Agenda anticapitalista

El POUM: el partido de la revolución

El 29 de septiembre de 1935, se fundó el Partido Obrero de Unificación Marxista. Diez meses más tarde, éste se encontró en el centro de la revolución que se desató como respuesta a la sublevación fascista de julio de 1936. Para el POUM, la guerra y la revolución eran inseparables: la doble tarea inmediata de los trabajadores y los campesinos era la derrota de las fuerzas fascistas y la construcción del socialismo. El POUM fue la organización más consecuentemente revolucionaria durante toda la guerra. A pesar de la represión y persecución que sufrió desde mayo de 1937 -en un intento de borrarlo del mapa- la historia del POUM pervive y es una fuente de inspiración para los revolucionarios de hoy. En el primer texto de este folleto recorremos los orígenes del POUM, fundado a partir de la fusión del Bloque Obrero y Campesino (BOC) e Izquierda Comunista de España (ICE). En el segundo reproducimos el documento histórico del propio partido “Qué es y qué quiere el POUM”, escrito por uno de sus principales dirigentes, Joaquim mairín.

Andy Durgan

1. La fundación del POUM
2. El comunismo disidente
3. Cambio de rumbo
4. La ICE rompe con Trotsky
5. Unidad y división en Catalunya
6. El POUM
7. La izquierda socialista
8. Contra el estalinismo
9. “No soy trotskista, pero…”
10. En vísperas de la revolución

Joaquim Maurín

11. Qué es y qué quiere el POUM
12. Cómo ve la actual situación política y cómo se sitúa ante ella el Partido Obrero de Unificación Marxista
13. El problema de la unificación marxista
14. El frente único: la Alianza Obrera
15. La cuestión sindical
16. El problema de la tierra
17. El problema nacional
18. Ante la situación internacional y la guerra
19. El POUM y la Internacional
20. El POUM y la URSS
21. Estructuración orgánica del POUM
22. Final

23. Para leer más

Notas

Publicado por En lucha. Primera edición en castellano: noviembre de 2010.


Andy Durgan


1. La fundación del POUM

Hace 75 años, el 29 de septiembre de 1935, se fundó el Partido Obrero de Unificación Marxista con la fusión del Bloque Obrero y Campesino (BOC) y la Izquierda Comunista de España (ICE). La unificación de estas dos organizaciones fue parte de un contexto más amplio dentro del cual hubo una serie de iniciativas unitarias por parte de la izquierda marxista en el Estado español. El camino hacia la unidad del BOC y ICE no fue fácil. Con el tiempo en contra y en un contexto sumamente complicado, las pretensiones del nuevo partido de convertirse en el primer paso de una unificación más amplia de los marxistas no pudieron cumplirse.


2. El comunismo disidente

El BOC, el componente más importante del nuevo partido, tenía sus orígenes en un grupo de militantes de la CNT a principios de los años veinte. Este grupo, conocido como los “sindicalistas revolucionarios” y encabezado por un maestro de origen aragonés, Joaquín Maurín, simpatizó con la revolución rusa y en 1924 entró en el Partido Comunista de España (PCE) para formar su Federación Comunista Catalano-Balear (FCC-B). Dado sus orígenes y las condiciones en las que se formó, en plena dictadura de Primo de Rivera, nunca llegó a integrarse totalmente en el PCE.

En vísperas de la Republica, a nivel estatal el Partido Comunista estaba totalmente desorganizado y sólo contaba con unos pocos cientos de afiliados. La gran mayoría de la FCC-B, unos doscientos militantes, habían roto con el PCE dada su burocratización, su línea escisionista en los sindicatos y su caracterización de la revolución pendiente por parte del partido como la “dictadura democrática de obreros y campesinos”.

El BOC se formó en marzo de 1931 con la unificación de la FCC-B y el Partit Comunista Català (PCC). El PCC había sido fundado en 1928 por activistas jóvenes, algunos procedentes del nacionalismo de izquierdas, impresionados por la “resolución de la cuestión nacional” en la URSS pero opuestos al centralismo del PCE. La organización unificada mantuvo el nombre FCC-B hasta 1932, cuando se convirtió en la Federación Comunista Ibérica (FCI). El Bloque sirvió, al menos en teoría, como una organización periférica a la recién ampliada Federación, pero en la práctica ambas organizaciones pronto llegaron a ser una única. El BOC sería el principal partido obrero en Catalunya en los años previos a la guerra civil. Tuvo una base sindical importante en las comarcas y fue el motor de una serie de frentes únicos entre los cuales destacaban las Alianzas Obreras.

La sección española de la Oposición de Izquierdas, la Oposición Comunista Española (OCE), había sido fundada en Lieja, Bélgica, en febrero de 1930, por un reducido grupo de exiliados encabezados por uno de los fundadores del Partido Comunista en Vizcaya, Henri Lacroix (Francisco García Lavid). En los meses siguientes los integrantes de ese grupo retornaron a España para aprovechar la nueva situación política surgida a raíz de la caída de Primo de Rivera. En un primer momento, la OCE contó con pocos seguidores; sin embargo, en sus filas se integró un cierto número de cuadros comunistas muy experimentados, entre ellos Andreu Nin y Juan Andrade.

Las principales diferencias entre las dos organizaciones residieron en su relación con el movimiento comunista internacional y aspectos de su estrategia política en el Estado español. Para la Oposición de Izquierda corrientes no trotskistas de oposición como el BOC eran “derechistas” debido a que éstas enfocaban sus análisis desde una óptica nacional y no internacional. Se diferenciaron en su actitud hacia la cuestión nacional (el BOC al principio defendía el “separatismo”), la cuestión sindical (el BOC se orientaba cada vez mas hacia la construcción de sus propios sindicatos) y el tipo de partido. Mientras el BOC insistía en que hacia falta terminar la “revolución democrática”, pero dirigida por el proletariado, la ICE defendía la lucha por las reivindicaciones democráticas como algo puramente transitorio.

La Oposición de Izquierda se consideraba como una “facción” del movimiento comunista oficial y hasta 1933 no como una corriente aparte. Pero dada la debilidad del partido español Nin era partidario de la integración en la FCC-B, sobre la cual creía que iba a poder ejercer influencia a través de su viejo amigo Maurín. El optimismo del Nin se vio justificado a principios de 1931 cuando ayudó a Maurín a escribir las primeras Tesis Políticas de la FCC-B y comenzó publicar artículos de manera regular en su prensa. Sin embargo cuando en el mayo de 1931 Nin pidió formalmente la afiliación al BOC le fue denegada y unos meses después un grupo de militantes de la OCE que trabajaba dentro del BOC fue expulsado por su “actividad fraccional”. En su prensa el BOC pronto denunció a la OCE como una secta divisionista e irrelevante que estaba “condenada a vivir al margen del movimiento obrero”, marginalidad desde donde se iba a limitar a “seguir ciegamente” las posiciones que les indicase Trotsky. Eran el “reflejo exacto del estalinismo”, cuyos mismos “mecánicos” métodos centralistas habían copiado. Incluso en vísperas del movimiento de octubre 1934, cuando ya hubo una colaboración entre las dos organizaciones dentro de las Alianzas Obreras, los bloquistas aun acusaban a la Oposición de Izquierda de ser “quizás incluso más sectaria que el mismo estalinismo”.

En contraste con esta crítica del movimiento trotskista como tal, el BOC siempre dejaba clara la diferencia que, en su opinión, existía entre Trotsky y sus seguidores, cuyas actividades a menudo “socavaban” su figura. El BOC defendió al antiguo líder bolchevique contra las calumnias estalinistas; se le caracterizó como “el mejor camarada de Lenin”, “el hombre de la revolución de octubre” [poseedor de] “un temple extraordinario de luchador de la causa comunista”.

Los trotskistas respondieron criticando la política “confusa” del BOC: su llamada a la CNT a “tomar el poder” en septiembre de 1931, su defensa del “separatismo” y la creación de “movimientos nacionales” en zonas donde había poca conciencia nacional, su confusa base organizativa y su negativa inicial a tomar cualquier posición con respecto a la situación del movimiento comunista internacional. “Quizás no sea posible”, escribió Luís Fersen (Enrique Fernández Sendón) en abril de 1932, “encontrar dentro del movimiento obrero otra organización paralizada por un oportunismo más reprobable que el que padece la FCC-B”. Aun en junio de 1934 los trotskistas afirmaban que el BOC no sólo constituía un partido esencialmente “oportunista” y carente de un programa claro, sino que, además, con el tiempo, estaba destinado a desmoronarse por completo.


3. Cambio de rumbo

La evolución política tanto del BOC como de la ICE, junto con la presión existente en los primeros meses de 1935 a favor de algún tipo de unidad a corto plazo, hizo que esta posibilidad se tornase cada vez más factible. El abandono por parte del BOC de ciertas actitudes heredadas del comunismo oficial, como era la hostilidad sectaria hacia los socialistas, combinado con los éxitos obtenidos por la política de frente único, llevó a un mayor acercamiento del BOC hacia la ICE. La misma evolución de la ICE, sobre todo su distanciamiento de algunas de las posiciones del movimiento trotskista internacional, fomentaron en el BOC la convicción de que iba a ser posible llegar a un acuerdo. Así mismo, los dos partidos habían modificado su posición sobre la cuestión nacional, que en el pasado había constituido una fuente de importantes discrepancias entre ambos. El BOC había abandonado su insistencia en la necesidad de crear movimientos de liberación nacional en toda España, con independencia de las circunstancias imperantes en las diferentes naciones o regiones del Estado. Los bloquistas se habían dado cuenta a partir de 1932 de que era improbable, al menos a corto plazo, que se desarrollasen movimientos de esa índole fuera del País Vasco, Cataluña y Galicia. Ahora el BOC reivindicaba la “autodeterminación” de las nacionalidades oprimidas en lugar de su “separación” o “independencia”. A su vez, la ICE había cambiado su anterior posición en relación con la lucha para los derechos nacionales en el País Vasco, que consideraba “reaccionaria”, y había pasado a defender, como hacía el BOC, la necesidad de que el proletariado alcanzase la dirección del movimiento de liberación nacional.

Otro factor importante que permitió, en su momento, la unificación de los dos partidos fue la gradual clarificación del BOC de su posición respecto al movimiento comunista internacional.

Hasta 1932 el BOC mantuvo una ambigua relación con el movimiento comunista internacional. En esto no hay nada sorprendente, habida cuenta del prestigio del que gozaba la URSS y por ende la Internacional Comunista (Comintern). A diferencia de los trotskistas, el BOC se negaba aceptar, al menos públicamente, que la Comintern fuese responsable de la inoperancia del partido español. La FCC-B incluso realizó notables esfuerzos para probar su lealtad a Moscú. El distanciamiento de los líderes de la FCC-B del comunismo oficial internacional sólo comenzó tras la expulsión de Maurín de la Internacional, acaecida en julio de 1931.

Es bastante probable que Maurín y sus colaboradores más cercanos estuviesen al corriente en 1930 de lo que estaba sucediendo en la URSS; no obstante, por el momento se abstuvieron de criticar abiertamente a la dirección rusa. La ambigua posición mantenida por los bloquistas no era sostenible y pronto se vieron obligados a definir su posición.

Stalin había transformado un partido burocratizado en una “máquina de obediencia ciega” que estaba desarrollando una “terrible represión” contra los oponentes comunistas dentro de la URSS. Maurín constató que, pese a que la crisis económica mundial estaba creando un clima favorable para las ideas revolucionarias, la mayoría del movimiento obrero se mantenía al margen de las filas comunistas; la incapacidad del PC ruso y, por consiguiente, de la Comintern, eran los causantes de ello. Se estaba produciendo una degeneración que partía del triunfo de la teoría del “socialismo en un solo país”, teoría que había llevado a que la Internacional se subordinase al Estado soviético. Las premisas principales que sustentaban el comunismo del BOC coincidían ya con las establecidas por los cuatro primeros congresos de la IC, el período de influencia de Lenin y Trotsky. Esta “ortodoxia” iba a afianzarse aun más en los dos años siguientes, a medida que el BOC fuera consolidando su identidad política. En 1934 Maurín concluyó que “el triunfo de Stalin sobre Trotsky es la victoria del socialismo ruso sobre el socialismo internacionalista”.

Estas críticas contra el estalinismo no diferían de las formuladas por el mismo Trotsky, a pesar de las afirmaciónes de Maurín muchos años más tarde que el BOC había sido “ideológicamente muy poco influenciado” por él. Asimismo, artículos de Trotsky habían continuado apareciendo en la prensa bloquista, aunque desde las páginas de ésta se atacase también, esporádicamente, a los trotskistas. El BOC calificó de “incitación al asesinato” las calumnias lanzadas durante 1933 por el Partido Comunista Francés contra Trotsky, a quien se acusó de ser “agente de Hitler”, y cuando el líder revolucionario fue expulsado de Francia al año siguiente, los bloquistas exigieron que se le otorgase asilo político en España.

La discrepancia fundamental entre el BOC y la ICE atañía a las conclusiones a las que llegaban los dirigentes de ambos partidos acerca de la degeneración de la Comintern. En abril de 1932 el BOC ya había afirmado que era necesaria una verdadera “gran Internacional Comunista” pero, estaba convencido de que no existían las condiciones para su creación a corto plazo. El BOC favorecía, en cambio, la cooperación a corto plazo con las “fuertes minorías”, existentes en muchos países, que querían volver a la “tradición de Marx y Lenin”. Las repercusiones de la crisis económica, el auge del fascismo, así como la aparente incapacidad tanto de los partidos comunistas como de los socialdemócratas para hacer frente a estos problemas, habían llevado, en el ámbito internacional, por un lado a la radicalización de muchos socialistas, y por otro al desencanto de muchos militantes con el comunismo oficial. Como consecuencia, durante los años treinta proliferaron, especialmente en Europa, nuevos grupos socialistas de izquierda y comunistas disidentes.

El BOC participaba en el Buró Internacional para la Unidad Socialista Revolucionaria (mejor conocido como el “Buró de Londres”) con otros partidos socialistas de izquierda y organizaciones comunistas independientes. Para estos partidos la Segunda Internacional estaba “completamente quemada”, mientras que la Tercera había “estrangulado la democracia interna” y con la consigna de “socialismo en un solo país” había “liquidado los intereses de la revolución mundial”. El primer congreso del Buró en agosto de 1933 había declarado que antes de poder plantearse la creación de una nueva internacional era necesario reconstruir los partidos revolucionarios en todos los países. Se estableció un comité internacional con el cometido de “desarrollar acciones internacionales conjuntas entre sus propias secciones y otras secciones revolucionarias del movimiento obrero, a fin de prepararse para la fundación de una internacional reconstruida sobre una base socialista revolucionaria”.


4. La ICE rompe con Trotsky

A pesar de su considerable producción intelectual, la ICE no había conseguido extenderse más allá de algunos núcleos locales. Como mucho contaba con unos ocho cientos militantes, sobre todo en Extremadura, Madrid y el norte de España. En Cataluña tenía solo unas docenas de afiliados.

Varias razones explican el acercamiento entre la ICE y el BOC durante 1934; entre ellas su progresiva ruptura con el movimiento trotskista. La decisión del grupo trotskista español de adoptar en 1932 el nombre de “Izquierda Comunista” – en lugar de autodenominarse “oposición” -, para proyectarse abiertamente como alternativa frente al partido oficial, fue interpretada por la dirección de la Oposición de Izquierda como un paso hacia la creación de un partido separado del PCE. El punto de ruptura, sin embargo, lo constituyó el llamado “viraje francés” de 1934, cuando Trotsky abogó a favor de que sus seguidores se integrasen en los partidos socialistas con el objetivo de influenciar a las nuevas alas izquierdas surgidas en el seno de éstos. Muchos trotskistas españoles sabían, por su experiencia en el seno de la UGT, lo que suponía intentar trabajar dentro del PSOE. El trabajo faccional de la ICE en el seno del sindicato socialista se había enfrentado, a menudo, no solamente a trabas burocráticas, sino incluso a una represión directa. Frente al “viraje francés” los trotskistas españoles insistían en que la “garantía de futuro” radicaba en el frente único y en “la independencia orgánica de la vanguardia del proletariado”; estos principios los habían aprendido de Trotsky y no estaban dispuestos a abdicar de ellos, “aun a riesgo de tener que andar nuestro camino hacia el triunfo separados”.

La visión compartida de que la principal causa de la derrota sufrida por los trabajadores en octubre de 1934 se había debido a la inexistencia de un partido revolucionario de masas, junto con la voluntad del BOC de extender su influencia fuera de Cataluña y el propio aislamiento de los trotskistas, fue lo que sentó las bases para que se diese un acercamiento entre los dos partidos. En el seno del Comité Regional de la Alianza Obrera de Cataluña, Maurín y Nin ya habían reanudado la estrecha colaboración de años atrás. Según Maurín, Nin le había propuesto que los dos partidos buscaran maneras de acercarse más en el curso de una conversación que mantuvieron tras una asamblea de la Alianza celebrada en el invierno de 1934. Las violentas polémicas que en años anteriores con frecuencia habían enfrentado a sus respectivas organizaciones no habían perjudicado significativamente a las relaciones personales entre los dos dirigentes.

