. Había veteranos de Angola desilusionados, y disidentes de varios tipos. Muchos eran homosexuales cansados de la persecución sistemática que siempre ha existido contra ellos en Cuba.57 La cantidad de fugitivos demostró que algo iba muy mal en Cuba, por mucho que el gobierno lo rechazara como propaganda imperialista.

Lo que los refugiados pusieron al descubierto fue todo lo que estaba mal. Aunque, en un principio, la idea fue rechazada como ridícula, unos años más tarde, a principios de la campaña de "rectificación", el mismo Castro confirmó muchos de estos rumores y críticas. A finales de 1970, y a pesar de una educación y una sanidad muy buenas, los gastos del sector público seguían bajando. Aunque en general se contaba con más bienes de consumo, el número de quienes podían permitírselos disminuía y la brecha entre directores, burócratas y militares, por un lado, y el resto de la población, por otro, aumentaba.58 La introducción de un limitado sector privado sólo sirvió para subrayar las diferencias. También la corrupción se extendía, a medida que los directores de empresa individuales desviaban dinero y materiales hacia el sector privado, donde los beneficios eran más altos. La discriminación contra las mujeres, un paso atrás en relación a las aspiraciones de mediados de los años sesenta, quedó ahora fijada en un Código de Familia que asumía que el lugar de la mujer estaba en casa: una actitud brutalmente satirizada en películas hechas más de veinte años antes, como Lucía, y ahora, sin embargo, oficialmente sancionada precisamente para privatizar la función de reproducción de la fuerza de trabajo y liberar al Estado de sus obligaciones sociales. A pesar de haber sido oficialmente abolida y de que no hubiera ningún reconocimiento público del problema, la discriminación racial era clara para todo el mundo y existía. Y la persecución de homosexuales que culminó en el aislamiento de las víctimas del SIDA en la Isla de los Pinos tenía muy poco que ver con el socialismo.59 Las críticas eran silenciadas y sus autores encarcelados o expulsados la exposición que hace Ariel Hidalgo de la "nueva clase" en Cuba es sólo un ejemplo de ello .60

Además, durante este período, Cuba ha intentado acercarse tanto a los Estados Unidos como establecer vías de colaboración con el capital multinacional; en 1982, no sólo se permitió que el capital extranjero poseyera hasta el 49% de una sociedad conjunta, sino que también se le permitió imponer sus propias condiciones de inversión, incluyendo condiciones laborales, salarios y niveles de organización. La Ley 32 de 1980 acabó de borrar todo residuo de control de los sindicatos en el lugar de trabajo y dio plenos poderes a administradores y/o directores, incluido el derecho de despedir a los trabajadores. A finales de 1970, había al menos 4.900 prisioneros políticos en Cuba y se llevó a cabo un número indeterminado de ejecuciones sumarias. Y lo que en ciertos aspectos sea quizá más significativo: los niveles de "criminalidad común" crecían rápidamente, cosa que reflejó el extremamente duro Código Penal de 1979. Esto podría haber cubierto, también, un aumento dramático en el número de casos de "indisciplina laboral" (de 10.000 a 25.000 casos entre 1979 y 1985) que culminó con el sabotaje deliberado de la centralita telefónica Vana por un empleado disidente.61

La imagen que emerge detrás de la cortina de silencio es la de una sociedad dominada por estructuras de control rígidas y absolutamente inflexibles, sin ningún foro ni instrumento de expresión de las críticas o del descontento. Cuando se expresaron, esas voces fueron suprimidas sumaria y cruelmente. El origen del descontento no estaba en el comportamiento o el carácter de la dirigencia, sino en las relaciones entre una clase dirigente identificable y una clase obrera a la que se le pidió que aceptara una explotación mayor, un nivel de vida más bajo y un declive progresivo de los servicios sociales, todo ello en nombre de una transformación futura. Sin embargo, a principios de la década de los ochenta no había cambiado casi nada. Cuba era más dependiente que nunca de las exportaciones de azúcar y estaba más sujeta que nunca a los controles externos de la economía mundial. La conexión rusa no había dado como resultado ni una sociedad industrializada ni una economía diversificada y la escasez prolongada se distribuía claramente de forma desigual entre quienes controlaban y administraban la economía y los productores activos. Se mirara como se mirara, esto no era socialismo; y las críticas de los refugiados, a pesar del uso que se hizo de ellas, eran reales. Aún así, fueron negadas con vehemencia y todas las expresiones de disensión fueron tratadas sin piedad.

