Agenda anticapitalista

Género y clase | ¿Biología en el género?

09/10/2011

Por Diego Mendoza. “Las mujeres no saben orientarse puesto que fueron los hombres los que salían a cazar desde tiempos ancestrales” o “los hombres son infieles por naturaleza”, son tópicos muy extendidos en la sociedad. ¿Pero es cierto que las diferencias entre hombres y mujeres se encuentran en sus genes, en su biología?

Dentro de la ciencia “ortodoxa” hay bastante consenso al hablar de hombres y mujeres como grupos naturales con diferencias que van más allá del aspecto físico, que vienen de la asunción de roles sociales diferentes de un supuesto ancestro común de los primates y que se encuentran insertadas en el material genético. Si bien es cierto que genéticamente encontramos diferencias que llevan a caracteres fenotípicos –expresión visible de los genes– diferenciados, no es cierto que las diferencias cognitivas sean fruto de estas diferencias genéticas.

Un estudio publicado en la revista científica Proceedings of National Academy of Sciences este mismo agosto desmentía estos mitos. Cogiendo a dos tribus del noreste asiático con marcadas similitudes biológicas y alimentarias, pero con una clara diferencia social –la una era patriarcal mientras que la otra era matriarcal–, se demostraba cómo las diferencias en las habilidades visioespaciales entre hombres y mujeres están drásticamente influidas por la sociedad. La prueba consistía en llevar a cabo un puzzle en el menor tiempo posible y, contrariamente a lo que muchos podrían pensar, en la sociedad matriarcal no sólo no se observaban diferencias significativas entre hombres y mujeres sino que lo resolvían en menos tiempo que los hombres y mujeres de la sociedad patriarcal, en la cual sí se observaban diferencias entre ambos grupos. Es obvio que en nuestra sociedad también observamos ciertas diferencias entre hombres y mujeres pero éstas no son fruto de su biología como el “sentido común” puede llevar a pensar.

Acondicionamiento social

Asumiendo que durante el desarrollo adquirimos e internalizamos ciertos aspectos del género de forma “permanente”, gran parte de las diferencias observables son debidas al mismo acondicionamiento social al cual estamos sometidas. En este mismo sentido, otros estudios demuestran que las puntuaciones en los test de capacidades cognitivas varían drásticamente el resultado si antes de llevarlos a cabo se asocian a cuestiones de género o no. También si se pregunta sobre las notas que se sacaron en materias “masculinas” (matemáticas) y “femeninas” (arte) la percepción sobre los resultados obtenidos varía mucho si se ha llevado a cabo este mismo condicionamiento o no.

Los científicos son también personas inmersas en un contexto social determinado y buscan por defecto estas diferencias en el sustrato biológico de los seres humanos. Este proceso de inducción condiciona notablemente la dirección que toman los estudios y conclusiones que de ellos derivan. El error fundamental es pensar que podemos aislar las personas del contexto social en el cual viven y en el cual se han desarrollado. Los estudios endocrinológicos y neurobiológicos frecuentemente ignoran este aspectos y caen en visiones reduccionistas que encajan muy bien con la situación social. Estos presupuestos son los mismos que llevan a justificar el capitalismo como la forma “natural” de organización social que mejor encaja con la naturaleza humana.

Pero realmente es la misma sociedad la cual genera unos arquetipos sociales dentro de los cuales las personas, considerando toda la anchísima gama de caracteres de cada individuo, tienen que encajar. Así, la sociedad genera grupos artificiales que se toman como la normalidad y todo el mundo que se sale de la regla se vuelve una “enferma” o “extraña”, justificando así su opresión y negándole su identidad individual. No es de extrañar, pues, que hasta hace poco la homosexualidad fuera considerada una enfermedad por el conjunto de la sociedad científica y que la transexualidad todavía lo sea hoy en día.

Esta ideología determinista lleva implícita una actitud derrotista ante la opresión de género y sexual: como no se puede hacer nada, no hace falta luchar. Pero, al contrario, las luchas feministas y de liberación sexual demuestran como conceptos muy arraigados dentro de la sociedad pueden cambiar con una actitud combativa. El movimiento feminista o la lucha LGTB de Stonewall, unidas a luchas de clase más amplias, supusieron un antes y un después en la percepción social de estas cuestiones y comportaron el replanteamiento de teorías científicas de consenso, además de conseguir fuertes mejoras por los derechos de estos colectivos.

La lucha unitaria por la liberación de los y las oprimidas tiene que ser la herramienta para cambiar estos paradigmas que justifican no sólo nuestra opresión sexual y de género, sino también nuestra opresión de clase.

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