Agenda anticapitalista

Guerra Civil y Revolución

La revolución en Catalunya 1936-1937

¿Qué fue el POUM?

Para leer

La revolución en Catalunya 1936-1937

Hacia la revolución

Con la elección del Gobierno del Frente Popular en febrero de 1936, desaparecieron las pocas dudas entre los sectores más reaccionarios de la sociedad española sobre la conveniencia de una democracia parlamentaria. El complot para acabar de una vez por todas con la República empezó con toda seriedad.

Las masas tampoco se estuvieron quietas. Después de las frustraciones de los últimos cinco años, no iban a esperar a que el Gobierno republicano satisficiera sus reivindicaciones. Asaltaron las cárceles y así impusieron la amnistía para miles de presos políticos encarcelados después de los hechos de octubre de 1934. Además, en el campo, sobre todo en Andalucía y Extremadura, los jornaleros invadieron las fincas de los terratenientes para apoderarse de la tierra. También en las ciudades empezó una ola de huelgas de gran combatividad.

El Gobierno, respaldado por los partidos comunista y socialista, reclamó la calma y la vuelta al trabajo. Se utilizaron las fuerzas del orden público en contra de los huelguistas y grupos armados fascistas empezaron a sembrar la muerte entre los militantes de izquierdas.

Los trabajadores en muchos casos no hacían caso a las autoridades. Las organizaciones obreras empezaron a organizar milicias para defenderse. Los fascistas pronto encontraron una resistencia combativa en las calles de Madrid y otros sitios. La situación se hacía insostenible. Si la clase trabajadora no estaba dispuesta a tomar el poder, la derecha sí que estaba dispuesta a intentarlo.

El 19 de julio de 1936 comenzó, como en el resto del Estado español, la sublevación militar en Catalunya y, también como en otros lugares, fue sofocada por la resistencia popular. Las organizaciones obreras, y en Catalunya principalmente la CNT, fueron quienes tomaron la iniciativa y combatieron la sublevación con las pocas armas de las que disponían. A pesar de que los preparativos de los golpistas eran conocidos, las autoridades republicanas no se mostraban dispuestas a armar a las masas. Incluso en Catalunya, donde durante los días anteriores al 19 de julio, se había establecido un Comité de Enlace entre la CNT y Esquerra Republicana de Catalunya, la Generalitat no sólo se negó a las urgentes peticiones de los anarcosindicalistas sino que la Policía, bajo sus órdenes, procedió a desarmarlos.

En esta situación, la CNT, el POUM y otras organizaciones obreras buscaban armas desesperadamente.

La batalla de Barcelona

A las cuatro de la mañana del día 19, los militares salieron de los cuarteles gritando “Viva la República!”, “Viva España!” con la intención de ocupar los puntos estratégicos de la ciudad. Inmediatamente, los grupos de trabajadores que estaban vigilando los cuarteles, abrieron fuego contra los soldados, dieron la señal de alarma y las sirenas de las fábricas comenzaron a sonar. Había comenzado la batalla de Barcelona.

Las tropas llegaron a tomar la plaza de Catalunya, la plaza España y la plaza Universidad, pero cada vez estaban más cercados por los trabajadores. A primera hora de la tarde, la Guardia de Asalto se puso del lado de las masas y, lo que resultó más sorprendente, lo hizo también la Guardia Civil. Esto fue decisivo para el resultado de la lucha en la calle, pero para que estas fuerzas se sumaran fue fundamental el hecho de que las organizaciones obreras se lanzaran sin esperar ayuda del Gobierno. De esta forma, demostraron su determinación de impedir el triunfo de los golpistas. La mañana del día 20 detuvieron en Barcelona al cabeza de los sublevados, el general Goded, y esta noticia hizo que muchos soldados se amotinaran, matasen a sus oficiales y se pasasen al lado del pueblo. Con el asalto final al cuartel de las Drassanes, el complot militar quedó totalmente vencido en Barcelona y prácticamente ahogado en el resto de Catalunya.

El Estado en ruinas

No sólo derrotaron a los sublevados, sino que las organizaciones obreras se encontraron también con un poder importante en sus manos. Cualquier otro poder parecía haber desaparecido. Según Ossorio y Gallardo, abogado y jurista republicano, “no quedó más que el polvo… las cenizas del Estado“. A todos los niveles, los obreros y los campesinos intervenían y se apoderaban, por propia iniciativa, de la administración de la vida cotidiana, de la economía, del orden público, de la defensa, de la justicia, de las comunicaciones, del abastecimiento, de la sanidad, etc. No sólo había comenzado la guerra civil en todo el Estado, sino que en Catalunya había estallado la revolución social.

El poder real estaba ahora en manos del Comitè de Milícies Antifeixistes, creado al día siguiente de la victoria popular y constituido por tres representantes de la CNT, la UGT y ERC; dos de la FAI, y uno del PSUC, del POUM, de la Unió de Rabassaires y de Acció Catalana Republicana. Los anarquistas, reconocida su fuerza en toda Catalunya, ejercieron una influencia determinante. La primera tarea del Comitè de Milícies Antifeixistes se centró en el restablecimiento del orden público y en la organización de las milicias para luchar contra los militares en Aragón y en Mallorca. Las patrullas de control -unos setecientos militantes, la mitad de ellos de la CNT- fueron organizadas rápidamente para imponer el orden revolucionario en la ciudad. Se trataba de sistematizar la persecución de los elementos más reaccionarios en la retaguardia. A la vez, se pretendía evitar el desorden dentro del cual militantes de base, sobre todo entre los anarquistas, habían comenzado a ejecutar a personas entre las que había enemigos de la revolución y también miembros de organizaciones rivales.