Seis años más tarde, en 1986, Castro anunció el principio de un proceso de "rectificación". Era una respuesta de prevención de la glasnost i la perestroika, y una alternativa a toda revisión profunda de las estructuras políticas y económicas cubanas. Castro anunció, desdeñoso, que Cuba no necesitaba una perestroika y se embarcó en una campaña dirigida desde arriba, sin ningún tipo de consulta ni exigencia de responsabilidades, en la que se buscaba sólo una ratificación del público. Claramente, tenía como objetivo atajar el impacto de los cambios de Europa del Este para tratar de asuntos que eran del dominio público en Cuba y a los que, por otra parte, sólo se aludía en susurros; es decir, la corrupción y la desigualdad, que eran el componente principal de la vida cotidiana en Cuba. El estudio hagiográfico sobre Cuba de Jean Stubbs, por ejemplo, ensaya los argumentos oficiales y llega a la extraordinaria conclusión de que: "El papel del partido y el centralismo democrático siempre han funcionado mejor de arriba abajo que de abajo arriba".62 Es cierto, por supuesto, siempre que no estemos hablando de un camino hacia el socialismo! Como tantos otros, atribuye el indiscutible poder de Castro durante casi 30 años a un carisma irresistible que llevaría a los cubanos a renunciar voluntariamente a su interés en la democracia. La pregunta que se nos ocurre es, en tal caso, por qué ha sido necesario un aparato represivo tan elaborado?

Los problemas de la sociedad cubana que la "rectificación" se vio forzada a reconocer no eran aberraciones, sino características constantes de la historia de Cuba desde la revolución. Seguía siendo una economía de monocultivo de exportación y el único desarrollo industrial se había producido en el área de la mecanización de la producción de azúcar. La burocracia que ahora gobernaba Cuba había utilizado al Estado para imponer internamente las condiciones de la economía mundial: mayor explotación y la necesidad de acumular a todo coste. Al tener que enfrentarse con las crisis periódicas del sistema, este Estado había organizado ataques brutales contra su propia clase obrera y, al mismo tiempo, la había privado en nombre de la revolución de los medios de defenderse y de organizar sus propios intereses de clase.

La rectificación no fue, de ninguna manera, una reversión de esta dirección sino su continuación, cosa que Castro se esforzó mucho por destacar. Preparándose para los tiempos difíciles que se acercaban, el Estado decidió ordenar la casa.63 Se atacó la corrupción en los más altos niveles. En 1989, Arnaldo Ochoa, Ministro de Defensa, veterano de la guerra de Angola y amigo íntimo de Fidel Castro, fue juzgado y ejecutado por tráfico de drogas junto con otros dos oficiales de alto rango. A otro oficial se le descubrió medio millón de dólares en una cuenta bancaria suiza. Se revelaron otros casos de corrupción y abuso de poder, y se denunció la prostitución y el uso de drogas. Sin embargo, fueran cuales fueran los intentos de la dirigencia cubana por negarlo, todo eso era de dominio público; había tiendas en las que la gente podía vender oro a cambio de dólares, supermercados en los que todos los productos que escaseaban se podían obtener con dólares.64 Durante 30 años, Castro había alardeado de conocer hasta los más ínfimos detalles de la vida política cubana: cómo pudieron escapársele la corrupción y los chanchullos a escala masiva?

La línea oficial aquí es que en Europa del Este hubo abusos, equivocaciones, errores. Qué más puede hacer nuestro partido, que decir que fueron errores? Decir otra cosa sería admitir que han estado mintiéndole a la gente durante 30 años sobre Europa del Este.65

Sin embargo, el mismo artículo incluye la queja de Castro:

Nadie más en el mundo compra elevadores de horquilla búlgaros. Son tan malos que sólo nosotros los compramos. En el pasado, nos ha sido difícil hablar de estas cosas.

Así, en un aparte, se pone a discusión toda la estrategia de desarrollo cubana.

Cuando los sucesos en Europa del Este empezaron a desarrollarse, el gobierno cubano tuvo que enfrentarse a una serie de problemas. Una economía basada en la producción de azúcar y dependiente en tan alto grado de la URSS iba a tener grandes dificultades para sobrevivir al acabar dicha relación. Las crisis económicas y políticas estaban estrechamente entrelazadas. En un sentido inmediato, Cuba tuvo que enfrentarse al problema de una deuda cada vez mayor (una deuda externa de 6.400 millones de dólares) a la que se juntaba una dependencia de la URSS en cuanto a exportaciones, importaciones, maquinaria y, sobre todo, combustible. Mientras que, por un lado, Cuba podía disponer de una parte del petróleo ruso para reexportarlo y obtener así divisas, este acuerdo sólo funcionaba si los precios del petróleo subían. La caída de los precios del petróleo en el mercado mundial después de 1986 sólo sirvió para exacerbar los problemas de Cuba. A medida que los suministros disminuían, la única opción posible era cortar el consumo interno de combustible a fin de reexportarlo. El treinta por ciento de la comida también era importada; reconvertir el suelo para la producción de consumo interno exigiría convertir la tierra que se estaba usando para la producción de azúcar, producto del que dependían todas las exportaciones de Cuba. La alternativa era deprimir los niveles de consumo, desviar los gastos sociales y, al mismo tiempo, incrementar los niveles de explotación.

