Agenda anticapitalista

La lucha por la liberación gay y lesbiana

por Marçal Solé y Paso Gredilla

Introducción
Destruyendo mitos
La familia y los orígenes de la opresión de gays y lesbianas
Los inicios de la lucha por la liberación de gays y lesbianas: las dos estrategias de lucha
La época oscura: El ascenso de Hitler y Stalin
Stonewall y el resurgir del movimiento gay de liberación
Los orígenes del movimiento gay en el Estado español
La fragmentación del movimiento: La política de identidad
El giro a la derecha: La economía rosa y la comunidad gay
El socialismo y la liberación sexual

Marçal Solé y Paso Gredilla son militantes de la organización Izquierda Revolucionaria (ahora En lucha). La lucha por la liberación gay y lesbiana fue publicado por primera vez en septiembre del 2000.


Introducción

Durante las dos últimas décadas, gran parte de la izquierda ha defendido la idea de la imposibilidad de llevar a cabo un cambio radical en la sociedad. Hoy, parte de esa izquierda y la nueva generación de activistas empieza a ver con más claridad la posibilidad de nuevas luchas y de que éstas sean ganadas.

Las manifestaciones de Seattle y Washington han desplazado el debate de si la gente lucha o no, para situar la discusión a otro nivel. Después de las manifestaciones contra la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, la necesidad de organizarse, de plantear alternativas y de construir un mundo mejor, son cuestiones que mucha de la gente que se involucra en las luchas intenta responder. Éste es un paso importante con respecto a las décadas pasadas.

En las manifestaciones de Washington contra el FMI y el BM estuvieron presentes varias organizaciones de gays y lesbianas. En una de las manifestaciones organizadas por el sindicato AFL-CIO, frente a la Casa Blanca, los lemas en contra de la pena de muerte, la explotación infantil y la globalización, se mezclaron con eslóganes que reivindicaban una mayor financiación para las investigaciones sobre el SIDA y a favor de la liberación sexual.

La presencia de colectivos de gays y lesbianas, aparte de mostrar la posibilidad de unir las luchas, puso en evidencia la necesidad de introducir las demandas específicas de un grupo oprimido en un marco de lucha global.

Por otro lado, en la Marcha anual sobre Washington por la Igualdad de Gays, Lesbianas y Transexuales asistieron más de 300.000 personas portando pancartas con reivindicaciones sociales de mucho peso. La existencia de esas reivindicaciones y el cambio que experimentó la propia manifestación con respecto a años anteriores, es un reflejo del creciente nivel de politización que están viviendo diversos sectores de la sociedad, incluidos lesbianas, gays y transexuales.

Tras los acontecimientos de Seattle, muchos hablan de la aparición de un nuevo 68. Lo que sí podemos comprobar fácilmente en la actualidad son los muchos paralelismos existentes entre nuestra época y la de hace treinta años.

Se trata hoy de una batalla contra la inhumanidad del sistema, contra la explotación y la opresión. En este sentido, el 68 tuvo mucho de esto. El movimiento de los 60 significó, en parte, la explosión y el renacimiento de toda una serie de demandas que habían permanecido fosilizadas durante décadas. Una parte muy importante de aquel estallido lo constituyó la lucha por la liberación gay y lesbiana.

La aparición de movimientos como el Frente de Liberación Gay, ejemplificó la posibilidad de plantear alternativas al capitalismo. El FLG apareció en un contexto de alto nivel de luchas, la mayoría de ellas potencialmente dirigidas a acabar con el sistema capitalista. Por desgracia, no se consiguió. Para los revolucionarios y para aquellos que quieren cambiar el mundo hoy en día, es importante fijarse en lo que falló para no volver a repetir los mismos errores.

Muchas opresiones, entre ella la opresión gay y lesbiana, siguen en pie todavía. Aunque mucha gente, tanto del ambiente gay como desde fuera, no se canse de decir que esta opresión ya no existe, las evidencias y el día a día demuestran lo contrario. Una rápida ojeada a la situación global nos muestra que la opresión gay subsiste aún. De los 202 países que existen en el mundo, solamente en seis de ellos la ley protege a los gays y lesbianas contra la discriminación. Ser homosexual es ilegal en 74. En Bangladesh y Bahrein, la versión oficial es que la homosexualidad no existe. En Pakistán, las relaciones homosexuales son ilegales y el castigo está entre dos años y cadena perpetua. En Arabia Saudí los actos homosexuales pueden ser castigados con la pena de muerte. En el estado de Tasmania (Australia), la homosexualidad tan sólo fue legalizada en 1994. En Cuba, el hecho de ser gay o lesbiana ha llevado a gente a la cárcel. En Estados Unidos, aunque la protección legal contra la discriminación existe, actualmente, en siete de los estados de la unión, en otros seis, el sexo anal u oral entre personas del mismo género es un delito. En el Estado español, derogada la ley de peligrosidad social con la llegada de la democracia formal, gays y lesbianas siguen sufriendo discriminación legal en pensiones, impuestos, herencia y adopción.

El capitalismo no ha acabado, ni tiene intención de hacerlo, con las opresiones que él mismo ha generado o bien reproducido de etapas anteriores. Pero encierra una contradicción, ya que a la vez que crea y alimenta la opresión gay y lesbiana, el capitalismo ha creado, también por vez primera en la historia, las condiciones para poder luchar contra ella.

La lucha por la liberación gay forma parte de una lucha más amplia contra el propio sistema. La unidad que existe entre la liberación gay y la lucha por la mejora de los servicios públicos, en contra de los ataques racistas, a favor del aborto, contra la explotación, la globalización y por un mundo mejor, es total.

El capitalismo sigue marcando las pautas de vida de millones de personas. Construye normas sobre qué debemos comer, cómo amar, sentir, consumir, vestir, aprender, relacionarnos, etc. El proceso de sometimiento constituye un elemento fundamental del proceso de reproducción del sistema, pero la resistencia a este sometimiento existe, ya que su inestabilidad económica y social es permanente.

Construir una alternativa a este sistema es una tarea de hoy. En esa construcción, la liberación sexual debe recobrar toda la importancia que tiene.

Destruyendo mitos

Cualquier persona comprometida con la liberación gay se habrá encontrado con toda una serie de tópicos acerca de las relaciones homosexuales. La mayoría de estos tópicos tienen como propósito convencernos de que la homosexualidad es algo que va en contra de la naturaleza humana, que los gays y las lesbianas son ‘raros’ o ‘desviados’.

Y es que la idea de una naturaleza humana inmutable, determinada por nuestra estructura genética e instintos, se ha utilizado con mucha frecuencia para justificar la opresión de gays y lesbianas. Pero un rápido repaso por las diferentes sociedades es suficiente para mostrar la enorme variación en lo que se considera “normal”. La sexualidad es algo que no está definido biológicamente, sino socialmente determinado. Y esta definición ha cambiado considerablemente a lo largo de la historia.

Muchas sociedades han considerado la homosexualidad como algo “normal”. El ejemplo más conocido es el de la antigua Grecia. El amor entre hombres estaba idealizado en la poesía y el arte griego. Los mitos y leyendas griegas están llenas de historias de amor del mismo sexo, ya sea entre hombres o entre mujeres. La historia de Adonis y Narciso, por ejemplo, nos habla de un dios que arde de deseo por los bellos jóvenes. El culto a Adonis tenía templos y fiestas dedicadas a la celebración y a la promoción de las relaciones gays. En la sociedad griega, un hombre enamorado de un joven y teniendo relaciones sexuales con él, era considerado perfectamente normal.

Los poemas de Safo, claramente dirigidos a otras mujeres en lenguaje amoroso, son una clara prueba de que las relaciones entre mujeres fueron públicamente aceptadas en la antigua Grecia.

Esto no debería hacernos pensar que la sociedad griega era un paraíso que no conocía la opresión. Era una sociedad basada en la esclavitud, en la que la inmensa mayoría eran esclavos sin ningún tipo de derecho, propiedad de los ciudadanos libres. Aquí precisamente se encuentra la base de la consideración que las relaciones homosexuales tenían para los antiguos griegos. En la antigua Grecia, la producción estaba basada en esta mano de obra esclava, traída de fuera de Grecia. Tener hijos, procrear, dejó de ser una prioridad para esta sociedad, que no dependía, para producir, de la mano de obra nativa. Como consecuencia, cualquier tipo de relación sexual, aunque no condujera a la procreación, era considerado normal. La explicación de su actitud hacia las relaciones homosexuales se encuentra, por tanto, en la disociación entre procreación y sexualidad.

La ciudad griega de Esparta construyó su ejército en torno al amor entre hombres adultos y jóvenes. En el ejército espartano cada guerrero adulto tomaba un joven a su cargo para formarlo en el arte de la guerra, entablando con él una relación muy íntima.

La casta guerrera en el Japón feudal, los samurai, tenía ideas similares a las de los espartanos, que quedaron reflejadas en poemas e historias de la época, que tratan del amor entre hombres.

Las relaciones sexuales entre mujeres han sido a menudo aceptadas en diferentes sociedades, siempre que no hayan interferido con las instituciones del matrimonio y la familia. Esto ha sido particularmente frecuente en sociedades que practican la poligamia. Como ejemplo, la novela china del siglo XVII “El amor de la compañera perfumada” en que una mujer es obligada a casarse, pero convence a su marido de que tome a su amante como concubina. De todos modos, puesto que la literatura ha sido un monopolio masculino en la mayoría de las sociedades, es muy raro encontrar pruebas de relaciones sexuales entre mujeres.

Por tanto, no hay nada “raro” en las relaciones entre personas del mismo sexo. Su existencia puede encontrarse en casi todas las sociedades, incluso en aquellas que las prohiben. Podría decirse que las relaciones homosexuales constituyen un rasgo común de la sexualidad humana. La cuestión sería más bien por qué ciertas sociedades, entre las que se incluye la sociedad capitalista, las reprimen.

El segundo argumento que tenemos que combatir es el que intenta identificar el término homosexual con los de pederasta, corruptor de menores o depravado y que tantas veces se ha esgrimido para prohibir las relaciones entre personas del mismo sexo. Los estudios estadísticos realizados muestran que el porcentaje de ‘corruptores de menores’ entre homosexuales no es superior al porcentaje que existe entre los heterosexuales.

Para aquellos que creen que el sexo debe ir indisolublemente ligado a la procreación, la homosexualidad aparece como un tabú a esconder. En cambio si defendemos que la sexualidad se justifica por sí misma, como mutua aportación de afecto y placer, sólo podremos considerar perversas aquellas actitudes contrarias a estos fines, así como todas las leyes e imposiciones que nieguen y ataquen cualquier tipo de actividad sexual. La homosexualidad, por tanto, no tiene nada que ver con la imposición del sufrimiento, el desprecio o la manipulación.

De hecho, la distinción entre homosexuales y heterosexuales, no existía hasta el desarrollo del capitalismo. Hasta entonces, la gente no pensaba que alguien era un tipo determinado de ser humano porque prefiriera el sexo con hombres o con mujeres. Sólo bajo el capitalismo se introducen penas legales, de forma expresa, para los actos sexuales entre personas del mismo sexo, mientras que anteriormente sólo se condenaban determinados actos sexuales (en particular el sexo anal) independientemente de si éstos se producían entre personas del mismo o de distinto sexo.

Uno de los mecanismos principales, mediante el cual el capitalismo transmite sus reglas y valores sociales, es la familia. Cada nueva generación descubre lo que la sociedad considera un comportamiento adecuado para las mujeres y los hombres, en gran parte, a través de la educación familiar. Para luchar contra la opresión gay, por tanto, necesitamos saber cómo y cuándo se desarrolló la familia, tal y como la conocemos en la actualidad.

