Agenda anticapitalista

Siria: ni Assad ni imperialismo

02/03/2012

Mientras el número de víctimas mortales en Siria, fruto de la represión ejercida por el régimen de Bashar al Assad, se incrementa cada día, las tensiones diplomáticas se agudizan. En medio de tanta muerte y destrucción, tomar una postura clara al respecto no parece tan fácil como en los casos de las revoluciones en Egipto o Túnez. Por Ana Villaverde.

Hay quienes ven en el régimen sirio, y su alianza con el régimen iraní, un frente antiimperialista. Argumentan que las revueltas populares en Siria son fruto de una estrategia de occidente, así como de las monarquías aliadas de Arabia Saudí y Qatar, para acabar con la resistencia antiimperialista en Oriente Medio.

Pero estas teorías conspirativas obvian dos cuestiones clave que explican el levantamiento del pueblo sirio.

En primer lugar, éste se ha producido en un contexto marcado por la emergencia de revoluciones a lo largo y ancho del mundo árabe, en las que la confianza se ha ido contagiando de unos pueblos a otros rápidamente, llegando a derrocar a dictadores que llevaban décadas oprimiéndolos.

En segundo lugar, la oposición y resistencia al régimen de Bashar al Assad no es nueva y empezó a gestarse varios años atrás. Bashar sucedió en el poder a su padre, Hafez, en el año 2000 e inició un proceso de apertura económica hacia el libre mercado. Las reformas iniciadas se complementaron con medidas como la liberación de presos políticos o la introducción de Internet, que contribuyeron a extender la ilusión de que las cosas estaban cambiando en lo que se conoció como la primavera de Damasco. Al mismo tiempo que se aprobaban las privatizaciones y se introducían políticas neoliberales, miembros de la oposición empezaron a reclamar reformas democráticas. Pero éstas nunca llegaron y pronto volvieron las detenciones de activistas. Las ilusiones frustradas dieron lugar a las primeras manifestaciones, que no tardaron en extenderse a la vez que lo hacía la represión por parte del régimen.

Haciendo frontera con Irak, Jordania, el Estado israelí, el Líbano y Turquía, es innegable que Siria es un país de gran importancia geoestratégica para los intereses imperialistas. Pero afirmar que las revueltas son únicamente una estrategia del gobierno de EEUU para acabar con un incómodo régimen y por ello, negar el apoyo a las y los manifestantes sirios en base a un supuesto antiimperialismo de Assad, es equivocarse de aliados.

Es cierto que el clan Assad ejerce un gobierno que ahora parece chocar con los intereses de Estados Unidos y la OTAN en Oriente Medio, pero éste tampoco ha tenido ningún inconveniente en cambiar de bando cuando le ha interesado. Hafez al Assad ocupó militarmente el Líbano en 1976, con el beneplácito de EEUU, y apoyó el ataque estadounidense contra Irak en 1991. Aunque su hijo, Bashar, se opuso a la guerra de Irak de 2003, después ha colaborado con Estados Unidos en su ‘guerra contra el terrorismo’, deteniendo y torturando a islamistas.

Es verdad que Assad brinda su apoyo a organizaciones como Hezbolá o Hamas, pero se trata de un apoyo condicionado a sus intereses para negociar una posible recuperación de los Altos del Golán —que le fueron arrebatados por el Estado israelí en 1967— y no a una solidaridad real con sus causas. De hecho, ante la masacre que está ejerciendo sobre su propio pueblo, Hamas ya le ha negado su apoyo a Assad. Y paradójicamente, ante la coyuntura actual, Israel prefiere apoyar al dictador, ya que teme que un futuro gobierno democrático pueda suponer un apoyo más sólido y activo para los palestinos, así como oponerse a la ocupación de los Altos del Golán sin posibilidades de negociación.

Por otro lado, la alianza del régimen sirio con el iraní tampoco supone ningún frente antiimperialista. Como todas las dictaduras capitalistas, los regímenes de Assad o Ahmadineyad responden a los intereses económicos de sectores de las clases dirigentes de sus respectivos países; son éstos los que les sirven de guía para forjar alianzas en la política internacional. Aunque choquen con los intereses de Estados Unidos, ambos regímenes mantienen alianzas con Rusia y China, que también son potencias imperialistas con intereses en la región.