Sin embargo, los primeros años de la década de los ochenta habían visto un estímulo de la empresa privada, el uso de incentivos materiales, el establecimiento de una relación entre salarios y productividad. La noción del beneficio compartido, o del sacrificio igual, había dado ahora paso al rechazo sarcástico de las "nociones equivocadas de igualitarismo". Además, el mismo período había visto un crecimiento del número de funcionarios estatales (de 90.000 a 248.000 en poco más de diez años) y cómo se doblaba el número de personal técnico. A principios de la década de los ochenta se habían visto mejoras en el nivel de vida cuando los precios del azúcar subieron, pero los beneficiarios fueron directores y burócratas que obtuvieron beneficios individuales de los nuevos niveles de actividad económica. Esta descentralización había producido corrupción y diferencias salariales cada vez más agudas; pero no había producido ninguna transformación de la dirección ni de la estructura de la economía. El aparato del provecho y la ganancia privada no podía ser mantenido. Cómo justificar la austeridad una vez más?

De nuevo, fue Che Guevara quien vino a rescatar al régimen de Castro. De pronto, su nombre y su imagen fueron recordados por todas partes: la personificación de la generosidad y el sacrificio revolucionarios. Pero ya no estábamos en los años sesenta, con la memoria de la caída de Batista aún fresca y la promesa de un futuro mejor a construir. Dijera lo que dijera el mundo exterior, a los cubanos les quedaban muy pocas ilusiones. Y el intento de Castro de explotar su celebrada relación especial con la masa de cubanos y movilizarlos contra la burocracia de estado no funcionó. Las multitudes presentes en sus discursos eran cada vez menores y las expresiones de desacuerdo se hacían insistentes. La única constante era la determinación inamovible de sucesivos gobiernos norteamericanos de poner a Cuba de rodillas, especialmente después de Nicaragua y Panamá.

Para el capitalismo de Estado cubano, la supervivencia dependía ahora de la habilidad de poner todos los recursos en la producción y de efectuar recortes en el área del consumo. La rectificación, como las campañas morales anteriores, tenía una intención directamente económica: reducir los costes de producción persuadiendo a los trabajadores cubanos de que aceptaran voluntariamente la catastrófica caída del nivel de vida. Y aunque esta vez fue particularmente drástica, la dinámica de la situación no difería de las exigencias generales del proceso de acumulación.

La economía cubana tenía que buscar urgentemente nuevos mercados para el azúcar, la biotecnología y otros productos de exportación; tenía que conseguir divisas y capital en empresas conjuntas con agencias internacionales o compañías multinacionales; tenía que establecer alianzas con otros estados en vías de desarrollo y movilizar algún tipo de fuerza coordinada que mitigara las condiciones de pago de la deuda externa, una negociación que Cuba no podía llevar a cabo por si sola debido a la presión norteamericana sobre las agencias financieras. La búsqueda urgente de divisas llevará a un crecimiento del turismo de varios tipos; la necesidad de combustible será primordial. Y aunque bajo Gorbachev la URSS no retiró inmediatamente el apoyo a Cuba, lo que iba a venir estaba suficientemente claro, a pesar de que poco se hablara de ello. En 1987, los socios comerciales de Cuba en Europa del Este exigieron que las transacciones futuras se realizaran con moneda convertible; en el mismo año, Noticias de Moscú, que hablaba claramente con el visto bueno oficial, lanzó un ataque frontal contra la política económica de Cuba. Castro respondió prohibiendo el periódico. Después de los acuerdos comerciales de 1986-90, los precios del azúcar bajaron más que en el anterior plan quinquenal y mientras Gorbachev firmaba un nuevo tratado de amistad, hacía oídos sordos a las peticiones de que se cancelara la deuda cubana.

Qué estrategias puede Cuba adoptar ahora? Todas las opciones se basan en el hecho de que los trabajadores cubanos asuman la austeridad por un período de tiempo considerable. En agosto de 1990, el establecimiento del "período especial en tiempo de paz" marcó las dimensiones de la austeridad. Como consecuencia de un descenso del 20% en los suministros de petróleo, y ante la perspectiva de caídas futuras de las mismas dimensiones, si no mayores, Castro anunció medidas para reducir drásticamente la producción industrial. El consumo de electricidad se cortaría en un 10%, y el consumo de combustible en un 50% en el sector estatal y en un 30% en el consumo doméstico. La producción de níquel se reduciría a la mitad y más de 300 factorías trabajarían sólo media semana o sólo durante las horas de luz.

