Agenda anticapitalista

La crisis devora al planeta

01/12/2014

Jesús M. Castillo

Los gobiernos se alinean con los intereses de los capitalistas de sus estados.

Los gobiernos se alinean con los intereses de los capitalistas de sus estados.

Cambio climático | No es posible frenar el calentamiento global bajo la dinámica del capitalismo.

Conforme la crisis económica se extiende y va profundizándose, el sistema capitalista sigue depredando nuestro entorno con una voracidad ilimitada. El ejemplo paradigmático de esta crisis ecológica global es el cambio climático, inevitable en muchas de sus nefastas consecuencias como acaba de reconocer, incluso, el Banco Mundial.

A estas alturas muy poca gente confía en que los gobiernos puedan, y quieran, frenar el cambio climático. Las cumbres del clima van fracasando una tras otra y cuando se llega a acuerdos internacionales, como Kioto o el reciente acuerdo entre Estados Unidos y China, son totalmente insuficientes y, además, no suelen cumplirse. Y mientras, las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) continúan aumentando y el cambio climático sigue su carrera hacia una fase de evolución brusca, erosionando la biodiversidad y aumentando la pobreza. Si anteriormente hubo acuerdos internacionales para enfrentar problemáticas socioambientales como el debilitamiento de la capa de ozono que funcionaron (Protocolo de Montreal, 1989), ¿por qué no frenan los gobiernos el cambio climático?

Hay varias razones que explican por qué no es posible frenar el cambio climático bajo el capitalismo. Por un lado, el capitalismo en su fase neoliberal globalizada tiene ahora acceso a todos los rincones del planeta, al tiempo que cuenta con una enorme capacidad para extraer y transformar recursos naturales y generar ‘residuos’, entre ellos los GEI.

Por otro lado, el capitalismo no puede evitar crisis económicas recurrentes y para salir de estas crisis, como la que sufrimos actualmente, los capitalistas deben aumentar su grado de explotación de la mano de obra y del entorno. Esto a nivel ambiental significa extraer materias primas de la manera más barata posible (por ejemplo, sin restaurar las zonas impactadas) y transformarlas maximizando los beneficios (es decir, invirtiendo lo mínimo en evitar impactos socioambientales como la contaminación).

El capitalista que no haga esto estará en desventaja respecto a sus competidores y, muy posiblemente, desaparezca a corto-medio plazo.

En este contexto, los diferentes gobiernos, alineados con los intereses de los capitalistas de sus estados, defienden que limitar las emisiones de GEI afectaría negativamente a su economía. Y por si esto no fuera suficiente, hay un enorme nicho de negocio para grandes empresarios privilegiados, pues sufren poco el cambio climático, alrededor de la adaptación a éste: construir diques frente a la subida del nivel del mar, aclimatar espacios interiores frente olas de calor y de frío, reconstruir zonas afectadas por “catástrofes naturales”, construir embalses, sistemas riegos y cultivos transgénicos frente a sequías, etc.

Entonces, ¿cómo podemos parar el cambio climático? La única manera realista de frenar el cambio climático, y las otras problemáticas ambientales que integran la crisis ecológica global, es construir un sistema que ponga las necesidades de la mayoría por delante de los beneficios de unos pocos.

Las llamadas por un futuro verde a los mercados desde ecocapitalismo son cantos de sirenas porque ignoran que la competencia conduce a un crecimiento continuo y acelerado en un planeta con límites ambientales definidos. En los países enriquecidos es la hora del decrecimiento, y esto significa crisis en el capitalismo.

No se puede ser ecologista sin ser anticapitalista. Es clave que las ideas ecologistas se extiendan y, especialmente, impregnen los centros de trabajo donde se producen directamente la mayoría de los impactos. Nuestra capacidad de incidir contra la degradación ambiental desde el consumo es muy limitada. Sin embargo, cuando controlemos qué producimos, por qué lo hacemos, cómo, dónde y cuándo tendremos en nuestras manos la gestión directa de nuestro entorno.

En estos momentos en los que los grandes empresarios vienen a por todo, incluso a por el agua que privatizan, tenemos que exigir y luchar por la gestión democrática de los recursos naturales. Tenemos que construir un sindicalismo asambleario, combativo, solidario y ecologista que mediante la movilización, con las “prohibiciones verdes” al frente, sea capaz de decidir sobre la producción al tiempo que genera autoorganización, semilla del mundo que tendremos tras superar el capitalismo. Ya estamos construyendo esta autoorganización en los barrios y los centros de trabajo, con las “mareas”, nuevas iniciativas políticas, secciones sindicales combativas, un movimiento ecologista anticapitalista, etc.

El futuro será negro si no es nuestro. Solo será verde si la gente toma las riendas de sus vidas, y sus entornos, desde abajo.

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