Agenda anticapitalista

Ecologismo | El medio ambiente y la lucha por los derechos laborales

03/02/2013

Jesús Castillo, profesor de Ecología en la Universidad de Sevilla, acaba de publicar su nuevo libro Trabajadores y medio ambiente (Atrapasueños y La Hiedra, 2013). Joel Ferrer (@ laultimaquagga) habla con él sobre la relación entre la lucha ecologista y los derechos laborales, y como avanzar en su confluencia.

En plena crisis económica, los grandes medios de comunicación no hablan de la crisis ecológica. “Y sin embargo, ésta no para de agravarse, como muestran, por ejemplo, los nuevos datos sobre el cambio climático” afirma Jesús Castillo. Para él “cuando la mayoría de políticos hablan sobre la salida de la crisis recurren a la verborrea de ‘la vuelta a la senda del crecimiento’, como si no quisieran entender que este crecimiento es el origen de la crisis económica y de la crisis ecológica”.

Jesús Castillo, profesor de Ecología en la Universidad de Sevilla, donde es delegado del Sindicato Andaluz de Trabajadores y Trabajadoras (SAT), a la vez que activista anticapitalista de En Lucha, proporciona en su libro Trabajadores y medio ambiente, un análisis extenso junto con una estrategia de lucha para hacer frente a la situación actual, que no duda en sentenciar como “una crisis de civilización”. Una crisis que tiene múltiples caras y de la que cada vez está más claro que “sólo podremos salir desde posturas radicales que vayan a la raíz del problema”.

Siguiendo la línea de su anterior publicación, Migraciones Ambientales (Virus, 2011), que focalizaba el éxodo masivo de millones de personas debido a la degradación ambiental, Castillo toma el ser humano como una parte indivisible de la naturaleza. Una relación en la que la transformación de la naturaleza se produce principalmente a través de su trabajo, a la vez que se transforma a sí mismo. Así como insiste en señalar que “trabajo y entorno van unidos le pese a quien le pese. “El reto que tenemos es acabar con la alienación sistémica que nos separa del entorno de calidad”, afirma el profesor de Ecología.

A lo largo de la primera parte, el texto repasa la forma que toma nuestra relación con la naturaleza bajo el capitalismo, siendo el sistema socio-económico el que determina las condiciones de producción y, por lo tanto, el marco en el cual se realiza el trabajo. Con la voluntad de un análisis holístico, complejo y dialéctico de la relación, basado en las condiciones materiales, y las condiciones ecológicas que las determinan, el libro aborda la dinámica acumulativa y la concentración de la riqueza en unas pocas manos motivada por la competencia; sus influencias sociales y culturales; el dogma del crecimiento ilimitado; la globalización neoliberal o la hipotecada posición en que queda la democracia, conectándolo con sus influencias medioambientales.

En este camino, pronto nos daremos cuenta que bajo el capitalismo no puede haber desarrollo sostenible; de hecho, no puede haber respeto ni por el ser humano ni por su entorno.“Creo que cada vez más gente es consciente de esto” afirma Castillo. La gente lo vive en su día a día cuando, por ejemplo, “soporta atascos de tráfico, respira aire contaminado, puede disfrutar de pocas zonas verdes y de baja calidad o come alimentos sin sabor y contaminados”. La cuestión está en qué hacer para acabar con este crecimiento continuo y acelerado que, además, “favorece principalmente a unos pocos”.

Las primeras resistencias

Es aquí donde Castillo aborda la pregunta a la que busca responder el texto: ¿Cuál es el papel del movimiento los trabajadores y trabajadoras en este escenario? Y aquí la importancia de conocer la historia para poder mirar hacia adelante. Al contrario de lo que se tiende a pensar, las primeras resistencias masivas contra la degradación ambiental surgieron mucho antes de que, durante los años 60 y 70, brotara con fuerza el movimiento ecologista moderno.

De hecho, debemos remontarnos hasta los inicios de la Revolución Industrial, situándonos en las ciudades-fábrica de las principales potencias de la época, para encontrar las primeras reivindicaciones contra la degradación ambiental. Las penosas condiciones de trabajo, la insalubridad y los altos niveles de contaminación tanto en las fábricas como en los barrios obreros que a menudo les eran anexos), llevaron en numerosas ocasiones a las personas que trabajaban allí a reivindicar un entorno más saludable, conjuntamente con mejoras laborales. En un inicio, sin llegar a ser masivas, eran habituales los paros o las “huelgas salvajes” hasta que no se solucionaba un problema ambiental determinado en una parte de la fábrica.

Desde entonces hasta la irrupción del movimiento ecologista durante la segunda mitad del siglo XX, han sido muchas las reivindicaciones de este tipo, entre las cuales Castillo destaca la de los mineros de la minas de Río Tinto (Huelva) o las personas que trabajaban en los campos de caña de azúcar australianos, a modo de ejemplo, por su carácter masivo y combativo. Unas luchas que se han reproducido, y así lo repasa ampliamente en el texto, con diferentes estrategias en función de cómo afectaba la contaminación a los diferentes sectores sociales (trabajadores industriales o de cuello azul; trabajadores de cuello blanco en distintos trabajos en las ciudades, etc.).