La dirección de la ICE era consciente de que dado el equilibrio de fuerzas existente en el seno del movimiento obrero español en ese momento, la creación de un partido unificado sólo era verdaderamente posible en Cataluña. Al igual que el BOC, los trotskistas creían que la creación de este partido podía tener repercusiones importantes en la izquierda revolucionaria española, como las había tenido en su momento la fundación de la Alianza Obrera en Cataluña. Nin, sin embargo, había advertido en enero de 1935 que no era deseable formar un partido sobre la base de “una cohabitación monstruosa de tendencias irreconciliables”. Si esto sucediese, el resultado sería una paralización de la lucha proletaria.

Finalmente, en abril de 1935, el Comité Ejecutivo de la ICE aprobó una propuesta de transacción presentada por Nin: los militantes de la organización se iban a integrar, en Cataluña, en el nuevo partido unificado, mientras que en el resto de España debían entrar en el PSOE como grupo diferenciado, con su propia prensa, en la que se continuaría defendiendo la unificación con el partido creado en Cataluña. No obstante la afiliación de base de la ICE rechazó la decisión de la dirección, porque, según la opinión mayoritaria, era utópico creer que la ICE pudiese ejercer influencia alguna en el seno del PSOE. En cambio, esta mayoría opinaba que si los grupos de la ICE que existían fuera de Cataluña se convertían en secciones del nuevo partido, esto no sólo fortalecería la posición de los trotskistas en la misma Cataluña, sino que además fomentaría el crecimiento de la organización unificada a nivel estatal.

La ICE creía que los bloquistas, al favorecer la creación de una nueva “internacional marxista revolucionaria”, en realidad, abogaban por lo mismo que los trotskistas. La ICE, a pesar de que había roto con la ahora llamada Liga Comunista Internacionalista (LCI, la organización internacional de los trotskistas), se había comprometido a luchar por “sus principios” en el seno del Buró de Londres. Los trotskistas españoles hubiesen preferido que el nuevo partido unificado que se estaba creando en España reconociese “explícitamente” la necesidad de fundar la Cuarta Internacional, pero esto no había resultado posible. No obstante, Nin y sus camaradas esperaban conseguir que, “a corto plazo”, la nueva organización se adhiriese al “movimiento por la Cuarta Internacional”. Por contra, según Maurín, la cuestión de la Cuarta Internacional no se planteó siquiera en las conversaciones previas a la fusión entre los dos partidos, sin duda por la consciencia de la hostilidad bloquista hacia los puntos de vista internacionales del trotskismo.

Sólo unos pocos militantes de la ICE entraron, después de todo, en el PSOE. Los pronósticos de la tendencia a favor de la entrada en el PSOE resultaron ser en parte acertados, ya que antes de que pasase mucho tiempo muchos socialistas del ala izquierda comenzaron a gravitar hacia el PCE. No obstante, sigue siendo muy discutible que los trotskistas, pocos como eran, hubiesen logrado hacer valer su opinión en el seno del PSOE, teniendo en cuenta además las restricciones a las que, previsiblemente, se hubiera visto sometida la defensa abierta de sus posiciones.


5. Unidad y división en Catalunya

En enero de 1935, Maurín afirmó que existían dos caminos para crear en España el partido revolucionario: el de la unión del PSOE, PCE, BOC y de todos los otros núcleos marxistas existentes, y el de la absorción de todos los partidos por uno. Pero lo que en el mejor de los casos se podía lograr era que algunos sectores de esos partidos se pasaran al futuro partido revolucionario unificado, y para que tal cosa sucediese los bloquistas eran conscientes de que había que evitar que las iniciativas que se tomaban a favor de la unidad pudiesen ser tildadas de “maniobras”.

Los llamamientos a la unificación de los partidos obreros tuvieron mayor repercusión en Cataluña donde las divisiones eran más graves y el BOC más fuerte. Maurín, tiempo atrás, había difundido, invocando la experiencia histórica, la idea de que la construcción del partido revolucionario podía iniciarse en Cataluña, pues allí era donde siempre se habían configurado las vanguardias del movimiento obrero, donde se crearon tanto la UGT como la CNT. A propuesta del BOC el 3 de febrero se celebró una reunión de todas las organizaciones marxistas en Cataluña: el BOC, ICE, Federació Catalana del PSOE, el Partit Comunista de Catalunya (PCdeC), La Unió Socialista de Catalunya (USC) y el Partit Català Proletari (PCP). El 6 y 13 de abril volvieron a reunirse. Quedó de manifiesto que iba a ser muy difícil llegar a un entendimiento. Las dos organizaciones socialistas, ateniéndose a un acuerdo previo entre ellas, abogaron a favor de una primera unión por separado entre los grupos socialistas y comunistas respectivamente como primer paso para una posterior unificación general. Los representantes del PSOE señalaron, además, que no podían tomar decisiones en el ámbito catalán debido a que debían ceñirse a las orientaciones de la dirección central del partido. El PCdeC, por su parte, declaró que una unión política debía fundamentarse en el programa de la Comintern y que se excluyese a la ICE, ya que ésta no constituía un “partido sino un grupo de oposición”.

Las conversaciones prosiguieron ahora entre el BOC, el PCP y la ICE. En un principio, los participantes parecían confiar en la posibilidad de llegar a un acuerdo. Sin embargo, no tardaron mucho en chocar con el problema de si el futuro partido unificado debía ser de ámbito estatal o sólo catalán. Desde el comienzo de las negociaciones con los otros grupos catalanes, el BOC había dejado claro que estaba dispuesto a aceptar la unificación en Cataluña sólo si ésta constituía el punto de partida para la creación de una nueva organización marxista unificada de ámbito estatal. Por contra, el PCP estaba a favor de la creación de una organización marxista unificada en Cataluña, independiente y separada de los procesos similares que se diesen en el resto de España, donde la clase trabajadora ya estaba políticamente organizada en el PSOE y en el PCE. Estas dos concepciones eran claramente incompatibles, razón por la que las negociaciones se rompieron a fines de junio de 1935.

Habida cuenta de los orígenes divergentes de los seis partidos que tomaron parte en las conversaciones sobre la unificación en Cataluña, el fracaso de éstas no puede haber constituido una sorpresa para nadie. Como los mismos dirigentes bloquistas afirmaron, un partido unificado no podía crearse sobre la base de una “federación de tendencias dispersas”, sino que había que hacerlo sobre un fundamento teórico más firme. Aunque finalmente sólo llegó a un acuerdo con la ICE, el BOC siguió insistiendo en que “lógicamente” el partido revolucionario debía extenderse a todos aquellos que aceptasen el marxismo y seguía convencido de que las demás organizaciones marxistas de Cataluña, con las que mantenía relaciones calificadas de “excelentes”, no iban a tardar en darse cuenta de la necesidad de la unificación. Estas afirmaciones, sin embargo, tenían un objetivo propagandístico. Ya desde finales de 1934, cuando la dirección bloquista había propuesto por primera vez la unificación de todos los partidos obreros, debía ser
consiente de que esa unidad sólo podía abarcar a grupos pequeños – la ICE y el PCP -, pero podía también atraerse a la izquierda socialista, lo que constituía el verdadero objetivo tanto de los comunistas oficiales como de los disidentes.

En Catalunya, las posibilidades de que el BOC se ganase para su proyecto de unificación revolucionaria a las organizaciones que le eran más próximas -el PCP y la Federación Catalana del PSOE- se alejaron con rapidez una vez que los bloquistas se mostraron determinados a crear un partido a escala estatal. La importancia de estas conversaciones no radica en sus resultados inmediatos, sino en su carácter revelador de la aspiración a la unificación compartida por un creciente número de trabajadores. Por un lado las conversaciones por una parte representaron el primer paso hacia la futura unificación del BOC y de la ICE, y por el otro reflejaron el inicio de la adopción de un rumbo común de los otros cuatro partidos que participaron en ellas, que desabocaría en la fundación del Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC) en julio de 1936. Además de la cuestión de construir un partido específicamente catalán, el catalizador de la creación del PSUC iba a ser la respuesta de la Comintern a la creciente amenaza del fascismo, su adopción de la política de Frente Popular y su defensa de la unión entre comunistas y socialistas.


6. El POUM

El BOC y la ICE ya habían llegado al acuerdo definitivo de fusionar ambos partidos a principios de julio de 1935. Maurín explicó que esto no había sido difícil porque entre las dos organizaciones ya existía un entendimiento político en términos generales. El nuevo partido, el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), no iba a ser considerado como un partido definitivo, sino como el primer “paso práctico en un proceso general de unificación”.

Existían, junto a la convergencia ideológica, razones de índole más organizativa para la unificación de los dos partidos. La idea era construir el partido revolucionario “desde Cataluña hacia afuera”, pero, en la práctica, este proyecto no se había abierto mucho camino. La unificación con la ICE brindaba al proyecto bloquista la oportunidad de extenderse a todo el país con una serie de núcleos esparcidos por toda la geografía española. Años después Maurín declaró que la unificación con la ICE también revestía para el BOC el interés del fortalecimiento que para la dirección del partido significaba la incorporación de Nin, una dirección que hasta aquel momento dependía demasiado del mismo Maurín. Asimismo, el partido unificado se iba a beneficiar de la presencia en sus filas de la afiliación de la ICE, con muchos militantes capaces y de dilatada experiencia, que podían aportar un importante bagaje intelectual a la nueva organización. Por ejemplo entre agosto de 1935 y julio de 1936 aparecieron al menos ochenta y ocho artículos en la prensa del POUM firmados por quince diferentes militantes procedentes de la ICE.

El programa político del POUM, elaborado por Maurín y Nin durante el verano de 1935, fue discutido y aprobado por los Comités Centrales y Ejecutivos de las dos organizaciones que formaban el nuevo partido. La política del POUM iba a basarse en el análisis desarrollado por el BOC y por Maurín, que definía la fase que atravesaba la revolución española como “democrático-socialista”. Como Maurín había afirmado “la doctrina del futuro gran partido revolucionario socialista (comunista) (…) ha de ser (no) el marxismo y el leninismo interpretados por los epígonos, sino el marxismo y el leninismo interpretados por nuestro proletariado revolucionario” puesto que “las transposiciones mecánicas de las experiencias ocurridas en unos países a otros son siempre de resultados funestos”.

Sería una excesiva simplificación afirmar que el POUM constituía una mera continuación del BOC, si bien es cierto que la mayoría abrumadora de los militantes del partido unificado procedían del BOC y que Maurín gozaba de gran influencia. Por otra parte, documentos internos de la ICE demuestran que esta organización estaba convencida de que la fusión de los dos partidos se había realizado sobre la base de un programa que incorporaba “todos [los] principios fundamentales” del trotskismo con respecto al “carácter internacional de la revolución proletaria, a la condena de la teoría del socialismo en un solo país, a la dictadura democrática del proletariado y del campesinado, a la defensa de la URSS, con el absoluto derecho a criticar todos los errores de la dirección soviética, a la afirmación de la bancarrota de la IIª y IIIª Internacionales y a la necesidad de restablecer la unidad del movimiento obrero internacional sobre una nueva base”. Sin embargo, la realidad se acercaba más a la opinión expresada públicamente por Nin, quien afirmó que la unificación se había logrado fácilmente porque no habían existido “discrepancias fundamentales” que separasen a los dos partidos, y que “ninguna de las dos partes había hecho concesiones importantes”. Las circunstancias históricas determinaron que los dos partidos llegasen a una convergencia general sobre las cuestiones más importantes, en lugar de que la línea política de uno se impusiese a la del otro. Con todo, subsistían diferencias entre los dos, pero éstas pasaron a un segundo plano, ante la necesidad imperiosa de dar el primer paso hacia la construcción de un partido revolucionario unificado de masas.

Una vez aprobados por las direcciones del BOC y de la ICE el acuerdo de unificación y varias resoluciones políticas, éstos pasaron a ser debatidos por sus respectivas bases. Al tiempo que se desarrollaban estos debates, ambos partidos comenzaron a colaborar estrechamente en todos los ámbitos. Cuando La Batalla volvió a publicarse, a fines de junio de 1935, contenía ya artículos de dirigentes de la ICE, cuyos militantes, además, se encargaban ahora de venderla en toda España. A principios de septiembre, la prensa bloquista ya describía la unificación con la ICE como una “realidad” aunque no estuviese formalizada. Así, en Bilbao el antiguo grupo de la ICE ya se daba el nombre de POUM. El BOC celebró un congreso extraordinario secreto en Les Planes, población cercana a Barcelona, en el cual se aprobó la fusión por mayoría arrolladora.

El congreso de unificación, debido a la situación de clandestinidad en que todavía se encontraban los dos partidos tras la represión de octubre de 1934, no pasó de ser mucho más que una reunión entre los dirigentes de ambos, celebrada en Barcelona el domingo 29 de septiembre en la calle Montserrat de Casanovas 24; domicilio de Francesc de Cabo y Carlota Durán, militantes de la ICE. Nin, Narcís Molins i Fàbrega, e Ignacio Iglesias, de Asturias, representaron a la ICE, mientras que el BOC estuvo representado por Maurín, Jordi Arquer, Pere Bonet, Josep Coll y Josep Rovira. Iglesias se escondía en Barcelona después de haber tenido un papel destacado en los acontecimientos de octubre en Asturias. Además de Cabo y Durán, también estaba presente Julio Alutiz, de la ICE de Pamplona, quien había asistido a una reunión de la UGT en Madrid y al volver pasaba por Barcelona.

El nuevo partido iba a regirse de acuerdo con los principios del centralismo democrático, que permitía la más amplia democracia interna pero no la existencia de facciones organizadas. La autoridad suprema iba a emanar del congreso anual del partido, en el cual se iban a elegir a los 41 integrantes del Comité Central y al secretario general. En vista de la imposibilidad de celebrar un verdadero congreso a corto plazo, la reunión de dirigentes, arrogándose funciones congresuales, nombró un Comité Central compuesto por 29 militantes bloquistas y 12 de la ICE. También se nombró un Comité Ejecutivo. Lo integraban, por parte de la ICE, Nin, quien asumía al tiempo el cargo de director de La Nueva Era, revista teórica del partido, y Molins i Fàbrega; por parte del BOC, Maurín, quien también iba a desempeñar el cargo de secretario general y continuar dirigiendo La Batalla, Enirc Adroher (Gironella), Arquer, Bonet, Coll, y Rovira, director del semanario del partido en catalán L’Hora. Asimismo se decidió que las juventudes del POUM heredasen el nombre de Juventud Comunista Ibérica de la juventud bloquista y siguiesen desarrollando tareas específicas pero no como una “entidad orgánicamente independiente” sino como una estructura integrada en el partido.


7. La izquierda socialista

En los meses previos al inicio de la guerra civil, el llamamiento a crear un “gran partido revolucionario” siguió siendo el eje central del discurso del POUM. Para lograr su objetivo de tornarse un partido de ámbito estatal, era fundamental que el POUM atrajese a sus filas la izquierda del PSOE o se unificase directamente con ella. Sobre todo tanto el BOC como la ICE tuvieron la esperanza de que sería posible ganar, al menos algún sector, a las Juventudes Socialistas (FJS). Había razones para creer que esto era posible ya que las relaciones de la FJS con la JCI y con las juventudes de la ICE se habían ido fortaleciendo durante todo el año 1934. Cuando los dirigentes de la FJS Carlos Hernández Zancajo y Santiago Carrillo visitaron Barcelona en septiembre de 1934 ofrecieron a la JCI la dirección de una organización juvenil unificada en Cataluña. El ofrecimiento fue rechazado por la juventud bloquista ya que ésta consideraba que el establecimiento de un nuevo grupo juvenil unificado no podía separarse de la creación de un partido unificado. Durante los primeros meses de 1935 aparecieron en la prensa del BOC una serie de artículos de Hernández Zancajo y Carrillo en los que se atacaba no sólo al ala reformista del PSOE, sino también la idea del Bloque Popular Antifascista propugnada por el PCE.

Después de los acontecimientos de octubre 1934 la FJS defendía la necesidad de “bolchevizar” al movimiento socialista, con el objetivo de centralizar la estructura del partido, expulsar a la facción de Julián Besteiro y desalojar a los seguidores de Indalecio Prieto de todos los puestos de dirección. La FJS esperaba que la bolchevización se viese acompañada por una unificación general del proletariado en los ámbitos político y sindical, por el rechazo de nuevas alianzas con los republicanos y por la retirada de la Segunda Internacional para abordar la cuestión de una “reconstrucción internacional (del movimiento obrero) sobre la base de la tradición de la Revolución rusa”.