Los trabajadores serían trasladados de la industria a la agricultura, donde probablemente se les pediría que elevaran el nivel de producción de alimentos de manera que Cuba pudiera reducir en un 30% las importaciones de comida. Sin embargo, esto implica una contradicción o, mejor dicho, varias.

Más de 30 años después de una revolución cuyo objetivo primordial era desarrollar la economía, Cuba seguía dependiendo casi totalmente de las exportaciones de azúcar. Los niveles de producción aumentaron durante los años ochenta, a pesar de la superproducción mundial, porque contaba con un mercado garantizado. Ahora, aunque Rusia y Europa del Este aún consumieran una cierta cantidad de azúcar (reducida drásticamente), ya no sería sobre la base del intercambio. Cuba se encontraba atrapada en una red de tecnología de los países del Este, de la misma forma que antes todas las herramientas le habían sido proporcionadas por fabricantes norteamericanos. Las partes de recambio para los ordenadores alemanes o los autobuses húngaros, ninguno de ellos particularmente eficientes y ambos caros en comparación, subieron de precio hasta un 50% durante 1990; además, ahora tenían que ser pagados en moneda fuerte. Ahora, no se sabe bien cómo, Cuba tiene que conseguir cantidades significativamente mayores de divisas. Su producto de exportación principal, el azúcar, tiene que entrar en un mercado saturado en el que la mayoría de suministros se venden mediante contratos preferenciales y en el que la llegada súbita de millones de toneladas de azúcar cubano seguramente haría caer los precios en picado.

La alternativa nuevos contratos preferenciales es muy limitada. Cuba ha firmado un acuerdo comercial con China por 417 millones de dólares que contiene un elemento de intercambio de bicicletas chinas por azúcar cubano; tras esto, está claro que China ve a Cuba como la puerta de acceso a un mercado más amplio. México y Venezuela le proporcionarán petróleo en base a algún tipo de intercambio, pero el precio del petróleo será el precio del mercado. La biotecnología por ejemplo, la exportación de medicinas es un área prometedora pero probablemente no será significativa hasta dentro de algunos años (su valor actual es de unos 150 millones de dólares).

Las empresas de participación conjunta con las multinacionales francesas, italianas y canadienses bajo condiciones extremamente favorables para los extranjeros de momento se hallan limitadas a las áreas de explotaciones petrolíferas, investigaciones de energía nuclear y turismo. El turismo es lo que parece ofrecer más posibilidades de expansión. Los 302.000 turistas que visitaron Cuba en 1988 gastaron 1.542 millones de dólares; la esperanza está en que este número se doble en el año en curso y que produzca ingresos por valor de unos 700 millones de dólares. Incluirá la nueva área de "turismo de salud", por el cual los pacientes extranjeros tendrán acceso a la oferta sanitaria cubana.

El esquema general del plan de supervivencia, sea el que sea en detalle, es clarísimo. Todos los recursos disponibles se invertirán en los sectores de exportación o en los que puedan atraer divisas. En 1990, el nivel de vida había descendido hasta cotas prerrevolucionarias; es muy probable que caiga aún más a medida que se deriven fondos del consumo y los servicios sociales, aunque el gobierno ha insistido en que mantendrá niveles mínimos de nutrición, por ejemplo. Al regresar al campo, los trabajadores se encontrarán con que tienen que trabajar con métodos de lo más primitivo: los tractores serán reemplazados por animales, las herramientas manuales substituirán a las máquinas.

Ahí está la paradoja. Para poder sobrevivir, la burocracia cubana, esté quien esté al mando, debe abrirse al mercado mundial y aceptar las condiciones que éste impone a todos sus miembros. Como el resto de países latinoamericanos, deberá competir por las inversiones sobre la base del nivel de explotación y la garantía de condiciones óptimas para el capital extranjero. Y será competencia de un Estado que se llama socialista el llevar a cabo esta estrategia y organizar una explotación aún mayor de su propia clase obrera.

Cómo lo llevará a cabo? Al despertar el fantasma de Che Guevara, Castro intentaba movilizar a la población alrededor de las ideas, del sacrificio colectivo por el bien general, de las dificultades presentes como preludio de un crecimiento futuro, que en los años sesenta funcionaron. Pero la clase obrera cubana ha visto que su sacrificio beneficiaba a una minoría cada vez mayor de su propia sociedad y que los excedentes del producto de su trabajo se gastaban en un intercambio desigual de productos. Las recompensas que correspondieron a la mayoría fueron escasas.