La familia y los orígenes de la opresión de gays y lesbianas

Vivimos en una sociedad centrada en la familia. Los anuncios de cualquier cosa, desde papel higiénico hasta croquetas, pintan un feliz mundo doméstico de papá, mamá y los niños. La familia nos es presentada, por los hipócritas políticos de la derecha, como la norma y el modelo según el cual todos deberíamos vivir nuestras vidas. De hecho, sólo una minoría de gente vive en realidad en una familia “normal” de padre y madre criando a los hijos. Mucha gente vive completamente fuera de la familia, solos o con otros adultos; o bien como padres o madres solteros, en hogares de dos o más familias, como parejas con sus hijos adultos o como parejas sin hijos. Las estructuras familiares son diversas y han experimentado cambios enormes a través de la historia.

Friedrich Engels, el teórico marxista que escribió en la segunda mitad del s. XIX Los Orígenes de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado, argumentó que los seres humanos comenzaron a vivir en familias hace sólo algunos miles de años, cuando las sociedades, hasta entonces igualitarias, fueron divididas en clases. Hasta entonces las mujeres no habían estado oprimidas, puesto que sus vidas no se centraban en la cría de los hijos. Mostró que, al cambiar la estructura económica de la sociedad, también lo hicieron las actitudes hacia las mujeres y el matrimonio y, como consecuencia, las actitudes hacia la sexualidad.

El objetivo de Engels era mostrar que la opresión sexual no era un rasgo permanente e inmutable de la historia humana, sino que ésta se había desarrollado como una respuesta a los cambios producidos en la forma en que la sociedad estaba organizada.

La familia en el feudalismo

Hasta el desarrollo del capitalismo en Europa, la sociedad era feudal. La gente vivía y trabajaba en unidades familiares, en cuyo centro estaba la pareja casada. Dentro de la familia se hacían la mayoría de las cosas que la gente necesitaba, desde los vestidos hasta el vino. Tanto el hombre como la mujer eran necesarios en la casa porque cada uno de ellos tenía diferentes habilidades. El trabajo de la mujer sólo se veía restringido por el parto. De esta manera, si el marido o la mujer morían, el miembro de la pareja que quedaba tenía que casarse de nuevo para la supervivencia de la familia.

El hecho de que el hogar familiar fuese el centro de la producción económica significaba que el matrimonio, lejos de basarse en el amor entre marido y mujer, era una cuestión económica. Esto queda muy claro en el caso de la aristocracia y de los campesinos ricos, donde un matrimonio determinaba la herencia de la tierra. Incluso los matrimonios de campesinos pobres estaban regulados por costumbres, según las cuales toda la comunidad intervenía en la elección de pareja para el matrimonio.

Puesto que el matrimonio y la familia tenían más que ver con la producción económica que con el afecto, así mismo, el sexo tenía a menudo menos que ver con el placer que con la concepción. La Iglesia y el Estado medieval querían a toda costa que las cosas siguieran como estaban y se oponían a todo acto sexual que no tuviera la reproducción como objetivo.

La gente que cometía dichos actos era culpable de “sodomía”, un crimen que incluía el sexo entre mujeres o entre hombres, pero también todo el sexo oral y anal entre hombres y mujeres. La masturbación se condenaba, al igual que toda relación en la que el hombre no estuviera encima (la Iglesia defendía que esta postura aumentaba las probabilidades de concepción). Los castigos por sodomía eran terribles.

La distinción básica entre el comportamiento sexual aceptable e ilegal no dependía del sexo de las personas afectadas, sino de si los actos sexuales conducían o no al embarazo. Por esta razón, la opresión específica de los homosexuales no existía durante el feudalismo. La sodomía, como cualquier otro pecado, era algo que cualquiera podía cometer, no sólo los miembros de un grupo minoritario de ‘homosexuales’.

El ascenso del capitalismo: La dispersión de la familia

Los siglos XVIII y XIX vieron enormes cambios en la sociedad, a medida que el antiguo orden feudal era reemplazado por el capitalismo. Centenares de miles de hombres y mujeres fueron arrancados de su viejo entorno y forma de vida rurales y forzados a dirigirse a las nuevas ciudades en busca de un trabajo asalariado. Bajo estas condiciones, las viejas estructuras familiares saltaron en pedazos. Las relaciones se hicieron menos duraderas por necesidad. Cada vez eran más las parejas que no se casaban y nacían muchos más hijos extramatrimoniales.

En este entorno, a comienzos del XVIII, aparecen los primeros lugares donde los hombres van a tener relaciones sexuales con otros hombres (las llamadas “Molly houses” en Inglaterra). En Londres había varias decenas, que fueron salvajemente atacadas y cerradas a pesar de la resistencia que opusieron sus usuarios. Tres de ellos fueron ahorcados.

Los intelectuales pioneros de este nuevo sistema capitalista comenzaron a debatir nuevas ideas sobre sexualidad. Comenzaron a desarrollar un entendimiento racional del mundo, rechazando la idea de que sólo la Iglesia podía decir lo que estaba bien o mal. Discutieron el punto de vista de que el sexo era inmoral si no conducía a la reproducción. El filósofo Bentham dijo de las relaciones entre personas del mismo sexo que “no veía razón alguna para castigarlas”. El Código Penal francés de 1791 despenalizó por completo los actos entre personas del mismo sexo.

El temprano movimiento socialista hacia 1820-30 desarrolló estas ideas. Condenaban el matrimonio, en que la mujer se convierte en propiedad del marido (su involuntaria máquina de reproducción y esclava del hogar) y reclamaban divorcios baratos y fáciles. Argumentaban que el matrimonio debía estar basado sólo en el amor y que debía terminar si el amor terminaba. Los horrores de la industrialización, la siguiente etapa del desarrollo capitalista, hicieron que fuera imposible llevar a la práctica estas ideas.

Industrialización: La reinvención de la familia

A finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, la sociedad rural, agrícola, en Europa Occidental, se vio transformada en una sociedad urbana e industrial. Las condiciones de vida en las nuevas ciudades eran terribles. No había cloacas en las ciudades, la enfermedad era moneda corriente. La comida estaba adulterada y los niveles de contaminación del aire y el agua eran alarmantes. Los bajos salarios obligaban a hombres, mujeres y niños a trabajar jornadas enormemente largas en condiciones como éstas: en una fábrica típica, digamos de Manchester, la jornada de trabajo comenzaba a las 5.30 de la mañana y acababa a las 8 de la noche. Los propietarios de las fábricas contrataban a mujeres y niños intencionadamente porque sus sueldos eran más bajos. La presión que sufrían las familias para ganarse la vida significaba que las mujeres embarazadas tenían que seguir trabajando hasta el límite de su resistencia física y volvían al trabajo lo más pronto posible después del parto.

Los efectos de semejante modo de vida quedan claros en una investigación publicada en 1843, en la que se comprobaba que los hombres de clase media en las zonas rurales inglesas tenían una media de esperanza de vida de 52 años, mientras que entre los hombres de clase trabajadora de zonas industriales como Liverpool o Manchester el promedio de esperanza de vida descendía hasta los 15 ó 16 años.

El proceso de industrialización hizo pedazos la familia de clase trabajadora existente hasta entonces. La familia dejó de existir como unidad de producción básica. Hombres, mujeres y niños se vieron empujados a trabajar en las nuevas fábricas, pero no ya como miembros de una familia, sino como ‘mano de obra libre’. De hecho, hacia 1840, la mayoría de los trabajadores en las fábricas británicas eran mujeres y niños. Las terribles condiciones de vida y trabajo que los asalariados sufrían destruyeron cualquier cosa que se pareciese a una vida familiar normal; y el acceso de las mujeres a sus propios ingresos les permitió escapar de la necesidad del matrimonio. Esto llevó a mucha gente (entre ellos Marx y Engels) a hablar de la muerte de la familia de clase trabajadora.

De hecho, la familia no sólo sobrevivió, sino que floreció, aunque con una forma muy diferente. El capitalismo dependía de una aportación ininterrumpida de mano de obra. Aquellos que dirigían el sistema se daban cuenta progresivamente de que la familia era la mejor manera de asegurarse esta aportación con un coste mínimo para ellos. A partir de mediados del siglo XIX, se hicieron intentos conscientes de recrear una vida familiar estable entre las clases trabajadoras. Ello conllevaba, en parte, la exclusión gradual de mujeres y niños de ciertas áreas de la producción y el pago de un “salario familiar” a algunos hombres trabajadores. Se excluyó a las mujeres, en particular, de aquellas industrias que amenazaban su capacidad de tener hijos.

La familia era necesaria, en primer lugar, para reproducir la capacidad de los trabajadores de trabajar día tras día (para alimentarlos, vestirlos y darles alojamiento, de forma que pudieran seguir produciendo ganancias para los capitalistas). Pero además, y esto es lo más importante, era necesaria como una forma de producir futuras generaciones de trabajadores. Esto significaba, no simplemente la producción física de niños, sino también su formación ideológica y social, con vistas a producir una fuerza de trabajo sana, instruida y sumisa. En esto se resume el ideal de la familia tradicional.

De hecho, este ideal fue puesto en práctica muy pocas veces en su totalidad. Muchos capitalistas no pagaron un ‘salario familiar’ adecuado, con lo que muchas mujeres continuaron trabajando a tiempo parcial o completo. Sin embargo, se utilizó toda una serie de controles sociales, económicos e ideológicos para imponer la nueva familia a la clase trabajadora. Estos fueron efectivos, en buena parte, porque muchos trabajadores, tanto hombres como mujeres, vieron su imposición con buenos ojos. La familia parecía la única alternativa para todos sus miembros, que trabajaban 12 horas por una miseria, en condiciones terriblemente insanas y peligrosas. La mortalidad infantil bajó sustancialmente y la esperanza de vida entre las mujeres creció rápidamente.

Finalmente, la familia creó entre sus integrantes la ilusión de tener un cierto grado de control sobre una parte de sus vidas, un remanso de paz en un mundo cruel. No obstante, el restablecimiento de la familia aseguró la continuación de la opresión de las mujeres.

De esta manera, la familia se convirtió en un área de vida privada, separada de la esfera pública de la producción, pero una vida privada ordenada y controlada por el capitalismo. A medida que la familia nuclear se convertía en algo cada vez más importante para el capitalismo, también se hizo más importante representarla como la única forma de vida posible y así asegurar que los roles sexuales que esto conllevaba se transmitieran a las futuras generaciones de trabajadores. La familia, en otras palabras, se convertía en una forma de control, no sólo social, sino ideológico, sobre los trabajadores.

La simple existencia de lesbianas y gays pone en tela de juicio estos estrictos controles. La sexualidad gay desafía la idea de la familia monógama como la única forma de vida posible, al tiempo que desafía la idea de que la única finalidad del sexo es la reproducción. La sexualidad se convirtió, ya no en un asunto privado regulado por las tradiciones y prejuicios de la comunidad, tal y como había sido en las sociedades precapitalistas, sino en un asunto público que el estado regulaba y restringía.

Esa restricción se hizo doblemente importante porque el desarrollo del capitalismo también creó nuevos espacios para la expresión de la sexualidad, al menos para una minoría. La destrucción de las viejas comunidades rurales y, con ella, la ruptura con el asfixiante control de la Iglesia, la posibilidad de escapar de la familia para los jóvenes, que ahora podían acceder a su propio sueldo y al anonimato de la gran ciudad, crearon las condiciones en que la sexualidad gay pudo desarrollarse y florecer con mucha más facilidad.

La respuesta del Estado fue reprimir cualquier tipo de sexualidad “desviada”, mediante una cadena de leyes represivas y juicios ejemplares, con el objetivo de forzar a gays y lesbianas a permanecer dentro del armario, o sea, en el anonimato.

