Agenda anticapitalista

No a la intervención militar en Libia

01/04/2011

Por David Karvala. Las magníficas revoluciones de Túnez y Egipto, a pesar de la represión y los centenares de muertos que sufrieron, demostraron que otro mundo realmente es posible.

En Libia, un movimiento bastante parecido al tunecino o egipcio fue recibido ya no con palos y balas en la calle, sino con un ataque militar en toda regla. Era evidente que Gadafi no quería sufrir el mismo destino que Ben Ali y Mubarak.

Como éstos, Gadafi se mantenía en el poder gracias a la represión, sin que ésta le impidiese ser amigo de Occidente. ¿Por qué, entonces, ahora atacan a Gadafi?

Nos dicen que es por motivos humanitarios: un argumento que ha convencido a muchas personas que normalmente se oponen a las guerras.

Pero el humanitarismo no se extiende a Yemen, Bahrein u otros países en los que han muerto decenas, incluso centenares de manifestantes. Varios participantes en la “operación humanitaria” de Libia tienen tropas en Bahrein… para reprimir al movimiento opositor. Tampoco se extiende, por supuesto, a Irak y Afganistán, bajo ocupación militar, o al noroeste de Pakistán, que sufre bombardeos con aviones no tripulados de la OTAN casi a diario. Y sobre todo, Israel sigue matando a palestinos sin que occidente haga nada para pararlo.

Ante esta hipocresía, algunos en la izquierda concluyen que Gadafi debe ser “de los nuestros”. Hablan de los avances sociales conseguidos en Libia, olvidando que el país vivía bajo una brutal dictadura. También se olvidan de que Gadafi era un aliado fiel de occidente. Superadas las viejas disputas, hace tiempo que los dirigentes occidentales lo recibían con todos los honores, y le vendían armas de todo tipo… incluyendo las que ahora utiliza contra su pueblo. A cambio, Gadafi les vendía petróleo, y los protegía de dos ‘peligros’: el islamismo y la inmigración del sur. Gadafi también tenía buenas relaciones con Israel. Tel Aviv correspondió ayudándole a reclutar combatientes en el África subsahariana.

Gadafi no es ni mejor ni peor que los otros dictadores de la región, y se merece caer igual que ellos.

Pero occidente no interviene para defender la democracia, sino para proteger sus propios intereses.

Igual que con Ben Ali y Mubarak, sólo se volvió contra Gadafi cuando parecía que a éste le quedaban pocos días en el poder. Pero el dictador sobrevivió, mediante la represión violenta a la oposición, dejándoles sin influencia en Libia. Mientras tanto, la oposición, desesperada ante los ataques gadafistas, recurrió a occidente que, según algunos informes, les exigió promesas de respetar los tratados y contratos firmados por Gadafi a cambio de su apoyo.

Es decir que occidente no tenía ningún problema ético con el dictador libio; sólo optó por un cambio cuando no le quedó otra opción.

Además, tras los desastres de las ocupaciones de Afganistán e Irak, la intervención permite a EEUU y a sus aliados cultivar la imagen de un “Occidente 2.0: nuevo, democrático y humanitario”. En realidad, la “zona de exclusión aérea” no es un simple escudo para proteger a civiles, sino que implica bombardear las ciudades controladas por Gadafi. Y, por supuesto, las fuerzas militares que bombardean Trípoli son las mismas que bombardearon Irak.

Sin embargo, la confusión reinante entre mucha gente de la izquierda que ha respaldado la intervención demuestra que la jugada les ha salido bastante bien.

Además, y quizá más importante, si logran implantar en Libia un gobierno estable prooccidental, tendrán un aliado ubicado justo entre Egipto y Túnez, que podría actuar de freno ante los dos procesos revolucionarios más profundos del momento.

Debemos solidarizarnos con el pueblo libio y su lucha por la democracia, pero Occidente no es ningún amigo de esta lucha. En Oriente Medio, igual que en la UE, nuestros dirigentes sólo defienden los intereses de la minoría, a costa del sufrimiento de la mayoría.

Los avances democráticos no vendrán gracias a los bombardeos, sino sólo mediante la lucha popular. Esto lo hemos visto claramente en los ejemplos de Afganistán e Irak, por un lado, y Túnez y Egipto por otro.

A estas alturas, la solución para Libia no será fácil, pero no pasa por convertir el país en otra colonia occidental.

La alternativa es la revolución. Un avance de la revolución en cualquier otro país de la región podría ofrecer la salida al callejón en el que se encuentra la revolución libia.

La izquierda y los movimientos sociales de la UE también tenemos un papel.

Debemos oponernos a la intervención occidental en Libia, insistiendo en el “No a la guerra”. Debemos seguir apoyando las revoluciones en el mundo árabe, rechazando a todos los dictadores. Y por encima de todo, debemos luchar por la justicia social y la democracia real allí donde vivimos nosotros.

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