Aunque no ha habido una resistencia organizada a las prioridades establecidas por el Estado, los indicios del descontento y la protesta se han ido acumulando. Lisandro Otero, el viejo novelista cubano, señaló una "inquietud" persistente;66 los conciertos de rock y la música heavy metal fueron oportunidad de protesta para los jóvenes cubanos. En 1989, una exposición de arte fue cerrada por Castro y, dos años más tarde, los dirigentes de la Asociación por la Libertad Artística fueron encarcelados por disidentes. En los Juegos Panamericanos del año pasado, "destacamentos de acción rápida" barrieron las calles en busca de disidentes que pudieran explotar la presencia de los medios de comunicación extranjeros para dar a conocer su protesta.

En este contexto se celebró el congreso del partido, en octubre de 1991. No dejó ninguna duda de que la desafiante declaración de Castro de que Cuba jamás permitiría que la hegemonía del partido fuera desafiada, no fuera una afirmación que gozaba automáticamente del acuerdo y el apoyo que con tanta frecuencia se había utilizado en defensa de Castro. Los 1.760 delegados al Congreso no parecían estar afectados en absoluto por una serie de sucesos significativos que se estaban produciendo dentro y fuera de Cuba. No les afectaba la tormenta fuera y no tenían ninguna duda sobre el sombrío programa de austeridad que iban a imponer. Al menos en el Congreso no se expresó ninguna duda y cada pronunciamiento fue recibido y celebrado con total unanimidad. Los 12 miembros del Politburó que no se presentaron para la reelección fueron reemplazados por miembros más jóvenes de una lealtad incondicional hacia Castro; la mayoría eran militares.

Lo que sí se estaba haciendo evidente era que, aparte de la retórica del consenso y de la solidaridad, el dominio del Partido Comunista Cubano y su programa de supervivencia económica nacional iban a ser impuestos. No se toleraría ningún debate público, ni la expresión pública de desacuerdo. La justificación de esta negativa a discutir las realidades de la supervivencia de un capitalismo de estado aislado se basaban en la amenaza del imperialismo.

Nadie negaría que los objetivos imperialistas no son aliviar las condiciones de explotación sino aniquilar toda resistencia a las mismas. Y hay partes de la derecha norteamericana que se hacen eco de la demanda del lobby de Miami en el sentido de una invasión inmediata para derrocar a Castro. Hace algunas semanas, tres hombres fueron arrestados en dicha empresa: uno de ellos ya ha sido ejecutado. Y aunque no hay ninguna prueba de que los Estados Unidos apoyaran su actuación, ciertamente ningún oficial norteamericano les hubiera persuadido activamente de no llevar a cabo su propósito. Sin embargo, incluso los sectores más prehistóricos de la derecha tienen que reconocer que una actuación militara de este tipo sería contraproducente. La amenaza de una invasión, combinada con el uso sistemático del poder económico norteamericano conseguiría mucho más sin que se corriera el riesgo de galvanizar a la oposición de todo el continente. Y los Estados Unidos, de hecho, están apretando el cerco; los envíos de dinero de los cubanos que viven en los Estados Unidos han sido reducidos a casi a la mitad, mientras que las empresas que tratan con Cuba han sido excluidas sistemáticamente de los puertos norteamericanos. Recientemente, una persona que organizaba excursiones de pesca a Cuba fue llevada a juicio por el gobierno norteamericano por no haber respetado el embargo. Pero éstas son actuaciones menores en comparación con el embargo comercial continuado y la utilización del veto norteamericano en todas las agencias financieras internacionales.

En respuesta, el Estado cubano ha movilizado al 15% de la población en milicias populares, claramente como medida de prevención de una invasión. Efectivamente, esto significa que una proporción importante de la población puede ser sometida, rápidamente, a un régimen militar, sea cual sea el propósito del Estado. Con la perspectiva de una militarización cada vez mayor de la economía y de la sociedad, y con la imposición de un estado de sitio interno por razones económicas, puede que las milicias acaben desarrollando un papel de control interior mucho más importante.

Naturalmente, es cierto que la hostilidad contra los Estados Unidos aún puede galvanizar a la gran masa de trabajadores cubanos. Es muy poco probable que la imagen de Estados Unidos como salvador tenga ningún prestigio. Los Estados Unidos también están en déficit y los cubanos que han experimentado las realidades de la vida en los Estados Unidos pueden equipararse a los que, dentro de Cuba, han visto el número creciente de quienes reciben los beneficios de un capitalismo avanzado en las calles o en las entradas de las tiendas de Nueva York. La idea de que la caída de Castro traería grandes cantidades de recursos inmediatos es difícil de creer después de la experiencia de los países del Este y, sobre todo, de Nicaragua, donde la ayuda económica a gran escala que se esperaba después de la derrota del Sandinismo en 1990 nunca se materializó.