La sociedad definió lo que era el comportamiento sexual “normal” y, al hacerlo, creó la figura del “homosexual” como un tipo social. Son siempre los opresores los que definen a los oprimidos, si bien los oprimidos asumen a menudo las etiquetas y símbolos de su opresión como signos de fuerza y orgullo.

La opresión de relaciones del mismo sexo había existido en algunas sociedades precapitalistas con grados muy variables de represión y crueldad. Otras aceptaron las relaciones homosexuales junto a las heterosexuales. Sólo con la llegada del capitalismo, la opresión gay fue sistematizada como una defensa necesaria de la familia nuclear. Pero el capitalismo también creó posibilidades de lucha mucho mayores, que hasta entonces no habían existido, para que la gente luchara para poder vivir su sexualidad.

Por primera vez en la historia se hacía posible luchar por la liberación de gays y lesbianas.

Los inicios de la lucha por la liberación de gays y lesbianas: las dos estrategias de lucha

Dos han sido las estrategias básicas utilizadas para la liberación gay. Una es la reformista, que defendió y sigue defendiendo la idea de ir transformando el capitalismo hasta que, algún día en el futuro, la opresión gay desaparezca. La otra es la estrategia revolucionaria, que reconoce que la opresión gay es intrínseca al capitalismo y, como consecuencia, lucha por una revolución que ponga fin al sistema. Ambas estrategias fueron puestas en contraste al comienzo de este siglo por los acontecimientos políticos en dos países: Alemania y Rusia.

Alemania: La estrategia reformista

“La democracia burguesa es la democracia de las frases pomposas, de la palabrería solemne, de las promesas rimbombantes, de las consignas grandilocuentes de “libertad” e “igualdad”, pero, en la práctica, todo eso oculta la falta de libertad y la desigualdad de la mujer, la falta de libertad y la desigualdad de los trabajadores y de los explotados.

La democracia socialista rechaza las palabras pomposas, pero falsas, declara una guerra sin cuartel a la hipocresía de los “demócratas”, de los terratenientes, de los capitalistas o de los campesinos hartos, que se lucran vendiendo a los trabajadores hambrientos los excedentes a precios de especulación.”

Lenin, La emancipación de la mujer

La mayoría de los movimientos que aparecieron en relación con la liberación gay partieron de la idea reformista de que, para acabar con la opresión gay, la sociedad precisaba ser educada para aceptar la homosexualidad, reduciendo así el problema de la homofobia a una cuestión de ignorancia o de un pensamiento no científico.

La corriente reformista, que convivió dentro del partido socialdemócrata alemán con la revolucionaria, a la que se acabó imponiendo, defendió la evolución gradual del capitalismo al socialismo mediante la reforma del primero y a través de la política parlamentaria. La mayoría de sus diputados, dirigentes sindicales y organizadores intentaron, siguiendo esta estrategia y sustituyendo la acción de la clase trabajadora, tomar las riendas del capitalismo para “guiar” a la sociedad hacia el socialismo.

Por lo que respecta a la lucha contra la opresión sexual, el Partido Socialdemócrata se convirtió, aunque con muchas contradicciones, en su catalizador y acabó siendo el centro de la política contra la represión sexual en Alemania. Si bien, por un lado, lucharon con fuerza en defensa de los derechos de los homosexuales, no mostraron una actitud decidida a la hora de explicar y de atacar la raíz histórica de la opresión, la familia. Lejos de esto, el SPD defendía la idea de ‘familia respetable’ de clase trabajadora, siguiendo el modelo impuesto por el capitalismo. La mayoría de la dirección socialdemócrata se negó a admitir que la opresión de la homosexualidad era y es intrínseca al propio sistema capitalista y que sólo destruyéndolo se puede construir una nueva sociedad socialista, en la cual los roles sexuales y las diferencias entre homosexualidad y heterosexualidad perderían su significado social.

El primer caso en el que intervinieron destacados miembros de la socialdemocracia se remonta a 1860, es decir, una generación antes de la aparición del primer movimiento gay. Tuvo relación con el proceso contra el abogado J. B. Schweitzer, a quien se juzgó y condenó a ser apartado de su profesión por su actividad homosexual en Manheim. En todo momento, éste recibió el apoyo incondicional de Ferdinand Lassalle, que le animó a organizarse junto a él en la Organización Mundial de Trabajadores Alemanes. Lassalle argumentó su defensa, rechazando las actitudes de muchos de sus compañeros que no veían correcta su propuesta, con las palabras siguientes: ” Lo que Schweitzer ha hecho no es encomiable, pero difícilmente podría decir que lo considero un crimen. De todos modos, no podemos permitirnos perder a una persona fenomenal, con las habilidades de Schweitzer. A fin de cuentas la actividad sexual es una cuestión de gustos y debería ser de la incumbencia de cada cual, siempre que no afecte a los intereses ajenos.” Desafortunadamente, añadió: “Aunque también reconozco que no daría a mi hija en matrimonio a un hombre así”.

A la muerte de Lassalle, su sucesor en la presidencia de la Organización Mundial de los Trabajadores Alemanes fue el propio Schweitzer, que impresionó a los militantes de esta organización con sus cualidades de liderazgo. Más adelante, Schweitzer fue elegido representante en el Reichstag, parlamento alemán.

A finales de 1860, en la legislación de Prusia se calificó de delito cualquier relación sexual entre hombres. Más adelante, esta cláusula pasó al código penal alemán convertida en el famoso Párrafo 175.

A partir de 1867, una vez lanzada la campaña para la abolición del artículo 175, el Partido Socialdemócrata jugó un papel destacado en ella. Agusto Bebel realizó una propuesta en el Reichstag para que la ley fuera revocada.

En 1869 un médico de origen húngaro llamado Benkert envió, práctica que veremos repetirse en el futuro, una carta al ministro de justicia alemán en contra de esta ley, en la que decía claramente que el Estado no tenía porqué meter las narices en los dormitorios de los ciudadanos, y que ser homosexual no era ni despreciable ni una vergüenza, sino todo lo contrario. Para designar la actitud con la que los homosexuales debían enfrentarse a la sociedad utiliza la expresión ‘orgullo homosexual’, una actitud que será recogida por las generaciones posteriores y convertida en bandera de sus reivindicaciones.

Benkert utilizó por primera vez el término homosexual para designar las relaciones entre personas del mismo sexo. Dedicó gran parte de su lucha personal a explicar que la moral heterosexual no se encontraba amenazada por la homosexualidad, tal como se argumentaba entonces. Defendió que ésta era algo natural, por tanto no había peligro de propagación de las prácticas homosexuales entre los heterosexuales.

Durante la década de los 60 del s. XIX hubo intentos de hacer un análisis científico para dar una explicación racional al hecho homosexual. Los primeros análisis sobre la cuestión fueron realizados por Karl Heinrich Ulrichs, quien acuñó el término “uranismo” para designar la homosexualidad. Estableció la teoría de que los homosexuales constituyen un ‘tercer sexo’ (una mente de mujer atrapada en un cuerpo de hombre en el caso de los hombres gays y viceversa para las mujeres lesbianas).

Creía que la clave para la liberación gay era probar que los homosexuales eran biológicamente diferentes a los heterosexuales, y que ésta sería una justificación para terminar con cualquier violencia y discriminación.

Pero no fue hasta 1897 cuando apareció la primera organización en pro de los derechos de los gays que no sólo basaba sus actividades en el estudio de la cuestión homosexual, sino que también trataba de luchar contra la opresión y buscar soluciones prácticas. Esta organización recibió el nombre de Comité Científico Humanitario y su líder y fundador fue Magnus Hirschfeld.

El Comité, aparte de publicar un anuario y diversos boletines informativos, redactó sus líneas de acción que se resumen en tres puntos básicos: (1) ganarse a los cuerpos legislativos para que apoyen la petición de abolir el párrafo anti-homosexual, (2) dar una explicación científica sobre la homosexualidad y sacarla a la luz pública e (3) interesar a los propios homosexuales en la lucha en favor de sus derechos.

Utilizando como punto de partida a Ulrichs y su teoría del uranismo, Hirschfeld reunió datos de más de 10.000 homosexuales que utilizó para construir un prototipo de lo que él creía que eran un hombre y una mujer homosexuales. Describió estas supuestas diferencias biológicas porque esperaba poder demostrar que los homosexuales eran una variante humana natural, que habían sido hechos de esta manera por la naturaleza. Sus actos sexuales, por tanto, no podían ser delito.

No todos los miembros del Comité compartían la teoría de Hirschfeld. En 1907 se produjo una escisión liderada por Benedict Friedländer quien rechazó la teoría del tercer sexo por ser “degradante… y una humillante súplica de simpatía”.

La actividad principal, que el Comité llevó a cabo durante casi toda su existencia, fue la campaña para la abolición del párrafo 175, mediante la presión institucional, para lo que hicieron una recogida de firmas, en círculos influyentes, en la que pedían el apoyo de personalidades políticas, del mundo del espectáculo y de las artes, científicos, médicos, etc., en contra del citado párrafo. Aunque en 1905 se habían recogido más de 5.000 firmas, el parlamento alemán se negó incluso a discutir la abolición del párrafo. El Partido Socialdemócrata era el único grupo político que apoyaba el cambio. Entre las miles de firmas que el Comité Humanitario de Hirschfeld consiguió, estaban las de los máximos dirigentes de ese partido, Eduard Bernstein, Karl Kautsky y Käthe Köllwitz.

Otra muestra del apoyo que los socialdemócratas dieron a la causa homosexual fue la solidaridad que se mantuvo con Oscar Wilde ante su condena por homosexualidad. En general, la prensa europea trató todo el asunto con un tono irónico y sarcástico. La prensa del Partido Socialdemócrata alemán, en contraposición a la prensa burguesa, defendió a Wilde. Los principales dirigentes del partido escribieron en defensa de Wilde, pero, desgraciadamente, no pudieron evitar la condena. Wilde, a su vez, escribió un largo ensayo titulado El alma del hombre bajo el socialismo , donde previó las oportunidades que el socialismo podía brindar a la cultura humana y a su liberación.

Tras la derrota de la petición para abolir el párrafo 175 en el parlamento alemán, en lugar de buscar el apoyo de la clase trabajadora, muy bien organizada en este momento, los activistas del Comité se aislaron en una campaña de ‘outing’, iniciando una auténtica caza de brujas de personalidades y políticos gays. Temorosos de que sus carreras se vieran afectadas, los homosexuales de clase alta y de la derecha, principales donantes de fondos, retiraron su apoyo al Comité.

El Comité no sólo no consiguió la abolición de la legislación antihomosexual, sino que a finales de 1910 se introdujo un nuevo borrador del código penal que hacía extensible del párrafo 175 a los actos sexuales entre mujeres. Magnus Hirschfeld argumentó que ” con ello no se elimina una desigualdad, sino que más bien se dobla una injusticia. Se abren de par en par las puertas a delatores y chantajistas, y las mujeres trabajadoras solteras que comparten su vivienda con otras mujeres trabajadoras serán abrumadas del modo más vergonzoso, sin que, a cambio, se proteja ninguno de sus intereses”.

Este hecho tuvo su parte positiva, ya que dio una nueva dimensión a la lucha. Las organizaciones feministas empezaron a discutir el modo de combatir la enmienda propuesta y cómo coordinar las luchas de las mujeres con las otras y, en especial, con la de los homosexuales.

Ya en 1904, en la reunión anual del Comité, se había producido un ejemplo de coordinación de éste con las mujeres organizadas en el movimiento feminista. A ella asistió la feminista lesbiana Ana Rühling que, en su ponencia, arremetió contra las feministas y mujeres que durante mucho tiempo habían alejado sus reivindicaciones de las de los homosexuales, y reclamó una verdadera unidad entre las dos luchas, ya que pensaba que sin una, la otra no tendría la fuerza suficiente.