En este contexto, para Estados Unidos, tener un aliado más estable e incondicional que Assad en Siria sería lo más deseable. Pero como dice el refrán, mejor ‘malo conocido’.

Aunque el pueblo sirio es multiconfesional —condición que el régimen está tratando de aprovechar para alimentar las divisiones sectarias y perpetuarse en el poder— lo cierto es que más allá de las diferencias religiosas, las masas pobres que componen las bases de la oposición comparten su rechazo explícito hacia el imperialismo. El derrocamiento de Assad por un movimiento desde abajo en Siria y, por lo tanto, que escapase a su control, sería mucho peor para los intereses de EEUU en la región que el propio Assad.

Además, lo que está ocurriendo en Siria hay que entenderlo en el marco de un proceso que va más allá de las fronteras del país y que tiene su origen en las revoluciones del norte de África, las cuales sin duda ejercen una influencia importante entre el pueblo sirio movilizado. El hecho de que pueda repetirse un escenario parecido al de Egipto, donde la población sigue en las calles continuando una revolución que se nos vendía como culminada, les da mucho más miedo que un dictador con el que, según las circunstancias, pueden negociar. De ahí la urgencia por acelerar el proceso antes de que los sirios y sirias sean capaces de autoorganizarse y tratar de controlarlo, sea por los medios que sea.

La hipocresía internacional

Como sucede siempre que se trata de cuestiones de política internacional, la hipocresía es la tónica general de las declaraciones públicas de los dirigentes occidentales. Ante el veto de los gobiernos de Rusia y China a la resolución de la ONU —que implicaba sanciones a Siria, y abría el camino a una futura intervención armada— no han sido pocos los que han manifestado estar escandalizados por la falta de sensibilidad de ambos gobiernos con el sufrimiento del pueblo sirio. Parece que se han olvidado de los innumerables vetos ejercidos, de manera igualmente cínica, por EEUU a favor del Estado israelí.

Más allá de la pantomima, lo que sucede es que Siria es crucial en el juego de intereses imperialistas, un juego en el que no caben sensibilidades, sino únicamente intereses económicos. Para China, que es un importante socio comercial de Siria, es necesario mantener un escenario de estabilidad que le permita mantener sus negocios. Además, teme que una intervención en Siria pueda ser el preludio de un posible ataque a Irán, su principal proveedor de petróleo. Para Rusia, Siria es actualmente su único aliado en Oriente Medio y sus enclaves portuarios en la región son esenciales para permitirle el acceso al Mediterráneo oriental.

En este escenario, para Estados Unidos y sus aliados de la OTAN, el control sobre Siria reforzaría su poder en toda la región y les permitiría contener y debilitar al régimen iraní. Por otro lado, las revoluciones en otros países árabes, especialmente la de Egipto, han supuesto un duro golpe para la estabilidad de alianzas en la que se manejaban Estados Unidos e Israel, lo que hace más urgente intentar resolver el conflicto en Siria de manera favorable a sus intereses. Igual que han intentado hacer en Libia, con una intervención militar, EEUU intentaría hacer girar a su favor la ola de cambio democrático.

Apoyar una intervención en Siria, en definitiva, significaría ser cómplice de los intereses del imperialismo estadounidense y tampoco supondría evitar más muertes. Como ha demostrado la historia en innumerables ocasiones, las intervenciones disfrazadas de intenciones humanitarias nunca traen una solución, y lejos de traer la paz, a menudo acaban recrudeciendo la violencia. Sólo hay que recordar el caso de Afganistán, donde parece que los 10 años de ocupación occidental terminarán exactamente donde empezaron, con los talibanes en el poder.

En el caso de Siria, además de ocasionar más víctimas civiles por los llamados ‘daños colaterales’, la intervención extranjera podría servir para acusar a la oposición de colaboracionismo con las fuerzas extranjeras, así como servir de excusa para un incremento de la represión por parte del régimen y llegar a ocasionar una guerra civil sangrienta.

Desde una postura democrática y de izquierdas, lo más coherente es posicionarse del lado de la población siria que se está manifestando en las calles, la cual, además, constituye una amenaza para el imperialismo mucho más efectiva que ningún dictador sujeto a posibles chantajes. Todos los pueblos tienen el derecho a ser los dueños de su propio destino, sin dictadores que decidan por ellos ni injerencias extranjeras basadas en intereses que nada tienen que ver con la paz y la democracia.

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