Las milicias

Las milicias se organizaron a partir de diferentes partidos y sindicatos. Se incorporaron también policías y soldados leales a la República. La primera columna de dos mil milicianos encabezada por el anarquista Buenaventura Durruti y el militar republicano Pérez Farrás, salió de Barcelona hacia Aragón el 24 de julio. En las primeras semanas de guerra, reconquistaron gran parte de Aragón -unos doscientos cuarenta pueblos- y llegaron hasta las puertas de Zaragoza y Huesca, ciudades que quedaron bajo el dominio de los sublevados.

En el plazo de dos meses, el Comitè de Milícies Antifeixistes había organizado a veintidós mil milicianos repartidos en un frente de trescientos kilómetros. A finales de año, el frente se había extendido unos ciento cincuenta kilómetros más, y las fuerzas militares republicanas sumaban unos cuarenta mil milicianos (y algunas milicianas).

En su avance, las milicias anarquistas ayudaron a formar comités revolucionarios en los pueblos. En las tierras aragonesas bajo el control de las fuerzas revolucionarias se realizaron un total de cuatrocientas cincuenta colectivizaciones agrícolas que afectaban a 423.000 personas. Estos baluartes revolucionarios eran una garantía para la retaguardia.

Las milicias, especialmente las de la CNT y las del POUM, estaban organizadas democráticamente, sin jerarquía militar hasta el punto en que los oficiales o delegados eran elegidos entre los mismos milicianos. Había también algunos militares profesionales que actuaban como técnicos. Incluso, el Comitè de Milícies Antifeixistes, consciente de la falta de experiencia militar en sus filas, creó una Escuela Popular de Guerra organizada por el anarquista García Oliver. Las dos terceras partes de la primera promoción de esta escuela perdieron la vida en el frente.

La economía colectivizada

Otra de las tareas fundamentales de las fuerzas populares fue la de intentar ordenar la economía catalana y crear una industria de guerra. Desde los primeros días del conflicto por toda Catalunya, los obreros habían intervenido fábricas y talleres, sobre todo aquellos que los antiguos dueños abandonaban para incorporarse al enemigo. Al final, aproximadamente un 70% de la industria catalana fue incautada por sus trabajadores. En cada centro de trabajo eligieron comités compuestos por los mismos trabajadores y generalmente las empresas fueron colectivizadas.

En el campo, los campesinos tomaron la tierra y se establecieron unas 300 colectivizaciones agrícolas en Catalunya durante la guerra. Sin embargo, la existencia de un número importante de pequeños propietarios limitó las colectivizaciones a un nivel inferior al de otras zonas del Estado donde había una presencia más grande de jornaleros y otros campesinos sin tierra.

Debemos remarcar que este gran experimento socio-económico (en su totalidad más profundo que los primeros pasos dados por la revolución rusa) no fue debido principalmente a la iniciativa de las mismas organizaciones obreras, a pesar del papel destacado de la CNT, sino a un movimiento realmente espontáneo de la base.

En un intento de unificar la economía se creó el 11 de agosto el Consell d’Economia de Catalunya para, en sus propias palabras, “dar apoyo a la revolución y orientar decididamente sus esfuerzos en la dirección de la colectivización de nuestra economía”. Aunque fue la Generalitat quien formalmente organizó el Consell, las organizaciones obreras y el Comitè de Milícies Antifeixistes lo dominaron. Su ambicioso programa escrito por Andreu Nin, del POUM, tenía como finalidad la “transformación socialista” de la economía catalana. Los anarcosindicalistas, que tuvieron un papel clave en su constitución, esperaban poder consolidar su influencia a través de este nuevo organismo.

La revolución toma fuerza

Paralelamente a estas iniciativas económicas y militares, las fuerzas revolucionarias organizaron comités de transporte y de servicios públicos como los restaurantes populares, que ya en el mes de agosto daban comida gratuita -previa presentación del carné sindical- a más de 120.000 personas diarias. El mismo Comitè de Milícies estableció un Comitè de Abastament que garantizaba el abastecimiento de las milicias y los centros públicos como los hospitales. También se creó l’Escola Nova Unificada, un sistema de enseñanza gratuita, libre, laica, mixta y única. La revolución también trajo consigo una liberación relativa en la vida de las mujeres. No solamente se incorporaron a todos los niveles de la lucha, desde las fábricas hasta el frente, sino que disfrutaron de una nueva libertad en las relaciones sexuales, se estableció la legalización del aborto y la “unión libre” de las parejas, en lugar del matrimonio tradicional.

Fuera de Barcelona, cada pueblo tenía su Comité Revolucionario compuesto por representantes de las organizaciones antifascistas que como el Comitè de Milícies, organizaron el nuevo orden revolucionario.