En 1918 los trabajadores alemanes derrocaron a la monarquía, establecieron una república y comenzaron a tomar el poder en sus manos. Por primera vez en la historia hubo un gobierno socialdemócrata. Los trabajadores pusieron grandes esperanzas, en un principio, en lo que consideraron “su” gobierno.

Decepcionados los trabajadores alemanes con el gobierno socialdemócrata, que se mostró incapaz de satisfacer sus demandas, el nivel de lucha alcanzó una fuerza enorme. Esto se reflejó en todos los aspectos de la vida. Hirschfeld prestó su apoyo para convocar el Congreso de la Liga Mundial para la Reforma Sexual, en el que se pusieron las leyes soviéticas como un ejemplo para todo el mundo. El partido comunista alemán defendió la total igualdad para gays y lesbianas.

Pero, a pesar del apoyo obtenido desde las organizaciones de los trabajadores, en contraste con la intransigencia del parlamento alemán, Hirschfeld y su Comité siguieron obstinados en la vía institucional. En lugar de intentar fortalecer sus lazos con las luchas de los trabajadores, que les ofrecían la oportunidad de devolver la cuestión de los derechos gays y lesbianas al mapa político, el creciente movimiento gay alemán se basó otra vez en la convicción de que “la liberación de los homosexuales puede únicamente ser obra de los propios homosexuales”.

En 1920, Hirschfeld fue apaleado, en 1921 sufrió una fractura de cráneo y en 1923 recibió un disparo durante una conferencia. A pesar de esto, continuó luchando por los derechos de los homosexuales hasta su muerte en 1935. Sin embargo, en todos sus años de campañas nunca consiguió el objetivo de obtener la reforma de las leyes y, menos aún, una mayor libertad para la gente gay. Erróneamente, actuó basándose en la convicción de que la argumentación racional y el conocimiento científico por sí solos, como confirma su eslogan ” a la justicia por la ciencia” , podían cambiar las leyes y conseguir la liberación gay.

Cuando se produjo el ascenso de los nazis en los años 30, Hirschfeld y su Comité, decididos a seguir con su neutralidad política, se negaron a condenarlos. En lugar de esto, firmaron una declaración en la que se decía: “urgimos a nuestros afiliados que también militan en el partido nazi a que llamen al orden con firmeza a sus delegados”. El resultado trágico de esta política fue que ellos y otros gays quedaron totalmente indefensos frente a la barbarie fascista que estaba a punto de llegar.

El intento, por parte de los socialdemócratas, de conducir el capitalismo, mediante reformas institucionales, hacia el socialismo, significó en la práctica todo lo contrario. Es decir, significó la conducción de los líderes socialdemócratas hacia las reglas y la dinámica capitalista. Los más perjudicados aparte del movimiento obrero internacional, fueron, evidentemente, todos aquellos que lucharon para acabar con las desigualdades y opresiones del sistema capitalista.

Los socialdemócratas acabaron con el espíritu revolucionario, convirtiéndose así en defensores del viejo orden capitalista. Revolucionarios como Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht se encontraron aislados y más tarde eliminados por orden del propio partido socialdemócrata. A partir de entonces, se dijo adiós a la posibilidad de una revolución en Alemania y a su extensión a un nivel más general.

Rusia: La alternativa revolucionaria

De las cenizas de la II Internacional y de la revolución rusa, nació la III Internacional. El Partido Socialdemócrata, desacreditado por su papel en la I Guerra Mundial, ya no era el centro del movimiento socialista. La victoria de la revolución de octubre se convirtió en la fuente de inspiración y dirección para los revolucionarios y trabajadores de otros países que se rebelaban contra el viejo orden. La historia de la política sexual seguía siendo parte de la historia de la izquierda y ésta estaba ligada al destino de la revolución. La revolución bolchevique dio buena muestra de eso.

Los bolcheviques acabaron con todas las leyes en contra de la homosexualidad en diciembre de 1917, dos meses después de la Revolución de octubre. Al igual que otras acciones destinadas a extender la revolución sexual, esta decisión fue tomada como parte integrante de las actividades del nuevo sistema y de la revolución social. Además de eso, se legalizó el aborto y se hizo libre y gratuito, se garantizó el divorcio, y las viejas leyes que regulaban el matrimonio y la mayoría de edad fueron abolidas. En dos meses, los bolcheviques consiguieron más que lo que décadas de reformas liberales hicieron en otros países.

Pero los bolcheviques no sólo pueden ser juzgados por sus palabras. Junto a las nuevas leyes se hizo un esfuerzo consciente para crear alternativas reales a la familia, para así destruir la base material de la opresión de la mujer y de los homosexuales. Se establecieron comedores, lavanderías y guarderías populares, para posibilitar que las mujeres escaparan de las tareas domésticas. Todos esos cambios ocurrieron en un país atrasado y destrozado por la guerra, y estos siempre estuvieron limitados por la pobreza de Rusia, del mismo modo que lo estuvo también la propia revolución. Pero con todos esos factores en contra, la revolución rusa mostró con su práctica cómo una sociedad socialista podía comenzar a erradicar las raíces de la opresión sexual.

El punto de vista de los bolcheviques se hallaba reflejada en un panfleto escrito por el doctor Grigorii Batkis, director del Instituto moscovita de Higiene Social, titulado la Revolución sexual en Rusia. En él, el doctor Batkis exponía: ” La actual legislación sexual de la Unión Soviética es obra de la Revolución de octubre. Esta revolución es importante no sólo como fenómeno político que garantiza el gobierno político de la clase trabajadora, sino también por las revoluciones, que emanando de ella, llegan a todos los sectores de la vida (…) La legislación soviética declara la absoluta no interferencia del Estado y la sociedad en las cuestiones sexuales, mientras nadie sufra daños físicos ni se perjudiquen sus intereses. Respecto a la homosexualidad, sodomía y otras formas de placer sexual, que en la legislación europea son calificadas de ofensas a la moralidad, la legislación soviética las considera exactamente igual que lo que se conoce como relación ‘natural'” .

Delegados soviéticos fueron enviados a los Congresos Internacionales de la Liga Mundial para la Reforma Sexual. En ellos explicaron sus logros, al mismo tiempo que hicieron un importante trabajo de apoyo y ayuda en las campañas que tenían lugar en diferentes países, a favor de los derechos de los homosexuales. Las tesis científicas de Magnus Hirschfield y, en menor medida, las de Freud sirvieron, en un principio, de base para el extenso tratamiento de la homosexualidad que figuraba en la primera edición de la Gran Enciclopedia Soviética. En ella, se advertía que ” en los países capitalistas avanzados, la lucha por la liberación de estas leyes hipócritas se halla en plena ebullición …”.

La práctica de los comunistas de los años 20 contrastaba con la del Partido Socialdemócrata y la de algunos personajes progresistas del período anterior. Su meta no se limitaba a la aceptación de la homosexualidad, sino a cambiar la sociedad para vaciar la palabra homosexual de cualquier connotación negativa. Los gays y lesbianas en Rusia no tuvieron que mendigar su libertad a los gobernantes; simplemente se unieron en las luchas con los demás trabajadores y la tomaron por sí mismos. La revolución buscaba barrer, en palabras de Marx, «toda la basura del capitalismo» y acabar con la base de la opresión sexual: la familia.

Pero, si fue en Rusia donde la revolución se inició, era en Alemania donde se decidía su éxito o fracaso. El fracaso de la revolución alemana, desde 1919 hasta el ascenso de Hitler en 1933, fue el telón de fondo para el aislamiento y la derrota de la revolución rusa. Aislada y acosada por la guerra civil y los ejércitos invasores, la clase trabajadora rusa fue, literalmente, destruida como clase. Ya en los años 20, los bolcheviques se vieron obligados a actuar en nombre de una clase trabajadora que se desintegraba. A finales de la década de los 20, el proceso de degeneración llevó a la derrota definitiva de la Revolución de octubre. La victoria de Stalin, a su vez, supuso una derrota aplastante para la tradición socialista en la lucha por la liberación sexual.

Una de las principales causas de la victoria de Stalin, fue el fracaso de la revolución alemana.

La época oscura: El ascenso de Hitler y Stalin

“El retroceso reviste formas de asquerosa hipocresía y va mucho más lejos de lo que exige la dura necesidad económica. El motivo más imperioso del culto actual a la familia es, sin duda alguna, la necesidad que experimenta la burocracia de una jerarquía estable de las relaciones sociales y de una juventud disciplinada por cuarenta millones de hogares que sirvan de puntos de apoyo a la autoridad y al poder.”

León Trotski, La revolución traicionada (1936)

La década de los 30 fue una de las peores épocas para los socialistas. Ésta fue la década en la que el fascismo se asentó en el poder en Alemania, en Italia y en el Estado español y significó también el dominio final de Stalin en Rusia y en el movimiento comunista internacional.

Alemania había sido el corazón del movimiento gay; también había tenido el mayor partido comunista fuera de Rusia y un partido socialdemócrata de masas y, sin embargo, Hitler llegó al poder.

Los nazis se habían servido de gays dentro de las tropas de asalto (SA) que ayudaron a éstas a hacerse con el control de las calles. Pero en “la noche de los cuchillos largos” las SA fueron eliminadas por las SS, que se convirtieron en el principal instrumento de terror.

Cualquier ilusión de que los nazis pudieran ser indulgentes con los gays, aunque muchos de sus primeros dirigentes lo hubieran sido, quedaron salvajemente disipadas. Tres semanas después de la llegada de Hitler a la cancillería, en enero de 1933, las organizaciones de defensa de los derechos gays fueron prohibidas. El Instituto de Hirschfeld fue atacado e incendiado. Cualquier tipo de ‘actividad indecente’ entre hombres quedó criminalizada. El mero hecho de figurar en la agenda de algún homosexual detenido era motivo de arresto. En 1937, Himmler, el jefe de las SS, ordenó el envío a los campos de concentración de todos los SS que mantuviesen prácticas homosexuales y, en 1941, un decreto de Hitler, destinado a mantener la pureza en las SS y en la policía, prescribía para aquellos la pena de muerte.

Los nazis atacaron no sólo a los judíos, sino también a los gays, socialistas, gitanos y sindicalistas, que pasaron a formar parte de los millones de personas que murieron en los campos de concentración. Millones de vidas se perdieron en las cámaras de gas, entre ellas las de miles de gays. El triángulo de color rosa fue el símbolo que diferenciaba a los gays de los demás prisioneros de los campos.

También en la URSS los acontecimientos tomaron un curso siniestro. A finales de los años 20, Stalin lanzó un programa de industrialización forzado para posibilitar al Estado soviético competir con el capitalismo occidental en su propio terreno. Todas las victorias de la revolución fueron anuladas y los altos costos de la industrialización fueron soportados por la clase trabajadora y los campesinos rusos. Los derechos de los trabajadores y sus organizaciones fueron aplastados, mientras las condiciones de vida y trabajo no dejaron de empeorar. De las cenizas de la revolución estaba surgiendo una nueva forma de capitalismo: El capitalismo de Estado. La burocracia surgida del partido comunista se convirtió en la nueva clase dirigente.

Ya en 1928 comenzó a verse el giro del Estado soviético en referencia a la cuestión homosexual. El Dr. Nikolai Pasche-Oserski anticipó el pésimo futuro, al afirmar que la homosexualidad era un ‘peligro social en potencia’. Atacó también las conquistas de las mujeres y entre ellas, y de manera especial, la del aborto.

En el Congreso Internacional de la Liga Mundial por la Reforma Sexual de 1929, realizado en Londres, la delegación soviética ya no hizo ninguna mención a la cuestión homosexual, y en el Congreso del año siguiente, Batkis, el redactor de La revolución sexual en Rusia , al que hacemos referencia en el capítulo anterior, se vio forzado a adoptar una posición totalmente defensiva en lo referido, tanto a la cuestión de la homosexualidad como a la del aborto.

