Agenda anticapitalista

Cuestión nacional | Los retos del movimiento independentista catalán

11/09/2013

Ivan Montejo (@IvanMontejo_) explica cómo el movimiento independentista siempre ha estado lleno de contenido social y cómo la izquierda transformadora y anticapitalista debe involucrarse en él.

El Estado español está inmerso en una profunda crisis de régimen. En la recesión económica se suma un agotamiento definitivo del sistema político e institucional nacido de la Transición. En la Comunidad Autónoma de Catalunya el jamás resuelto conflicto nacional se ha agudizado rápidamente en los últimos años. La autodeterminación se perfila como un escenario plausible en el corto o medio plazo, una realidad que la izquierda transformadora no puede obviar. La claridad en los planteamientos determinará nuestra capacidad de incidir y de llenar el proceso de contenido social.

El hecho nacional es un tema con múltiples aristas y que plantea importantes cuestiones de principio. Toda izquierda consecuente debe defender el derecho de los pueblos a decidir libremente su futuro. Pero los procesos políticos no ocurren en el vacío, sino en el marco de un determinado entramado de fuerzas sociales. La independencia per se puede ser garantía de un nuevo estado, no necesariamente de un nuevo país más igualitario y justo. La pregunta que nos debemos formular es en qué medida el movimiento de emancipación nacional catalán y las fuerzas vivas que lo impulsan son también una fuerza de transformación social.

Desde sus inicios el catalanismo ha basculado sobre los sectores populares y progresistas del país, una constante que se ha mantenido hasta nuestros días. Sin negar la existencia de un sector conservador y nacionalista, sus aspiraciones democráticas y socializantes se han manifestado en los episodios clave de la historia reciente. En su formulación actual, el Movimiento Independentista (MI) tiene al mismo tiempo el activo de nacer y articularse a través de la sociedad civil, esencialmente al margen de sus expresiones partidistas. Las consultas por la independencia organizadas popularmente o la masiva manifestación del pasado 11 de septiembre son un ejemplo. El MI tiene por tanto una naturaleza progresiva y se constituye como un aspecto más de la lucha democratizadora.

Por el contrario, el Estado español se singulariza por sus raíces antisociales y es exponente de una ideología unionista reaccionaria. La segunda restauración borbónica supuso la consolidación de una élite política y económica al servicio del capital. La lucha contra el Estado español se configura pues como parte de la más amplia lucha de clases. Luchar por la independencia hoy puede implicar, potencialmente, el cuestionamiento de las bases del orden económico y social capitalista de los Països Catalans y del resto de pueblos que conforman el Estado.

La ANC y la Vía Catalana

La Asamblea Nacional Catalana (ANC) encarna la expresión más amplia y transversal del MI. Sin embargo algunos sectores de la izquierda aún la miran con cierta reticencia, interpretándola como un globo sonda de CiU. No hay que caer en la conspiranoia y el ultraizquierdismo. No se puede leer la realidad de la ANC en términos monocromáticos. Como palanca organizativa del complejo entramado civil que compone el MI, se manifiestan sus mismas contradicciones y tensiones internas. Es un espacio aún en definición donde conviven sectores populares y elementos pequeñoburgueses, un campo de batalla ideológico en el que se trasladan los realineamientos políticos propios del movimiento. Sin embargo, el ascendente social es indiscutible. Recordemos como ejemplo que apoyó la última huelga general. El Concert per la Llibertat, celebrado hace unos meses en Barcelona, también fue una demostración de hasta qué punto la liberación social y nacional son vividas como una misma reivindicación por sus bases.

Tras la masiva manifestación de la Diada del 2012, este 11 de septiembre la ANC plantea la Vía Catalana, una cadena humana que conectará de norte a sur Catalunya. La iniciativa es positiva por varias razones. En primer lugar, vuelve a situar la sociedad civil en el epicentro del movimiento y supone un paso más en la fase de acumulación de fuerzas. Por otra parte, plantea explícitamente la articulación territorial del país y la nación. La centralidad metropolitana cede protagonismo a pueblos y comarcas. Así mismo, los ramales en la Catalunya Nord y País Valencià pondrán de relieve el ámbito de los Països Catalans como realidad nacional. Finalmente, las sinergias con las resistencias contra la austeridad y los recortes tomarán forma mediante la unión de la Vía con los cercos simbólicos de la sede de La Caixa en Barcelona, como también de escuelas y hospitales a lo largo del recorrido, organizados por el Procés Constituent y diversos movimientos sociales.

