Agenda anticapitalista

Más austeridad, más crisis

03/01/2012

Frente a una crisis cada vez más profunda las políticas de austeridad de los gobiernos se están mostrando inútiles. Analizamos por qué se dan estas políticas, a quién benefician y qué alternativas tenemos. Por Isaac Salinas.

La clase dirigente de la UE ha apostado claramente por las políticas de austeridad sobre la mayoría de la población desde el inicio de la crisis, en 2007. Esperaban que la recesión iniciada con la crisis inmobiliaria y financiera no fuera más que una crisis cíclica, como las que se produjeron en los años 80, en los 90 o a principios de este siglo, y que bastaría con aplicar algunas reformas para salir del atolladero y devolver el PIB a la senda anterior de crecimiento. En su búsqueda a tientas de una salida a la crisis nos imponen la reducción de salarios y del gasto público, la flexibilización del mercado laboral, la imposición de condiciones más duras sobre las pensiones y la privatización de todo lo público bajo el pretexto de aumentar la productividad del trabajo y mejorar la competitividad —en el Estado español, la productividad ha aumentado durante el último trimestre del 2011 un 1% mientras los salarios han disminuido un 0,3%; este abaratamiento de los costes laborales de un 1,3% es el mayor de los países del euro.

A estas alturas de la crisis de la economía mundial, ya nadie pone en duda que se trata de una crisis estructural del capitalismo, más profunda que la de los años 70 y comparable a la de los años 30, y que no será tan fácil dejarla atrás. A inicios de este 2012, y tras más de cuatro años desde el estallido de la crisis, hemos podido comprobar cómo las medidas de austeridad aplicadas no sirven más que para debilitar más la economía y profundizar la crisis.

Grecia es una de las versiones más extremas de esta tendencia. Tras la aplicación de varios paquetes de austeridad, la economía griega está más cerca que nunca del colapso, debido principalmente a problemas de liquidez. Durante este 2012 se estima que el PIB griego caerá un 3%. El FMI y el BCE están imponiendo sobre el pueblo heleno duras condiciones como precio por la “ayuda” financiera que ha permitido a Atenas seguir pagando sus facturas. Ahora, incluso el FMI aboga por suavizar estas condiciones en vista de que no están sirviendo más que para hundir al país más aún en la recesión económica. Desde el inicio de la crisis, la economía griega se ha contraído un 15%, al mismo tiempo que, paradójicamente (o no), ha sufrido pérdidas de más de 60.000 millones de euros en fraude fiscal. Muchas trabajadoras del sector público han perdido la mitad de su sueldo. La sanidad pública está prácticamente desmantelada. En este 2012, una de cada cinco personas griegas no tendrán trabajo, etc. No es de extrañar que, ante esta situación social desesperada, aumente el índice de suicidios.

En el Estado español, el paro se acerca ya al 25% de la población activa, y entre las personas jóvenes alcanza ya el 48%. El nuevo gobierno del PP, siguiendo la senda de Castilla la Mancha, Catalunya o Madrid, tiene preparado ya todo un paquete de recortes que afectará a los salarios y los empleos de la administración, a los servicios públicos, a las ayudas y subvenciones, etc. Estos recortes, que supondrán un ahorro de 16.500 millones de euros este año, corresponden a un déficit del 6% en diciembre. Pero si es del 7%, lo cual es bastante probable, los recortes deberán ascender hasta los 30.000 millones de euros o más. Todo un indicador de lo que se nos viene encima con la derecha en el Gobierno central y en algunos autonómicos, como Catalunya. Artur Mas, presidente de la Generalitat, anuncia un nuevo recorte de 1.000 millones de euros que afectará a los sueldos del sector público e introducirá el copago en sanidad. Si el PP apoya esta última medida, la extensión del copago al resto del Estado será pronto un hecho.

Ya vemos: austeridad por todas partes. Pero si es un hecho contrastado que las políticas de austeridad no sirven más que para agravar y alargar la crisis, ¿cómo se entiende que sigan siendo la opción preferida por la clase dirigente? La respuesta es inequívoca: porque mediante estas políticas es la clase trabajadora quien paga la crisis. Los intereses del capital no solo hunden a la clase trabajadora en la miseria, sino que desestabilizan al sistema en su totalidad.