A medida que la revolución había ido degenerando, en la década de los 20, las conquistas de las mujeres habían sufrido una erosión progresiva. El proceso revolucionario de la eliminación de la familia había sido completamente interrumpido. La contrarrevolución de Stalin fue más allá y promovió la familia como una de las instituciones centrales del nuevo estado burocrático y represivo.

En un editorial de Pravda se dejaba muy clara la posición del Gobierno, con respecto a la homosexualidad y a la condición de la mujer. Se decía que: ” La élite de nuestro país, lo mejor de la juventud soviética, está integrada, como regla general, por excelentes padres de familia que aman apasionadamente a sus hijos. Y viceversa: el hombre que no se toma en serio el matrimonio, y abandona a sus hijos a los azares del destino, acostumbra a ser un mal trabajador y un dudoso miembro de la sociedad…”. El mismo editorial continuaba: ” hace tiempo que la paternidad y la maternidad son virtudes de nuestra patria. Es algo que salta a la vista, que no necesita ninguna investigación. Basta pasear por los parques y las calles de Moscú, o de otra ciudad de la Unión Soviética, un día de fiesta, para ver la multitud de jóvenes que pasean llevando en brazos a sus hijitos bien alimentados y de sonrosadas mejillas”.

A inicios de los años 30, se pasó a la acción y, al mismo tiempo que las purgas del Partido, comenzó la discriminación, la vigilancia y la detención masiva de homosexuales. Entre los detenidos, figuraban grandes personalidades del mundo literario, artistas y músicos. La defensa acérrima de la homosexualidad, llevada a cabo por parte de viejos revolucionarios, como Clara Zetkin, no fue suficiente para frenar la situación y todos aquellos que eran detenidos podían ser condenados a varios años de cárcel o al exilio siberiano. Esos arrestos generalizados produjeron una oleada de pánico entre los gays soviéticos, y fueron seguidos, tristemente, por numerosos suicidios, incluso en el propio Ejército Rojo.

A partir de marzo del 34, con la introducción de una nueva ley en el código penal, los actos homosexuales fueron castigados con hasta ocho años de cárcel. La ley, que fue promulgada en forma de estatuto federal, fue el resultado de la intervención personal de Stalin, y fue rápidamente insertada en todos los códigos existentes en las repúblicas, sin posibilidad de modificación alguna.

La prensa soviética emprendió una campaña contra la homosexualidad, que calificó de signo de degeneración humana. Uno de los personajes que trató con más brutalidad la cuestión homosexual fue Máximo Gorki, que en su artículo Humanismo proletario argumentó: “En los países fascistas, la homosexualidad, azote de la juventud, florece sin el menor castigo; en el país donde el proletariado ha alcanzado el poder social, la homosexualidad ha sido declarada un delito social y es severamente castigada. En Alemania ya existe un lema que dice: ‘Erradicando a los homosexuales, desaparece el fascismo'”.

Pero, ironías de la historia, en junio de 1934, sólo tres meses después de que Stalin promulgase ese estatuto contra la homosexualidad, Hilter llevó a cabo la eliminación de todos los dirigentes homosexuales de las SA, empleando argumentos muy parecidos a los que Stalin utilizaba para justificar la persecución de los homosexuales en la Unión Soviética.

Mientras, en la URSS, los estalinistas comparaban la homosexualidad con la decadencia de la ideología del hombre burgués y con una perversión fascista, los fascistas y el gobierno de Hitler calificaban los actos homosexuales de producto de una desviación de la pureza moral y de una muestra de bolchevismo sexual.

La resistencia a la contrarrevolución fue resuelta por la burocracia estatal, nueva clase dirigente en la URSS, con campos de trabajo forzado, exilio y ejecuciones. Millones de personas murieron en ese proceso en los campos de Siberia.

Transformar un partido de la clase trabajadora en una nueva clase dominante, sólo fue posible con la eliminación de todos aquellos miembros del partido que aún seguían fieles a los principios revolucionarios de lucha por la liberación y de socialismo desde abajo. Éstos fueron expulsados del partido, exiliados o asesinados. Una vez más, la derrota de la clase trabajadora, que supuso el ascenso de Stalin al poder, significó también la derrota para miles de gays y lesbianas.

El efecto del estalinismo en la izquierda desde los años 30 hasta nuestros días no puede ser subestimado. Éste destruyó la memoria del socialismo desde abajo, del socialismo como creación de la clase trabajadora, de la lucha por la liberación sexual. Para el movimiento gay en particular, supuso, aparte de su destrucción, la ruptura de éste con la tradición socialista. La memoria de lo que supuso la revolución rusa, que fue bautizada por Lenin como un «festival de los oprimidos», quedó totalmente borrada. La tarea de mantener viva la tradición marxista pasó durante aquellos años a pequeños grupos aislados. Marginados como estaban, sus ideas sobre revolución y liberación sexual quedaron prácticamente adormecidas, hasta el estallido de las revueltas de la década de los 60.

Stonewall y el resurgir del movimiento gay de liberación

A finales de la década de los 50 el monolítico régimen estalinista empezaba a desmoronarse.

Hungría en 1956, Checoslovaquia en 1968 y Polonia en 1970 volvieron a la lucha desde abajo, que había estado paralizada durante décadas, amenazando a los gobernantes, tanto del Este como de Occidente.

Pero fue en Occidente donde la rebelión se hizo sentir con más fuerza, remodelando el pensamiento de la izquierda. La revuelta de Stonewall y la posterior creación del Frente de Liberación Gay, creó el marco perfecto para la reintroducción de la lucha por la liberación gay en la política de izquierdas. Al igual que en los períodos anteriores, el renacimiento y la evolución del movimiento gay sólo pueden entenderse dentro del contexto más amplio de ascenso de la lucha de clases.

Stonewall tuvo lugar en un escenario de luchas que no se veía desde finales de los años 20. Desde la creación del capitalismo han existido muchas revueltas de los oprimidos, pero éstas sólo tienen fuerza suficiente para ganar cuando se dan en momentos con un alto nivel de luchas generalizadas. La revuelta de Stonewall condujo directamente a la creación de un movimiento político, del mismo modo que las revueltas de los negros de los años 60 en los EEUU llevaron al nacimiento del Partido de los Panteras Negras. El Frente de Liberación Gay fue el fruto de un momento de ascenso de las luchas políticas.

Ese ascenso de la lucha fue el resultado de varios factores. Fue en parte consecuencia de los cambios dentro del sistema capitalista. El boom de la post-guerra, el mayor crecimiento económico de toda la historia del capitalismo, se prolongó desde el final de la guerra mundial a lo largo de las décadas de los 50 y 60. La falta de mano de obra, hizo que millones de mujeres se incorporasen, como trabajadoras, a las nuevas industrias en crecimiento.

En gran parte de Occidente la familia tradicional cambió rápidamente, minada por la independencia económica conseguida por las mujeres, que se incorporaban masivamente al trabajo, y por las crecientes demandas de la gente trabajadora, que desembocaron en importantes reformas como la del estado de bienestar. Los trabajadores ya no tenían que recurrir a la familia en caso de desempleo o enfermedad. La aparición de la píldora acabó con la eterna conexión entre sexo y reproducción para los heterosexuales. Las mujeres se liberaron del constante miedo al embarazo.

En parte, los permisivos años 60 fueron consecuencia del propio desarrollo del capitalismo. Pero fue la lucha la responsable fundamental de la crisis de las ideas reaccionarias. Tras las derrotas de los años 20, 30 y 40, la clase trabajadora creció numéricamente y ganó confianza a lo largo de los años 50 y 60. Las huelgas eran cortas, frecuentes y casi siempre victoriosas. Se creó una situación de fuerza y confianza, que fue el punto de partida para la explosión de luchas de masas que se iba a producir.

Una ola de luchas sacudió al sistema, barriendo todo el mundo industrializado, tanto en Occidente como en el Este. Se sucedieron protestas en contra de la guerra del Vietnam, la revuelta de los estudiantes franceses y la «Primavera de Praga» en el 68, las luchas en Italia en el 69, en Gran Bretaña en el 72 y 74, la revolución de los claveles en Portugal en el 74 y las luchas de la transición en el Estado español.

La guerra del Vietnam se convirtió en un foco importante para esa oleada de revueltas. En los EEUU, el movimiento anti-guerra atrajo a millones de personas, dando lugar a manifestaciones en Washington de centenares de miles. En los ghettos negros se produjeron revueltas masivas por la igualdad de derechos, en las que los negros comenzaron a cuestionarse su opresión. El movimiento feminista experimentaba el mismo ascenso. En definitiva, ésta fue una época en la que el sistema estaba siendo desafiado por todos lados. Fue una época en la que la izquierda revolucionaria dejó de ser tan minoritaria y creció rápidamente. Esta época significó también el renacimiento del movimiento gay. La chispa se produjo en Stonewall.

Stonewall era un bar gay situado en el centro de New York, cuya clientela eran, en su mayoría, jóvenes de clase trabajadora. En la noche del viernes 27 de junio de 1969 estaba muy concurrido. Doscientos hombres gays se apiñaban en él, 50 de ellos travestis. Como muchos de los bares gays, éste estaba controlado por la mafia, y sobrevivía gracias a los sobornos que tenía que pagar a la policía. Para justificar los pagos, la policía realizaba batidas ocasionales. Aquella noche, ocho policías decidieron llevar a cabo una redada; un número suficiente, según ellos, tratándose de un bar de “mariquitas”. Siguieron el procedimiento de siempre: cargar a los gays en las furgonetas para llevarlos a comisaria, donde serían interrogados y humillados.

Pero aquel día una multitud empezó a congregarse alrededor del bar, gritando y contestando a la policía. La multitud, cada vez más numerosa y hostil, cercó totalmente a los ocho policías, que se refugiaron en el bar. Allí atrapados, pidieron ayuda a la comisaría que, esta vez, envió al escuadrón de fuerzas de choque de New York, normalmente usado sólo para los barrios marginales, como Harlem. La revuelta duró tres noches y la policía se vio obligada a retirarse de la zona. Los incidentes se sucedieron durante todo el verano hasta la creación, en agosto, del Frente de Liberación Gay.

El Frente de Liberación Gay cogió a New York y a su policía por sorpresa. Un acto ‘normal’ de opresión cotidiana había desencadenado una gran respuesta. El FLG llevó a cabo campañas contra los dueños de los bares gays, a los que veía como parásitos que explotaban a los gays con sus precios desorbitados y su connivencia con la policía. El FLG estableció reuniones públicas, editó un periódico llamado Come Out! y organizó una jornada de lucha para retomar las calles y expresar libremente el derecho a ser gay.

A partir de esas manifestaciones cada año, desde el 69, se celebra el día del orgullo gay en todo el mundo. No deja de ser irónico que muchas de estas manifestaciones -que celebran la revuelta de Stonewall, originada en parte contra los empresarios de la “economía rosa”- sean, hoy en día, organizadas por éstos.

En el número uno de su revista, Come Out!, el FLG dejaba claro que era “un grupo revolucionario homosexual compuesto por mujeres y hombres conscientes de que para cualquiera, la completa liberación sexual sólo puede realizarse con la demolición de las actuales instituciones sociales. Rechazamos los intentos de la sociedad de imponer papeles sexuales y cualquier definición de nuestra naturaleza, porque hemos renunciado a dichos papeles y a los mitos simplistas de la sociedad. Queremos ser lo que somos. Queremos crear nuevas formas sociales y nuevas relaciones humanas basadas en la fraternidad, la cooperación, el amor y la desinhibición de la sexualidad. Babilonia nos ha empujado hacia una sola meta: la revolución”.

