Agenda anticapitalista

Pugnar y avanzar: El papel del estado en el cambio social

31/03/2014

Íñigo Errejón (*)

Venezuela es uno de los ejemplos de cambio social y poder popular impulsado por el estado.

Venezuela es uno de los ejemplos de cambio social y poder popular impulsado por el estado.

Este texto es la respuesta de Íñigo Érrejon ha una serie de preguntas que le hicimos por email y que debido a su interés decidimos convertir en este artículo.

Debate | Las maquinarias institucionales pueden ayudar a reconstruir bloques populares.

No hay “afueras” del estado y el mercado. No existe un edénico espacio de lo social, virgen e inmaculado, desde el que construir las alternativas. Esto no significa que no haya trabajo “desde lo social”, pero éste no es distinto del político y por supuesto negocia e interactúa, aunque en lo micro, con los mismos poderes y fuerzas mercantiles e institucionales. Por eso hay que tener cuidado con el enamoramiento de lo micro como depósito de virtudes.

El neoliberalismo, por otra parte, se ha desplegado destruyendo el tejido social y comunitario, los valores y las memorias colectivas, y atomizando y fragmentando las poblaciones. En esas condiciones, a menudo el estado es lo más “público” que hay, las únicas instancias donde la violencia de los de arriba está sometida (o podría estarlo) a reglas siquiera sea formales. Por estado, es claro, entiendo no sólo las administraciones públicas, sino el conjunto de dispositivos y esferas que cohesionan un orden dado y su equilibrio de fuerzas más o menos congelado, el sentido instituido y aseguran la reproducción social. Estado en sentido “ampliado” a la cultura, la sociedad civil, etc.

Si no hay “afueras” toca asumir que la política mancha y nadie asegura certezas, puesto que estamos en el terreno de lo contingente, de lo cambiante. En los procesos latinoamericanos el estado ha sido el principal espacio –y máquina, pues es las dos cosas– de recreación e impulso de vínculo social cooperativo. Es verdad que hay experiencias pequeñas, muy queridas por los militantes, de espacios comunitarios que han necesitado poca o nula presencia estatal. Pero por desgracia no han sido los mayores, y los grandes avances en derechos sociales o mejora de las condiciones de vida de las clases subalternas se han hecho empleando (y fortaleciendo) instituciones estatales. Diría, en una lógica de subsidiariedad, que “tanto estado como haga falta y tanta autogestión como sea posible”, pero de nuevo este no es un problema ideológico que se resuelva optando: el problema de la eficacia, de la duración en el tiempo, de la producción, de la transparencia, de la rendición de cuentas… son problemas institucionales que afectan a los dispositivos estatales tradicionales o a los de “nuevo tipo”, muy difíciles de encontrar y que luego no se diferencian tanto.

Institucionalidad y vida cotidiana

La pregunta central es cómo construir institucionalidad que convierta los nuevos poderes en vida cotidiana, porque la gente no es heroica toda la vida y tras las jornadas gloriosas suele preferir irse a casa, y hay que encontrar formas de cuadrar democracia con eficacia. Esto por lo que respecta a los procesos latinoamericanos con gobiernos populares. En nuestro contexto, las maquinarias políticas e institucionales pueden nítidamente ayudar a reagruparse y reconstruir bloques populares. Uno puede desechar la idea del estado –como máquina, porque como campo de lucha es más complejo– cuando haya construido instituciones al menos igual de eficaces que aseguren las conquistas de las que la gente ya goza. Si no es muy difícil que nadie te haga caso.

Y eso, si se hace, es en los intersticios de la regulación estatal hoy existente: negociando, pugnando, avanzando y retrocediendo en función del empuje popular y la capacidad de los adversarios. Claro que el problema es “transformar el estado”, pero eso no se hace publicándolo en el BOE ni pintándolo en las paredes, sino produciendo los cuadros, los marcos institucionales y las estructuras que lo cambien en la vida concreta, que lo hagan girar de maquinaria de despojo a maquinaria de distribución y garantías. Pero el componente de violencia no parece que vaya a desaparecer mañana, puesto que se deriva de la posibilidad de conflicto y este no deriva sólo de la lucha de clases.

Sin fin de la historia y la política, que es por otra parte una utopía reaccionaria, cuesta imaginarse el fin de las estructuras que conviertan en obligatorias las decisiones colectivas, que expropien parte de las capacidades sociales y regulen e incluso castiguen. Eso se puede llamar estado o de otra forma, pero creo que hablamos de lo mismo.

(*) Doctor e investigador en Ciencia Política en la UCM y miembro de la Fundación CEPS.

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