En su búsqueda de mercados, la burocracia cubana se ha vuelto hacia América Latina, probablemente creyendo que una nueva versión del bloque no-alineado le puede proporcionar aliados, alguna influencia, y una posición en el mundo. Pero la resistencia a la gravosa imposición de la deuda es lo uacute;nico que tienen en común; más allá, e incluida Cuba, los capitales compiten por las inversiones esforzándose por proporcionar condiciones óptimas de explotación. La noción de que, de alguna manera, Cuba puede imponer sus propias condiciones "socialistas" sobre el funcionamiento del capitalismo mundial es absurda y peligrosa. Pero Cuba busca aliados y comercio allí donde los haya.67

Caerá Castro? Su posición parece inexpugnable y los grupos disidentes parecen organizarse muy lentamente; sin embargo, lo mismo se hubiera podido decir de los líderes de Europa del Este semanas y días antes de su caída. Aunque dispersa, la oposición existe. Los demócrata-cristianos apoyan a Criterio Alternativo mientras que un nuevo grupo llamado AMOR (Asociación Martí de Oposición al Régimen) afirma que cuenta con células en el aparato del Estado y el ejército. Los liberales que luchan por los derechos humanos están celebrando encuentros con su contraparte "pro-diálogo" en Miami a fin de exigir elecciones. Dentro del partido, parece haber muy pocas voces disidentes; la más prestigiosa es la de Carlos Aldana que recientemente ha sugerido, con mucha cautela, que podría abrirse un espacio a otros partidos; pero su posición pública es de apoyo inequívoco a Castro.

Desde el punto de vista de la clase obrera, la cuestión clave no es la supervivencia de Castro. Inmediatamente se planteará la cuestión de cual es la mejor forma de defenderse de la depredación que el mercado mundial tiene prevista contra los trabajadores cubanos, sea quien sea el que los administre. Porque Castro y sus detractores parten de las mismas prioridades: cómo podrá sobrevivir la economía nacional en un sistema mundial. Por tanto, las alternativas a Castro no están en éste o aquel partido o líder, todos ellos dispuestos a representar las prioridades del mercado. Ni un sistema electoral introducirá una democracia genuina si las prioridades de cada clase dirigente son las mismas.

La esperanza de futuro está en la razón misma por la que Cuba ha llegado a ocupar un lugar tan importante en el simbolismo político de los socialistas. La clase obrera cubana ha sostenido al Estado actual por más de tres décadas. Sería &ingenuo imaginar que éste es el resultado de un apoyo constante y espontáneo al régimen de Castro; de haber sido así, por qué la necesidad de un aparato represivo tan elaborado? y por qué una prohibición tan rígida de toda crítica o disensión? Sin embargo, al mismo tiempo, la clase obrera cubana tiene tras de sí toda una historia de lucha anti-imperialista, una tradición que Castro ha explotado pero que es muy real. Esta tradición proporciona el marco en el que pueden enraizarse las ideas del socialismo revolucionario.

Cuba ha simbolizado y representa la tradición. También ha ejemplificado las consecuencias de una estrategia de cambio limitada a la arena nacional y que ignora a la única fuerza que tiene el poder, a escala mundial, de transformar al viejo sistema mundial que la hizo nacer. A un nivel, Cuba puso en evidencia las debilidades del imperialismo y ofreció una visión del mundo completamente diferente. A otro nivel, puso al descubierto la incapacidad de una estrategia de desarrollo nacional para hacer realidad dicha visión. Después del colapso del estalinismo, la cuestión de cómo transformar las luchas de liberación nacional en luchas por el poder obrero, por el socialismo, está una vez más, al orden del día. Comprender Cuba, contar con una exposición honesta de su realidad, será una de nuestras armas más importantes en la construcción de un nuevo movimiento obrero.


Notas

1 Ver J Habel, International Viewpoint (29 de abril 1991) pp15-18.

2 Ver H Thomas, Cuba or the Pursuit of Freedom (Londres, 1971) (es la versión clásica de derechas pero revienta con detalle); L H Jenks, Our Cuban Colony (Nueva York, 1928) y J Le Riverend, Historia Económica de Cuba (Barcelona, 1974).

3 Ver La economía mundial de azúcar en cifras (ONU-OAA, 1961).

4 C Beals, The Crime of Cuba (Philadelphia y Londres, 1933) p84.

5 Ver F Mires, Las Revoluciones Sociales en América Latina (Mexico, 1988) p283. También J O'Connor, Origins of Socialism in Cuba (Ithaca, 1970) cap 2.

6 Sobre este período en general ver S Farber, Revolution and Reaction in Cuba 1933-1960 (Middletown, 1976). Ver también L Aguilar, Cuba 1933: Prologue to Revolution (Nueva York, 1974)

7 D L Raby, The Cuban Pre-revolution of 1933 (Universidad de Glasgow, Instituto de estudios latinoamericanos Occasional Paper 18, 1975), p18.