La cuestión del poder

El desarrollo del movimiento revolucionario en Catalunya chocó bien pronto con una realidad contradictoria. Su posición de vanguardia en relación al resto del Estado y la falta de un poder único centralizado capaz de afrontar tanto los problemas económicos como los militares, llevaron a plantear la cuestión de la dirección política de la zona antifascista. Para republicanos, socialistas moderados y el PCE -en Catalunya, el recientemente creado PSUC- había que acabar la revolución para no asustar a las democracias burguesas, evitar la aproximación de éstas a la Alemania y a la Italia fascistas, y que obtuviesen de ellas un apoyo militar (el cual nunca se consiguió). Estos motivos hacían imprescindible la restauración del orden republicano y la centralización de la lucha militar.

Esta línea de argumento era defendida, sobre todo, por los estalinistas, dado el interés de la URSS en establecer una alianza con estas democracias contra Alemania. Además, tampoco interesaba a Moscú la existencia de una revolución que no controlaba el partido comunista puesto que podría presentarse como alternativa al estalinismo a nivel internacional.

Por otro lado, la CNT, el POUM y sectores de izquierda socialista defendían la vinculación entre la guerra y la revolución. Pero también para estas fuerzas se hacía cada vez más evidente la necesidad de una forma de centralización política, económica, y, sobre todo, militar. La principal organización revolucionaria, la CNT, se encontraba enfrentada a un dilema, ya que centralizar la revolución y la guerra significaba establecer un nuevo estado, cosa que era incompatible con sus postulados ácratas. Según García Oliver, hablando el 20 de julio, había que “elegir entre el comunismo libertario que significaba la dictadura anarquista y la democracia, que significaba la colaboración“. Eso condenaba sesenta años de pensamiento anarquista, al comparar la sociedad libertaria con una “dictadura”. La experiencia de la guerra civil significaría el inicio de una crisis mortal para el anarcosindicalismo en el Estado español. Sólo el POUM contrapuso al pragmatismo anarquista y a la restauración del Estado republicano la creación de un “Gobierno obrero”, basado en “comités de combatientes, obreros y campesinos“. Pero su posición minoritaria y su incidencia casi exclusivamente ceñida a Catalunya hicieron que su proyecto quedase reducido sólo al nivel propagandístico.

El nuevo Gobierno catalán

A pesar de que el Comitè de Milícies se había convertido en el poder real en Catalunya en las primeras semanas de la guerra, seguía existiendo el Gobierno de la Generalitat, dado que la CNT no vio la necesidad de acabar con esa situación. El Gobierno autónomo sólo podía dedicarse a legalizar las conquistas ya hechas por la revolución. Así, aprobó un incremento general de sueldos, la incautación de las empresas abandonadas, y la ley de sindicación obligatoria. A pesar de su falta de poder, su mera existencia, combinada con la presión que se ejercía sobre Catalunya desde el Gobierno central, eran suficientes como para darle una cierta legitimidad. Aprovechando el aumento de los problemas económicos y militares del Comitè de Milícies, la Generalitat consiguió persuadir a la CNT para que aceptase la formación de un poder unificado que sería el Consell de la Generalitat -se evitaba, de paso, la palabra “Gobierno”-. La CNT, tras no poca discusión, aceptó la propuesta como la única forma de conseguir más ayuda militar y financiera de Madrid y de impedir que se minase la revolución.

En esta situación, el día 26 de septiembre se constituyó el nuevo Gobierno catalán, compuesto por tres representantes de ERC, tres de CNT, dos del PSUC, uno del POUM, uno de la Unió de Rabassaires, uno de Acció Catalana y un militar republicano. Unos días después se disolvió el Comitè de Milícies, y el 9 de octubre el Consell disolvió todos los comités Revolucionarios locales y los sustituyó por nuevos consejos municipales basados en la misma distribución de representantes del nuevo Gobierno de la Generalitat. Eso significaba la extensión de la influencia del PSUC y de la UGT a muchas localidades donde no tenían presencia. Los anarcosindicalistas aceptaron este cambio porque esperaban, en vano, que les ayudaría a conseguir una representación más elevada en otras zonas del Estado, donde no la tenían.

A pesar de la disolución del Comitè de Milícies y de los comités locales, el PSUC y ERC no consiguieron acabar con el poder de las fuerzas revolucionarias porque todavía tenían mucho peso, tanto por sus milicias cómo por las “patrullas de control”. Eso hacía que el proceso revolucionario quedase reflejado en el trabajo del nuevo Consell.

Dentro de la legislación del Consell se encuentra la creación de los Tribunales Populares, “tribunales de clase”, según su creador, el Conseller de Justicia, Andreu Nin. De esta forma, se regularizó la justicia revolucionaria con unos tribunales cuyos jurados estaban formados por representantes de las organizaciones antifascistas.

Pero fue en la economía donde el nuevo Gobierno catalán -cuyo programa fue el del ya desaparecido Consell d’Economia- desarrolló una labor más notable, sobre todo con el famoso “Decreto de Colectivización y Control Obrero” de 24 de octubre de 1936.