La derecha nacionalista catalana

La derecha catalana se ha visto empujada por el curso de los acontecimientos. Contrariamente a lo que en ocasiones se afirma, el proceso no es una cortina de humo de la burguesía nacional. Más bien, el desbordamiento popular de los estrechos márgenes del debate político e institucional la ha obligado a reubicarse y a pasar de las formulaciones meramente teóricas a posicionamientos concretos. Por supuesto, 30 años de gestión del poder le han permitido estructurar una densa red de dispositivos ideológicos a su servicio. En un giro lampedusiano y mientras modulaban sus posturas, han procurado edulcorar las demandas del movimiento para colocarlas en su matriz de intereses, envolviéndose en la estelada para desviar la atención de las impopulares medidas de su gobierno. La operación, sin embargo, no ha sido muy exitosa. 100.000 votos y 12 escaños han quedado por el camino.

Su estrategia, seguida acríticamente por ERC, se ha basado en la construcción del enemigo exterior y la hegemonización parlamentaria del proceso. El sofismo del déficit fiscal les ha permitido conformar el conflicto en términos meramente economicistas. “Madrid nos roba”, “Tenemos que disponer de nuestros propios recursos”…, han sido el paraguas discursivo del cual se han valido para presentar bajo la apariencia de disputa territorial lo que es un antagonismo de clase. El déficit social catalán se explica mayoritariamente por las propias políticas de la Generalitat y el compromiso de sus gobiernos con la agenda neoliberal. Catalunya sufre un expolio, pero es social más que fiscal.

Con todo, el recrudecimiento de la crisis está erosionando los consensos y alianzas del bloque de poder dominante. CiU representa orgánica y políticamente un amplio abanico de estratos de la burguesía catalana. Se agudizan las contradicciones de intereses entre dos sectores. Por un lado, un gran empresariado con fuertes lazos con el mercado español y su entramado institucional. Por el otro, una pauperizada clase media y pequeña burguesía que pueden ver una alternativa en un tránsito no traumático en una Catalunya independiente dentro de la UE y el euro. El anticapitalismo debe saber aprovechar estas grietas para presentar a la mayoría social la ruptura democrática y la superación del actual modelo económico como la única vía de alcanzar la verdadera soberanía.

¿Referéndum o elecciones?

Otro de los mecanismos empleados para desvirtuar el proceso es la defensa de una hipotética contienda electoral como alternativa a la consulta. En el más que probable escenario de una negativa del Estado a la celebración del referéndum, los conservadores catalanes se han apresurado a presentar como plan B la convocatoria de elecciones plebiscitarias y posterior declaración unilateral de independencia.

Apelar a la legalidad española es puro trilerismo político. El derecho de autodeterminación se ha ejercido históricamente subvirtiendo los marcos jurídicos existentes. Y de hecho, cualquiera de las alternativas implicará una ruptura con el orden constitucional español. Los procedimientos están preñados de contenido y desde la izquierda radical debemos defender aquellos instrumentos que aseguren un solo protagonista, el pueblo.

Una consulta vinculante es la única garantía de que la ciudadanía se exprese libremente. Se obtendría una respuesta inequívoca y un mandato directo y conciso. Asimismo, un ejercicio de democracia directa, aunque puntual, generará una mayor movilización y adhesión social. En sentido opuesto, las elecciones pueden ser utilizadas nuevamente para escenificar el apoyo a la independencia como un falso aval a la política de recortes del gobierno. A ello se añade el efecto distorsionador que tendría la Ley de Hondt y los posibles incentivos para las candidaturas a agruparse en coaliciones, forzando posicionamientos dicotómicos en el eje nacional, para mitigar sus efectos. Una vez más conllevaría desdibujar el debate e introducir por la puerta trasera el “transversalismo” a fin de enterrar el eje social.

Estrategia y táctica

La pérdida de credibilidad del sistema se intensifica por momentos. La crisis de régimen se traduce en una guerra de posiciones acelerada donde los errores estratégicos y tácticos se pagan muy caros. Un colapso de la izquierda radical por incapacidad de interpretar correctamente la coyuntura sería un primer vehículo de desactivación del potencial revolucionario de este momento histórico.

Lenin no se cansaba de insistir en que el marxismo más que un programa era un método, el análisis concreto de la realidad concreta. Entender el desgaste que la crisis de acumulación está produciendo en el bloque hegemónico dominante y la activación de las capas populares en torno al derecho de autodeterminación es esencial para no quedar al margen del proceso y configurar una correlación de fuerzas más favorable a la mayoría social.

El escritor y filósofo catalán Lluís Maria Xirinacs hablaba de la traición de los líderes, y no le faltaba razón. La Transición supuso una enorme frustración colectiva. Los anhelos de la clase trabajadora quedaron liquidados por pactos desde arriba. Es indispensable reforzar el papel protagónico que la sociedad civil está teniendo, para introducir a la vez un discurso de clase que evidencie la imbricación de los ejes nacional y social y propicie la emergencia de nuevos imaginarios colectivos en torno a la ampliación de los ámbitos de la vida social bajo control democrático. Por incomparecencia de la izquierda la burguesía puede situarse a la cabeza del movimiento con el único objetivo de decapitarlo, y lo que sucedió antes como tragedia ahora se puede repetir —en una Catalunya independiente o no— como farsa.

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