La visión política del BOC, y futuro POUM, se diferenciaba en varios aspectos importantes con la de la FJS, como quedó claro en una serie de intercambios escritos entre Maurín y Carrillo publicados durante julio y septiembre de 1935. Este debate marcó, en cierta medida, un hito en las relaciones entre las dos organizaciones. Carrillo reiteró su convicción de que el futuro gran partido bolchevique español iba a construirse en el seno del PSOE e hizo un llamamiento al BOC a integrase en el partido para, de esta manera, fortalecer a la izquierda en su lucha contra los reformistas. Maurín, en respuesta, reafirmó el convencimiento del BOC en la imposibilidad de que esto sucediese mientras coexistiesen en el seno del PSOE dos tendencias irreconciliables. Para Maurín el problema no era de naturaleza numérica, tal cosa no había preocupado a Lenin en 1917, sino de claridad ideológica. Si los comunistas disidentes se integraban en el PSOE, estarían sujetos a la disciplina del partido, por lo que iniciativas independientes como la creación de la Alianza Obrera no podrían proponerse. Maurín afirmó que la unidad era imprescindible, pero que era necesario realizarla sobre una base revolucionaria y no en el seno de ninguno de los partidos obreros existentes. Maurín también atacó el concepto “blanquista” que la FJS tenía de la insurrección armada, que relegaba a las masas al papel de observadores mientras la elite revolucionaria, en el caso español el PSOE “bolchevizado”, tomaba el poder en su nombre. El BOC criticaba también el concepto de dictadura del proletariado que defendía el ala izquierda del PSOE, según el cual debía ser el partido el que la ejerciese y no los soviets, o en el caso español, las Alianzas Obreras.

La publicación de esta polémica, así como la de artículos de dirigentes de la FJS en la prensa bloquista ha provocado una sobrevaloración del acercamiento entre la juventud socialista y el BOC en este período. Las exigencias de Maurín para alcanzar la unidad con la izquierda socialista planteadas en la polémica con Carrillo eran de muy difícil realización, debido a la propia inconsistencia de las posiciones del ala izquierda del PSOE. Es muy probable que el BOC no creyese realmente en la posibilidad de alcanzar una unidad planteada sobre esos términos. Resulta más verosímil que la aspiración bloquista fuese desvelar la fragilidad de la política “revolucionaria” de la FJS y atraer así la base de la juventud socialista a la órbita del nuevo partido marxista unificado. Esta empresa no estaba exenta de dificultades, dado que el POUM era débil fuera de Cataluña, y en este período no aparecía como una alternativa viable a ojos de los radicales de la FJS y otros socialistas de izquierda que militaban en organizaciones de masas aparentemente revolucionarias. Aun así, la dirección del POUM mantenía su optimismo acerca de la atracción que el nuevo partido iba a ejercer sobre los jóvenes. Estas esperanzas no iban a llegar a hacerse realidad: el poder de convocatoria del movimiento comunista oficial iba a resultar mucho más seductor para la FJS que la ortodoxia marxista revolucionaria del POUM.

En contraste con su inhabilidad para atraer a la FJS, el POUM se vio alentado por la actitud, al parecer más abierta, de Largo Caballero. Este afirmó, en un mitin celebrado en Madrid en abril de 1936, que cualquier proceso de unificación marxista debía incluir al POUM. Además el dirigente ugetista llegó a proponerle por aquellas fechas a Maurín que el POUM y el PSOE se fusionasen. Las posibilidades de que esto sucediese eran reducidas debido, por un lado, a la orientación política de los socialistas de izquierda, por no hablar de la del resto del PSOE, y por otro, a la manera en que el POUM planteaba la cuestión de la unificación. Ya en el debate con Carillo, Maurín había insistido en que la unidad solamente sería posible sobre una base revolucionaria. En enero 1936, el dirigente poumista increpó a los “unificadores socialistas” por su idea de formar un partido en el que todo el mundo tuviese cabida, cosa que en su opinión “confunde lo que debe constituir un partido revolucionario con partidos socialdemócratas o laboristas”. Para Maurín, aunque la actitud de Largo Caballero era el reflejo de “la voluntad revolucionaria de las masas obreras” era imposible que “el hombre que ha sido durante tanto tiempo el jefe del reformismo español… de golpe se convierta en el jefe revolucionario”. No fue ninguna sorpresa cuando el Comité Ejecutivo rechazó la propuesta de Largo Caballero.

La opinión del POUM acerca de los dirigentes de la izquierda socialista se vio confirmada por la conducta de éstos a lo largo de los meses previos a la guerra civil. Fue sobre todo su actitud hacia el nuevo gobierno republicano la que denotó, una vez más, todo lo abstracto del izquierdismo de la facción de Largo Caballero. Si bien criticaban al gobierno, los socialistas de izquierdas se mantenían, fundamentalmente, en la pasividad. No argumentaban que el proletariado debiese tomar el poder, sino que exigían que éste “se entregase” a la clase trabajadora si los republicanos eran incapaces de gobernar; en su visión de las cosas el término “clase trabajadora” parecía significar el PSOE.

Que los seguidores de Largo Caballero carecían en la práctica de una verdadera estrategia para tomar el poder, se dejaba flagrantemente de manifiesto cuando en su congreso en mayo de 1936 la CNT propuso a los socialistas la formación de una “alianza revolucionaria”. Al margen de lo que pudiese haber de demagogia en esta iniciativa, éste era un ofrecimiento que, como señaló el POUM con celeridad, los verdaderos revolucionarios deberían haber aceptado. Enseguida se hubiese comprobado la sinceridad de esta propuesta de acción conjunta cenetista. Los socialistas de izquierda mostraron escaso entusiasmo hacia lo que pudiera haber constituido la oportunidad de desarrollar una estrategia obrera alternativa y extraparlamentaria desde la unidad. El radicalismo de Largo Caballero escondía, en esencia, el objetivo a largo plazo de los socialistas españoles: que su partido absorbiese a los demás sectores del movimiento obrero.

A finales de mayo de 1936, el POUM ya había llegado a considerar que las facciones de Prieto y de Largo Caballero no se diferenciaban mucho la una de la otra, si bien cada una de ellas actuaba cada vez más como si fuesen partidos separados y corrían rumores acerca de la inminencia de una escisión. Como señaló La Batalla, ambas facciones estaban a favor de la permanencia del PSOE en la Segunda Internacional, apoyaban a la Liga de las Naciones, habían votado a favor de Azaña para el cargo de presidente de Gobierno, estaban de acuerdo con la política del Frente Popular y aceptaban la permanente suspensión de las garantías constitucionales que el gobierno mantenía en vigor. La frustración poumista ante los vericuetos y contorsiones de la política socialista queda reflejada en un artículo de José Luis Arenillas, donde éste se lamenta de que un sector tan importante de la clase obrera continuase comulgando con el “mito de Largo Caballero”, cuya creación había constituido un verdadero “disparate antimarxista”.

Al fin y al cabo la posición defendida por el BOC/POUM y Maurín en estos momentos no parece guardar mucha relación con lo que este último iba a escribir muchos años después: que “el objetivo a largo plazo del POUM era fusionarse con el PSOE”.


8. Contra el estalinismo

El POUM debía hacer frente tanto a la incoherencia de los principales portavoces de la izquierda socialista, como a la creciente simpatía que despertaban las posiciones de la IC, especialmente en la FJS. Una serie de razones explican esta situación. Por un lado, la confusión política de los socialistas contrastaba con la claridad de la política poumista, pero también con la del PCE. Además, el Partido Comunista contaba con una organización mucho más amplia e implantada en el ámbito estatal que la del POUM. La participación de los comunistas en las Alianzas Obreras durante 1935 había llevado al PCE a establecer contacto con muchas organizaciones socialistas locales, desorientadas por la clandestinidad y la falta de una dirección clara. Por lo que respecta a la ideología, la izquierda socialista, con su proyecto de un Partido Socialista “bolchevizado” destinado a ejercer la dictadura del proletariado, se exponía a las influencias estalinistas. La simpatía de la que gozaba la URSS en casi todos los sectores del movimiento obrero era otro factor de gran importancia que ayudaba al PCE en sus intentos de influir en la izquierda socialista.

Pero el factor determinante para el acercamiento entre comunistas y socialistas fue el abandono de la Comintern de su anterior línea sectaria, que se consumó en su séptimo congreso, celebrado en agosto de 1935. Para algunos dirigentes de la FJS y otros de la izquierda socialista, la idea comunista de la necesidad de unificar a las dos tendencias resultaba muy atractiva. La nada desdeñable aproximación entre el PCE y la FJS, que se venía gestando desde antes de principios de 1936, revestía aun un mayor significado después de la victoria electoral del Frente Popular. Las relaciones se habían estrechado hasta tal punto que en marzo, cuando una delegación conjunta de las juventudes socialistas y comunistas visitó Moscú, se firmó un acuerdo preliminar de unificación de las dos organizaciones, abriendo paso a la fundación de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU).

Los dirigentes del POUM se mostraron muy críticos, e incluso un tanto decepcionados, con esta “estalinización” de algunos sectores de la izquierda socialista. Los poumistas no pudieron menos que ironizar sobre el hecho de que estos socialistas, que se decían revolucionarios, optasen por acercarse a la Comintern justo cuando ésta estaba desplazándose hacia la derecha. El POUM criticó por “oportunista” y no democrática la fusión de las dos organizaciones juveniles. Nin escribió al respecto que o bien se había malentendido el cambio de línea de la Internacional Comunista, o bien los argumentos esgrimidos por los socialistas de izquierda carecían de sentido. En efecto, ya en 1935 muchos dirigentes de la izquierda socialista, y especialmente de la FJS, parecían olvidar por completo que la existencia del Frente Popular significaba colaborar con los partidos pequeñoburgueses, algo a lo que antes se habían opuesto con gran vehemencia. Wilebaldo Solano, unos de los dirigentes de la JCI, advirtió en septiembre de 1935 que si la Comintern introducía en sus estatutos algunos cambios en relación con el papel de la dirección de la Internacional, esto iba ser suficiente para dejar libre el camino del acercamiento de un sector de los jóvenes socialistas al estalinismo.

La FJS había absorbido a la mucho más pequeña Unión de Juventudes Comunistas, pero en términos políticos la nueva organización unida había adoptado un “programa estalinista”, como revelaba el status de “simpatizante” de la Internacional Juvenil Comunista asignado a la JSU. El Comité Central de la JCI declaró, en abril de 1936, que no podía crearse una organización juvenil revolucionaria sin crear un partido revolucionario unido, y mucho menos si esas pretendidas juventudes revolucionarias iban a ser un “confuso bloque de reformistas, estalinistas y socialistas de izquierda”.

Con todo, este deslizamiento hacia el estalinismo chocó con una cierta oposición en el seno de la FJS. En marzo de 1936, la JCI y la FJS habían incluso organizado mítines conjuntos en varias localidades cercanas a Madrid. El mes siguiente se propuso, sin éxito, a la asamblea de la FJS de Madrid que la JCI participase en las negociaciones con la UJC sobre la unificación. Además militantes de las juventudes socialistas de Asturias, Salamanca, Madrid y otros lugares protestaron por las agresiones que se estaban produciendo contra el POUM. En mayo la JCI fue invitada al congreso de la FJS de Asturias que votó que la juventud poumista debía ser incluida en el proceso de unificación. Por las mismas fechas una fracción fue expulsada de la que ahora era ya la JSU de Madrid, acusada de “trotskismo” a causa de su oposición a Santiago Carrillo y sus aliados. Así el POUM, continuó albergando hasta el mismo inicio de la guerra civil ilusiones de poder atraerse a aquellos jóvenes socialistas que eran aun “inequívocos y sinceros marxistas revolucionarios”.

Mientras tanto en Cataluña al POUM no le impresionaban estas iniciativas dirigidas a la creación de un nuevo partido marxista en Cataluña. La política de Frente Popular constituía el factor fundamental que separaba al POUM de las demás organizaciones marxistas catalanas. Para los poumistas, la USC, a pesar de su aparente radicalización, seguía siendo “más nacionalista que marxista […] pequeñoburguesa […] ultrarreformista [y] pseudosocialista… al servicio de la burguesía republicana”. La dirección del POUM también dirigió críticas mordaces al PCdeC por su papel en el establecimiento del nuevo partido. El POUM, en un principio, consideró que el proyecto de unificación constituía una extensión de la USC y por ende “un instrumento al servicio de ERC”. Esta apreciación se iba a revelar incorrecta aunque sólo fuera por el hecho de que el PSUC pasó a ser la sección catalana de la Internacional Comunista. En el muy diferente contexto de la guerra civil, el PSUC, lejos de actuar como un apéndice de ERC, desplazó a los republicanos catalanes y se tornó el principal contrincante de la izquierda revolucionaria en Cataluña.

Con todo, y pese a que seguían dirigiéndose descalificaciones los unos a los otros, en los meses anteriores a julio de 1936 no siempre existían grandes discrepancias entre algunos de los futuros integrantes del PSUC y el POUM. A partir de 1933, se había generalizado la colaboración entre el BOC y el PSOE en Cataluña. Incluso en fecha tan tardía como enero de 1936, las dos organizaciones habían debatido entre ellas cuál iba a ser su actitud ante las elecciones. Los nacionalistas radicales del PCP también habían cooperado estrechamente con los comunistas disidentes en torno a una serie de cuestiones, desde su salida de Estat Català en 1932. Por lo tanto, la incorporación de la Federación Catalana del PSOE y del PCP a la unificación que dio lugar al PSUC no fue un proceso totalmente previsible. Durante los primeros meses de 1936, además, los demás partidos marxistas catalanes, seguían haciendo propuestas públicas hacia el POUM en torno de la unidad.

Una cosa era atacar la política de los comunistas y otra era la existencia de la URSS. Lejos de ser “antisoviéticos”, el POUM no descuidaba lo que consideraban su deber de “defender a la URSS”. En mayo de 1936 una declaración del Comité Ejecutivo afirmaba que la caída de esta “fortaleza de la revolución proletaria mundial” constituiría de producirse “una catástrofe de consecuencias tremendas para el desenvolvimiento de la causa de los trabajadores en todo el mundo”. La clase obrera rusa “con sus esfuerzos incalculables ha trazado el camino, difícil, pero heroico, que inicia el camino hacia la liberación definitiva de la Humanidad”, pero esto no justificaba aceptar la “concepción teológica antimarxista” de que todo lo que sucedía en la URSS fuese perfecto. Para el POUM, esta actitud era tan dañina para la URSS como la de quienes la atacaban sistemáticamente. El movimiento obrero debía compaginar una “entusiasta defensa de la revolución [con] el derecho a la crítica y a la evaluación”, actitud que, como Lenin había afirmado, era la mejor manera de contribuir a la revolución mundial. Extender la revolución y no frenarla, era, en opinión del POUM, la manera más idónea tanto de defender a la URSS como de evitar la victoria del fascismo y la guerra.

El PCE, desde la escisión de Maurín y sus correligionarios en 1931, los había calificado alguna vez de trotskistas, pero hasta 1936 estas esporádicas acusaciones no se tornaron una línea política propiamente dicha siguiendo las directrices de una campaña internacional orquestada desde la URSS. Resulta significativa la acusación de que el POUM “estaba pagado por el oro fascista”, lanzada en un mitin del PCE celebrado en Madrid en abril de 1936. A finales de junio un titular de Mundo Obrero acusaba a Maurín de ser un “renegado y un contrarrevoluciónario al servicio de la reacción”. Poco antes de que estallase la guerra civil, los partidos que iban a constituir el PSUC afirmaba que el POUM era no sólo “enemigo de la URSS y del Frente Popular, [sino también de] todas las demás organizaciones obreras”.

La recién constituida JSU era la que con mayor frecuencia lanzaba invectivas contra el trotskismo. Es probable, por lo demás, que los ahora dirigentes de las JSU que durante los dos años precedentes habían simpatizado con los comunistas disidentes estuviesen deseosos de demostrar su recién estrenada lealtad a Moscú. La Batalla señalaba lo paradójico de que Santiago Carrillo, secretario general de la JSU, intentase ahora “emular al gran Stalin” con su celo antitrotskista, cuando tan sólo pocos meses atrás había estado flirteando con la idea de la Cuarta Internacional. Acabar con la amenaza que el POUM representaba constituyó uno de los objetivos de las JSU desde su creación. En su primer manifiesto, hecho público a comienzos de abril de 1936, las JSU dejaron clara su actitud al atacar a los “trotskistas” por sus críticas contra la URSS y el gobierno republicano. Descalificaciones tales como “trotskistas contrarrevolucionarios” y “enemigos de la unidad” para referirse al POUM pronto se tornaron moneda común entre los dirigentes de la JSU.

El POUM afirmó, en abril de 1936, que el propósito de los estalinistas era “crear un clima de pogromo” contra él que provocaría “agresiones físicas” contra sus militantes. El uso de métodos violentos contra el POUM enseguida planteó un grave problema al partido fuera de Cataluña, donde era más débil. El POUM acusó al PCE de agredir a sus militantes y de intentar sabotear sus mítines. Durante mayo y junio militantes comunistas atacaron a miembros del POUM y provocaron disturbios en mítines de este partido en Cádiz, La Coruña, Palma de Mallorca, Salamanca y Sama de Langreo; en Galicia, afiliados del PCE amenazaron con quemar los quioscos de prensa que vendiesen La Batalla. No obstante en este período todavía no podían vislumbrarse las siniestras consecuencias que iba a tener la campaña estalinista contra el POUM, lo que explica que la prensa del partido pudiese aun afirmar con seguridad que los militantes experimentados no tenían nada que temer de esta campaña.