Este decreto, “un monumento revolucionario a la autogestión“, regularizó las colectivizaciones ya existentes y permitió llevar a cabo la de cualquier empresa de más de cien trabajadores. Las que tenían entre cincuenta y cien obreros, podían ser colectivizadas si lo deseaban las dos terceras partes de la plantilla, y en las de menos, se permitía el control obrero. Esta última medida, insuficiente según el PSUC y la ERC, estaba destinada a proteger a los pequeños empresarios leales a la República. El cincuenta por cien de los beneficios de cada Colectivización tenía que ser ingresado en una “Caja de Crédito Industrial”, creada por la Generalitat, con el fin de ayudar a las empresas colectivizadas. Cada empresa tenía su “consejo directivo” compuesto por delegados sindicales elegidos por los trabajadores.

La revolución en peligro

A pesar de la influencia que los sectores revolucionarios tenían sobre el nuevo Consell de la Generalitat, la colaboración que dieron en los primeros momentos a la reconstrucción del Estado republicano en Catalunya les trajo unas repercusiones que no esperaban. Descartada la toma del poder, bien por razones militares, bien por razones ideológicas o prácticas, la CNT vio que su posición se iba debilitando cada vez más. A nivel económico era relativamente fácil para el Gobierno central minar las colectivizaciones, porque seguía controlando el mercado financiero y el comercio, tanto en el exterior como en el interior. Además, muchas de las colectivizaciones, sin tener una visión política de conjunto de los problemas que conlleva la implantación de un nuevo sistema económico revolucionario, acabaron compitiendo entre ellas mismas.

En el plano militar, las milicias, a pesar de su heroísmo, eran cada vez más incapaces de luchar eficazmente contra el ejército franquista que estaba bien respaldado por el fascismo internacional. La falta de preparación militar y, a veces, de disciplina, reforzaron la posición de quienes, como el PCE y el PSUC querían instalar un nuevo ejército jerarquizado bajo un mando único controlado por el Gobierno central.

En el frente aragonés -ocupado por las milicias más radicales-, faltaban armas y municiones, que el Gobierno central negaba y que eran imprescindibles para lanzar una ofensiva contra las posiciones fascistas. Enfrentados a esta situación, los anarquistas se vieron obligados a aceptar una creciente militarización que acabaría con su poder independiente, y la integración de las milicias, durante la primavera de 1937, en el nuevo Ejército Popular.

Tanto en Catalunya el PSUC, como en el resto del Estado el PCE, tuvieron un papel decisivo en el desmantelamiento de la revolución social. Al igual que otras organizaciones obreras en Catalunya, el PSUC, y sobre todo, la UGT crecieron vertiginosamente en afiliados durante los primeros meses de la guerra. Muchas de las que se habían opuesto a los “excesos” de los anarquistas y estaban de acuerdo con la defensa del orden republicano que hacía el PSUC ingresaron en sus filas. El PSUC aparecía no sólo como el partidario de salvar el desbarajuste militar, sino también como el principal canalizador y usufructuario de la ayuda militar soviética, cosa que contribuía a aumentar su imagen de fuerza solvente y de orden.

Así el PSUC ganó apoyo y afiliados no solamente entre los sectores menos radicales de la clase trabajadora sino también entre los militares republicanos, las nuevas fuerzas de seguridad y los pequeños empresarios.

Contrarrevolución

Los fets de maig (hechos de mayo; veáse el artículo posterior) significarán el final de la revolución en Catalunya. Después de la expulsión de la CNT del Gobierno en Madrid se procedió a la ilegalización del POUM en junio de 1937. Dos meses más tarde, tropas bajo el mando del militar estalinista Enrique Lister suprimieron el Consejo de Aragón, poder revolucionario de la región controlado por los anarcosindicalistas.

Con la derrota de la revolución social, principalmente en Catalunya, las masas perdieron su mejor arma -la lucha por un nuevo mundo-. A pesar del heroísmo de las tropas republicanas durante los próximos casi dos años, no eran capaces de derrotar el ejército de Franco en una guerra ortodoxa dada la gran superioridad técnica del último.

Aprendiendo del pasado

La historia no se repite exactamente y muchas cosas han cambiado durante los últimos sesenta años, pero la revolución española, como todos los grandes movimientos revolucionarios, está llena de lecciones para los que quieren cambiar el mundo de hoy en día.

El fascismo no es un fenómeno que surge aisladamente sino que se desarrolla en el corazón del propio capitalismo en crisis. Para luchar contra él, hace falta plantear y, al mismo tiempo luchar, contra el propio sistema que lo engendra; lo que no quiere decir que no se luche por conquistas parciales o en defensa de la democracia burguesa -la cual obviamente es preferible a la dictadura fascista- pero sí significa entender que los intereses de una clase social pueden ser bien diferentes de otra. La experiencia del Frente Popular durante los años treinta en el Estado español significaba la subordinación del movimiento obrero y campesino a los intereses de las clases medias. Significaba el sacrificio de la revolución en nombre de una democracia capitalista que no solamente había sido incapaz de satisfacer las reivindicaciones de las masas, sino que había preparado el terreno para el fascismo atacando el propio movimiento obrero que le había dado sus votos y su confianza.

Para luchar hace falta, sin duda, alianzas, pero también hace falta que las organizaciones obreras mantengan su independencia política.

La revolución en el Estado español entre 1936 y 1937, también enseña las grandes posibilidades de transformación social por parte de las clases más desfavorecidas. La colectivización, la organización del abastecimiento, las milicias, la justicia popular… a pesar de muchos aspectos que se pueden fácilmente criticar, muestran una vez más la capacidad de los trabajadores de cambiar el mundo ellos mismos.