8 Ibid, p16.

9 Sobre la historia del Partido Communista de Cuba ver J O'Connor op cit, K S Karol, Guerrillas in Power (Londres, 1971), y el ensayo de H M Enzensberger sobre el PCC en Raids and Reconstructions (Londres, 1976).

10 K S Karol, op cit, pp85-86.

11 Para una idea de ese mundo ver G Cabrera Infante, Three Trapped Tigers.

12 F Mires, op cit, p296.

13 Ibid, p312.

14 F Castro, La history me absolverá (Madrid, 1975).

15 T Cliff Marxismo y revolución en el "Tercer Mundo", Pub. Socialismo Internacional p15.

16 Ibid.

17 Ver C Barker, Introducción a Revolutionary Rehearsals (Londres, 1987).

18 T Cliff Ob cit, p16.

19 Ob cit. p17.

20 Ob cit. p20

21 Sobre el programa de reforma agraria ver R Dumont, Cuba: Socialism and Development (Nueva York, 1970). También J O'Connor, op cit, cap 5.

22 Ibid, pp27-57

23 Ver P Brenner, From Confrontation to Negotiation: US Relations with Cuba (Boulder/Londres, 1988). En un sentido más amplio ver J Pearce, Under The Eagle (Londres, 1982)

24 Ver M Morley, Imperial State and Revolution: The US and Cuba 1952-1986 (Cambridge, 1987). También G Philip, The Military in South American Politics (Londres, 1985).

25 Ver L Huberman and P Sweezy, Cuba: Anatomy of a Revolution (Nueva York, 1960), pp155-157. Ver también C Wright Mills, Listen Yankee (Nueva York, 1960).

26 Ver 'Nuestras tareas industriales' de Guevara en J Gerassi (ed), Venceremos: Speeches and Writings of Che Guevara (Londres, 1968), pp275-293.

27 En su introducción al esencial libro de J Habel, Cuba: The Revolution in Peril (Londres, 1991).

28 Sobre la Crisis de los Misiles ver K S Karol, op cit, pp249-270. Ver también N Miller, Soviet Relations with Latin America 1959-87 (Cambridge, 1989), pp58-90.

29 El juicio y encarcelamiento de Anibal Escalante, en otro tiempo Secretario General del Partido Comunista de Cuba, y su "microfacción" creó algunas tensiones en la relación, y dio a Castro una oportunidad de afirmar su independencia política. Pero esto fue accesorio con respecto al hecho fundamental: la reconciliación con el Partido Comunista.

30 En Gerassi (ed) op cit pp536-553. Ver también B Silverman (ed) Man and Socialism in Cuba: The Great Debate (Nueva York, 1971) y B E Evans, The Moral Versus Incentives Controversy (Universidad de Pittsburgh, tesis doctoral, 1973).

31 Ver, en esta connección, N Harris, The Mandate of Heaven (Londres, 1978), pp48-59.

32 'Nuestras tareas industriales' en J Gerassi (ed). op cit, p288.

33 T Szulc en su Fidel a critical portrait (Londres, 1973), intenta abordar este problema, aunque no proporciona finalmente una respuesta. Ver también M Löwy, The Marxism of Che Guevara (Londres, 1973).

34 Cf el ataque del Che a la política exterior rusa en febrero de 1965, donde sugería que "los países socialistas son en cierta medida cómplices en la explotación imperialista". Ver T Szulc op cit, p494.

35 Por ejemplo, el relato santificador de J Stubbs, Cuba the test of time (Londres 1989), sugiere que él es uno de los Don Quijotes que aparecen en la historia cubana: una visión poco adecuada del rol del individuo en la historia!

36 R Debray, un escritor francés, tuvo acceso directo a Fidel y su Revolution in the revolution (Londres, 1968) fue una exposición de las ideas del Che que gozó de amplia difusión. Más tarde Debray fue arrestado y retenido en Bolivia. Tras su liberación entrevistó a Salvador Allende y escribió Crítica de las armas, renunciando a su pasado. En 1981 llegó a ser consejero político de Miterrand.

37 Respecto al crecimiento de la clase trabajadora en general ver J Pearce, Trade Unions in Latin America (Londres, 1983). Existe una auténtica carencia de análisis sistemático del movimiento obrero en el período, lo cual refleja el predominio entre la izquierda de ideas ajenas a la tradición socialista. Particularmente importantes, no obstante, son los casos de Chile, donde el crecimiento de la militancia obrera sostuvo el ascenso de la Unidad Popular de Allende, y Argentina, donde los extraordinarios eventos de Córdoba y Rosario, donde la clase trabajadora tomó fugazmente el poder en 1969, aunque a menudo no recibieron más que una breve nota en los debates políticos del momento.