Neoliberalismo

A consecuencia de la crisis, el capitalismo ha perdido legitimidad como modelo económico. Aún así, los elementos fundamentales de la política neoliberal permanecen todavía intactos. Hasta la fecha, la crisis de la economía mundial no solo no ha llevado a una superación del neoliberalismo como doctrina económica hegemónica, sino que éste se consolida y muestra su rostro más duro, en forma de recortes sociales y aumento del paro —no sin contestación, como han demostrado las luchas a nivel internacional en el año que justo dejamos atrás.

Recordemos que las grandes crisis del capitalismo se resolvieron tras una reorganización del sistema que dio lugar a nuevos modelos de capitalismo y eliminó las restricciones a la reanudación de la acumulación de capital a escala mundial. La primera gran crisis, a finales del siglo XIX, se superó por medio de la exportación de capital y la expansión imperialista. A su vez, la crisis de los años 30 fue superada a través de diferentes variantes de keynesianismo tanto en los países del centro como de la periferia, lo que comportó una cierta redistribución de la riqueza, la expansión del sector público y una regulación estatal del mercado. A día de hoy, no parece haber aún una alternativa económica global a la vista.

2012: ¿Recesión?

Por otra parte, en este año que acaba de comenzar nos enfrentamos al riesgo de volver a entrar en una crisis bancaria. La masiva intervención estatal entre 2008 y 2010 para salvar al sector bancario y estimular la demanda comportó la explosión de la deuda pública. De esa forma, la crisis financiera se convirtió en crisis de la deuda soberana. Dado que los bancos son los principales poseedores de deuda pública, nos encontramos ahora de nuevo a las puertas de una nueva crisis financiera, que deberá ser resuelta con recursos públicos, aumentando de nuevo la deuda. Todo un círculo vicioso alimentado por la trampa de “los mercados”, que nos sitúan ante una situación insostenible: las agencias de calificación ponen nota a la deuda soberana de cada estado y determinan así el interés que paga cada uno por su deuda. Cuanto más baja sea la nota, más debe un estado, menos crece y menos fiable es, por lo que le volverán a bajarle la nota. ¿Quiénes pierden en este juego perverso? Las de siempre: la clase trabajadora. Con el pretexto de reducir la deuda pública, se imponen duros ajustes del gasto público que corren a cuenta de las prestaciones sociales, de las que son más dependientes las que menos tienen.

No ayudan en este sentido las presiones de la clase dirigente —mención especial merece la de Alemania, la que más está presionando en ese sentido— por imponer mayores políticas de austeridad, que conducen a una caída del crecimiento y de los ingresos y, por lo tanto, hacen que la deuda se dispare. De nuevo, las agencias de calificación degradarán la nota de la deuda soberana, el estado deberá dedicar más dinero al pago de su deuda, y vuelta a empezar.

En la cumbre de la eurozona de principios de diciembre quedó de nuevo patente la estrategia de la clase dirigente europea –dejando de lado su división evidente debido a los diferentes intereses nacionales, como escenificó David Cameron–, de hacernos pagar la crisis a las personas trabajadoras, con la institucionalización del freno de la deuda, el rigor presupuestario y la penalización de las economías deficitarias, de acuerdo con las demandas del Gobierno alemán. Estas políticas se convertirán ahora en ley, conforme se incorporen a los tratados de la UE y las constituciones de los países que la forman.

A pesar de estas medidas, de momento no hay una perspectiva clara de estabilización del sector financiero ni una solución a la crisis de la deuda y recuperación del crecimiento. Al contrario, la tendencia actual conduce a un estancamiento global.