9. “No soy trotskista, pero…”

Por su parte, el movimiento trotskista no había perdido la esperanza de que el recién fundado POUM fuese a mostrarse receptivo a la idea de crear una cuarta internacional. Sin embargo, las relaciones entre la LCI y los antiguos militantes de la ICE se interrumpieron a raíz de la adhesión del POUM, en enero de 1936, al Pacto Electoral de Izquierda. A partir de este momento, Trotsky, que desde 1931 no había prestado mucha atención a España, comenzó a publicar una serie de escritos corrosivos contra sus antiguos seguidores. El antiguo dirigente bolchevique acusó al POUM, de haber traicionado al proletariado “en provecho de una alianza con la burguesía”. Los antiguos comunistas de izquierda se habían convertido “sencillamente en la cola de la burguesía de ‘izquierda.’”

Trotsky acusó a los antiguos militantes de la ICE de “vegetar en la organización confusionista de un Maurín, sin programa, sin perspectivas, sin ninguna importancia política”. Según Trotsky “la acción de los marxistas en España comienza por la condena de la política de Andrés Nin y Andrade que era y sigue siendo, no solamente errónea, sino criminal”. Para Trotsky la mayoría de sus antiguos simpatizantes en España merecían ser “estigmatizados para siempre como traidores a la revolución” porque, al no integrarse en el PSOE, habían permitido que “la magnífica juventud socialista [se pasase] al campo estalinista”. La tarea de los seguidores españoles de la Cuarta Internacional iba a ser, por un lado, integrarse en el PSOE y las JSU, y por otro, “comprender a fondo y exponer claramente ante los ojos de los obreros avanzados el lamentable papel jugado por la dirección [del POUM], en particular el de los antiguos comunistas de izquierda…”.

La teoría de la revolución democráticosocialista de Maurín también fue blanco de las críticas de Trotsky que la calificó de “galimatías ecléctico”. Trotsky argumentaba que la revolución de octubre de 1917 en Rusia había demostrado que “la revolución democrática y la revolución socialista se encuentran en lados opuestos de la barricada” y que, en España, ya se había llevado a cabo la revolución democrática, pero ahora el Frente Popular “la resucita”. Para Trotsky, la revolución socialista sólo podía hacerse realidad mediante una lucha implacable contra la revolución “democrática” y su Frente Popular. Carecía de sentido, por lo tanto, esa “síntesis de la revolución democráticosocialista”.

Estas críticas revelan de manera bastante fehaciente que Trotsky tenía poco conocimiento acerca de cuál era la verdadera posición de Maurín, así como de las críticas frontales del POUM al Frente Popular. De hecho, para Maurín, como escribió en mayo de 1936, la revolución que se avecinaba en el Estado español no sería “democráticoburguesa sino democráticosocialista, o para ser exacto, socialista”.

Los dirigentes del POUM, pese a las invectivas que les dirigía Trotsky, consideraban que el análisis de la situación política española que éste hacía era válido. En el análisis internacional el POUM coincidía también en gran medida con la visión de Trotsky. Por esta razón la prensa del partido continuó publicando artículos suyos.

En la primavera de 1936, en un artículo acerca de las causas históricas del atraso de España, Julián Gorkín alabó el “magnífico” diagnóstico que de éstas hacía Maurín en sus dos libros sobre este tema y Trotsky en el folleto La Revolución Española, publicado en 1931. El 1 mayo de 1936, la JCI declaró su intención de “seguir el camino de Lenin y Trotsky… el camino del octubre ruso”. La simpatía que el antiguo dirigente bolchevique despertaba era manifiesta sobre todo en aquellos sectores del POUM compuestos casi exclusivamente por antiguos militantes de la ICE. Enormes retratos de Lenin y Trotsky adornaron las paredes del cine madrileño donde se celebró el mitin del partido durante la campaña electoral de febrero, en el que habló Maurín.

El artículo de Maurín “Yo no soy trotskista… pero”, publicado en mayo de 1936, contrasta de manera nítida con las invectivas lanzadas por Trotsky contra el POUM y sus dirigentes. En respuesta a la campaña estalinista en su contra y en contra de su partido, Maurín explicaba en este artículo que aunque ni el POUM ni sus dirigentes eran trotskistas, no se sentían insultados por ser calificados de tales. Las discrepancias sobre toda una serie de cuestiones no podían enmascarar la verdad de que Trotsky había sido, y seguía siendo, “uno de los cerebros mejor organizados del movimiento socialista”. No sólo no era contrarrevolucionario, sino que era el “hombre de la revolución de octubre [y] el mayor dirigente bolchevique después de Lenin”. Maurín contrastaba esta apreciación de Trotsky con una larga lista de rasgos no revolucionarios de la política de Stalin, desde la “división de la clase obrera en Alemania”, pasando por su recién estrenado patriotismo y hasta su apoyo a la Sociedad de Naciones. Maurín, que no era trotskista, llegaba a la conclusión de que Trotsky estaba “mil codos por encima de esa turba de recientes “revolucionarios”; “revolucionarios” desde que la Internacional comunista ha sacrificado toda veleidad revolucionaria en los altares de la “sagrada unión”, de la “patria” y de la “democracia burguesa”.


10. En vísperas de la revolución

A pesar del fracaso de sus iniciativas unificadoras el POUM fue optimista sobre su capacidad para expandirse como el “único defensor de la revolución socialista en el seno de nuestro proletariado”. Por ello, a mediados de abril de 1936, el POUM alardeó de ser “la gran preocupación de la burguesía”, como lo habían sido los bolcheviques en 1917. En realidad, este optimismo no estaba muy justificado.

La relativa lentitud de este crecimiento era un freno a la pretensión del POUM de transformarse en el eje central de la unificación marxista revolucionaria en España. Tras la fusión del BOC con la ICE, el nuevo partido dedicó considerables esfuerzos a aumentar su implantación fuera de Cataluña; así, se organizaron giras de mítines en los que participaron líderes del POUM, sobre todo Maurín. Pero aunque la afiliación al POUM en los meses anteriores al estallido de la guerra civil había aumentado, lo había hecho no de la forma espectacular del PCE y de las JSU. En julio 1936, según Nin, el POUM tuvo unos seis mil afiliados – unos mil más que el BOC y ICE juntos dos años antes. La implantación geográfica también seguía siendo desigual. Según la documentación disponible en 1934 el BOC contaba con una presencia en al menos 244 lugares – la gran mayoría en Cataluña – y la ICE en ochenta y ocho. En vísperas de la guerra civil el nuevo partido tenía una presencia organizada en más de cuatrocientas localidades pero tres cuartos de estas catalanas.

Fuera de Cataluña, las zonas de España con mayor implantación del POUM fueron aquellos donde el BOC había tenido mayor presencia: las provincias de Castellón y Valencia y el este de Aragón. En el resto del país, el nuevo partido había heredado un número importante de núcleos de la ICE y algunos del BOC. La mayor parte de la organización poumista fuera de Cataluña iba a crecer durante la primera mitad de 1936. En octubre de 1935 el recién fundado partido aseguraba ya contar con secciones en Castilla, País Valenciano, Extremadura, Asturias, Galicia, Andalucía, Aragón, País Vasco, Baleares y Canarias, es decir, en casi todo el Estado español.

Calcular los efectivos el POUM fuera de Cataluña no es tarea fácil debido a la falta de documentación. Es posible hacerse una idea general a partir de la información existente sobre las organizaciones locales de la ICE y también a partir de la prensa del partido unificado; ésta da cuenta del crecimiento del partido, sobre todo en Galicia y el País Valenciano. En Galicia el partido ya contaba con al menos diecisiete grupos, con la sección de Santiago de Compostela siendo la más importante. En el País Valenciano la implantación del BOC había ido aumentando desde 1934 y, después de la unificación con la ICE, el crecimiento del ahora POUM continuó hasta ya entrado 1936 y contaba con al menos veinte seis agrupaciones. Hubo agrupaciones fuertes también en Salamanca, Santander (Astillero), Sevilla y, sobre todo, Extremadura (Llerena). El resultado de la fusión entre el BOC y la ICE en Asturias fue calificado de “magnífico”. En enero de 1936 la militancia madrileña del POUM ascendía a setenta militantes. Finalmente, en Aragón, también se incrementaban las filas del POUM, especialmente en la franja catalanoparlante cercana a Lleida; se sabe que al iniciarse la guerra civil el partido contaba con al mínimo trece grupos en la región.

Cataluña siguió siendo el principal baluarte de los comunistas disidentes; la dirección del POUM declaró en diciembre de 1935 de manera triunfal que ya había conquistado a “gran parte de las masas obreras” catalanas para la causa del “marxismo revolucionario”. Aunque esto distaba mucho de la realidad, es indudable que en el período previo al estallido de la guerra civil el POUM se consolidó en Cataluña. A fines de junio de 1936 el Comité Ejecutivo afirmó que en los meses precedentes “el ritmo de actividad del partido [había sido] verdaderamente extraordinario”. Los mítines del POUM seguían atrayendo a grandes audiencias, especialmente los que se realizaban fuera de Barcelona.

El número real de afiliados al partido en Cataluña en julio de 1936 debía ser de unos cinco mil. Este contingente era considerablemente superior al de cualquiera de los demás partidos obreros de Cataluña, pero representaba menos de la décima parte del de ERC. Lo más característico de la implantación del POUM en Cataluña era su solidez fuera de Barcelona. Resulta razonable afirmar que el partido estaba presente, aunque de forma limitada, en casi trescientas poblaciones y pueblos de Cataluña. Barcelona continuaba siendo el flanco relativamente débil del POUM en Cataluña, aunque a finales de 1935 el partido decía contar allí con quinientos afiliados y con una organización “más fuerte que nunca”. A diferencia de lo que sucedía en sus comarcas, en la ciudad de Barcelona el POUM tenía que afrontar una mayor competencia de las otras organizaciones marxistas -que más adelante iban a formar el PSUC- cuyo número de afiliados en conjunto posiblemente duplicase al del POUM.

En las comarcas de Barcelona la implantación del partido aumentó: a fines de 1935 el POUM proclamó contar allí con treinta y seis secciones y treinta núcleos. En las comarcas de Tarragona, se sabe que en 1936 el POUM contaba con al menos cuarenta y una secciones y núcleos; su mayor influencia radiaba en Alt Camp. Mientras que en las comarcas de Barcelona y Tarragona el POUM se enfrentaba a una cierta competencia por parte de los otros partidos marxistas, en las comarcas de Lleida y Girona, era prácticamente el único partido obrero con una implantación sólida. En 1936 ya contaba con grupos organizados en casi noventa localidades de las comarcas de Girona; la mitad en Alt y Baix Empordà. En las comarcas de Lleida, donde los probablemente más de cien grupos que tenía el POUM casi duplicaban los que el BOC tenía en 1934, la implantación del partido seguía concentrada en la capital y en La Noguera, Segrià y Urgell.

Mayor interés reviste aun el estudio de la implantación del POUM en los diferentes sectores socio-laborales de la sociedad catalana. La gran mayoría de los afiliados del POUM eran obreros manuales, oficinistas, dependientes de comercio y campesinos, la mayoría hombres y casi todos menores de treinta años. La juventud de la base del partido era algo bastante común a todas las organizaciones revolucionarias.

En los principales centros industriales -Barcelona y su cinturón- el POUM nunca alcanzó una gran implantación, pese a la importante presencia de obreros manuales en sus filas. Ninguno de los grupos marxistas existentes logró una implantación significativa entre el proletariado industrial del área barcelonesa; por el contrario, el anarcosindicalismo en sus diferentes tendencias conservó la lealtad de la mayoría de los sectores más combativos de ese proletariado industrial. En cambio, el POUM gozaban de mayor implantación en pueblos y ciudades pequeñas, de importancia industrial secundaria, donde a menudo los comunistas disidentes habían sido los organizadores del movimiento sindical. La Federación Obrera de Unidad Sindical (FOUS) fundada por sindicalistas del POUM en mayo 1936 tuvo unos 50.000 afiliados. Su base principal estuvo entre los trabajadores mercantiles de Barcelona y sus alrededores y en las comarcas, sobre todo en la industria textil y entre los campesinos de Lleida y Girona.

Con todas sus limitaciones, el BOC-POUM logró crear una organización con importantes diferencias con respecto a los demás partidos obreros. La estructura interna del BOC era, comparada con la de los partidos comunistas oficiales de la época, abierta y democrática. El POUM insistía en la necesidad de preservar la democracia dentro del partido, y consideraba que esto equivalía a defender la verdadera esencia del centralismo democrático leninista que el estalinismo había traicionado.

Aunque en estas semanas el POUM crecía, tanto en Cataluña como en el resto del Estado, no hubo tiempo suficiente para convidar el nuevo partido antes del estallido de guerra civil. En vísperas de la guerra y revolución el POUM estuvo bastante solo políticamente. Se habían roto las relaciones con los demás partidos marxistas catalanes. No se logró influenciar la izquierda socialista; incluso una parte importante – la juventud – se había deslizado al estalinismo. Las Alianzas Obreras no se resucitaron, a pesar de los esfuerzos del POUM. Finalmente, en Cataluña la CNT luchó contra la recién fundada FOUS como competidora, formando alianzas con la UGT en su contra y así rompiendo varios de los frentes únicos sindicales que hasta entonces dirigían los poumistas.

En los primeros días de la guerra y de la revolución la unidad se impuso en la calle y en el frente pero fue una unidad transitoria. Pronto la relativa debilidad del POUM, y sobre todo su aislamiento, lo convertiría en víctima primero de la contrarrevolución republicana y después del fascismo triunfante.

Joaquim Maurín


11. Qué es y qué quiere el partido obrero de unificación marxista

El movimiento revolucionario de Octubre de 1934, seguramente el acontecimiento más trascendental en la historia del proletariado de nuestro país, puso de relieve con caracteres salientes la falta de un gran partido socialista revolucionario.

La historia de todas las revoluciones, triunfantes o fracasadas, demuestra de una manera incontrovertible que sin un fuerte partido revolucionario que sea el eje real, el motor y el cerebro, a la vez, de las grandes masas puestas en acción, no es posible la victoria revolucionaria.

Para que triunfara la revolución burguesa en Inglaterra y en Francia -las dos grandes revoluciones burguesas clásicas- hubo necesidad de un partido revolucionario de la burguesía: el “independiente” de Cromwell en la primera, y el jacobino de Robespierre y Saint-Just, en la segunda. Para que se impusiera la revolución de Octubre en Rusia, Lenin tuvo antes que forjar un partido, el partido bolchevique. Sin partido revolucionario de la clase trabajadora, no es posible la victoria de la revolución socialista.

El fracaso de la insurrección de Octubre, en nuestro país, fue debido, en primer lugar, a la falta de ese partido. Esta constatación era la primera que tuvo que hacerse todo marxista al sacar las consecuencias históricas del movimiento revolucionario de Octubre. Llegaron a esa misma conclusión dos organizaciones comunistas que hasta entonces se habían mantenido distanciadas: el Bloque Obrero y Campesino y la Izquierda Comunista. Al coincidir en la apreciación del examen crítico de los hechos y, asimismo, en las perspectivas generales, era natural que se fusionaran, demostrando prácticamente que la teoría del partido único no era una simple consigna de agitación, sino que realmente constituía, tanto para el BOC como para la Izquierda Comunista, el motivo capital de toda su actuación en el presente momento. El Congreso de unidad, celebrado en Barcelona el 29 de septiembre de 1935 -al cumplirse el año de la sublevación de Octubre-, era una primera concreción práctica de las deducciones de aquel primer acto de la segunda revolución.

El Partido Obrero de Unificación Marxista (Bloque Obrero y Campesino e Izquierda Comunista unificados) ha nacido de la fusión de dos organizaciones marxistas revolucionarias, teniendo como objetivo capital de toda su actuación la unidad revolucionaria de la clase trabajadora, premisa indispensable para el triunfo de la revolución democrático-socialista en nuestro país.


12. Cómo ve la actual situación política y cómo se sitúa ante ella el Partido Obrero de Unificación Marxista

La fase actual de la revolución que tiene lugar en España es un momento de transición entre la contrarrevolución fascista y la revolución democrático-socialista.

Esta situación viene prolongándose desde 1931 y puede continuar todavía durante algún tiempo con oscilaciones, ya sea hacia la izquierda, ya hacia la derecha. Pero, inexorablemente, el desenlace final será: socialismo o fascismo. O el ejemplo de la revolución de Octubre rusa, o el de Italia y Alemania. O triunfarán las fuerzas contrarrevolucionarias de la gran burguesía y de los residuos feudales, imponiendo la más implacable y desenfrenada dictadura de tipo fascista -y esto significaría la desaparición orgánica del movimiento obrero durante todo un período-, o será la clase trabajadora la que obtenga la victoria, implantando la dictadura del proletariado que llevará a cabo la revolución democrática truncada en manos de la pequeña burguesía, para pasar sin solución de continuidad a la revolución socialista.

El carácter de la revolución en nuestro país no es simplemente democrático, sino que es democrático-socialista. Solamente si la clase trabajadora toma el Poder se llevará a término la revolución democrática íntimamente enlazada, en esta época histórica, con la revolución socialista.