Pero también el fracaso de la revolución española muestra la necesidad de una dirección revolucionaria para coordinar la toma de poder. No una “dirección” que se auto-proclame desde arriba o que se elija pasivamente, sino una dirección que surja de las propias masas y de sus luchas, que es parte de ellas , que consiste en el conjunto de todas las personas que luchan cotidianamente para mejorar desde las cosas más pequeñas hasta las más globales. Además, como se ha visto demasiadas veces, una organización, un partido revolucionario, no se construye de un día para otro, hay que empezar ya.n


¿Qué fue el POUM?

El Partido Obrero de Unificación Marxista se fundó en septiembre de 1935, con la fusión del Bloc Obrer i Camperol (BOC) y la Izquierda Comunista de España (ICE).

El BOC, el componente más importante del nuevo partido, tenía sus orígenes en un grupo de militantes de la CNT a principio de los años veinte. Este grupo, conocido como los “sindicalistas revolucionarios” y encabezado por un maestro de origen aragonés, Joaquín Maurín, simpatizó con la revolución rusa y en 1924 entró en el PCE para formar su Federación Comunista Catalano-Balear (FCC-B). Dado sus orígenes y las condiciones en las que se formó, en plena dictadura de Primo de Rivera, nunca llegó a integrarse totalmente en el PCE. Pronto surgieron diferencias entre la Federación Catalana y el partido en Madrid. En 1930, la gran mayoría de la FCC-B, unos 200 militantes, se encontró fuera del PCE, dada su oposición a la burocratización del “comunismo oficial” y la línea ultra-izquierdista de éste.

Mientras tanto, en 1928 otra formación comunista independiente se había fundado en Catalunya, el Partit Comunista Català, por un grupo de jóvenes activistas atraídos al comunismo por la posición sobre la cuestión nacional supuestamente defendida por la URSS, pero reacios al centralismo del PCE en Madrid. En 1931 el Partit Comunista Català y el FCC-B se fusionaron para formar el BOC.

El BOC contó pronto con casi cinco mil militantes, lo que suponía, por aquel entonces, más que toda la militancia del PCE en el conjunto del Estado. Aunque Joaquín Maurín defendió siempre la necesidad de un partido revolucionario a nivel estatal para poder derrotar al capitalismo, el BOC se limitó casi exclusivamente a Catalunya donde fue el principal partido obrero.

De la Alianza Obrera al POUM

Tras la victoria electoral de la derecha en noviembre 1933, con la amenaza del fascismo, y para superar la división crónica del movimiento obrero se formó en Catalunya, bajo los auspicios del BOC, en diciembre de ese mismo año, la Alianza Obrera, compuesta por todas las organizaciones obreras menos la CNT y el PCE. Después, inspirado por el caso catalán, se formaron Alianzas Obreras en otros lugares del Estado, por ejemplo en Asturias, Madrid y València.

Primero para el BOC, y después para el POUM, la Alianza Obrera debía cumplir tres funciones: la primera como frente único de las luchas cotidianas; la segunda como organización insurreccional y, finalmente la tercera, de órgano de poder popular (es decir, un equivalente al soviet ruso).

La gran prueba para las Alianzas, fue la huelga general revolucionaria declarada como protesta por la entrada de la derechista CEDA en el Gobierno español en octubre de 34. En Asturias, los mineros tomaron el poder a nivel regional, creando el embrión de una sociedad socialista. El ejército tardó tres semanas en aplastarlos. La indecisión de los socialistas en Madrid y la ERC en Catalunya significó el fracaso del movimiento a nivel estatal.

Tras la derrota, la mayoría de las organizaciones obreras abandonaron las Alianzas de forma práctica. A partir de entonces, éstas quedaría paralizadas, a excepción hecha de algunas acciones de solidaridad con los represaliados. Desaparecerían definitivamente con la campaña electoral del Frente Popular.

La unificación

Pero la popularidad de las Alianzas había significado un aumento de la influencia del BOC, sobre todo en Catalunya, y había popularizado la idea de la unidad en acción entre muchos trabajadores. Sobre todo el trabajo en la Alianza Obrera había acercado aún más al BOC y a la ICE.

La ICE, antigua oposición trotskista, fue fundada en 1930. Aunque sus militantes nunca pasaron de los ochocientos, contaba en sus filas con comunistas tan prestigiosos como Andreu Nin, que trabajó en la URSS en la Internacional Sindical Roja desde 1921 hasta 1926, cuando entró en la oposición al estalinismo; o Juan Andrade, fundador del PCE y director de su órgano de prensa La Antorcha durante muchos años. Además, sus publicaciones contenían un análisis marxista mucho más sofisticado que el de sus rivales en el movimiento obrero español, con la excepción de los escritos de Maurín. El ICE había roto con el movimiento trotskista a principios del 1935 después de una serie de divergencias.

La creación del POUM era vista por sus dirigentes como parte de un proceso más general de unificación marxista, que no llegaría a cuajar. Sobre todo esperaban atraer a la izquierda socialista, nuevamente radicalizada y con posiciones revolucionarias. Pero, a pesar de una serie de discusiones con la Juventud Socialista, la insistencia de ésta en que la unidad solamente podía llevarse a cabo dentro del PSOE hizo imposible un acercamiento más profundo. Asimismo, el PCE rechazó cualquier proceso de unidad que no significara aceptar también la tutela de la Internacional Comunista.

