Agenda anticapitalista

Diferentes colores, una misma lucha

03/07/2014

Rodrigo Arlés

Las personas migradas se enfrentan cada día al acoso de la policia y las detenciones en los CIE’s / Foto: Javier Polo.

Las personas migradas se enfrentan cada día al acoso de la policia y las detenciones en los CIE’s / Foto: Javier Polo.

Antiracismo | Las ideas discriminatorias se extienden en la UE. Pero, ¿qué es el racismo y cómo lo combatimos?

Las ideas –al igual que el machismo o la homofobia– encuentran una audiencia mayor en tiempos de crisis sistémica. No se trata de algo que tenga que sorprendernos, las ideas reaccionarias tratan de ofrecer una explicación fácil a la terrible realidad que vivimos, sea el desempleo masivo, la imposibilidad del acceso a una vivienda digna o los recortes en servicios públicos. Buscan chivos expiatorios entre sectores minoritarios de la población que sufren una situación de desigualdad.

El racismo no es una cuestión únicamente moral, sino que entronca con el nacimiento del sistema económico actual. Los orígenes históricos del racismo hay que rastrearlos en la esclavitud de la población negra africana bajo el colonialismo europeo. El pillaje colonial y la expulsión de las comunidades rurales de sus tierras constituirían el capital inicial y la mano de obra –la clase trabajadora asalariada– que precisaba el capitalismo naciente. A diferencia de lo que pueda creerse, no fue el racismo lo que propició que se esclavizará a la gente negra; sino que el racismo es una consecuencia de la esclavitud, justificada por la idea de la inferioridad o el cáracter no humano de estas personas.

En consecuencia, el racismo es una herramienta imprescindible para el mantenimiento de los privilegios de la clase dirigente. Dividiendo a las clases populares en base a los de “dentro” y los de “fuera” impide la imprescindible unión de las personas oprimidas para conquistar un mundo mejor. En consecuencia, la intransigente condena y lucha contra las ideas racistas y sus manifestaciones no es solamente una cuestión de decencia y de solidaridad altruista, sino algo imprescindible para mantener y luchar por nuestras conquistas sociales.

Racismo y fascismo

El papel de los medios de comunicación en casos como el salto de la valla que separa Melilla y Marruecos, refleja de manera lamentable la propagación de las ideas racistas. Con titulares hablando de “invasion” o “asalto” crean en el imaginario colectivo la sensación de que miles de seres humanos esperan ansiosos entrar en la UE para destruir nuestro ya de por sí precario modo de vida. Mientras tanto, las políticas racistas de la UE a través de la agencia de gestión de fronteras exteriores FRONTEX –su presupuesto se ha multiplicado por 15 en los últimos años– permiten hacer suculentos negocios a empresas privadas en forma de reforzamiento de vallas, sistemas de vigilancia, etc. Así, refuerzan los vínculos entre el sistema politico y la gran empresa, además de sostener regímenes dictatoriales como el marroquí, campeón en la violación de los derechos humanos.

Aunque menos espectacular que el control de las fronteras de los estados, la política cotidiana de cualquier estado capitalista es extremadamente violenta hacia la población extranjera. La persecución de personas en base a su color de piel o los bajos salarios que tiene la población inmigrante respecto a la auctóctona, son crueles manifestaciones de ello. Aunque el racismo refuerce al status quo, también abre tenebrosas vías hacía una ruptura reaccionaria del sistema político actual.

Los principales beneficiados del racismo institucional y la extensión de estas ideas en la sociedad son los partidos de extrema derecha. Los resultados de las últimas elecciones al Parlamento Europeo del pasado 25 de mayo son una confirmación de lo comentado. Partidos antiinmigración como UKIP en Gran Bretaña o directamente fascistas como el Frente Nacional en Francia han obtenido resultados espectaculares. Partidos populistas de derecha de Holanda o Alemania o fascistas como el Jobbik de Hungría o Amanecer Dorado de Grecia también han obtenido buenos resultados.

Desmontando la extrema derecha

La lucha contra el racismo y la intolerancia de estos partidos tiene particularidades con respecto al combate del racismo de estado y de los partidos tradicionales. Precisa de la formación de frentes amplios, que más allá de otros acuerdos, permita la unión de la gente progresista y sus organizaciones en una lucha unitaria contra el fascismo. Casos exitosos como el de la UAF (Unidad contra el Fascismo) en Gran Bretaña que ha hundio al fascista BNP o la Red Unitaria contra el Fascismo y el Racismo con presencia en el País Vasco, Andalucía o Catalunya, donde UCFR (Unidad contra el Fascismo y el Racismo) ha frenado electoralmente y socialmente a la fascista PxC (Plataforma por Catalunya), muestran el camino para combatir la opresión. Asimismo, tenemos que ser capaces de elaborar estrategias distintas contra los partidos populistas de derechas, como es el caso de UKIP en Gran Bretaña o de VOX en el Estado español, con fascistas en sus filas, y cuyo avance abre la puerta a ideas reaccionarias.

La lucha contra el racismo institucional y la extrema derecha precisa desmontar las ideas sobre las que construyen sus discursos. Por ejemplo, se dice que las personas inmigrantes pauperizan la sanidad pública. Esta falacia ha dado argumentos al gobierno para quitar este derecho humano a las personas sin papeles, pero es algo que no se sostiene. Según numerosos estudios, las personas inmigrantes, en su gran mayoría jóvenes, no son un grupo social que utilice de manera abusiva los servicios sanitarios. Tampoco el argumento de que nos “quitan” el trabajo es sólido. Con la llegada de la crisis, la población inmigrante, ya de por sí afectada por el desempleo, soporta niveles de paro 10 veces superior a la de la población nativa.

En un mundo dónde más de 20.000 personas han muerto intentando llegar al “paraíso” europeo en los últimos 20 años o con más de 50 millones de personas refugiadas –cifra superior a la registrada durante la 2ª Guerra Mundial– el antiracismo unitario desde la base no es una opción, sino una necesidad. La lucha no debe ser únicamente de las personas inmigrantes por sus derechos, sino de las clases populares en su conjunto, en especial de la clase trabajadora en su toda su diversidad, por su papel central en el funcionamiento del sistema.

Luchas históricas como la lucha por los movimientos civiles de las personas negras en Estados Unidos en los años 60 y 70 o el papel fundamental de las personas inmigradas para frenar la destrucción de zonas verdes y con valor arquitéctonico en Australia –las prohibiciones verdes– en esos mismos años, muestran el potencial de lucha del 99% contra el racismo y por un mundo mejor. La lucha de las personas sin papales poco después del ascenso del segundo mandato de Aznar en una época de desmovilización –cuando cientos de personas ocuparon Iglesias en Barcelona reclamando papeles y derechos sociales– es otro ejemplo a tener en cuenta. Más recientemente, la estrategia de la PAH –uniendo a personas desahuciadas por encima de la raza o la nacionalidad– o la incorporación de trabajadoras extranjeras –especialmente en el campo almeriense- en el antiguo SOC y actual SAT, muestran cómo es posible unir a la clase trabajadora internacional con una sola voz.


1.500%

ha sido el aumento del presupuesto de Frontex.

1.000

personas de media han muerto en las fronteras durante los últimos 20 años.

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