La burguesía ha perdido toda capacidad revolucionaria. No puede mantenerse sobre las bases de la democracia. Evoluciona más o menos de prisa, según las circunstancias, hacia una situación fascista, ya que el fascismo es la manifestación política de la decadencia de la burguesía.

La clase trabajadora es la única garantía de la verdadera democracia. Por medio de la defensa impertérrita de las reivindicaciones democráticas que la burguesía teme (burguesía de izquierda) y destruye (burguesía de derecha), la clase trabajadora llegará hasta el umbral de la revolución socialista.

El proletariado debe convertirse en el heraldo verdadero de las conquistas democráticas. Ha de ser el gran libertador que aporte la solución ansiada a los problemas de la revolución democrática: tierra, nacionalidades, estructuración del Estado, liberación de la mujer, destrucción del Poder de la Iglesia, aniquilamiento de las castas parasitarias, mejora moral y material de la situación de los trabajadores.

La dictadura del proletariado, transitoria, pues sólo existirá hasta que se hayan borrado las diferencias de clases y las clases, por lo tanto, no destruirá la democracia, sino que, por el contrario, la afianzará dando vida a la democracia verdadera: la democracia obrera.

El proletariado tomará el Poder cuando el interés general de la inmensa mayoría de la población y el de la clase trabajadora coincidan y exista -es condición indispensable- un fuerte partido socialista revolucionario.

El proletariado ha de tender, al mismo tiempo que a forjar un partido, a convertirse en el centro de atracción de las grandes masas populares, sedientas de una estructuración social más justa que la presente. Para ello ha de desplegar una doble acción convergente: con respecto a la clase trabajadora en general y con respecto a las clases intermedias: pequeña burguesía, clase media y campesinos.

Por lo que se refiere a la clase trabajadora, el Partido Obrero sostiene la necesidad de: Primero, unidad de acción de todos los trabajadores, formando el Frente Único horizontal y verticalmente. Alianza Obrera local y regional, y Alianza Obrera nacional. Segundo, unidad sindical. Todas las organizaciones sindicales existentes que reconozcan la lucha de clases han de integrarse constituyendo localmente un solo sindicato de ramo o industria, una sola Federación local, y nacionalmente, una Central Sindical Única. Tercero, un solo Partido Marxista Revolucionario.

En relación con la pequeña burguesía, el Partido Obrero ni adopta la clásica posición de la social democracia de un contacto orgánico permanente con los partidos pequeño-burgueses que últimamente ha revalidado la Internacional Comunista con el llamado Frente Popular, ni adopta tampoco la absurda posición de poner a la pequeña burguesía en el mismo saco que la gran burguesía. Los partidos pequeño burgueses han traicionado por incapacidad, impotencia y cobardía las promesas que habían hecho a los obreros, a los campesinos e incluso a la propia pequeña burguesía. Por eso, es una cuestión inexcusable la lucha ideológica y táctica contra esos partidos demagógicos, con objeto de sacar de su radio de influencia a las masas trabajadoras que todavía le siguen y atraer al mismo tiempo a una parte de la pequeña burguesía, sobre todo a los campesinos, neutralizando a la otra.

El fascismo, impulsado por la gran burguesía, se fundamenta principalmente sobre la pequeña burguesía y clases medias arruinadas y empobrecidas. Esta pequeña burguesía se orienta hacia el fascismo cuando han fracasado los partidos de la pequeña burguesía y el movimiento obrero se presenta dividido y sin capacidad para hacer triunfar la revolución que resuelva de una manera definitiva los problemas democrático-socialistas planteados.

[Error de impresión: el párrafo siguiente no aparece completo] (…) hay que saber distinguir aquellos momentos históricos en que la amenaza contrarrevolucionaria sea extraordinariamente grave y convenga, entonces, hacer pactos circunstanciales, transitorios, manteniendo siempre, no obstante, la independencia orgánica del Partido Obrero y el derecho de crítica de los partidos pequeño burgueses.

Esta posición es justa. Lenin aceptaba los pactos circunstanciales con la burguesía radical. Pero de esta posición a la que últimamente ha puesto en marcha la Internacional Comunista -Frente Popular- que encadena el movimiento obrero a la burguesía, media un abismo.


13. El problema de la unificación marxista

No existe todavía en España, desgraciadamente, el gran Partido Socialista Revolucionario que la revolución necesita. Y sin embargo, cada día más, las necesidades revolucionarias hacen apremiante la formación del partido que conduzca la revolución a su triunfo.

El Partido Socialista no es el partido que la revolución exige. Y no lo es porque el Partido Socialista, a pesar de la rectificación iniciada que hay que reconocer, continúa siendo fundamentalmente un partido de tipo socialdemócrata. Contiene dentro de él tres tendencias opuestas: Primera, derechista, reformista hasta la médula, reproducción fiel de lo que fue la socialdemocracia alemana y de lo que es el laborismo inglés. Segunda, centrista, republicanizante, profundamente menchevique, que no aspira a otra cosa que ayudar a los republicanos pequeños burgueses. La tendencia centrista que tiene la dirección del partido Socialista, parte del supuesto que nuestra revolución es democrática y no democrático-socialista, negándose por consiguiente a reconocer la necesidad de que la clase trabajadora tome el Poder por medio de la insurrección armada. Tercera, izquierdista, representada por las Juventudes y por una fracción importante del propio Partido, que lucha contra la tendencia reformista y la centrista. En la p
erspectiva de la unificación marxista, es el ala izquierda del Partido Socialista la que tiene una mayor importancia. No obstante, el ala izquierda socialista mantiene sobre muchas cuestiones posiciones equivocadas, fundamentalmente. Por ejemplo, ha iniciado su orientación hacia la política de la Internacional Comunista, cuando precisamente la IC en su VII Congreso ha hecho un viraje radical, inaugurando una política que se encuentra situada a la derecha de la extrema derecha socialdemócrata. La izquierda socialista, además, no se ha pronunciado todavía de una manera clara sobre cuestiones tan importantes como la Alianza Obrera, la unidad sindical y la unidad marxista revolucionaria.

Como vemos, el Partido Socialista está muy lejos de constituir un todo fuertemente centralizado y unificado en el pensamiento y en la acción. No tiene nada que le aproxime al tipo de Partido bolchevique. En su seno conviven todas las tendencias, desde la que afirma ser leninista hasta la evolucionista de carácter laborista, pasando por la meramente republicana. De hecho, se aproxima más a una Federación de diferentes tendencias que a un partido fuertemente cohesionado. Doctrinalmente, el Partido Socialista no ha logrado asimilar, no ya las doctrinas de Lenin, que ni siquiera las de Marx y Engels. Ha sido un rasgo característico del viejo Partido Socialista Obrero Español, su insuficiencia teórica. Mantiene posiciones equívocas respecto a la definición del carácter de la etapa actual de la revolución española. No ha tomado una posición justa respecto al problema de las nacionalidades y al de la tierra. Se ha colocado de una manera completamente socialdemócrata ante el problema de la guerra, respaldando a la Sociedad de Naciones.

El Partido Comunista de España no es tampoco el Partido bolchevique de nuestra revolución. Sujeto, como sección oficial de la Internacional Comunista, a las fluctuaciones de la política exterior del Estado Soviético, se ve obligado a actuar de acuerdo, no con las necesidades del movimiento revolucionario en nuestro país, sino de conformidad con las conveniencias de la diplomacia soviética, lo que, con frecuencia, está en abierta contradicción. Comienza por faltar, en el Partido Comunista, un régimen de democracia interna. La línea política, la táctica, incluso el propio nombramiento de los comités directivos, son determinados, no por el partido en sus Congresos, sino por órdenes procedentes de Moscú.

No hay más que ver las oscilaciones tácticas seguidas por el Partido Comunista de España (sección española de la Internacional Comunista) desde que se proclamó la República hasta ahora para darse cuenta de su artificialidad. Al proclamarse la República, el 14 de Abril, el Partido Comunista de España, siguiendo, como es natural, instrucciones de arriba, gritaba: “¡Abajo la República!”, “¡Vivan los Soviets!”. Objetivamente, el PC, sin quererlo, se ponía al lado de los monárquicos más empedernidos. Han transcurrido más de cinco años, y la república burguesa está completamente desprestigiada. Su nombre ha sido manchado por torrentes de sangre proletaria y por los negocios más fraudulentos y escandalosos. Y es en ese momento, cuando la clase trabajadora, después de la experiencia de Octubre, debe ser orientada hacia la toma del Poder, que el Partido Comunista, siguiendo los mandatos de Moscú, da un salto y se coloca a la derecha de la derecha socialista. Para el Partido Comunista, el dilema “fascismo o socialismo”
se ha convertido en breves instantes en este otro: “fascismo o democracia”. Una consigna completamente republicano-burguesa encuentra en el Partido Comunista su más firme apoyo.

En la cuestión del Frente Único, el Partido Comunista de España no ha podido tener una actitud más desgraciada. Fue el Partido que pretendía monopolizar la bandera del Frente Único. Ahora bien, cuando el Frente Único cristalizó prácticamente en forma de Alianza Obrera, esto tuvo lugar al margen del Partido Comunista y con su oposición sistemática y encarnizada. Durante largo tiempo, el PC combatió la Alianza Obrera a la que llegó a calificar oficialmente, incluso, de “Santa Alianza de la Contrarrevolución”. No obstante, unos meses después, ante una corriente irresistible de movimiento hacia la Alianza Obrera, el Partido Comunista rectificó en 24 horas, adhiriéndose a la Alianza Obrera el día 4 de octubre, cuando la batalla ya había empezado.

El Partido Comunista, con esta inestabilidad, hija de su falta absoluta de democracia interna y por su desvío cada vez más acentuado de la política tradicional del bolchevismo, está asimismo muy lejos de ser el partido de la revolución.

El Partido Obrero de Unificación Marxista, resultado de la fusión del Bloque Obrero y Campesino y la Izquierda Comunista, cree que no es posible enfocar las cosas hacia el ingreso de todos los marxistas en un determinado partido ya existente. El problema no es de ingreso o de absorción, sino de unificación marxista revolucionaria. Es un Partido nuevo el que se precisa formar mediante la fusión de los marxistas revolucionarios.

El Partido Obrero cree que la unificación marxista revolucionaria -que nada tiene que ver con un absurdo amontonamiento de tipo laborista- se prepara por medio de una clarificación previa de posiciones. “Antes de unirnos y a fin de unirnos es preciso que nos diferenciemos”, dijo Lenin.

El Partido Obrero opina que las premisas fundamentales para que la unificación marxista revolucionaria sea un hecho son las siguientes:

Primera. La revolución española es una revolución de tipo democrático-socialista. El dilema es: socialismo o fascismo. La clase trabajadora no podrá tomar el Poder pacíficamente, sino por medio de la insurrección armada.

Segunda. Una vez tomado el Poder, establecimiento transitorio de la dictadura del proletariado. Los órganos de Poder presuponen la más amplia y completa democracia obrera. El Partido de la revolución no puede, no debe, ahogar la democracia obrera.

Tercera. Necesidad de la Alianza Obrera local y nacionalmente. La Alianza Obrera debe pasar necesariamente por tres fases: Primera, órgano de Frente Único, llevando a cabo acciones ofensivas y defensivas legales y extralegales; segunda, órgano insurreccional; y tercera, órgano de Poder.

Cuarta. Reconocimiento de los problemas de las nacionalidades. España quedará estructurada en forma de Unión Ibérica de Repúblicas Socialistas.

Quinta. Solución democrática, en su primera fase, del problema de la tierra. La tierra para el que la trabaja.

Sexta. Ante la guerra, transformación de la guerra imperialista en guerra civil. Ninguna esperanza en la Sociedad de Naciones, que es el frente único del Imperialismo.

Séptima. El Partido Unificado permanecerá al margen de la II y III Internacionales, fracasadas ambas, luchando por la unidad socialista revolucionaria mundial hecha sobre bases nuevas.

Octava. Defensa de la URSS pero no favoreciendo su política de pactos con los estados capitalistas, sino por medio de la acción revolucionaria internacional de la clase trabajadora. Derecho de criticar la política de los dirigentes de la URSS que pueda ser contraproducente para la marcha de la revolución mundial.

Novena. Régimen permanente de centralismo democrático en el Partido Unificado.

Ya existe un partido -el Partido Obrero- que defiende con entusiasmo la tesis justa de la unidad. Esto constituye, no hay duda, un factor importante. Lo que precisa ahora es ganar a este punto de vista a los sectores realmente marxistas de los partidos socialista y comunista para que ambos, conquistados a la idea de un sólo partido socialista revolucionario, se pronuncien por un Congreso de unificación marxista revolucionario. 


14. El frente único: la Alianza Obrera

Las dos organizaciones que fusionadas han constituido el Partido Obrero de Unificación Marxista -el Bloque Obrero y Campesino y la Izquierda Comunista- han tenido una participación directa, y en algunos casos decisiva, en la formación de las Alianzas Obreras.

Para el Partido Obrero, la Alianza Obrera -unidad de acción- es, sin ningún género de dudas, en la historia de nuestro movimiento obrero, un acontecimiento trascendental. Por medio de la Alianza Obrera, el movimiento obrero concentra sus fuerzas sin necesidad de destruir la independencia y características de sus organizaciones tradicionales.

La Alianza Obrera viene a desempeñar en nuestro país, basándose en las condiciones del movimiento obrero, el papel que en la revolución rusa representaron los soviets: órganos de frente único, primero, insurreccionales luego, e instrumentos de Poder, después. Cuando la clase trabajadora conquiste el Poder, el Estado burgués actual deberá ser reemplazado por algo nuevo que está precisamente en germen en la Alianza Obrera. Son, pues, tres las fases que se han de dar en el proceso evolutivo, estrechamente ligado al de la revolución, de la Alianza Obrera: frente único ofensivo y defensivo, insurreccional y de Poder.

La Alianza Obrera ya no es una simple hipótesis. Constituye una realidad. Ha pasado por el fuego de una formidable revolución, dando pruebas indiscutibles de su fuerza y capacidad representativa. Las jornadas de Octubre de 1934 fueron la cristalización dinámica de la Alianza Obrera. En primer lugar, la Alianza Obrera, durante el transcurso de los meses que precedieron a Octubre, logró formar, en gran parte, la unidad de acción de las masas trabajadores. Y porque esta unidad se constituyó, fue posible el movimiento insurreccional de Octubre. Los dos focos principales de la acción insurreccional fueron Asturias y Cataluña. En Asturias, en donde la Alianza Obrera estaba formada por todas las organizaciones, los anarquistas incluso, el movimiento obrero se impuso desde el primer instante. En Cataluña, la Alianza Obrera no era completa, ya que estaban al margen de ella los anarco-sindicalistas. No obstante la decadencia del anarquismo en Cataluña durante los últimos tiempos, no hay duda que su falta en la Alianza
Obrera contribuyó en gran medida a que la insurrección obrera no llegara en Cataluña hasta las últimas consecuencias como en Asturias.

Si la insurrección de Octubre, en general, fue vencida, se debió a que no existía aún un vasto movimiento de Alianza Obrera, Frente Único, en todo el país, ni tampoco un Partido Socialista Revolucionario con fuerza y autoridad para convertirse en el eje real de ese Frente Único.

Es esa constatación la que lleva el Partido Obrero a formular la necesidad perentoria, al lado de la constitución de un Partido Marxista Revolucionario único, de dar a la Alianza Obrera -germen de nuestro soviet- la gran importancia que tiene.

Respecto a la Alianza Obrera, mantienen una actitud equivocada los camaradas socialistas, anarquistas y comunistas oficiales, como vamos a ver.

Los socialistas afirman que la Alianza Obrera sólo puede tener el carácter de instrumento insurreccional. Es decir, le niegan las condiciones de su primera fase -Frente Único- y las de la tercera- órgano de Poder. El hecho de ver la Alianza Obrera, no como un proceso, sino simplemente como algo rígido, estratificado, demuestra que los socialistas que mantienen esta posición no han comprendido todavía el sentido de la revolución proletaria. La Alianza Obrera, como ya hemos dicho, no puede ser instrumento insurreccional si antes no lo ha sido de Frente Único, o sea unidad de acción ofensiva y defensiva. Y un partido
obrero que aspira a la insurrección y no tenga preparado el órgano adecuado de Poder, no hará nunca la insurrección y si la hace, quedará reducida a un golpe de Estado, sin que pueda asentar el Poder conquistado sobre bases sólidas e indestructibles. El Partido no debe ser un órgano de Poder. Es completamente falsa la posición de aquellos socialistas que dicen: “El Poder, para el Partido Socialista”. El Poder no ha de ser para éste o aquel partido, sino para la clase trabajadora, que ha de ejercerlo a través de sus órganos democráticos -soviets, consejos, alianzas obreras.

Partiendo del principio axiomático que socialismo y democracia obrera son inseparables, que no puede haber socialismo sin democracia obrera, ni democracia obrera sin socialismo, el problema de cuales serán los órganos de Poder ha de ser planteado a tiempo. Decía Lenin: “Si la fuerza creadora de las clases revolucionarias no hubiese dado vida a los soviets, la revolución proletaria no tendría ningún porvenir, ya que hubiese sido imposible al proletariado guardar el Poder con el antiguo aparato de Estado y es imposible crear de súbito un nuevo mecanismo gubernamental”. Trasladando a España el sentido de lo que manifestara Lenin, podemos decir que sin Alianzas Obreras constituidas, organizadas, con vida propia, fuertemente arraigadas, la clase trabajadora no conseguirá guardar el Poder, aunque lo tomara por sorpresa. La posición de los socialistas que mantienen una tal actitud con respecto a la Alianza Obrera es, pues, completamente equivocada.