El POUM tenía un régimen interno democrático, e intentaba adaptar la política comunista a las realidades locales, y no limitarse a seguir ciegamente los dictámenes de Moscú. El nuevo partido, aún defendiendo a la URSS frente a la amenaza externa, reclamó el derecho de los comunistas a criticar la política del PCUS.

A menudo se ha referido al POUM como “trotskista”. Es cierto que el POUM compartió muchas cuestiones de la filosofía política de Trotsky. Por ejemplo, en el enfoque internacional de la revolución o en el análisis del estalinismo. Pero a la vez, el POUM y Trotsky divergían en importantes problemas políticos, como la propia existencia de la IV Internacional y el entrismo en el PSOE preconizado por el antiguo dirigente del Ejército Rojo. Trotsky criticaba además al POUM por el apoyo que ese partido supuestamente daría -como después veremos- al Frente Popular; su participación en el Gobierno de la Generalitat después del comienzo de la Guerra Civil, la creación por parte del POUM de sus propias milicias y su política sindical.

La cuestión nacional

El POUM fue, con diferencia, la organización obrera que más sensibilidad y preocupación tuvo respecto a los derechos de los pueblos del Estado español. Nin fue el militante marxista que más escribió sobre este tema. Para el POUM, la defensa del derecho de autodeterminación no podía consistir en una simple consigna vacía, sino que el partido intentaba ganar la dirección de la lucha nacional a la pequeña burguesía.

Para Maurín, el triunfo de la “revolución democrática socialista” exigía el establecimiento de un frente triple entre el proletariado, el campesinado y el movimiento de liberación nacional que, bajo la hegemonía del primero y la dirección del partido revolucionario, implantaría la Unión de Repúblicas Socialistas de Iberia. Así, para el POUM, los movimientos de liberación nacional, tenían que ser una pieza clave en la lucha por la destrucción del Estado capitalista.

El movimiento sindical

El BOC rechazó la política del PCE de propiciar la creación de pequeños “sindicatos rojos” y defendió la necesidad de trabajar como corriente en las grandes centrales sindicales. Al principio, el Bloc centró su trabajo en la CNT, dada la fuerte influencia de ésta en el movimiento obrero catalán. Pero los anarcosindicalistas se opusieron a la presencia de marxistas en la CNT y pronto los sindicatos bajo la influencia del BOC fueron expulsados. La fuerza sindical de éste se basaba sobre todo en las comarcas, y en Barcelona entre el sector del comercio y en menor grado artes gráficas y textil.

En mayo de 1936, el POUM impulsó en Catalunya la creación de la Federación Obrera de Unidad Sindical (FOUS). Esta organización se configuró con la unificación de sindicatos expulsados de la CNT, autónomos, locales o sectoriales promocionados directamente por el POUM. La FOUS aglutinó a unos 50.000 trabajadores y trabajadoras, un número similar al de los sindicatos socialistas y unos 140.000 de la CNT en Catalunya. Para el POUM, la FOUS debía ser un primer paso para la unidad sindical. La FOUS, que reflejaba la importante influencia sindical del POUM en Catalunya, tendría, sin embargo, una vida breve. En otoño de 1936, la militancia de la FOUS se integraría en la UGT.

El Frente Popular

El triunfo electoral de la derecha en 1933 hizo que se fuera extendiendo, entre los sectores de izquierda, la idea de formar un frente electoral común para evitar un nuevo triunfo y frenar la creciente amenaza fascista.

El VII Congreso de la Internacional Comunista de 1935 aprobaba la política de frentes populares en contra del fascismo basada en una alianza muy amplia, incluyendo organizaciones burguesas si era posible. Así los estalinistas dieron un giro de 180 grados a su posición anterior de equiparar a los dirigentes socialistas y anarquistas con los fascistas. El PCE, por supuesto, abrazó sin reservas la política del Frente Popular.

El POUM, por su parte, no rechazaba acuerdos concretos con las organizaciones democrático-burguesas republicanas, pero se oponía a una alianza en la que las organizaciones obreras estuvieran subordinadas a aquellas. Sin embargo, el POUM firmaría el acuerdo del Frente Popular con el PCE, PSOE y algunos partidos republicanos. Justificó esta decisión aparentemente contradictoria de apoyar el pacto con el principal propósito de lograr la amnistía para los 30.000 presos políticos, pero recalcando, antes y después del triunfo electoral de la izquierda, que las masas trabajadoras podían esperar poco de ese gobierno.

El triunfo electoral del Frente Popular en las elecciones de febrero 1936, junto al rápido desarrollo de las fuerzas populares, hizo que la mayor parte de la burguesía, con las fuerzas facciosas al frente, se decidieran utilizar la “manu militari” que ya se había venido gestando años atrás. Sólo cinco meses después de las elecciones se produjo la sublevación militar.

Empieza la Guerra Civil

En los primeros días de la guerra, las organizaciones obreras se pusieron a la cabeza de la lucha contra la sublevación y fueron las que sufrieron más bajas. Por lo que se refiere al POUM, muchos de sus mejores militantes de diferentes puntos del Estado perdieron la vida ante los pelotones de fusilamiento del fascismo. Pero el golpe más duro para el POUM fue la pérdida de Maurín que, detenido en Galicia, comenzaría una larga peregrinación por las cárceles del fascismo. A partir de ese momento, Andreu Nin se situó al frente de la dirección.