Consecuencias ideológicas

No solo el modelo económico, sino también el modelo político del capitalismo neoliberal se ha visto deslegitimado con la crisis. Las grandes promesas de occidente de prosperidad y libertad retumban hoy en el vacío. Los derechos y conquistas sociales arrebatados por las luchas a esta limitada democracia parlamentaria están en peligro ante los dictados de “los mercados”, como pudimos comprobar con la reacción de las élites dirigentes y de los medios de comunicación ante el anuncio de referéndum del ex primer ministro griego sobre las nuevas medidas de austeridad. La democracia burguesa y los mercados son cada vez más incompatibles, como demuestra la imposición de gobiernos tecnocráticos en Italia y Grecia, con dos ex banqueros de Goldman Sachs como Mario Monti y Lucas Papademos a la cabeza. ¿Quién se cree que estos tecnócratas aplicarán políticas “imparciales”?

La crisis actual del sistema político adopta una forma específica en la UE. El hecho de que las políticas de austeridad impuestas en los diferentes países sean impulsadas desde Europa genera en las poblaciones un fuerte sentimiento de escepticismo respecto a las instituciones europeas. La mayoría de la población considera actualmente a la UE como un proyecto dirigido contra sus intereses. Y no se equivocan en esta percepción. La UE nunca fue un proyecto para impulsar la solidaridad, la paz o el entendimiento entre pueblos, sino un cártel de estados capitalistas para la consecución de un bloque económico competitivo. Los medios para conseguirlo nos son ya conocidos: presión sobre los salarios, privatizaciones y desregulación, así como la guerra global. Estos componentes forman parte del ADN de la UE.

¿Salir de la eurozona?

Las políticas de recortes sociales y austeridad no sirven para salir de la crisis, pero tampoco sería suficiente con reformar la eurozona, como propugnan algunas voces entre las élites europeas. Estas voces promueven una serie de reformas que no modifican en lo fundamental la arquitectura de las instituciones europeas, de modo que no cuestionan el carácter neoliberal y conservador de la eurozona.

No se trata, pues, de una alternativa atractiva para la gente trabajadora. No bastaría con abolir el Pacto de Estabilidad o reformar el BCE para que preste en mayores cantidades y regularmente a los estados miembro. Ni tan solo bastaría con estimular la inversión en nuevas áreas económicas, establecer un salario mínimo o aumentar el presupuesto europeo con tal de promover transferencias fiscales de los países ricos a los pobres —a fin de cuentas, no olvidemos que la eurozona no tiene un estado unitario que la respalde.

La opción que debe defender una izquierda anticapitalista consecuente es la salida de la eurozona. Pero no una salida conservadora, obviamente, sino una salida progresista. Ello conllevaría inevitablemente importantes costes, que no obstante se verían ampliamente compensados por las ventajas derivadas. Con tal de evitar el colapso del sistema financiero, deberían nacionalizarse los bancos bajo control de las trabajadoras. Se produciría una devaluación acompañada del cese del pago de la deuda y la reestructuración de ésta. Habría que ampliar la propiedad pública a diferentes esferas económicas, incluyendo el transporte y la energía, con tal de proteger la producción y el empleo. Se podría aprovechar la oportunidad para impulsar inversiones en una economía más verde, algo cada vez más urgente ante el creciente deterioro mediambiental. Se podría también mejorar el sistema público de sanidad y educación e impulsar políticas de redistribución para aliviar la desigualdad en los países periféricos. Las mujeres —entre otros colectivos— saldrían muy beneficiadas de estas medidas, al ver aliviada su carga actual de trabajo reproductivo y de cuidados.

¿Cómo se podría llevar esto a cabo? Lo primero que salta a la vista es que serían necesarias unas fuerzas y alianzas políticas, hoy inexistentes, para provocar ese cambio. Su ausencia es debida no a la falta de apoyo popular para una política radical, como demuestra el movimiento del 15M o las revoluciones árabes. Más bien se debe a la ausencia de una fuerza política con la suficiente fuerza y credibilidad para oponerse a la austeridad. La unidad y radicalidad de unas fuerzas políticas realmente progresistas a nivel europeo podría poner contra las cuerdas a la eurozona, estableciendo así las bases para unas relaciones económicas más cooperativas entre los pueblos de la UE.

La respuesta de la clase dirigente a la ola de rebelión popular internacional es una represión creciente. Pero cuanto más fuertes seamos y más unidas estemos, menos efecto tendrá su represión.

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