El porvenir de nuestra revolución está ligado al desarrollo de la Alianza Obrera. La situación político-social presente coloca la Alianza Obrera en su primera fase: la de Frente Único de todos los trabajadores.

Contra la Alianza Obrera en esta etapa -sin la cual no pueden existir ni la segunda ni la tercera- se alzan los socialistas y los anarquistas. Si el parecer de los socialistas y de los anarquistas que, en último término coinciden en los resultados finales, prevaleciera, no habría Frente Único y, como consecuencia, la revolución quedaría truncada.

Los anarquistas, en la cuestión de Frente Único (Alianza Obrera), igual que en la de la unidad sindical, no tienen posiciones fijas, no responden a una tesis determinada. En su seno hay ideas contrapuestas. Prueba evidente de que son extremadamente vulnerables. Las masas anarquistas con sentido clasista, tanto como las que siguen a los socialistas, son materia prima revolucionaria de un valor formidable. Y esas masas si ven el movimiento de unidad no como una maniobra, sino como una marcha hacia la acción revolucionaria, irán a la unidad, como los anarco-sindicalistas de Asturias que se enrolaron en la Alianza Obrera.

La Alianza Obrera ha de existir, ganando a las masas socialistas y a los anarquistas a la concepción de su necesidad, imprescindible. La Alianza Obrera ha de ensancharse. Toda, absolutamente toda la clase trabajadora ha de formar parte de las Alianzas Obreras. Y, además, el funcionamiento de las Alianzas Obreras ha de democratizarse, dejando de ser, progresivamente, una superorganización formada desde arriba para afirmarse sobre la gran cantera de las masas trabajadoras actuando democráticamente. De una manera gradual, las Alianzas Obreras han de transformarse adoptando las características de los soviets en la Revolución rusa.

Es errónea, por otra parte, la posición de aquellos –pues existen- que llevan su entusiasmo por la Alianza Obrera hasta tal punto que llegan a olvidar, incluso, o subvalorizar, el papel del Partido Obrero Revolucionario. Un Frente Único obrero, por amplio que sea, si no tiene un eje central que lo mueva, y este no puede ser otro que el Partido Socialista Revolucionario, es una herramienta mellada. La Alianza Obrera, en sus tres etapas de Frente Único, instrumento insurreccional y órgano de Poder, requiere, indispensablemente, la presencia del Partido Obrero Marxista Revolucionario en sus funciones de orientador, de guía, de vanguardia. Sin Partido dotado de una teoría revolucionaria, la Alianza Obrera pudiera convertirse en un pedestal para que se formara un Frente Popular republicano-obrero-reformista, como propugna ahora el Partido Comunista de España.

El Partido Comunista oficial, aún cuando ahora afirma ser partidario de la Alianza Obrera, trata, de hecho, de sustituirla por el Frente Popular. La política de Frente Popular que la Internacional Comunista lleva actualmente a cabo en muchos países, y entre ellos, el nuestro, constituye la ruptura completa con tradiciones del marxismo.

El Frente Popular, tal como lo propaga la IC, es el contacto orgánico permanente del movimiento obrero y la burguesía liberal. Esta nueva táctica de la IC entraña tantos peligros, sino más todavía, que el propio sectarismo llevado a cabo durante el llamado “tercer período”, que consistió en una guerra irreconciliable contra la socialdemocracia. Por medio del Frente Popular se pierden totalmente las diferencias de clase y se asesta, por lo tanto, un golpe a la lucha de clases, que es la piedra angular del marxismo.

Si la política del “social-fascismo” condujo al triunfo fascista, la política del Frente Popular lleva directamente a la guerra. En Francia, que es donde el Frente Popular está en pleno apogeo, se ha podido ver cómo el Partido Comunista ha liquidado totalmente su actuación antimilitarista, ha votado los créditos de guerra y constituye uno de los más fuertes defensores de la “unión sagrada”.

Si la guerra entre Francia y Alemania estalla, los comunistas franceses, en virtud de la política del Frente Popular, serán los entrenadores en el seno de la masa trabajadora en favor de la lucha armada y en defensa del imperialismo alemán [sic: debe querer decir ‘francés’].

En España, la actuación del Partido Comunista oficial conduce a posiciones parecidas. Los gobiernos burgueses de izquierda encuentran el más firme apoyo de los comunistas estalinianos. Prácticamente esta política de sostén conduce a frenar la acción de las masas en marcha hacia la revolución socialista. La burguesía tiene hoy un aliado de un valor enorme: es el Partido Comunista con su defensa a ultranza del Frente Popular.

La experiencia de los resultados del Frente Popular ya ha sido vivida en nuestro país. El Partido Socialista, en 1931-1933, practicó la política del Frente Popular, cuya segunda edición propaga ahora con entusiasmo el Partido Comunista. La colaboración republicano-socialista condujo al triunfo de la contrarrevolución, en noviembre-diciembre de 1933. Las conclusiones serían ahora más catastróficas aún si la posición de los comunistas oficiales, más radical-socialista que comunista, prevaleciera.

Esta interpretación nuestra del Frente Popular no está en contradicción, como pudiera aparentemente suponerse, con el hecho de que el POUM firmara el documento que sirvió de base para las elecciones generales del 16 de febrero de 1936. Se trataba entonces de un simple pacto de carácter electoral teniendo como finalidad principal la Amnistía. El POUM desarrolló entonces su propaganda con completa independencia, señalando que al pacto establecido no podía dársele otra interpretación que el de un compromiso pura y exclusivamente electoral.

El P0UM -como ya se ha indicado más arriba- no rechaza los contactos y alianzas con la pequeña burguesía, pero estos pactos y alianzas han de ser siempre para cuestiones concretas y circunstanciales. Lo otro es el Frente Popular, inadmisible para todo marxista revolucionario.


15. La cuestión sindical

En España ha existido desde los mismos comienzos del movimiento obrero organizado una división de la clase trabajadora. Un sector, dirigido por el Partido Socialista, se agrupó sindicalmente formando la Unión General de Trabajadores, de tendencia generalmente reformista. Otro sector, influenciado por el anarquismo, después de una larga serie de tanteos orgánicos, acabó por constituir la Confederación Nacional del Trabajo. CNT y UGT, la organización sindical anarcosindicalista y la socialista, han ejercido de hecho el monopolio de la organización sindical de la clase trabajadora en nuestro país.

Esta división ha sido funesta para el movimiento obrero. Una de las causas de la relativa estabilidad del capitalismo en España hay que achacarla a esta escisión histórica de nuestro movimiento obrero. La burguesía ha encontrado un terreno propicio mientras la clase trabajadora partida en dos trozos se combatía incesantemente.

La consigna sindical del Partido Obrero de Unificación Marxista, en éste como en los demás aspectos del problema obrero, es bien categórica: unificación. No hay lugar para dos centrales sindicales. Una clase. Un frente. Una sola central sindical.

Sin embargo, mientras que en Francia, por ejemplo, el problema de la unificación sindical ha sido más fácil de resolver que el del Partido Único, no es el mismo caso en España. Aquí la unidad sindical tendrá lugar probablemente más tarde que la unidad política marxista. La pugna entre anarquistas y socialdemócratas es muy profunda para que sea posible ganar a la idea de unidad sindical a ambos contendientes. La división se prolonga desde hace más de medio siglo y no es, en realidad, cosa fácil superarla en breve tiempo.

De todos modos, la unidad sindical es necesaria y puesto que es necesaria, tendrá que hacerse. Los marxistas debemos plantearnos de este modo tan trascendental problema.

Ahora bien, ¿cómo llegar a la unidad sindical?

Los socialistas mantienen también en este dominio actitudes que nosotros juzgamos equivocadas. Unos dicen: “unidad dentro de la Unión General de Trabajadores”, o no atreviéndose a plantear la cuestión de la unidad propugnan otros: “Ingreso en la UGT de todos los sindicatos autónomos, y unidad de acción entre UGT y la CNT”.

Ambas posiciones, mantenidas por unos u otros socialistas, son falsas. Idénticas en el fondo, ocultan el deseo de mantener constantemente la escisión obrera. Los anarquistas -y su fuerza sindical es importante-, no ingresarán jamás en la UGT. El solo hecho de plantearlo da como resultado inmediato la vigorización de la posición anarquista.

Los anarquistas se han desarrollado y han crecido en fuerza en tanto que oposición a la política reformista de los socialistas. En ese momento de la historia, los anarquistas tenían una gran parte de razón, mucha más, no hay duda, que los socialistas. Si el Partido Socialista no es ahora capaz de rectificar su pasado -y la piedra de toque de esta rectificación la constituye el arduo problema de la unidad-, el anarquismo lejos de desaparecer puede seguir vegetando con más o menos fuerza, pero siendo bastante fuerte para mantener la división de la clase trabajadora.

El Partido Obrero planteándose, pues el problema de la unidad en éste, como en los demás dominios, se cree en el deber de no limitarse a una simple propaganda de la unidad sindical, sino que trabaja prácticamente en dicho sentido. A tal efecto, el POUM, aunque partido peninsular, opina, basándose en el estudio de la realidad, que la clave para levantar el edificio de la unidad sindical en España se encuentra en Cataluña, que es donde la organización sindical está más disgregada.

La pulverización del movimiento sindical existente en Cataluña no tiene límites. La Confederación Nacional del Trabajo, que antes ejerció la supremacía absoluta, ha visto cómo sus fuerzas iban disminuyendo hasta pasar a una posición indiscutiblemente minoritaria. La gran masa obrera de Cataluña, está, como consecuencia del fracaso de la CNT dirigida por los anarquistas de la FAI, desorganizada. Pero la parte organizada existente se encuentra agrupada así: 1º)  Sindicatos influenciados por el Partido Obrero, seguramente el sector más importante. 2º) Sindicatos de Oposición en la CNT (treintistas). 3º) Confederación Regional del Trabajo de Cataluña (CNT). 4º) Unión General de Trabajadores (Federación Catalana). 5º) Sindicatos influenciados por la Unión Socialista de Cataluña, y 6º) Sindicatos Autónomos.

Pues bien, se trata de constituir la Unidad Sindical de los trabajadores de Cataluña. Esta Unidad Sindical, precisamente por considerarse como transitoria, en espera de la unificación sindical definitiva en todo el país, se mantendrá al margen de la Confederación Nacional del Trabajo y de la Unión General de Trabajadores, luchando por su unidad, por la formación de una Central Única.

La importancia que este paso pueda tener para el desarrollo ulterior del movimiento unitario es incalculable. El hecho de que la clase trabajadora de Cataluña, que ha sido hasta hace poco la base principal de la Confederación Nacional del Trabajo, levante en alto la bandera de la Unión Sindical tendrá en toda España una extraordinaria repercusión. La formación de la Alianza Obrera en Cataluña determinó como continuación inmediata su extensión a todo el país. En la cuestión de la Unidad Sindical ocurrirá lo mismo.

Lo interesante en este aspecto, como en los demás, es salir de la abstracción y partir de un punto concreto. Lo concreto en este caso, el punto de partida, es empezar la Unidad Sindical en Cataluña. Lo demás vendrá como consecuencia. Es a esa tarea que en el orden sindical se consagra el Partido Obrero de Unificación Marxista, firmemente persuadido de que es el camino más corto para llegar a la plena realización de la Unidad Sindical en toda España, logrado lo cual la Unidad Sindical de los trabajadores de Cataluña pasará automáticamente a ser la Federación Catalana de la Central Única constituida.


16. El problema de la tierra

Partiendo del principio que nuestra revolución es democrático-socialista, la posición verdaderamente marxista, adoptada por el Partido Obrero, no puede ser otra que la aplicación, en esta primera etapa revolucionaria, de la consigna clásica: la tierra para el que la trabaja.

Nuestra revolución es democrático-socialista, es decir burguesa y socialista a la vez. Ahora bien, hay aspectos burgueses, democráticos, de la revolución que lejos de estar en contradicción con los objetivos socialistas, concuerdan. El hecho de que los campesinos españoles tomen la tierra es un acto revolucionario de gran trascendencia ya que ayuda a destruir el Poder de los residuos feudales estrechamente unidos a la gran burguesía.

El proceso de esta revolución es doble: mientras que, por un lado, los campesinos zaparán con su acción la fortaleza feudal-burguesa, el proletariado, por el otro lado, comenzará a nacionalizar la gran industria: mina, transportes, banca, etc., es decir, iniciará el aspecto socialista de la revolución. La revolución burguesa en los campos y la revolución socialista en las ciudades coincidirán.

Ha sido tradicionalmente falsa la actitud de la socialdemocracia con respecto al problema de la tierra. La socialdemocracia ha pretendido que no podía conciliar la revolución burguesa en el campo y la revolución socialista efectuada por el proletariado. Ha mantenido una posición aparentemente extremista ante el problema de la tierra, que ha servido, prácticamente, al proponer objetivos irrealizables de una manera inmediata, para encubrir su carencia absoluta de espíritu revolucionario.

En países como el nuestro en donde el desarrollo industrial es primario y el campo ocupa en la economía un lugar importantísimo, la revolución -revolución democrático-socialista- no podrá triunfar sin la estrecha colaboración de las fuerzas progresivas y el proletariado. Una de esas fuerzas progresivas, la principal, la constituyen precisamente los campesinos en marcha hacia la revolución agraria. El proletariado ha de ponerse, pues, al frente del movimiento campesino cuyo objetivo es la conquista de la tierra, destruyendo todos los privilegios feudales y semifeudales que están en vigor todavía.

Es evidente que esta grandiosa transformación agraria no puede hacerla la burguesía, como ha sido demostrado de una manera palpable en nuestro propio país. La burguesía industrial está ligada por una tupida red de intereses con los residuos del feudalismo, que constituyen la capa social de los grandes terratenientes. La Reforma Agraria dictada por las Constituyentes, no fue, en último término, más que un hábil expediente para frenar la revolución que estaba madurando en el campo.

El problema no es de reforma, sino de revolución.

La clase trabajadora, al tomar el Poder, entregará a los campesinos la tierra en usufructo. Es decir, tendrán la tierra en posesión, no en propiedad, ya que la tierra será nacionalizada, teniendo un propietario único: el Estado obrero. El campesino dispondrá de toda la tierra que necesite para poder vivir, pues tierra es lo que sobra en España, pero no podrá ni venderla ni arrendarla.

El Estado obrero pondrá a disposición de los campesinos aquellos factores auxiliares indispensables para ellos, pero que, bajo el régimen capitalista, están monopolizados: transportes, abonos, crédito, máquinas, dirección técnica, etc.

El Estado obrero organizará por su cuenta directa o ayudará a la creación cooperativa de grandes granjas colectivas con la consiguiente industrialización progresiva de la agricultura, ensayos que serán el comienzo de la segunda fase revolucionaria en el campo, la de la socialización.

Mientras que la clase trabajadora lucha por la toma del Poder, los campesinos han de ser ganados a nuestra concepción democrático-socialista del proceso revolucionario, comprendiendo no sólo a los explotados directos sino asimismo a los arrendatarios, aparceros, pequeños propietarios, con objeto de crear un vasto movimiento campesino que vea su sola liberación posible en el triunfo de la clase trabajadora.


17. El problema nacional

La socialdemocracia no ha dado nunca al problema de las nacionalidades la interpretación revolucionaria debida.

Si en el primero de esos aspectos, ha sacrificado la revolución a la frase, en el segundo, si bien teóricamente se ha visto obligada a reconocer el derecho de los pueblos a su independencia, en el dominio práctico ha sido incapaz de salir de los límites del nacionalismo burgués.

La revolución proletaria -y el ejemplo nos lo ha dado la revolución rusa- triunfará en tanto que revolución democrático-socialista, hemos dicho. En el estado actual de la historia, no puede haber ya revoluciones exclusivamente democráticas, ni en cierta medida, revoluciones exclusivamente socialistas. La revolución ha de ser democrático-socialista, en su primera etapa.

Pues bien, las tres fuerzas motrices de esa revolución las constituyen: el proletariado, el campesino que quiere conquistar la tierra y el movimiento de liberación nacional. Si esas tres fuerzas convergen y se encuentran, el proletariado se convierte en el eje central del movimiento revolucionario. Sin la unidad de esos tres frentes de lucha, la revolución democrático-socialista no puede triunfar, sobre todo en un país como el nuestro en donde el aspecto democrático de la revolución es tan pronunciado.

Esos movimientos de emancipación nacional tienen un contenido democrático que el proletariado ha de sostener sin reservas. Una clase que combate encarnizadamente todas las formas de opresión no se puede mostrar indiferente delante de la opresión nacional. Los movimientos de emancipación nacional constituyen un factor revolucionario de primer orden que la clase trabajadora no puede dejar de lado.

El proletariado sólo puede tener una actitud: sostener activamente el derecho indiscutible de los pueblos a disponer libremente de sus destinos y a constituirse en Estado independiente, si esta es su voluntad.