Como todas las demás organizaciones obreras, el POUM alcanzó una rápida expansión. De seis mil militantes en vísperas de la guerra, pasó a 30.000 cuatro meses más tarde. Pronto controló varias emisoras de radio y cinco diarios en Catalunya, con una tirada total de 85.000 ejemplares en diciembre del 36, además de bastantes semanarios y otros tipos de publicaciones.

El POUM organizó sus propias milicias -unos seis mil hombres y algunas mujeres- que lucharon principalmente en el frente de Huesca, aunque también tomaron parte en las luchas de Madrid, Mallorca y Teruel.

La Revolución

El destacado papel de las organizaciones obreras contra la sublevación fascista propició, en especial en Catalunya, la creación del embrión de un poder revolucionario en los primeros meses de la guerra. Se constituyó el Comitè Central de Milícies Antifeixistes, con una mayoría de las organizaciones obreras y bajo la hegemonía de la CNT. En este tiempo, la Generalitat se limitó a legalizar provisionalmente parte de la obra de este poder popular.

Los estalinistas (el PCE y el PSUC en Catalunya), junto a los socialistas moderados, veía en la radicalización social un peligro para la alianza con las capas medias. Además, consideraban que podía hacer naufragar la hipotética ayuda a la República por parte de las democracias europeas.

Éstas, con la farsa de la “no intervención”, dejaron sola a la República contra los ejércitos de Franco, que contaba con el apoyo masivo de Hitler y Mussolini. Esta actitud de los gobiernos europeos apoyaba la tesis de que Franco era una mejor garantía para los intereses capitalistas. Para el POUM, la República sólo tenía una fuerza: el entusiasmo revolucionario de las masas. Y debía buscar su apoyo exclusivamente en la clase obrera internacional.

La posición del PCE-PSUC estaba determinada por la URSS, preocupada por establecer alianzas con Inglaterra y Francia contra la Alemania nazi. Para el PCE-PSUC, era necesario hacer todo lo posible para mostrar la guerra sólo como una lucha entre democracia y fascismo.

Por el contrario, el POUM siempre había insistido en que el fascismo estaba unido al capitalismo y, por eso, su eliminación total sólo sería posible con el triunfo del socialismo. Ya en 1931 Maurín escribía: “si las masas trabajadoras no toman el poder, lo hará la contrarrevolución -cuya expresión más probable en España, será la de un régimen militar-“. En 1936, con un gran auge de la lucha social y de masas, con una sublevación fascista por temor de una creciente lucha de clases, para el POUM la opción sería socialismo o fascismo. Desde el primer momento del inicio de la guerra, apoyó el desarrollo de las conquistas populares y defendió la necesidad de que las organizaciones obreras tomen las riendas del poder.

El POUM y la CNT

Si bien el POUM y la CNT se encontraban casi siempre en el mismo lado de la barricada, no fueron pocas las divergencias políticas entre ambos. El POUM era partidario del establecimiento de un gobierno basado en comités de obreros, campesinos y combatientes, que pudiera centralizar, coordinar e impulsar la lucha contra el fascismo y por el socialismo. Por el contrario, los anarcosindicalistas rechazaban la lucha por el poder político y veían la revolución avanzando sólo por las calles, las fábricas y el campo. El ardor cenetista en la colectivización, tanto si los campesinos la aceptaban como si no, había puesto en su contra a sectores del campesinado. Este hecho fue criticado por el POUM, como también el llamado “capitalismo sindical”, calificación que se daba al hecho de que muchas empresas controladas por la CNT fueran consideradas por ésta como suyas en toda la acepción del término.

A pesar de estas evidentes diferencias, en abril de 1937 Nin exclamaba: “Estamos mil veces más cerca de la CNT que del Partido Comunista“. El problema para el POUM, que nunca resolvería, fue cómo influenciar a la CNT. Cuando los sindicatos de la FOUS entraron en la UGT catalana con la idea de capturar su dirección y después plantear la unidad sindical con los anarcosindicalistas, perdieron quizás, un gran oportunidad de influenciar a la CNT. Además, fue el recién creado PSUC, y no el POUM, el que acabó dominando los sindicatos de la UGT.

En septiembre de 1936 se formó un nuevo gobierno de la Generalitat con la participación de todas las fuerzas políticas, incluida la CNT y el POUM. Nin sería nombrado Consejero de Justicia. El desorden existente, la necesidad de centralización -máxime en una situación de guerra-, la promesa de Esquerra Republicana de Catalunya de legalizar las colectivizaciones, junto a la fuerte presencia de organizaciones obreras en el nuevo gobierno, hicieron al POUM considerar que éste actuaría en el sentido de las reivindicaciones populares y le movieron a prestarle su apoyo. Pero sobre todo, lo que motivó al POUM a participar en el nuevo gobierno fue su temor de perder contacto con la CNT después de no tener éxito en su intento de persuadir a los anarcosindicalistas de “tomar el poder” por medio del Comitè Central de Milícies. Pero su breve participación solamente ayudaría a la Generalitat a minar el incipiente poder revolucionario.

