Agenda anticapitalista

El triunfo de lo hipster es una derrota

02/11/2014

Daniel Trenado

El mismo autor, Victor Lenore procede de esta cultura, de esta mayoría de periodistas que se centran casi exclusivamente en este estilo.

El mismo autor, Victor Lenore procede de esta cultura, de esta mayoría de periodistas que se centran casi exclusivamente en este estilo.

Hegemonía | La cultura hipster establece una clara dominancia cultural por parte de una minoría elitizada.

Hace unas semanas se publicó el nuevo libro de Víctor Lenore, veterano periodista musical, llamado “Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural” (Capitán Swing). El libro es en sí mismo una revisión crítica de la cultura hipster, sus derivados y sus lazos con la industria cultural. El mismo autor procede de dicha cultura, de esa mayoría de periodistas culturales que se centran casi en exclusiva en este estilo, estableciéndose una clara dominancia cultural por parte de una minoría musical.

Pero, ¿qué problema hay en la prevalencia de “lo hipster”? ¿Acaso no es un tipo de música altamente sofisticado que ayuda al desarrollo cultural del consumidor? Pues no, aunque esa imagen que ha conseguido establecer ha sido sin duda la que lo ha catapultado al éxito. El mundo gafapasta ha sabido crear en torno a sí mismo una sensación de elitismo cultural, concretamente de elitismo al alcance de todos, a través del refinamiento de gustos y del rechazo a la vulgaridad y al mainstream (los productos más comerciales), acentuada con el uso de una estética muy concreta y diferenciada, además de unos hábitos de consumo voraces. El hipster, en definitiva, y en palabras de Víctor, “parece que se enfrenta a los valores dominantes, pero en realidad propone una versión más despiadada y esnob del capitalismo actual. Podemos decir que son contraculturales en la estética y yuppies en la ética”.

Elitismo cultural

Este movimiento produce un sentimiento sumamente clasista, de superioridad intelectual y moral a través de unos supuestos conocimientos culturales más desarrollados, que establece sus referentes fuera de nuestras fronteras –lo patrio como cañí-, pero solo descubierto por un grupo de elegidos, con la suficiente sensibilidad para valorar sus productos culturales. Digamos que es una escena basada en la estética, que al contrario que otras músicas ha sido incapaz de retratar estos tiempos de emergencia social. La consecuencia más obvia de esto es una desconexión social total, el alejamiento de las formas populares de arte y un rechazo al arte político.

Otro problema de este movimiento es su visión de la cultura. Cuando desde la izquierda luchamos hace siglos por una cultura accesible y que no marque diferencia entre personas el movimiento hipster da la vuelta a todo esto, creando productos culturales exageradamente recargados, poco accesibles, y que les diferencien de las vulgares clases trabajadoras. Vuelve a tener un acierto aquí Víctor Lenore: “la cultura debería ser un derecho y un recurso, no una medalla que colgarnos para sentirnos por encima de los demás. Estaría bien dejar de pensar en productos y empezar a analizar las relaciones sociales que generan”.

Derrota política

Para los que creemos en un panorama social distinto, donde cada persona es en potencia un creador, donde no existen genios autoproclamados, donde el acceso cultural es de pleno derecho, donde la cultura es algo que te enriquece y no que te diferencia, el triunfo de lo hipster es una derrota política en toda regla, una victoria del sistema aplicando una nueva hegemonía cultural alienante y desclasada, capaz de alejar la política del arte como si no existiera ninguna relación entre ambos. Si lo personal es político, lo cultural también lo es. La cultura que se consume, cómo y con acceso para quién delimitan su impacto sobre la sociedad y la modulan.

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