Sosteniendo este derecho, el proletariado no se identifica con la burguesía nacional, que quiere subordinar los intereses de la clase a los intereses nacionales y, en los momentos decisivos, se pone al lado de las clases dominantes de la nación opresora con objeto de aplastar los movimientos populares. El proletariado, campeón decidido de las reivindicaciones democráticas, ha de desplazar a la burguesía y a los partidos pequeño-burgueses de la dirección de las movimientos nacionales que traicionan, y llevar la lucha por la emancipación de las nacionalidades hasta las últimas consecuencias.

La lucha por el derecho de los pueblos a la independencia no presupone, sin embargo, la disgregación de los obreros de las diversas nacionalidades que componen el Estado, sino, por el contrario, su unión más estrecha, que es la única garantía del triunfo.

El reconocimiento del derecho indiscutible de los pueblos a disponer de sus destinos, de un lado, y la lucha común de los obreros de todas las naciones del Estado, del otro lado, constituyen la premisa indispensable de la futura Confederación de pueblos libres.

Los movimientos de emancipación nacional pasan por tres fases. En la primera, es la burguesía reaccionaria quien los monopoliza, haciendo de lo que tiene un sentido progresivo y justo, una fortaleza al servicio de la contrarrevolución. Es lo que sucedió en nuestro país durante el siglo pasado cuando el carlismo se apoyó sobre el deseo autonomista latente, y durante una parte del siglo actual en Cataluña y Vasconia, principalmente, en donde las fuerzas conservadoras han hecho suyo el problema autonomista con objeto de utilizarlo como ganzúa para favorecer sus intereses económicos y para impedir un desarrollo revolucionario.

La segunda etapa está caracterizada por el paso del problema nacional a manos de la pequeña burguesía, que es lo que se da actualmente entre nosotros, y de un modo particular en Cataluña. Durante esta fase la pequeña burguesía -Esquerra en Cataluña- hace una gran demagogia prometiendo la solución completa del problema nacional. Pero tan pronto como la pequeña burguesía constata que la profundización de la revolución democrática, en éste como en los demás dominios en el de la tierra especialmente, aproxima la revolución socialista, hace marcha atrás precipitadamente, llegando a la más vergonzosa capitulación, como ocurrió en Cataluña, primero aceptando un Estatuto que dejaba sin solución fundamental el problema planteado, y segundo, entregándose al enemigo -Octubre de 1934- cuando vio que la defensa de la cuestión nacional pasaba a manos de la clase trabajadora.

La tercera fase es aquella en que el proletariado hace suyo el problema nacional y le aporta, revolucionariamente, la solución debida. Esta etapa se ha iniciado ya en nuestro país. El problema nacional empieza a ser considerado por el proletariado como un factor revolucionario.

El Partido Obrero de Unificación Marxista trabajará por el desplazamiento de la pequeña burguesía del frente del movimiento nacional con objeto de que sea el propio proletariado quien lo dirija y solucione, llegando a la estructuración de la Unión Ibérica de Repúblicas Socialistas.


18. Ante la situación internacional y la guerra

Las condiciones internas del capitalismo hacen que las crisis se repitan con un ritmo cada vez más acelerado y violento. La aparición de nuevos centros industriales, los movimientos revolucionarios en las colonias y la rápida industrialización de la URSS de un lado, y el desenvolvimiento del capitalismo desde el punto de vista técnico y de organización (trusts, cartels, monopolios, racionalización), del otro lado, impiden la aplicación de medios normales para la solución de la crisis, y en primer término la extensión del mercado mundial.

La crisis mundial actual no tiene nada que ver con las crisis periódicas anteriores, de las cuales se distingue no solamente por la amplitud, la gravedad y la prolongación, sino por el hecho de que señala el punto culminante del desenvolvimiento capitalista. Lo que está en crisis es el régimen capitalista mismo que ha entrado en contradicción con los intereses vitales de la sociedad. A medida que el capitalismo se desarrolla técnicamente más baja es la capacidad adquisitiva de las masas. El ejército de los sin trabajo aumenta en todas partes en proporciones aterradoras. A un aumento constante de producción, y por lo tanto de la riqueza, corresponde el empobrecimiento progresivo de las masas.

Para salir de esta situación, la clase capitalista arroja por la borda las formas parlamentarias y democráticas, impotentes para ahogar las explosiones que resultan de las contradicciones internas del régimen y recurre a las formas dictatoriales fascistas.

Una terrible crisis que somete a las masas populares a una miseria sin precedentes, el peligro mundial del fascismo, la perspectiva de un nuevo ciclo de guerras que amenaza destruir toda civilización humana: he ahí el espectáculo que ofrece el mundo como consecuencia de la bancarrota del régimen capitalista.

O la revolución proletaria destruye este régimen totalmente y emprende la transformación socialista de la sociedad, o el mundo caerá en la barbarie.

La crisis mundial del capitalismo plantea el deber de romper radicalmente con la política reformista y de poner en el orden del día de la lucha revolucionaria por la conquista del Poder y la instauración transitoria de la dictadura del proletariado, único camino que puede conducir a la transformación de la sociedad capitalista en sociedad socialista.

La doctrina de la conquista pacífica del Poder por la aplicación de los métodos parlamentarios y democráticos es una ilusión peligrosa que priva a la clase trabajadora de sus medios de defensa.

La revolución proletaria es, por esencia, una revolución internacional. El proletariado no puede edificar una sociedad socialista completa, esto es una sociedad sin clases, si no es sobre la base de la división internacional del trabajo y la colaboración internacional. Sin embargo, esto no quiere decir que hay que esperar pasivamente en cada país a que estalle una revolución de carácter internacional; al contrario, la clase obrera de cada país ha de hacer tender todos sus esfuerzos a la conquista del Poder, y reafirmar su dictadura nacional por medio del comienzo de la edificación socialista, que tiene que ser forzosamente incompleta y contradictoria mientras el proletariado no haya conquistado el Poder, al menos, en unos cuantos países capitalistas importantes. La clase obrera victoriosa en un país ha de consagrar a la vez todas sus fuerzas a la expansión de la revolución socialista a los otros países.

Sobre la base capitalista, no es posible la solución práctica de los conflictos entre los diversos grupos imperialistas, entre el imperialismo y la URSS, ni entre el imperialismo y los movimientos de emancipación nacional.

De la misma manera que el capitalismo no puede resolver orgánicamente las contradicciones del sistema y evitar las crisis y sus consecuencias, las tentativas de la Sociedad de Naciones, las Conferencias del Desarme y los Pactos serán infructuosos para liquidar las amenazas de guerra. Estas tentativas internacionales conducen a un nuevo reagrupamiento de las potencias imperialistas, a un refuerzo de los rearmes y a nuevos conflictos.

La única arma eficaz contra la guerra es la revolución proletaria. El proletariado no ha de dejarse seducir, pues, por las ilusiones pacifistas, sino que debe prepararse sin perder un momento, si no puede evitar previamente la guerra por su victoria sobre la burguesía, para la transformación de la guerra imperialista en guerra social, es decir, contra la propia burguesía.

La posición que adopte ante la guerra un determinado Partido Obrero, constituye la piedra de toque para medir la consistencia real de sus principios. La socialdemocracia galardonea en todas partes de un internacionalismo teórico, pero a la hora de contrastar la solidez de sus posiciones capitula colocándose decididamente al lado de la burguesía nacional, como hizo en 1914, o poniéndose al lado de un determinado imperialismo, como ha demostrado al surgir el conflicto italo-abisinio, o mejor dicho italo-británico.

El capitalismo conduce a la guerra. Es su razón de ser. Mientras haya régimen capitalista, la guerra es inevitable. Hay que colocarse, pues, ante el problema de la guerra, no de una manera pacifista, como hace la pequeña burguesía sentimental, sino partiendo del supuesto que se está en presencia de un fenómeno histórico ineludible. La clase trabajadora debe luchar contra la guerra, oponerse a la guerra, pero si la guerra estalla, entonces hay que tratar de sacar de ella consecuencias revolucionarias, transformándola en guerra civil.

La guerra puede adoptar los siguientes aspectos: primero, conflicto bélico entre dos países o dos grupos de países imperialistas rivales, como ocurrió en 1914. Segundo, guerra entre un país imperialista y un pueblo atrasado que defiende su independencia, guerra colonial la mayor parte de las veces. Tercero, guerra entre un país imperialista o un grupo de potencias imperialistas y la URSS. Cuarto, guerra entre dos países imperialistas o grupos imperialistas, uno de los cuales mantiene una alianza militar con la URSS. La posición a adoptar en cada uno de dichos casos es la siguiente:

En el primero, el proletariado si no ha podido impedir la guerra con su acción revolucionaria, debe ir a la guerra transformándose en derrotista. Esto es, suponiendo un conflicto entre Francia y Alemania, por ejemplo, los obreros franceses han de preparar la derrota de la burguesía francesa y los trabajadores alemanes la derrota de la burguesía alemana. El derrotismo es la primera parte de la transformación de la guerra imperialista en guerra civil. La derrota determinada por la acción revolucionaria puede conducir a la insurrección victoriosa de la clase trabajadora.

En el segundo caso, las simpatías del movimiento obrero y su ayuda efectiva han de dirigirse hacia el pueblo atrasado, agredido por una potencia imperialista. El imperialismo intentará cubrir sus propósitos hablando de “civilización”, de “sacar al país agredido de su atraso secular”, etc. Todo esto no tiene ningún valor. El capitalismo entiende por “civilización” robar, asesinar, explotar. El derecho de los pueblos a disponer de sus destinos ha de colocarse por encima de todo. Ahora bien, esta posición a adoptar no ha de significar en manera alguna que el proletariado se identifique con el régimen existente en el país atrasado que es objeto de una agresión imperialista. Al mismo tiempo que defiende su independencia, dicho país atrasado ha de hacer su revolución democrática, lo que permitirá identificar plenamente el sentir general del pueblo con la causa de la independencia, con lo cual la fuerza de resistencia será infinitamente mayor como se vio en las guerras de la Revolución francesa. En el caso del conflicto italo-abisinio, por ejemplo, hay que trabajar por la derrota del imperialismo fascista, ayudando a Abisinia, pero sin identificarse con el régimen feudal del Negus, los ras y la Iglesia copta. La revolución democrática en Abisinia reforzaría la lucha por la independencia. El Negus, los ras y el clero copto defienden sus privilegios más que la independencia de su pueblo que no está representado por esas taifas feudales, sino por los millones de campesinos explotados moral y materialmente por el feudalismo de los ras y la Iglesia.

En el tercer caso, la clase trabajadora de todos los países ha de colocarse, naturalmente, al lado de la URSS, en contra del imperialismo agresor.

En el cuarto caso, si un país aliado militarmente con la URSS es agredido por una potencia imperialista, la posición no difiere en nada del primer caso. Hay que ser derrotista asimismo y transformar la guerra imperialista en guerra civil.

Se pretende hacer por parte de la socialdemocracia y de la Internacional Comunista un mito de la lucha de los países democráticos contra el fascismo. Esto es tan falso como la categoría establecida en 1914: “la lucha del Derecho y la Libertad contra la barbarie y la fuerza”.

Supongamos una guerra entre Alemania y Francia, países imperialistas ambos, con ventaja superior para el segundo, con la diferencia circunstancial, sin embargo, que Alemania padece un régimen fascista y Francia se encuentra en régimen pseudo-democrático. El deber del proletariado francés, no consiste, como quieren la socialdemocracia y la IC, en hacer la “unión sagrada” desde la Acción Francesa y las Cruces de Fuego hasta los comunistas y socialistas, en defensa de la “patria amenazada”, sino que ha de llevar a cabo, igualmente, la consigna de transformar la guerra imperialista en guerra civil. Si el proletariado francés derrota a la burguesía y toma el Poder, la revolución triunfante en Francia será la ofensiva más implacable que pueda llevarse contra el fascismo hitleriano. Las masas trabajadoras alemanas, encadenadas por el fascismo, despertarán y empezarán a sacudir su yugo. La guerra de 1914 la terminó la Revolución rusa. El triunfo del bolchevismo produjo la descomposición del ejército kaiserista y el movimiento revolucionario de Alemania. En un nuevo período de la historia, Hitler no será vencido militarmente, sino revolucionariamente. Así, pues, debe desecharse en absoluto la política del Frente Popular llevado a la guerra, y debe acentuarse más y más la posición clasista y el derrotismo revolucionario.

Adoptar el “defensismo revolucionario” que preconizan la Internacional Comunista y la socialdemocracia sería tanto como entregar a la clase trabajadora atada de pies y manos al militarismo imperialista.


19. El POUM y la Internacional

El movimiento obrero es internacionalista. Esto es un principio básico del marxismo al que, como es natural, se atiene el Partido Obrero.

Actualmente, existen dos Internacionales: la Internacional Obrera Socialista y la Internacional Comunista.

La primera es la continuación exacta de la Internacional que, en agosto de 1914, capituló vergonzosamente entregando las masas trabajadoras de todo el mundo a la carnicería imperialista. Terminada la guerra, los mismos jefes socialistas que la hicieron posible reconstruyeron la Internacional (Ginebra, 1919, y Hamburgo, 1923) que siguió en lo sucesivo una política completamente reformista, de colaboración de clases. Las dos secciones más importantes de la II Internacional, en esta segunda etapa, fueron el partido socialdemocrático alemán y el partido socialista austriaco. Ambos partidos que gracias a la revolución de 1918-1919 tuvieron el Poder en las manos, procedieron de tal modo, su política general fue de tal manera anti-marxista, anti-proletaria, que el fascismo ha podido triunfar con relativa facilidad en aquellos países.

De hecho, sobre todo después de la catástrofe austro-alemana de 1933 y 1934, la II Internacional no es nada más que un cadáver insepulto que emponzoña la atmósfera obrera mundial.

El Partido Obrero de Unificación Marxista está resueltamente contra la II Internacional.

Como reacción saludable contra la II Internacional, en marzo de 1919, fue fundada, inspirada por Lenin, la III Internacional o Internacional Comunista.

La Internacional Comunista ha pasado por tres etapas: primera, desde su fundación hasta 1924. Segunda, desde 1924 hasta 1935. Y la tercera, que es la actual, se inició en 1935.

Durante la primera fase, el período glorioso y heroico de la Internacional Comunista, la III Internacional, llevó a cabo una labor revolucionaria en todos los países, construyó los Partidos Comunistas, fue el guía revolucionario mundial del proletariado, alentó la lucha de los pueblos oprimidos en busca de su liberación. Los cuatro primeros Congresos de la IC fueron un modelo de política marxista revolucionaria. En la IC y sus secciones existía una saludable democracia interior. El Partido Comunista ruso era una sección de la IC, pero no la IC.

La desaparición de Lenin y el cambio de ruta de la Internacional Comunista, coinciden. En 1924, se inicia un nuevo curso en la III Internacional. Desaparece la democracia interna. La dirección burocrática se impone. La sección rusa se convierte en hegemónica. Las demás secciones nacionales quedan completamente subordinadas, colonizadas, podríamos decir. La política de la IC es unas veces ‘putschista’ (Estonia, Bulgaria, Cantón), otras veces completamente oportunistas. La línea consecuente del marxismo revolucionario de los primeros tiempos ha sido quebrada. Se va de un extremo al otro de una manera empírica, abandonando del todo los fundamentos esenciales del marxismo.

Ese falso rumbo que tiene como consecuencia más sobresaliente determinar el fracaso de la revolución china, se agudiza más aún desde 1928 con la llamada política de “clase contra clase” y del “socialfascismo”. La Internacional Comunista, dominada ya de una manera absoluta por la sección rusa, deja de ser una Internacional para convertirse progresivamente en un instrumento del Estado Soviético. Durante el período que media entre 1928 y 1933, la Internacional Comunista, ya su voz de mando, sus secciones nacionales completamente subyugadas, dejan de lado el peligro fascista inminente sosteniendo la tesis que para destruir el fascismo precisa previamente acabar con la socialdemocracia. Esta actitud sectaria, antimarxista, contribuye al triunfo de Hitler en Alemania. La IC es tan responsable, sino más que la II Internacional, de la catástrofe experimentada por la clase trabajadora alemana y con ella la de todo el mundo.

Después de que la IC ayudó con su torpe política, junto con la de la socialdemocracia -cada uno por un procedimiento diferente, pero finalmente convergentes-, a la victoria hitleriana, determinando en Alemania la formación de un régimen antisoviético, centro de concentración de los enemigos de la URSS, la IC fue variando de táctica, culminando este cambio en el VII Congreso celebrado en agosto de 1935.

El VII Congreso representa la liquidación absoluta de la Internacional Comunista en tanto que Internacional y en tanto que movimiento comunista. Toda perspectiva socialista queda anulada. En lo sucesivo, el dilema no es fascismo o socialismo, sino fascismo o democracia. Es decir, que en el momento histórico en que el capitalismo vive una crisis jamás igualada, la clase trabajadora ha de reivindicar el renacimiento de una forma de dominio capitalista ya sobrepasada: la democracia burguesa.