Los enfrentamientos entre los estalinistas y el POUM se agravaban por momentos. El POUM era la única voz que protestaba contra el exterminio de los opositores de Stalin. Al igual que otros críticos de Stalin, el POUM fue denunciado como «trotskista», por este motivo, se le tildó de “agente del fascismo”.

La Represión

Moscú no toleró al POUM su crítica sobre la persecución de opositores de Stalin en la URSS, su posición política en la guerra civil, ni el hecho mismo de su existencia, la existencia de un partido revolucionaria independiente y rival al partido oficial en el Estado español, el PCE.

La represión sobre el POUM empezó pronto. El embajador ruso vetó la participación del POUM en la Junta de Defensa de Madrid. Su prensa y sus emisoras en la capital fueron clausuradas. En diciembre fue expulsado de la Generalitat por presión del Gobierno soviético y mientras tanto en la UGT sus militantes fueron burocráticamente sustituidos de las direcciones sindicales. Se suspendió el envío de armas y municiones a las unidades del POUM -y también de la CNT- del frente de Aragón.

El PCE y el PSUC aumentaron su campaña de propaganda contra el POUM, acusándole de “traidor”, “espías”, “agentes del fascismo”… Junto a esto, las autoridades republicanas empezaron a minar organizaciones populares de base: disolvieron los comités de abastecimiento y las patrullas obreras, negaron fondos a las colectividades, se restableció el mercado libre en la retaguardia… En este contexto se sucedieron los fets de maig (hechos de mayo) de 1937.

En esas fechas, unidades policiales dirigidas por el PSUC intentaron tomar la Telefónica, que estaba bajo control de la CNT, y supuso uno de los símbolos más importantes de la revolución en Barcelona. Se produjo una respuesta de sectores obreros, con participación de militantes del POUM y la CNT, que tomaron la ciudad. Se construyeron barricadas y hubo violentos choques con las fuerzas leales al PSUC, Estat Català y ERC.

El POUM nunca pensó que las luchas de Barcelona pudieran conducir a la implantación de un gobierno obrero. Confiaba únicamente en que las luchas de mayo sirvieran para obligar al Gobierno de la República a retirar las medidas que atentaban contra las conquistas revolucionarias. Pero una vez más el POUM centró sus esfuerzos en intentar persuadir a la CNT de tomar la iniciativa. Cuando estas presiones fracasaron, no vio otra alternativa que aceptar el final de la lucha en las calles.

A partir de estos hechos, el PSUC acusó al POUM de haber organizado un golpe contra la República bajo instrucciones de los fascistas, y pidió su ilegalización.

La negativa a esta petición en el Gobierno central por parte de Largo Caballero y la CNT, abrió una crisis gubernamental que desembocó en un nuevo gabinete bajo la presidencia del socialista moderado Negrín. El 16 de junio de 1937, éste aceptó la ilegalización del POUM.

Andreu Nin fue detenido, torturado y asesinado por los estalinistas. La División del POUM en el Ejercito Popular fue disuelta y detenidos sus comandantes. La policía secreta, en su mayoría controlada por el PCE-PSUC, inició una represión generalizada sobre militantes revolucionarios. Cientos de ellos fueron liquidados. En los primeros días de 1938 eran 15.000 los presos antifascistas en las cárceles de la República, de los cuales mil eran del POUM. Mientras tanto, el partido siguió actuando políticamente en la clandestinidad.

Paralelamente, se preparó un gran juicio a la dirección del POUM, acusando a sus miembros de espías y agentes fascistas. El juicio, en noviembre de 1938, demostró lo absurdo de estas acusaciones, pero los condenó por su auténtico crimen: “querer instaurar un régimen político y económico distinto del actual, tratando de substraer parte de la nación o toda ella de la obediencia del Gobierno“.

A pesar de los errores que el POUM pudo haber cometido, su herencia es la de todas y todos las socialistas revolucionarios de hoy en día y de ésta debemos aprender para las luchas que se avecinen.


Para leer…

Hay un gran número de libros editados sobre la guerra civil y sus antecedentes. A continuación ofrecemos una guía básica acerca de algunos títulos que nos parecen de interés especial.

Sobre la revolución

Burnett Bolloten, La Guerra Civil Española (Alianza Editorial, Madrid 1989). Obra definitiva sobre el papel del estalinismo en la guerra civil.

Pierre Broué, La revolución española (1931-1939) (Eds. Península, Barcelona 1977). Visión marxista del proceso revolucionario.

Felix Morrow, Revolución y contrarrevolución en España. Versión trotskista de los hechos.

Pelai Pagès, La guerra civil espanyola a Catalunya (1936-1939) (Els llibres de la frontera, Barcelona 1987).

Sobre el POUM

Victor Alba (ed.), La revolución española en la práctica. Documentos del POUM. (Eds. Jucar, Madrid 1977).

Andreu Nin, La revolución española 1930-1937. (Ed. Fontamara, Barcelona 1978). Colección de escritos del dirigente del POUM.

George Orwell, Homenaje a Cataluña. (varias ediciones). Las experiencias de Orwell en el frente de Aragón y en la Barcelona revolucionaria.

A C Durgan, BOC 1930-36: El Bloque Obrero y Campesino, (Laertes, Barcelona 1996). La historia de uno de los componentes del POUM.

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