Con la fundación del FLG se produjo un cambio fundamental en el movimiento homosexual. La diferencia entre el FLG y otras organizaciones homosexuales previas, como los Mattachine Society (fundada en 1948), es la diferencia entre liberación e integracionismo. La Mattachine Society y otros grupos similares trabajaban (siempre dentro de los cauces legales) por la abolición de las leyes antihomosexuales y otras formas de discriminación, labor que no deja de ser meritoria, pero que no ataca la raíz del problema.

La ruptura del FLG con los grupos homosexuales que se limitaban a buscar la tolerancia social es comparable a la ruptura de Malcolm X y de los Panteras Negras con los integracionistas negros, o a la de las feministas revolucionarias con las “neosufragistas” que, más que cambiar una sociedad represiva, pretendían que se les hiciese un sitio en ella.

El Frente de Liberación Gay, en sus comienzos, se identificó con la lucha revolucionaria. Esto supuso una ruptura importantísima en cuanto a la forma de entender y luchar contra la opresión gay. Era una organización nacida de la calle y que luchaba en las calles. Sus eslóganes resumían un nuevo análisis de la opresión de gays y lesbianas: “Digámoslo bien alto, somos gays y estamos orgullosos de ello”, “No soy yo quien está enfermo, sino que lo está la sociedad que me lo llama”…

Ponían el énfasis en que los homosexuales viven bajo una sociedad opresiva que hay que cambiar. Gays y lesbianas tienen que luchar abiertamente en las calles para conseguirlo. La lucha tiene que empezar por el hecho de “salir del armario”, reconociendo y manifestando públicamente la homosexualidad, para combatir los prejuicios de la gente. Eso significó un enorme paso adelante, aunque no fue suficiente para terminar con los prejuicios de la “sociedad enferma”.

El FLG se identificó con la lucha más amplia contra el sistema. Tomó parte en debates con los Panteras Negras para discutir sus ideas machistas y homofóbicas, un debate del que salieron victoriosos. En 1970, Huey Newton, líder de los Panteras Negras, hizo pública la solidaridad de éstos con el movimiento gay, argumentando que “los gays no tienen ningún tipo de libertad dentro de esta sociedad. De todos, puede que ellos sean los más oprimidos…”. Participaron en las campañas contra la guerra del Vietnam. Supieron ver la necesidad de transformar la sociedad de forma radical, en otras palabras, de aplastar al capitalismo.

Pero el FLG mostró importantes debilidades, que compartía con el resto de los movimientos del momento en EEUU. Muchas de estas debilidades partieron del optimismo ingenuo que impregnó a todos estos movimientos. Había un sentimiento de que se quería la revolución y de que ésta iba a ocurrir ya. Con esta premisa, miraban con desprecio todo lo que significara teoría o el estudio de la experiencia anterior de la izquierda. Se volcaron de forma exclusiva en la experiencia de la lucha inmediata que, en un primer momento supuso enormes pasos adelante, pero que, con el descenso de las luchas, llevó a un callejón sin salida. La lógica desconfianza hacia los viejos partidos estalinistas les llevó a rechazar todo tipo de organización, lo que hizo imposible la toma de decisiones o la continuidad del movimiento cuando el nivel general de luchas disminuyó. El movimiento se fragmentó volviendo su mirada hacia las políticas reformistas o hacia las políticas de identidad.

Con el descenso de la lucha de clases, el FLG se hundió, pero había conseguido devolver la liberación de gays y lesbianas al lenguaje político de la izquierda. El movimiento revolucionario aprendió del movimiento gay y se reencontró con la tradición socialista de luchar por la liberación sexual.

Los orígenes del movimiento gay en el Estado español

La aparición del primer movimiento a favor de los derechos de los homosexuales en el Estado español estuvo relacionada, directamente, con la promulgación de la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970, que vino a sustituir a la antigua Ley de Vagos y Maleantes de 1933 (reformada en 1954, cuando se dio cabida en ella a los homosexuales).

Dos licenciados en derecho antifranquistas, Ramón Gaimón y Mir Bellgai, comenzaron una campaña de sensibilización basada, inicialmente, en el envío de cartas a todos los obispos procuradores en las Cortes, para que éstos presentaran mociones en contra del proyecto legislativo. Después de un largo debate en las cortes, el texto inicial, que consideraba a los homosexuales peligrosos sociales, por el mismo hecho de serlo, fue cambiado por otro algo menos reaccionario, en el que se consideraba peligrosos a quienes probadamente cometieran actos de homosexualidad.

Pero aunque se tratara de una victoria insignificante, las modificaciones en el texto alentaron a los dos activistas a seguir su lucha a favor de los derechos de los homosexuales. A partir de entonces, consiguieron conectar con otros activistas, con quienes empezaron a editar un boletín mensual llamado “AGHOIS” (contracción del nombre de este primer movimiento “Agrupación Homófila para la Igualdad Sexual”, que muy pronto cambió su nombre por el de “Movimiento Español de Liberación Homosexual”). Entre los suscriptores de este boletín en Barcelona surgió la necesidad de reunirse periódicamente para tratar de impulsar los dos objetivos principales del MELH: concienciar a los homosexuales de la necesidad de luchar por sus derechos y conseguir la aceptación y el reconocimiento de los mismos por la sociedad. Además vinculaban la liberación gay con la lucha de clases.

Hay que tener en cuenta que a mediados de los 70, en el Estado español, se está produciendo un crecimiento de las luchas de los trabajadores sin precedentes desde los años 30. En conexión con esta lucha se produce una enorme efervescencia de las luchas de carácter nacional, de las mujeres… Inmersos en este ambiente y adoptando una línea ideológica más firme, el MELH pasó a constituir el FAGC (Front d’Alliberament Gai de Catalunya). Lanzan una plataforma que servirá de base para los movimientos que fueron creándose en el Estado español. Esta plataforma incluye puntos específicos del movimiento de liberación gay (amnistía para los homosexuales encarcelados, derogación de la ley de Peligrosidad, una educación sexual que no discrimine la homosexualidad…) junto a otros relacionados con otros movimientos y con la lucha de los trabajadores en general (legalización del divorcio, aborto y anticonceptivos libres y gratuitos, legalización de la prostitución, no discriminación de los transexuales, reducción de la jornada laboral, supresión del servicio militar…).

Una de las características básicas del FAGC con respecto a otras organizaciones, fue su estructuración en los llamados Grupos de Acción Territorial, que funcionaron en Barcelona (coincidiendo con una o más Asociaciones de Vecinos). Dentro de las asociaciones de vecinos se crean las ‘vocalías de gays’, que luchan en el ámbito del barrio, juntamente con las de mujeres y jóvenes. En su agenda se incluye la participación en las actividades políticas y culturales que celebraban los partidos y organizaciones de clase y otros movimientos de carácter marginal que, a su vez, participan en las campañas del FAGC. Su acción se encamina también a que el movimiento sea tomado en serio por las organizaciones de clase, entre las que se incluyen los sindicatos.

En agosto de 1976, bajo los auspicios del FAGC se constituyó en Mallorca el Front d’Alliberament Gai de ses Illes (FAGI), que se dio a conocer en la prensa y que difundió también los puntos básicos del “manifest”.

Durante el primer trimestre de 1977 aparecieron también en el Estado español cinco grupos de liberación gay: el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria que se formó en Madrid; la Unión Democrática de Homosexuales de Málaga (UDHM), cuyos miembros pertenecían al PSOE y La Agrupación Mercurio, también en Madrid, que apareció primero como una organización reformista, pero que fue radicalizándose hasta constituir una organización con actitud y pensamiento revolucionario. Más adelante se crean el Movimiento Democrático de Homosexuales (MDH) de Madrid y el Euskal Herriko Gay Askapen Mugimendua (EHGAM) que se constituyó en Bilbao, y que publicó un artículo que recogía los puntos básicos del FAGC.

De forma paralela, aparecieron otro tipo de organizaciones despojadas del discurso político y reivindicativo. Fundadas la mayoría de ellas por sacerdotes, suspendidos a divinis por haberse declarado abiertamente homosexuales, defendían un discurso humanista y cristiano. Dos claros ejemplos de este tipo de organizaciones fueron la “Fraternidad Cristiana de la Amistad” , radicada en la ciudad de Valencia y el grupo “Dignitat”, creada en Barcelona, a semejanza del movimiento “Dignity” norteamericano.

Finalmente y con un carácter completamente laico, apareció en Barcelona otro centro dedicado a la asistencia, ayuda y orientación de los gays. Se trata del “Institut Lambda”, creado en 1976 en forma de sociedad civil.

Muchos de estos colectivos siguen hoy activos, pero lejos de tener la influencia que tenían en el pasado, dedican su esfuerzo a introducir sus preocupaciones en el máximo de ámbitos posibles. La realidad de la situación que apareció después de las luchas de los años setenta contra el franquismo marcó un punto de inflexión, en el que la mayoría de estas organizaciones giraron su lucha, no hacia un cambio radical, sino hacia un cambio basado en la resistencia y la política de la identidad. Como se vio en muchos otros movimientos sociales, la situación de la lucha a escala global marcó, y sigue marcando, su posición dentro de la misma lucha. Durante los años setenta, la lucha de la mayoría de estos colectivos encontró puntos en común con otros movimientos existentes en el momento. Ahora, muchos de ellos, no todos, han caído en la marginación, y su discurso, lejos de basarse en el optimismo de un cambio revolucionario, se basa en una evolución hacia la política de la identidad y de los estilos de vida alternativos.

La fragmentación del movimiento: La política de identidad

Alguna gente, que en la actualidad milita en la izquierda, muestra su desprecio por el énfasis que pone el marxismo en la cuestión de clase y en la lucha de clases, como piezas clave para entender y para transformar la sociedad. La mayoría de estas personas miran hoy en día hacia los “nuevos movimientos sociales”. Este término abarca una amplia serie de movimientos que se originaron en las décadas de los 60 y 70 (contra la opresión de las mujeres, negros, lesbianas y gays, así como los que se organizan en torno a la ecología, la paz…).

Esta estrategia para el cambio social, también conocida como “política de identidad”, se basa en la idea de que sólo aquellos que experimentan una determinada forma de opresión, pueden definirla o luchar contra ella. Además, la pervivencia en la sociedad de ideas sexistas, racistas y homofóbicas lleva muchas veces a la conclusión de que estos prejuicios que dividen a la gente no pueden ser nunca superados. En mayor o menor grado, se asume que el resto de la sociedad que no sufre determinada opresión (hombres, personas de raza blanca, heterosexuales…) son parte del problema y que en cierta manera se benefician de esa opresión y tienen interés en mantenerla.

La conclusión más directa es que cada grupo oprimido debe crear y mantener su propio movimiento diferenciado y separado del resto. Dichos movimientos se organizan sobre la base de la autonomía o independencia. Es lo que se conoce como “política de autonomía” o “de separatismo”.

El movimiento de liberación gay de los 60 se identificaba con la lucha revolucionaria, en contacto con un movimiento social más amplio. Sin embargo no transcurrió mucho tiempo antes de que la política de separatismo también creciera dentro del movimiento gay, y condujera a su fractura.

Las lesbianas comenzaron a separarse del movimiento gay. Argumentaron que, cuando intentaban que se debatieran demandas específicamente lesbianas dentro del movimiento gay, los líderes de sexo masculino negaban el que las lesbianas se enfrentaran a ningún tipo de problema especial por el hecho de ser mujeres. E indudablemente existieron actitudes sexistas dentro del movimiento gay, pero tal como demostró la experiencia entre el GLF y los Panteras Negras es posible convencer a otros dentro del movimiento para que rompan con las ideas conservadoras, en un contexto de solidaridad y lucha.