La III Internacional, después de haber ahogado el movimiento revolucionario, ha perdido la fe en el proletariado mundial y, ahora, busca apoyo más que en la clase trabajadora, en aquellos sectores capitalistas que por una u otra circunstancia están contra los que son adversarios de la URSS. La política de Frente Popular, cuya cristalización más importante ha tenido lugar en Francia, constituye la deificación de la colaboración de clases y del millerandismo que siempre han sido considerados como opuestos a los principios del marxismo.

La III Internacional prácticamente ha dejado de existir en tanto que organización revolucionaria del proletariado. Hoy la política de Moscú está más a la derecha que la de la propia socialdemocracia.

Por eso el POUM está al margen de la III Internacional, se siente identificado con el espíritu que presidió sus cuatro primeros Congresos, y combate la funesta política actual de la IC que concuerda con la del oportunismo reformista y que, de triunfar, destruiría toda perspectiva revolucionaria para largo tiempo. s.


20. El POUM y la URSS

La Revolución rusa es una de las grandes conquistas históricas del proletariado. En la URSS el capitalismo ha sido abatido, y la clase trabajadora ha iniciado la marcha hacia el socialismo. En este sentido pues, el POUM es un ardiente defensor de la Revolución rusa. Ahora bien, esta simpatía que todo trabajador revolucionario ha de tener por el hecho ruso, no significa que cuanto sucede en la URSS ha de ser recibido con admiración beata. El marxismo es examen y crítica constantes. Los admiradores profesionales de la URSS son tan perjudiciales para la causa revolucionaria como sus detractores sistemáticos. Lenin, con razón -porque era marxista- señaló oportunamente (La Revolución proletaria) la necesidad de hacer la critica de la obra de la revolución. Dijo: “Estaremos profundamente agradecidos a todo marxista de Occidente que después de haberse informado debidamente haga la crítica de nuestra política, ya que de ese modo nos prestará un gran servicio a nosotros y a la revolución en marcha en todo el mundo”.

Este principio fundamental del marxismo ha querido desconocerlo la dirección actual de la URSS y de la IC, ahogando el derecho y el deber de examen y de crítica. De este modo, el socialismo se transforma en una especie de secta religiosa que sólo tiene una misión, que es la de obedecer ciegamente y tener fe.

Los verdaderos marxistas no pueden, en manera alguna, hipotecar su libertad de pensamiento.

Llevando a cabo esa crítica objetiva prestamos un gran servicio a la Revolución rusa y a la causa de la revolución mundial.

Cada proletariado explotado tiene el deber de defender la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, en donde la gloriosa revolución de Octubre de 1917 creó las premisas de la primera experiencia de la dictadura del proletariado, fundada en la abolición de la propiedad privada de los medios de producción y cambio. La lucha contra la URSS continúa siendo uno de los objetivos fundamentales de la reacción imperialista mundial.

La defensa más eficaz de la URSS, no la constituyen ni los Pactos ni los Tratados, sino la lucha revolucionaria por el hundimiento de la burguesía de los demás países.

El POUM considera, pues, como un deber ineludible la defensa de la primera República obrera triunfante, reservándose, sin embargo, el derecho de criticar objetivamente las posiciones de la dirección de la URSS que pueda creer equivocadas para la propia URSS y para los intereses del movimiento revolucionario mundial.


21. Estructuración orgánica del POUM

El Partido Obrero de Unificación Marxista se basa en el principio más absoluto de la democracia interna, rigiéndose por las normas del centralismo democrático. Quiere decir que los organismos directivos, elegidos democráticamente, tienen plena autoridad para aplicar la política acordada en las asambleas regulares del Partido.

La autoridad suprema del Partido Obrero la constituye su Congreso, quien discute la actuación pasada y señala las normas que el Partido ha de seguir en lo futuro. Las decisiones del Congreso son soberanas.

El Congreso elige el Comité Central y el Secretario General. El Comité Central, compuesto de 41 miembros elige los seis camaradas que junto con el Secretario General, forman el Comité Ejecutivo.

El Congreso se reúne regularmente una vez cada año. El Comité Central, cada tres meses. El Comité Ejecutivo regularmente, una vez a la semana, y extraordinariamente siempre que sea preciso. El Comité Ejecutivo es responsable ante el Comité Central y ante el Congreso. El Comité Central lo es ante el Congreso.

La estructuración orgánica del Partido es celular, local, comarcal, regional y nacional.

La política general del Partido es determinada por el Congreso. El Comité Central señala las modalidades de interpretación. El Comité Ejecutivo lleva a la práctica las decisiones del Congreso y del Comité Central. Los Comités locales, comarcales y regionales tienen siempre un carácter técnico de aplicación de las decisiones señaladas por el Comité Ejecutivo.

La cotización por afiliado al Comité Ejecutivo, es de 0’50 pesetas mensualmente. La cotización es obligatoria. Los miembros en paro forzoso están exentos de cotizar.

Los miembros del Partido no pueden formar parte de ninguna otra organización política.

Dentro del Partido, no está tolerada ninguna fracción.

Cada miembro del Partido ha de formar parte necesariamente de un Sindicato en el que trabajará con arreglo a las normas del Partido.

Hasta que se abra el período de discusión, dos meses, por lo menos, antes de cada Congreso, los militantes del Partido tienen la obligación de seguir sin discusión alguna las decisiones de los Comités directivos correspondientes. Antes de cada Congreso se inicia, con la publicación de un Boletín interior, el período de discusión durante el cual cada militante, en el marco de su organización, tiene plena libertad de discutir la actuación pasada de los Comités, la línea política empleada en los diferentes aspectos y el curso que conviene seguir. En este Boletín se publican las resoluciones de las células para el conocimiento general del Partido con objeto de que les sirva de guía para el Congreso.

La celebración del Congreso da fin al período de discusión. Una vez que el Congreso haya tomado acuerdos, los que hubiesen quedado en minoría están obligados a acatar las decisiones del Congreso y no podrán hacer estado público ante el Partido de sus diferencias hasta que se inicie el nuevo período de discusión con vistas al Congreso siguiente.

Pueden ser expulsados del Partido aquellos que hagan una labor contraría al mismo y se manifiesten en contra de las decisiones del Congreso y de su aplicación por los Comités superiores. Las expulsiones de carácter político no pueden hacerlas, sin embargo, los Comités locales. Estos pueden sugerirlas al Comité Ejecutivo quien a su vez, previo informe, las propondrá al Comité Central ya que sólo este organismo o el Congreso pueden llevar a cabo expulsiones de carácter político. Los Comités Locales están facultados, no obstante, para suspender en sus funciones hasta decisión superior a aquellos miembros cuya conducta o actuación sea considerada como perniciosa.

Todo miembro del Partido está obligado a formar parte de la organización de ayuda a los presos: Socorro Rojo del POUM.

Asimismo es obligación suya leer y propagar la prensa del Partido: LA BATALLA, órgano central, FRONT, portavoz del Partido en Cataluña, LA NUEVA ERA, revista teórica mensual, y aquellos otros periódicos que pudieran publicarse además.

Periódicamente el Comité Ejecutivo publica un Boletín interior destinado a los Comités del Partido. 


22. Final

¡A todos los trabajadores!

He ahí expuesto, con la máxima concisión posible, qué es y qué quiere el Partido Obrero de Unificación Marxista.

Después de la experiencia de la República y de la revolución de Octubre, la clase trabajadora ha de ir a la toma violenta del poder. De lo contrario, será el fascismo quien triunfará. Fascismo o socialismo: he ahí el dilema inexorable.

Para que el proletariado tome el poder precisa un gran partido marxista revolucionario. Pero para la formación de este partido marxista revolucionario, la unidad ideológica ha de preceder a la unidad orgánica.

El POUM no comparte los puntos de vista de aquellos sectores que creen que lo que se precisa es hacer un partido de gran volumen, sin tener en cuenta su completa unidad ideológica.

El POUM cree que el partido de la revolución ha de estar caracterizado por una completa unidad de pensamiento y de acción. Es en este sentido que entiende la unificación marxista.

Los trabajadores que hayan leído este folleto llegarán en su mayoría -estamos persuadidos de ello- a la conclusión de que el POUM está acertado en sus posiciones. Pues si tienen ese convencimiento, su deber es acudir a las filas del POUM para luchar por el triunfo de la revolución socialista.

El POUM es hoy una esperanza para el movimiento revolucionario de la clase trabajadora española. Encarna una rectificación fundamental y el comienzo de la formación del partido bolchevique que la revolución necesita.


23. Para leer más

V. Alba (dir.): La revolución española en la práctica. Documentos del POUM (Gijón, 1977).
P. Broué: La revolución española (En lucha, Barcelona, 2006).
A. Durgan: B.O.C. 1930-1936. El Bloque Obrero y Campesino (Barcelona, 1996).
A. Durgan: Trotsky, el POUM y la revolución española (En lucha, Barcelona, 2008).
A. Nin: La Revolución Española (Barcelona, 2008).
P. Pagès: El movimiento trotskista en España (1930-1935) (Barcelona, 1978).
P. Pagès: Andreu Nin. Una vida al servei de la classe obrera (Barcelona, 2009).
W. Solano: Biografía breve de Andreu Nin (Madrid, 2006).
W. Solano: El POUM en la historia (Madrid, 1999).
R. Tosstorff: El POUM en la revolució espanyola (Barcelona, 2009).


Notas

  1. Pagès, P. (1977): El movimiento trotskista en España (1930-1935), Ediciones Peninsular, Barcelona; Durgan, A. (1996): B.O.C. 1930-1936. El Bloque Obrero y Campesino, Laertes, Barcelona.
  2. Entre varios artículos antitrotskistas destacaron unos de Jordi Arquer: “Contra los epígonos de Trotsky”, La Batalla 9.7.31, 16.7.31, 23.7.3, 20.8.31.
  3. ibíd 27.9.34.
  4. Maurín, prólogo a Morera, E. (1932), La burguesía en el poder, Barcelona p.3; La Batalla 22.12.32.
  5. Comunismo, abril de 1932; La Antorcha 30.6.34.
  6. La posición leninista del BOC sobre la cuestión nacional se manifiesta claramente en la elogiosa crítica de Maurín al libro de Nin, Els moviments d’emancipació nacional, en La Batalla 12.7.35.
  7. Para el cambio de posición de la ICE sobre la cuestión vasca, véase, Arenillas J.L. y J.M. (1981), Sobre la Cuestión Nacional en Euskadi, Fontamara, Barcelona pp.47?59.
  8. Maurín, J. (1932) El Bloque Obrero y Campesino, Barcelona pp.16-17; J. Maurín, “Necesidad de la unificación nacional e internacional del movimiento comunista” La Batalla 29.12.32, 12.1.33, 9.2.33. Maurín, (1966) p.108.
  9. Para una lista de artículos de Trotsky en la prensa del BOC véase: Durgan (1996) p387 n129.
  10. La Batalla 3.8.33; 1.5.34; L’Hora 29.4.34.
  11. La Batalla 14.4.32.
  12. La Batalla 14.4.32.
  13. Pagès, (1977) pp.70-94.
  14. Comunismo, septiembre de 1934.
  15. Cartas de Maurín a Víctor Alba 27.2.72. y a Pierre Broué 18.5.72.
  16. L’Hora 26.1.35 La posición de la ICE sobre el tipo de partido que hacia falta construir se puede consultar en un serie de artículos, más probablemente escritos por Nin, en la prensa clandestina del grupo trotskista en Catalunya, véanse: “Cal un partit revolucionari del proletariat” L’Estrella Roja 1.12.34; “Unitat i partit revolucionari” ibíd 22.12.34; “Partit únic o partit revolucionari?”, ibíd 18.1.35; “Cap al partit únic revolucionari” ibíd 16.2.35.
  17. Pagès (1977) pp.277?281.
  18. Boletín Interior de la ICE 1.8.35; Carta de Maurín a Pierre Broué, 18.5.72.
  19. L’Hora 26.1.35; Boletín del Bloque Obrero y Campesino (FCI) enero 1935.
  20. Acción 18.6.35.
  21. La Batalla 12.7.35.
  22. Carta de Maurín a Víctor Alba, 27.2.72.
  23. Maurín (1966) p.114, 222-223.
  24. Boletín Interior de la ICE 21.7.35.
  25. Nin, “Un pacto de unificación firme y sincero”, La Batalla 19.7.35.
  26. Acción 7.9.35.; La Batalla 9.8.35.; POUM Comitè Executiu 10.12.35., A propòsit d’un manifest faccional, Barcelona p.2; Entrevista con Wilebaldo Solano, 4.7.86.
  27. I. Iglesias, “La fundación del POUM”, Fundació Andreu Nin, (1989); Acotaciones para la Historia del P.O.U.M., Barcelona.
  28. Boletín del Partido Obrero de Unificación Marxista, octubre de 1935; Durgan (1996) pp569-572.
  29. W. Solano, “Comentarios críticos a la “unificación” de las Juventudes Socialistas y Comunistas” La Batalla 1.5.36. Para una lista de los artículos de los dirigentes de la FJS en la prensa bloquista véanse Durgan (1996) p394 n185.
  30. Juventudes Socialistas de España, (1935) Octubre: Segunda Etapa, Madrid.
  31. La polémica Maurín?Carrillo, Barcelona 1937.
  32. Front 17.4.36.
  33. Carta de Maurín a Pierre Broué 18.5.72.
  34. Acta del Comité Central del POUM 5/6.1.36. pp5-6; J. Maurín (1936), “Prologo” a K. Marx, Crítica del programa de Gotha, Barcelona p.29.
  35. La Batalla 10.4.36.
  36. Ibíd 22.5.36; J.L. Arenillas, “¿Por el Frente Popular o por la revolución socialista?”, ibíd 1.5.36.
  37. Maurín (1966) p. 3; Cartas de Maurín a Joan Rocabert, octubre de 1971 y a Francesc Gelada, 10.12.72.
  38. A. Nin, “El congreso de la International Comunista y los socialistas de izquierda. Una incongruencia” ibíd 30.8.35; W. Solano, “Después del VII Congreso de la IC ¿Adonde van los jóvenes socialistas?” ibíd 13.9.35.
  39. Ibíd 3.4.36.
  40. Ibíd 27.3.36; 10.4.36; 17.4.36; 5.6.36; 17.7.36; Juventud Comunista Ibérica (1937), La juventud obrera asturiana en las luchas revolucionarios, Barcelona p.24.
  41. A. Nin, “El sentit d’una fusió” Front 7.12.35; La Batalla 10.7.36.
  42. Graham, H. (2002) The Spanish Republic at War 1936-1939, Cambridge University Press. p240.
  43. La Batalla 29.5.36.
  44. Ibíd 17.4.36; 3.7.36; 22.5.36; Justícia Social, Octubre 17.7.36.
  45. La Batalla 10.4.36; 17.4.36.
  46. Ibíd 10.4.36.
  47. Ibíd 8.5.36; 22.5.36; 12.6.36.
  48. Trotsky, L. (1977) La revolución española. Vol. I 1930-1936, Editorial Fontanella, Barcelona pp330-354.
  49. J. Maurín, “¿Revolución democráticoburguesa o revolución democráticosocialista?”, La Nueva Era, mayo de 1936.
  50. Un relato de los artículos de Trotsky publicados en la prensa del POUM antes de la guerra civil se encuentra en Durgan (1996) p495, n116.
  51. Maurín, “Yo no soy trotskista, pero…”, La Batalla 1.5.36.
  52. Ibíd 17.4.36
  53. Boletín Interior del POUM 15.1.37.
  54. Durgan (1996) pp537-546, 556-560; Pagès (1977) pp.70?94.
  55. La Batalla 11.10.35.
  56. POUM (1935), A propòsit…, Barcelona p.10.
  57. La Batalla 26.6.36.
  58. Durgan (1996) pp547-555.
  1. Escrito por Joaquín Maurín; editado en marzo de 1936. Hemos mantenido el vocabulario de la época para ser fieles al texto original.
  2. El “congreso de unidad”, debido a la situación de clandestinidad en que todavía se encontraban los dos partidos, no pasó de ser mucho más que una reunión entre los dirigentes de ambos, celebrada en Barcelona el 29 de septiembre en la calle Montserrat de Casanovas 24, el domicilio de Francesc de Cabo y Carlota Durán, militantes de la ICE. Nin, Narcís Molins y Fàbrega e Ignacio Iglesias, de Asturias, representaron a la ICE, mientras que el BOC estuvo representado por Maurín, Jordi Arquer, Pere Bonet, Josep Coll y Josep Rovira.
  3. “Unión sagrada”: coalición nacional en Francia durante la Primera Guerra Mundial de todos los partidos políticos, incluyendo los socialistas; el Partido Comunista en el periodo frentepopulista aceptó una nueva versión de la unión sagrada cuando declaró que defendería a Francia contra Alemania.
  4. El POUM fue muy optimista sobre esta cuestión, la realidad era otra, ver: A. Durgan, “Sindicalismo y marxismo en Cataluña 1931-1936. Hacia la fundación de la Federación Obrera de Unidad Sindical”, Historia Social, núm.8, Valencia, otoño 1990.
  5. Mussolini invadió Abisinia (Etiopia) en 1935; los ras eran aristócratas.
  6. La revolución china 1925-27.

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