Unas reivindicaciones, las ambientales, que se extendieron más allá de la clase trabajadora, vehiculadas en algunos casos por el naturalismo típicamente burgués de entonces, que buscaba preservar espacios naturales de valor para su goce ocioso, o por el de grupos de artistas, escritores e intelectuales que abogaban por la conservación de los espacios menos degradados desde una visión romántica y utópica. En el impulso de las luchas conservacionistas, tuvieron también un rol muy importante las mujeres de clase media, especialmente en el interior de las ciudades, de acuerdo con la idea de que proteger el ambiente urbano era equiparable a llevar las tareas de casa a una escala un poco más amplia, la municipal. Se organizaban habitualmente en asociaciones ciudadanas, siendo pioneras al oponerse, por ejemplo, al maltrato animal.

Fue en el seno de estas luchas, con las presiones de los movimientos conservacionistas, la clase trabajadora y la burguesa, juntamente con las sociedades científicas, cuando aparecieron las primeras políticas ambientales gubernamentales abanderadas por los primeros espacios protegidos.

El papel de los sindicatos

Volviendo a la pregunta de cuál es el papel de la gente trabajadora hay que poner de relieve la centralidad que han tenido, tienen y que pueden tener los sindicatos en la protección ambiental. Tal y como recoge el autor, la editorial de Mundo y Trabajo Libre (periódico de la Confederación Internacional de Sindicatos Libres; 1992) llamaba la atención afirmando que “los sindicalistas ocupamos una posición única en el debate medioambiental porque representamos tanto a los productores como a los consumidores”.

Esta es una línea de actuación que puede encontrar su aliado perfecto en el mismo movimiento ecologista. “Los mineros y mineras del verano pasado es un ejemplo de lucha, de una tradición de defender en el día a día de la mina lo que es suyo” afirma Jesús Castillo, “éste es uno de los valores del movimiento los trabajadores y trabajadoras que debemos extender a todos los centros de trabajo”. Para este profesor la combatividad frente a los ataques de la patronal es esencial, “tenemos la fuerza: si no trabajamos, se para todo”. El reto, continua, “es combinar esta fuerza con los conocimientos y formas de lucha que el movimiento ecologista ha desarrollado desde los años 70”.

De esta combinación salen, como nos enseña la historia en el caso de las green bans (movimiento de presión que tuvo su punto álgido en los años 70 y que contaba con la estrecha colaboración de sindicalistas y ecologistas), sinergias especialmente potentes. “La clave está en un sindicalismo combativo y asambleario que se tome realmente en serio las cuestiones ambientales”, pero que a su vez colabore estrechamente “con el movimiento ecologista, uniendo la lucha por mejores condiciones laborales y ambientales, junto con reivindicaciones políticas como no pagar la deuda”.

En el caso de la su experiencia como sindicalista del SAT, un sindicato nacido en el campo andaluz y que ahora se está extendiendo hacia las ciudades, Castillo cuenta que “el fuerte arraigo con la tierra nos ha enseñado que sin un entorno de calidad no hay trabajo de calidad, ni vida de calidad; y que los terratenientes y los políticos son un obstáculo para el avance hacia una Andalucía justa, social y ambientalmente”. Y es que tal y como dijo Juan Manuel Sánchez Gordillo, alcalde de Marinaleda, durante la contracumbre de la OTAN celebrada en Sevilla en 2007: “¡No se puede ser ecologista sin ser anticapitalista!”.

La consciencia social a nivel global sobre la gravedad de la degradación ambiental es ahora más alta que en ningún otro momento de la historia. También estamos peor que nunca respecto a la destrucción de nuestro capital natural a escala global, y nos encontramos, según reconoce la comunidad científica internacional en pleno, a un paso del abismo. Estamos llevando al límite una infinidad de procesos indispensables para el equilibrio dinámico de la biosfera tal y como la hemos conocido, y de no frenar urgentemente la degradación ambiental, pueden desencadenarse procesos de retroalimentación acumulativos que acelerarían de manera imprevisible e irreversible dinámicas tan indispensables para el ser humano como el equilibrio climático del planeta.

A todo eso, como nos hace notar Castillo, proyectos como EuroVegas o la fractura hidráulica “nos muestran que los de arriba no tienen límites a la hora de aumentar sus beneficios, siempre que seamos las que estamos abajo las que paguemos los costes”, por ejemplo, con nuestra salud. Según el autor del libro, para acabar con estos proyectos, y lo que es más importante, con la dinámica de fondo, es necesario “construir sindicatos radicalmente democráticos y verdes; un reto para las organizaciones revolucionarias”.

Una situación de degradación ambiental que se vuelve cada vez más perversa con la dinámica competitiva capitalista, puesto que puede generar una incompatibilidad parcial entre mejorar las condiciones laborales y la conservación del ambiente, al mismo tiempo. Eso de… ¿qué prefieren?

Encontramos pues, en el texto de Trabajadores y Medio Ambiente una contribución inspiradora para poner de relieve la necesidad de unir las luchas laborales y medioambientales, sindicalistas y ecologistas, para avanzar hacia la superación del capitalismo, conocedores de que no va a retroceder a pesar de estar poniendo en peligro nuestra propia supervivencia. Del mismo modo que no podemos olvidar sucesos como los de Bhopal, Chernóbil o Fukushima, no conviene olvidar tampoco la tradición de lucha que nos ha permitido frenar al capital económico en su expolio masivo de nuestro capital natural.

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