Un sector de las lesbianas, dentro del feminismo radical, empezó a desarrollar el argumento de que las mujeres deben rechazar la heterosexualidad si quieren convertirse en seres humanos completos. Una escritora lesbiana defendió que: “las mujeres heterosexuales están confundidas por los hombres; no ponen a las mujeres primero, traicionan a las lesbianas y en su forma más profunda, se traicionan a sí mismas. No se puede construir un movimiento fuerte si tus hermanas están por ahí follándose al opresor”.

Entre los hombres gays más activistas la tendencia fue aceptar la necesidad de movimientos separados y de ‘autonomía’ en general. Se aceptó la división de intereses y actividades entre hombres gays y lesbianas. La ‘autonomía’ es una afirmación positiva de lo que hace diferente a un grupo de personas del resto. El énfasis puesto en la ‘autonomía’ condujo también a centrarse cada vez más en la liberación personal o individual.

El acto de salir del armario se convirtió en un rasgo importante del movimiento de liberación gay y continúa siendo de gran importancia para desarrollar un sentido de orgullo gay en una sociedad homofóbica. Sin embargo, a medida que el activismo decaía, salir del armario se convirtió en una finalidad en sí mismo, en lugar de ser una forma de construir un movimiento más amplio y más general. Además, es importante entender que mientras exista el capitalismo, salir del armario será imposible para muchos de los gays y lesbianas. La mayoría de ellos se ven forzados a seguir ocultando su orientación sexual para conservar sus empleos, o están casados, o se sienten incapaces de romper con sus familias o comunidades. Vista como una finalidad en sí misma, la salida del armario sólo será factible, probablemente, para una minoría de gays y lesbianas.

Un claro ejemplo de política de la diferencia es lo que se ha denominado ‘nacionalismo marica’ (queer nationalism). El grupo que mejor representa este movimiento es Queer Nation (Nación Marica), formado en Nueva York, en 1990.

Cuando se preguntó a sus fundadores por qué habían escogido llamarse ‘maricas’, una palabra insultante antigay, contestaron: “es la idea de reapropiarnos de las palabras de nuestros opresores… y usarlas de una forma positiva para reafirmarnos…”

Quizá, los activistas de este movimiento se sientan personalmente reafirmados usando la denominación marica, pero la inmensa mayoría de la gente continuará contemplándolo como un término de insulto y desprecio. De hecho mucha gente sin duda verá el uso de la palabra “marica” como una aceptación de la opresión.

La esencia del “nacionalismo marica” es la creencia de que los gays deberían vivir en una cultura separada del resto de la sociedad. Este enfoque, necesariamente, engendra una atmósfera de extremo moralismo y un énfasis en el estilo de vida. La política de identidad asume el hecho de que sólo los que experimentan personalmente una forma de opresión pueden definirla o expresar una opinión acerca de cómo luchar contra ella. Más que conducir hacia la colaboración, éste enfoque ha conducido a la fragmentación.

En abril de 1993, la marcha por los derechos homosexuales en Washington atrajo a un millón de manifestantes. Aquí se volvió a demostrar el enorme potencial que existe para construir un movimiento amplio entre gays y lesbianas. Después de la manifestación, sin embargo, un grupo llamado QUASH (iniciales que corresponden a la traducción Maricas Unidos Contra los Homosexuales que actúan como Heterosexuales) publicó una carta titulada “Por qué odio la marcha de Washington”. En la carta se presentaban argumentos contra la integración de los gays en el resto de la sociedad. La conclusión de la carta era: “¿Que había un millón de personas? Puede ser, pero me importa una mierda” .

Este movimiento, sobre todo en EEUU, se ha mostrado muy activo pero siempre en acciones muy minoritarias. El dominio de la política de identidad es una garantía de que no se va a construir un movimiento duradero y amplio, ya que esta política, lejos de unir a la gente entre sí y buscar la unidad con otros movimientos, potencia la fragmentación y las diferencias.

Una de las tácticas más controvertidas de este movimiento ha sido la del ‘outing’, cuya práctica refleja muy bien el moralismo que acompaña a las políticas de identidad. El ‘outing’ consiste en hacer pública la homosexualidad de personajes famosos que ocultan su sexualidad por las consecuencias que pueda tener para sus carreras, o bien de miembros de la Iglesia o de políticos que atacan los derechos de los homosexuales a pesar de serlo ellos mismos.

Aunque pueda parecer muy justa, hay un serio problema con esta táctica. No debería forzarse nunca a gays y lesbianas a salir del armario, no importa quiénes son o qué hacen. Esta estrategia se niega a admitir que la naturaleza del sistema hace imposible que muchos homosexuales reconozcan abiertamente su sexualidad. Las personas que son objeto del ‘outing’ han mantenido su sexualidad en secreto porque se avergüenzan de ella. Ponerlas en evidencia no va a hacer que éstas u otras personas ganen confianza, dando como resultado, generalmente, la negación de dicha evidencia.

En lugar de extender el mensaje de que hay mucha gente homosexual y de que no hay que avergonzarse de serlo, el ‘outing’ acaba dando la impresión de que ser gay es un secreto vergonzoso. Hace perder confianza para salir del armario a los gays y lesbianas que encuentran más dificultades para ello, generalmente de clase trabajadora.

Desde sus orígenes, el grupo Queer Nation descartó la posibilidad de construir el tipo de movimiento que podría actuar de forma solidaria con los heterosexuales que apoyan los derechos homosexuales.

Barbara Smith, feminista, negra y lesbiana y activista veterana del movimiento de los años setenta, argumentó por qué este enfoque es una receta para el desastre: “Los activistas ‘maricas’ se centran en cuestiones ‘maricas’ y, para ellos, el racismo, la opresión sexual y la explotación económica no entran dentro de esta categoría, a pesar de que la mayoría de los ‘maricas’ son gente de color, mujeres o clase trabajadora… Construir coaliciones unificadas que desafíen al sistema y finalmente preparen el camino para el cambio revolucionario, sencillamente no entra dentro de los planes de los activistas ‘maricas’ … En 1990 leí el Manifesto de Queer Nation “Odio a los Heterosexuales” y escribí una carta al editor sugiriendo que si los ‘maricas’ de color seguíamos su liderazgo político pronto escribiríamos una declaración titulada “Odio a los blancos”, lo que incluiría a los ‘maricas’ blancos de origen europeo”.

El giro a la derecha: La economía rosa y la comunidad gay

Algunos de los que reconocen que el ambiente gay no aporta liberación de ningún tipo, decepcionados, no quieren saber nada de él. Ya sea de forma irónica o por desesperación, han llegado a pedir el cierre de los lugares de ambiente. Exageraciones aparte, se han dado cuenta de hasta qué punto el ambiente comercial gay está impregnado por los valores del mercado. Pero el impacto de las relaciones capitalistas no termina con el intento de las grandes compañías multinacionales de apoderarse del mercado gay. El propio mercado da forma a lo que se supone que significa ser gay.

La llamada economía rosa se utiliza para definir el supuesto estilo de vida gay. La comercialización de la “identidad gay” ha alcanzado muchos aspectos diferentes de la vida de la gente. Esto no es algo exclusivo de la lucha por los derechos gays. Muchas otras luchas que comenzaron como un desafío al sistema han sido expropiadas por el propio sistema cuando los que las dirigen se dan cuenta de las posibilidades de explotar un determinado mercado.

La lucha para acabar con la opresión de gays y lesbianas deja de ser, por tanto, una lucha contra el sistema para, abandonando la resistencia al mercado, convertirse en una aceptación del mismo. La revista semanal de los empresarios The Economist expresa muy bien esta idea: “Están apareciendo los primeros miembros de una nueva clase única: jóvenes gays que nunca han tenido miedo de ser asaltados o insultados… son la primera línea de una generación a la que podríamos llamar post-gay: una generación que podría crecer preguntándose de qué iba todo el movimiento” .

La división de clases que surge del capitalismo significa que hay gays de la clase dominante y de la clase trabajadora: los que tienen interés en defender al sistema y aquéllos cuyo interés objetivo es acabar con él. La economía rosa, que según muchos teóricos gays es lo que mantiene unida a la comunidad gay, muestra estas divisiones y antagonismos de una manera muy clara.

Los empresarios gays se aferran a la idea de la comunidad gay como una forma de legitimar sus actividades: “Todos los gays y lesbianas están en el mismo barco, por tanto deberían luchar juntos contra la discriminación” , nos dicen. Esta frase, sin embargo, está ocultando la naturaleza de clase de la opresión, el hecho de que los que tienen una posición más desfavorecida en la sociedad se enfrentan a la opresión de forma muy diferente a la de aquellos que están en la cima.

La falta de consistencia de esta idea de comunidad de intereses, quedó en evidencia durante las movilizaciones del 5 de octubre de 1996 en Sitges (Barcelona). El Ayuntamiento de esta localidad, gobernado por la derecha (coalición CiU-PP), estaba llevando a cabo una serie de actuaciones claramente homofóbicas como la apertura de fichas por parte de la policía municipal a homosexuales que eran detenidos en la calle. Como respuesta lógica, el FAGC convocó una manifestación de protesta en las calles de Sitges. Los empresarios gays, propietarios de los locales de ambiente, temerosos de que sus negocios se vieran afectados, cerraron sus bares como medida de presión contra la celebración de las movilizaciones, que fueron calificadas de provocación y de intento de crear crispación. Los empresarios fueron apoyados por un grupo del movimiento gay de tendencia reformista que, a su vez, desconvocó la manifestación.

Lo que debería haber sido una manifestación masiva para combatir la homofobia, se convirtió en un acto mucho más minoritario al que asistieron activistas gays y lesbianas y, junto a ellos, personas de otros movimientos de izquierda que querían plantar cara a la homofobia de la derecha. Desgraciadamente, a la convocatoria, probablemente atraídos por la división dentro de la “comunidad gay”, también asistieron grupos de nazis que ejercieron su violencia contra los manifestantes.

Parece ser que ni a los empresarios, ni al grupo reformista, les importaban mucho los ataques recibidos por otros miembros de su comunidad, ya fuesen procedentes del ayuntamiento de derechas o de los skinheads nazis.

Hay que decir que muchos militantes de izquierda aceptan la idea de una comunidad gay. Se argumenta que “lo que une a las lesbianas y gays son sus experiencias sexuales similares y la discriminación que sufren, que no es más que el resultado de los prejuicios contra su sexualidad”. Según esta idea, un hombre blanco gay rico, si pierde su trabajo por ser gay, estaría viviendo la misma situación que una lesbiana negra pobre que perdiese su trabajo por la misma razón.

Pero una simple mirada al estilo de vida de los gays de la clase dominante muestra que viven en un mundo muy diferente al de la mayoría de gays y lesbianas de clase trabajadora. The Advocate , una de las revistas gays más vendidas en EEUU, publicó recientemente una entrevista con Alan Gilmour. En ella nos habla de las dificultades que tuvo para asumir su homosexualidad y para vencer los prejuicios en su empresa tras su salida del armario. Hay que decir que hasta 1994, Alain Gilmour fue vicepresidente de la fábrica de coches Ford, lo que le convirtió en uno de los directivos con más influencia en los EEUU. Aunque en 1994 dejó a Ford , continúa formando parte del consejo de administración de Prudential Insurance, Dow Chemicals, Detroit Edison, US West y Whirlpool. En la entrevista nos dice que aunque está muy ocupado, todavía le queda tiempo para supervisar la construcción de la casa de sus sueños, una mansión de cuatro pisos y 1.200 m² en Detroit.

