Agenda anticapitalista

La revolución que marcó el curso del siglo XX

29/10/2013

Isaac Salinas

Rosa Luxemburg

Historia | La insurrección popular de 1918 en Alemania fue un punto de inflexión para Europa.

Igual que la Revolución Rusa de 1917, la Revolución Alemana de 1918-19 fue la respuesta popular a la miseria, el hambre y la sangre derramada de la Primera Guerra Mundial. Igual que en Rusia, las masas derrocaron en Alemania una monarquía centenaria y conquistaron una república con sufragio universal  y toda una serie de derechos sociales –con independencia de sexo, nacionalidad, religión o clase social– y laborales (reconocimiento oficial de sindicatos, comités de empresa y asambleas de trabajadores; convenios colectivos; jornada de ocho horas).

Igual que hoy Egipto en el mundo árabe, Alemania tenía entonces la clase trabajadora más potente del mundo y la mayor tradición de lucha. Si Egipto es hoy la clave para la Revolución Árabe, Alemania lo fue hace 95 años para la expansión internacional de la Revolución Rusa. Como admitían los bolcheviques, el triunfo de la revolución en un país  dependía de su expansión a otros países.

Pero la revolución alemana estuvo marcada, por una parte, por la traición de la socialdemocracia, liderando la contrarrevolución más reaccionaria; y por otra, por la falta de claridad y unidad en el bando revolucionario, así como el poco arraigo social y en los centros de trabajo de su sector más consecuente, los “espartaquistas”.

La victoria del pueblo alemán podría haber sido la llave de la revolución mundial. Su derrota abrió la puerta a Stalin y Hitler.

Revuelta

Es necesario narrar brevemente los hechos. A finales de octubre de 1918, los marines de Kiel se rebelaron contra una acción militar suicida contra la flota inglesa, con la guerra ya perdida. Tomaron las armas y el mando. Al día siguiente, los astilleros fueron a la huelga y se pusieron del lado de los soldados. Así empezó la Revolución Alemana.

En una semana se extendió rápidamente por todo el país, encontrando a su paso poca resistencia. Las asambleas y manifestaciones habían tomado toda Alemania, controlada ya únicamente por los recién creados consejos de trabajadores y soldados, cuyos miembros eran democráticamente elegidos, debían rendir cuentas y eran revocables en todo momento. El 9 de noviembre la revuelta alcanzó la capital, Berlín. Bajo la presión del movimiento, el canciller Max von Baden se vio obligado a anunciar el mismo día la abdicación del káiser Wilhelm II. La cancillería pasaría a manos de Friedrich Ebert, del SPD, que formó gobierno junto con el USPD.

Caído el káiser, mucha gente dio la revolución por concluida –igual que en Egipto tras echar a Mubarak. Pero, para inaugurar un nuevo orden social, no basta con derrocar el antiguo régimen. En Alemania –como en Egipto–, las antiguas élites no solo conservaban buena parte de su poder, sino que se preparaban para la contraofensiva. Su descrédito público les forzó a buscar un aliado nada sospechoso: el SPD.

SPD

El mayor partido socialdemócrata del mundo se había alejado, en los últimos años, de su origen socialista. En 1914 apoyó la participación de Alemania en la guerra. Solamente un grupo de socialistas con Rosa Luxemburg, Karl Liebknecht y Clara Zetkin a la cabeza mantuvo una firme posición antiguerra y anticapitalista. Durante la guerra formaron un pequeño grupo dentro del SPD, la Liga Espartaquista. Cuando en 1917 una escisión del SPD fundó el USPD, se unieron al nuevo partido.
El SPD, a diferencia de las otros dos, no quería una revolución. Cuando esta estalló, trató de cortocircuitarla entrando en los consejos de trabajadores y soldados para tomar las riendas –con éxito, ya que la mayoría social todavía se identificaba con el SPD y no veía las diferencias con el USPD y los espartaquistas. Allí donde los consejos se negaron a ceder el poder (Bremen, Múnich) o continuó la lucha por la revolución (Berlín), fueron abatidos por el SPD, con el apoyo de las viejas élites.

La represión y el incumplimiento de las demandas revolucionarias –la socialización de empresas clave– llevó a los miembros decepcionados del SPD a abandonarlo en masa para unirse al USPD y al KPD (Partido Comunista de Alemania), fundado por los espartaquistas en un congreso los últimos días de 1918 y el primero de 1919 en vista de que el USPD había antepuesto el gobierno a la revolución.

La nueva ofensiva revolucionaria de enero de 1919 fue también decapitada, esta vez ya con la asistencia de “freikorps” (grupos paramilitares, embriones de las SA), llevándose por delante a Luxemburg y Liebknecht. Pero la revolución no murió con sus líderes. En la primavera de 1919 surgió un potente movimiento huelguístico en el Ruhr. En marzo de 1920 se evidenció el peligro del doble juego del SPD: secciones del ejército y los freikorps hicieron un golpe de estado (el “Kapp-Putsch”), ante el que el SPD se vio indefenso. Los militares que había utilizado contra la izquierda se negaron esta vez a actuar contra la derecha. Fueron los y las trabajadoras quienes salvaron la república, con la huelga general más grande en la historia de Alemania y la resistencia armada en el Ruhr. De nuevo se crearon consejos y se asaltaron unidades pro-káiser del Ejército. Y de nuevo sufrieron una represión sangrienta de manos del SPD.

Cavando su propia tumba

La Revolución Alemana confirmó trágicamente las palabras de Saint Just: quien hace una revolución a medias, cava su propia tumba.

La dirección del KPD en muchas ocasiones no reaccionó con visión estratégica: a veces dejándose llevar por la euforia (en enero de 1919, llamando a “emprender la lucha contra el gobierno hasta su derrocamiento”, cuando la situación requería una lucha defensiva), otras con exceso de prudencia (absteniéndose en un primer momento de intervenir contra el Kapp-Putsch por considerarlo un conflicto entre secciones de la clase dirigente). Las sucesivas derrotas y su progresiva estalinización lo inutilizarían definitivamente.

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