38 Ver C Mesa-Lago 'Economic policies and growth' en C Mesa-Lago (ed), Revolutionary Change in Cuba (Pittsburgh, 1971).

39 J Stubbs, op cit.

40 En relación a la evolución de la agricultura cubana hasta la Gran Ofensiva ver R Dumont, Cuba: Socialism and Development (Nueva York, 1970).

41 Con respecto a esto ver P Binns 'Popular power in Cuba' en International Socialism, 21 (otoño de 1983), pp l35-144. Para la versión oficial de ese enlace ver M Haernecker, Cuba: Dictatorship or Democracy? (Westport, 1980).

42 Cifras citadas en P Binns y M González Cuba, Castro and Socialism (Londres, 1983), p26. En general ver F Martínez Heredia, 'Cuban socialism' en Latin American Perspectives, 18/2, N 69 (primavera de 1991).

43 El término "institucionalización de la revolución" es usado habitualmente por los autores: ver J Stubbs, op cit, por ejemplo.

44 Ver C Mesa-Lago, Cuba in the 70s. (ed) op cit, pp26-28.

45 Ver M A Figueras 'Structural changes in the Cuban economy' en Latin American Perspectives, 18/2, N 69, pp72-94.

46 Citado en J Stubbs, op cit, p65.

47 Particularmente D Bravo, el líder guerrillero venezolano, quien denunció el cambio de Castro en línea con su Carta a Fidel, de 1970. Fue irónico que otros como Hugo Blanco, el más importante líder político trotskista en Latinoamérica, que sufrió directamente como resultado del nuevo acercamiento de Castro al gobierno de Velasco, apenas se pronunciara sobre la cuestión. Ver H Blanco, Peru: Land or death (Nueva York, 1972).

48 Ver M González 'The Chilean October' en C Barker (ed), op cit y R Debray Conversación con Allende (México, 1972). En su introducción, Debray presenta muy claramente las nuevas líneas de la política cubana, defendiéndolas.

49 Sobre el compromiso cubano en Angola ver S Eckstein, 'Why Cuban internationalism' en A Zimbalist (ed) Cuban Political Economy (Boulder/Londres, 1988). Ver también, J Habel, op cit, cap 8. También Alex Callinicos 'Can South Africa be reformed?' en International Socialism, 46 (primavera de 1990), pp102-103.

50 Citado en International Herald Tribune (15 de diciembre 1988).

51 Ver S Eckstein, op cit. También International Viewpoint (marzo 1989), pp10-13.

52 Ver J Habel, op cit, ch5.

53 Ver S Eckstein, op cit, p 172.

54 Citado en N Miller, op cit, p 115.

55 A Zimbalist 'Cuban political economy and Cubanology: an overview' en A Zimbalist (ed), op cit, p6.

56 J Stubbs, op cit, ppl04-105.

57 Muchos de los cubanos en el exilio entrevistados en L Geldof, Cubans (Londres 1991) atestiguan esto, ver p172. Pero existe una amplia evidencia los ataques sistemáticos a artistas críticos y escritores son invariablemente atribuidos a ataques a sus preferencias sexuales el caso de Pablo Armado Fernández, el gran novelista, es sólo uno entre muchos.

58 Ver J Habel, op cit, cap 2 y especialmente p65.

59 Enfrentados a protestas internacionales, el gobierno cubano ha dicho ahora que hará algo. Nada se ha visto todavía, ni se ha producido una protesta pública. Por el contrario, los defensores del régimen cubano alardean del éxito de Cuba en el control del SIDA, sin reconocer que ello ha significado el encarcelamiento de gays de por vida.

60 Ver J Habel. op cit, cap 7.

61 Citado en J Habel, op cit, p205.

62 J Stubbs, op cit. p85. Fitzgerald en su "Sovietisation of Cuba" en A Zimbalista (ed), op cit, realiza la afirmación opuesta, "La dirección del cambio en la cuba posterior a 1970 ha sido de abajo arriba...", p146.

63 Ver por ejemplo el trabajo simpatizante aunque crítico de M Benjamin en el primero de los dos números de NACLA Informe de las Américas dedicado a Cuba, 'Cuba facing change', XXlV/2 (agosto de 1990), pp13-16. El número siguiente (XXIV/3) trata de las relaciones entre USA y Cuba.

64 Ver M Benjamin, op cit.

65 En el informe de M Cooper, 'Semper Fidel' en Voice (1 de mayo 1990), p21.

66 Otero es citado en el segundo de dos artículos por J Habel en International Viewpoint, 207 (27 de mayo 1991), p13.

67 Sobre la perspectiva económica general en este período ver el artículo provechoso de J P Lopez ‘Swimming against the tide’, Journal of Interamerican Studies, 33/2 (verano de 1991), pp83-119.