Por más simpatía que tengamos hacia la lucha de Gilmour para asumir su sexualidad, hay que reconocer que su estilo de vida y su riqueza pertenecen a un mundo muy alejado del de los trabajadores, que se ven obligados a trabajar largas jornadas a cambio de bajos salarios en la cadena de producción de la Ford, muchos de los cuales son gays y lesbianas.

Tal como cuenta en la entrevista, los viajes que hizo durante sus vacaciones, o por negocios, fueron de gran ayuda para Gilmour a la hora de asumir su homosexualidad. Pero la mayoría de la clase trabajadora en EEUU ha perdido un 19% del poder adquisitivo de sus sueldos, desde los años 70. Ellos no pueden permitirse este lujo. Sus principales preocupaciones son la vivienda, la sanidad, la educación o necesidades tan básicas como la comida y la calefacción. Habría que hacerse una pregunta: ¿De qué lado se pondría Gilmour si los trabajadores de sus empresas (gays y lesbianas incluidos) se pusieran en huelga para pedir un aumento de sueldo que les permitiera llevar un estilo de vida con el que poder afirmar su propia sexualidad?

Vuelve el mito de los consumidores ricos

Muchos aceptan que la mayoría de gays y lesbianas son un grupo de consumidores adinerados, con un poder adquisitivo desproporcionado en comparación con el resto de la población. Esta idea se ha reivindicado como un descubrimiento de los años 90, pero la imagen del gay adinerado se remonta a finales del siglo XIX, cuando la ley empezó a perseguir a los homosexuales. Durante más de un siglo se ha retratado a los gays como actores y artistas ricos y cultos. Estos estereotipos desempeñaron el papel negativo de sugerir que la gente corriente sencillamente no podría ser gay, reforzando, a su vez, actitudes homofóbicas entre los trabajadores.

La versión actualizada de estos estereotipos desempeña un papel similar y se ha reforzado con dos encuestas recientes en los EEUU. Ambas llegan a la conclusión de que gays y lesbianas tienen un nivel más alto de estudios y son más ricos. Así, el 59% de los gays y lesbianas en EEUU tendrían títulos superiores, mientras un 18% los tendría entre el resto de la población. El 49% desempeñarían profesiones directivas o ejecutivas, mientras que sólo las desempañaría un 15% entre el resto de la población. Estas estadísticas se usaron para persuadir a muchas empresas importantes de la conveniencia de anunciarse en la prensa gay de Estados Unidos, que en esos momentos estaba atravesando una situación financiera desesperada.

Hay pruebas recientes que sugieren que la fiabilidad de estas encuestas es más que cuestionable. Es principalmente gente de la clase media más rica y más educada la que contesta este tipo de cuestionarios. Hay nuevas investigaciones que contradicen los datos de las anteriores encuestas. En las elecciones de 1992 en EEUU se entrevistó a 15.000 votantes de los cuales 466 se identificaron como gay, lesbiana o bisexual. Y un estudio comparado de sus ingresos con el del resto de los votantes, revelaba que los votantes gays tendían a estar en el grupo de personas con menores ingresos. Otra encuesta de 1993 mostró que los entrevistados gays y lesbianas tenían unos ingresos medios muy por debajo de lo que nos decían las encuestas anteriores.

Es decir, que la idea de que todos los gays y lesbianas tienen buenas posiciones económicas es un mito. Es una pequeña proporción de todos los gays y lesbianas, que procede de las clases media y alta, los que han dado lugar a este estereotipo sobre la gente gay. Los gays y lesbianas de la clase trabajadora se ven “excluidos” de ese estereotipo, sencillamente por que no tienen suficiente poder adquisitivo.

Un ejemplo claro de la gradual comercialización del movimiento es el carácter que ha ido cobrando la manifestación del 28 de junio, día del orgullo gay. Hoy, muchas de las manifestaciones que se organizan alrededor del mundo, para celebrar los acontecimientos de Stonewall, se han convertido en oportunidades perfectas para multinacionales como Virgin, Budweiser o United Airlines que, por otro lado, no hacen nada para extender los derechos de los gays entre sus trabajadores.

La comunidad gay y su economía rosa no se distinguen del resto de la economía. Como en la mayoría de industrias, los trabajadores que trabajan dentro del ambiente gay son objeto de una dura explotación. La supuesta comunidad está para servir únicamente a los intereses de los empresarios gays, así como la supuesta unidad entre gays ricos y pobres está destinada a legitimar las actividades de estos empresarios y no a luchar contra la opresión.

El socialismo y la liberación sexual

La opresión de los homosexuales es inseparable del sistema capitalista. Lo es, porque la sexualidad gay amenaza la imagen ideal de la familia, pieza clave del sistema en la reproducción de trabajadores y en la transmisión de la ideología dominante.

En su libro titulado La cuestión homosexual, Jean Nicolas argumenta que: “la norma sexual, como cualquier forma de ideología, no es algo que exista de por sí; se materializa en toda una serie de instituciones sociales que, por su parte, desempeñan otras funciones. La inculcación de la norma sexual se opera sobre todo en el seno de las tres instituciones principales encargadas de la educación de los individuos: la familia, la escuela, la iglesia” . Más adelante, hablando sobre la imposición de la norma, explica que: “En la sociedad capitalista, la sexualidad no es ya únicamente objetivo de un discurso normativo y codificado, sino que, al propio tiempo, es fuente de beneficios a través de su comercialización. La norma sexual tiene, pues, como función canalizar la demanda hacia circuitos comerciales creados a este efecto” .

Las instituciones que sostienen la ideología dominante evolucionan históricamente y se transforman. La familia, por ejemplo, ha sobrevivido a los cambios, generación tras generación, por la sencilla razón de que el capitalismo ha sabido adaptarse y adaptar esta institución a los nuevos tiempos. En los últimos cincuenta años, los cambios se han agudizado. En los años 60, la incorporación masiva de mujeres a la industria y la universidad respondió a la necesidad de tener más mano de obra, más preparada. Pero, a pesar de ello, la discriminación de la mujer no desapareció.

No cambió la situación de la mujer porque aunque la familia sufriera una transformación como resultado de una reestructuración social más general, la raíz y la esencia de lo que supone la vida en familia bajo el capitalismo no cambió.

Marx hablaba de que el sistema capitalista necesitaba transformarse continuamente para poder adaptarse a los cambios que se producen en la economía. Esos cambios afectan a la estructura del sistema, pero dentro de éste, la necesidad de la opresión permanece inmutable. Por eso, para los socialistas la lucha por la liberación gay y lesbiana es inseparable de la lucha contra el capitalismo.

Los avances en los derechos homosexuales han estado siempre ligados a los avances en la lucha de los trabajadores. La opresión sirve al sistema para dividir la lucha y para parcelar la fuerza de la clase trabajadora. La división artificial de homosexuales contra heterosexuales, negros contra blancos y hombres contra mujeres, promueve la desigualdad y la discriminación continuada. No sirven, en absoluto, para construir un mundo mejor.

La lucha y la revolución de la conciencia

El análisis marxista sobre la opresión y su afirmación de la posibilidad de liberación, apuntan a la necesidad de la clase trabajadora. Este hecho no es casualidad. Marx hablaba de la clase trabajadora porque entendía que ésta se encontraba en una situación colectiva y que, por tanto, debía dar una respuesta colectiva a los ataques y opresiones del sistema. Claro está, que esto no es tan automático, pero Marx hablaba también de la importancia de la lucha y la revolución de la conciencia.

Como socialistas, damos apoyo a las luchas de los diferentes grupos oprimidos y defendemos las reformas que llevan mejoras a todos estos colectivos y a la gente en general. Así mismo, luchamos contra los ataques homofóbicos dirigidos contra personas, organizaciones o espacios frecuentados por homosexuales. Apoyamos a cualquier gay o lesbiana, independientemente de su origen social, en la afirmación de su sexualidad. Sin embargo, es necesario desenmascarar los intereses de gays y lesbianas de la clase dominante en defensa del sistema, y sus intentos de desviar la lucha por la liberación hacia el mero consumismo.

Entendemos que sólo la lucha colectiva y valiente puede desafiar la ideología dominante hasta acabar con ella y superarla. Para hacer esto es importante que el máximo de gente se involucre en la lucha y que las reivindicaciones específicas de cada grupo oprimido se unan entre sí para plantar cara al sistema. Cambiando las circunstancias, la gente cambia.

Marx defendía que : “la revolución no sólo es necesaria porque la clase dominante no puede ser derrocada de otro modo, sino también porque únicamente por medio de una revolución logrará la clase que derriba salir del cieno en que se hunde y volverse capaz de fundar la sociedad sobre nuevas bases” .

Durante la lucha, la gente no sólo cuestiona los aspectos económicos del sistema. En la lucha intervienen otros factores. A la lucha económica debemos sumarle la lucha ideológica y el incremento de la conciencia de clase. En su escrito sobre la clase trabajadora y los oprimidos, La liberación de las mujeres , Tony Cliff, lo explica con la cita siguiente: “La concienciación no surge porque la gente se ponga a pensar: ¿Cómo vamos a concienciarnos? La concienciación surge porque la gente siente seguridad en sí misma y se encuentra en forma para pelear. Así es cómo cambia”.

En cualquier manifestación, huelga o protesta, la gente que interviene en ella aprende con la práctica cómo funciona el sistema y cómo hacerle frente. También la lección enseña cómo unirse, cómo luchar juntos, y cómo superar las divisiones. Tanto en las luchas más globales como en campañas concretas en contra de una opresión específica, es importante que el máximo de gente se involucre en ella, dejando de lado si esa opresión le afecta directamente o no. Por ejemplo, en una campaña en defensa del aborto, es importante, que aparte de las mujeres, se involucre en ella la gente negra, gays y lesbianas, etc.

Contra la visión de algunos que defienden que la conciencia y la naturaleza humana son inmutables y estáticas, muchos ejemplos en la historia demuestran lo contrario. El más significativo de estos cambios se dio en la revolución rusa de 1917.

En Rusia, antes de 1917, los judíos sufrían una fuerte opresión. A ellos les estaba prohibido vivir en Petrogrado y Moscú, y a menudo se organizaban pogroms (matanzas y robos) para reprimirlos. Después de la revolución, la situación cambió, y no fue por arte de magia que esto ocurrió, sino por el grado de concienciación que se dio a lo largo de la revolución. Buena muestra de ello fue que León Trotski, uno de los líderes de los bolcheviques y judío, fuese elegido presidente del Soviet de Moscú.

Las luchas de hoy muestran la posibilidad de plantear alternativas a este sistema. La agudización de éstas surge de la explotación inherente al capitalismo y, mientras éste exista, siempre habrá gente dispuesta a luchar y a organizarse. En momentos altos de lucha esta minoría deja de serlo, y cuando la lucha deja de ser una cuestión de unos pocos individuos, la posibilidad de un cambio global, de una revolución, recobra fuerza. Durante estos dos últimos años, con las luchas en Indonesia, América Latina y las protestas en Seattle y Washington, hemos tenido buenos ejemplos del potencial y la fuerza de la respuesta.

Evidentemente, esto sólo es el principio. Queda mucho camino por recorrer hasta llegar a una revolución, pero el camino existe. La revolución rusa fue, en parte, la revolución de los oprimidos, explotados y excluidos. La esencia de la revolución de octubre se materializó con el fin de la opresión hacia los judíos, los más explotados.

Una próxima revolución, la revolución de nuestro tiempo, deberá contemplar esta cuestión. En próximas luchas, la cuestión de la liberación gay y lesbiana deberá recobrar su importancia trascendental. La liberación sexual forma parte de una liberación total: la de la humanidad.

Formulario de suscripción

Rellena este formulario si quieres suscribirte a alguna de nuestras publicaciones.

Periódico En Lucha y revista La Hiedra - 25€ / año
Periódico En Lucha - 15€ / año
Revista La Hiedra - 12€ / año

×