Agenda anticapitalista

La República de las clases populares

28/03/2013

Diego Garrido nos habla sobre el concepto de república socialista, su diferencia con otros modelos de estado, qué características tendría y quién puede llegar a construirla.

La Segunda República española es el referente más extendido en nuestra sociedad de lo que es un estado republicano. Fue un periodo de cinco años (1931 -1936) en que los acontecimientos políticos y sociales se aceleraron. Las clases populares se sintieron esperanzadas con este nuevo proyecto, que nació a raíz de la ruptura con la monarquía de Alfonso XIII, quien había apoyado la represiva dictadura del general Miguel Primo de Rivera ante la imposibilidad de mantener la estabilidad con los gobiernos de alternancia entre conservadores y liberales que habían funcionado en los años anteriores —y que recuerdan no muy remotamente al bipartidismo PP-PSOE actual.

Esta ingobernabilidad del régimen de Alfonso XIII se debía en gran parte al creciente auge de las movilizaciones obreras, que fueron consiguiendo concesiones durante todo su reinado, incluso bajo Primo de Rivera, a pesar de la persecución del movimiento obrero. Debido a esta situación, en la que el crédito de la corona se había agotado no sólo para la clase trabajadora, sino también para una parte de la burguesía, llegó la Segunda República.

El cambio de régimen hacia un estado republicano fue muy ilusionante, ya que algunas de las conquistas laborales y políticas logradas con la lucha de las personas trabajadoras se reconocieron y entraron en proceso de legalización gracias a los gobiernos de izquierdas que tuvieron periódicamente el poder. El final de la dictadura de Primo de Rivera permitió a las organizaciones comunistas, socialistas y anarquistas, y los sindicatos de clase, extender las ideas de izquierdas y que el movimiento obrero siguiera avanzando. Estos hechos han dado lugar a una cierta mitificación de la Segunda República, que es actualmente reivindicada por algunos colectivos —no es extraño ver banderas tricolor en las manifestaciones. Pero lo cierto es que el estado republicano se encontró desde el primer momento con un conflicto de clases tensado al máximo.

El sistema democrático-liberal burgués de la República no podía asumir, por su propia naturaleza, las demandas cada vez más radicales del movimiento obrero y los partidos obreros de izquierdas. La Segunda República terminó colapsando al encontrarse con una situación revolucionaria por parte de la clase trabajadora, y una contrarrevolución fascista que tomaría el poder mediante un golpe de estado militar.

La realidad actual

Pero no es el objeto de este artículo analizar la Segunda República y las causas históricas de su desintegración. La razón para hablar de ella es comentarla como referente en el imaginario colectivo. Lo que queremos es reflexionar en torno a la idea de la república socialista, y en cualquier caso, el ejemplo de la Segunda República ya ha servido para marcar puntos de divergencia entre el estado obrero y el burgués, además de introducir un tema fundamental: la imprescindible revolución para llegar a la república socialista.

Así pues, es imposible desarrollar esta idea en abstracto si queremos tratarla con rigurosidad. Habrá que basarse en la realidad material que existe hoy en día, y hacer referencia a experiencias del pasado que se puedan tomar como ejemplo —las propuestas mayoritariamente abstractas de los socialistas utópicos del siglo XIX tuvieron vidas cortas y poco satisfactorias. De hecho, hasta que Marx no analizó la Comuna de París de 1871, la materialización de un proceso insurreccional y autogestionario de las clases populares, no pudo desarrollar muchas de las ideas del socialismo científico, que llevarían a los avances más importantes para la clase obrera en la historia, como la Revolución Rusa.

Hoy en día, las posibilidades que ofrece un avance tecnológico como internet nos permiten generar unos flujos de información y una capacidad de comunicación y coordinación en tiempo real que, hace sólo unos años, se deberían haber cubierto con estructuras burocráticas más lentas y con una participación popular mucho menos directa e inmediata. Por lo tanto, las posibles propuestas no pueden ser nunca absolutamente claras y cerradas, sino que deben entenderse como una línea por donde podría ir la construcción de un estado socialista y obrero en la actualidad.

Nuestra república

La república socialista es un estado construido por las clases populares, y al servicio de las clases populares. Con esta definición quedan excluidos muchos de los países que se han autoproclamado socialistas a lo largo de la historia, desde la Libia de Gadafi, hasta la URSS de Stalin, por poner dos ejemplos. La historia es, en muchos casos, la peor enemiga del socialismo.

Esta definición por sí misma abre una serie de preguntas, empezando por quiénes son las clases populares y qué quiere decir que “construyen el estado”. Brevemente podríamos decir que las clases populares son las capas de la sociedad que dependen de un salario o un ingreso sin tener la capacidad de decidir sobre cómo se crea la riqueza, y por tanto sobre cómo se genera esa riqueza. Incluiría a las personas asalariadas, las que cobran un subsidio, las que hacen tareas domésticas, las jubiladas, etc…

En cuanto a la construcción de este estado, hay que recuperar a la fuerza la cuestión de la revolución y la toma del poder. Cuando hablamos de tomar el poder, debemos ser conscientes de dónde reside ese poder. El estado burgués tiene el poder político, que mantiene con diferentes mecanismos, tanto ideológicos como represivos cuando es necesario. Con este poder político defiende el poder económico, que se basa en la propiedad privada.

Pero en el terreno económico, el poder se encuentra en última instancia en los trabajadores y trabajadoras, que son las que producen los bienes y servicios con su fuerza de trabajo. Cuando este colectivo, la clase trabajadora, se niega a seguir bajo las relaciones de producción capitalistas, nos encontramos en una situación potencialmente revolucionaria. De ahí el énfasis en la idea de estado obrero y auto emancipación de la clase trabajadora.

Cuando hay acontecimientos de estas características, encontramos antecedentes en los que las personas trabajadoras empiezan a autoorganizarse democráticamente en sus puestos de trabajo para luego formar coordinaciones territoriales más amplias y poder así plantear la toma del poder. Es el caso de los soviets en Rusia entre 1905 y 1917, los consejos obreros que se formaron en el Estado español en 1936 o los Cordones de Chile en 1973.

En situaciones como ésta juega un papel clave una organización revolucionaria que entienda la importancia de los órganos democráticos de base, y que reúna a las personas con más experiencia y conciencia sobre estos procesos, como herramienta para diseñar la mejor estrategia posible e impulsar a la clase trabajadora a tomar el poder.

En este proceso será clave la creación de órganos democráticos de base para la toma de decisión. Éstos, que en cada lugar y momento histórico se ha concretado de una forma diferente, serían la base y el pilar central sobre el que construir una hipotética república socialista. Pero lo fundamental y urgente es la idea de ‘instituciones’ de democracia directa y radical, en oposición a las instituciones actuales.

Un hecho fundamental para la república socialista sería la conciencia de las clases populares y su compromiso con un proyecto, compromiso que no podría ser nunca sustituido por estructuras burocráticas. Este proyecto adoptaría las premisas de igualdad, democracia y justicia social. A nivel económico, el trabajo se repartiría y la propiedad sería colectiva. Así pues, las condiciones materiales cambiarían, la familia ya no sería una unidad imprescindible para el sistema económico, ya que las tareas laborales y domésticas no se separarían según el criterio público/privado, sino que se socializaría, eliminando la división actual por género.

Por otra parte, el sistema productivo se ajustaría a la población. Y pese a lo que dicen algunas voces, no sobra gente, ya que producimos comida para alimentar holgadamente todo el planeta. Y de hecho lo podríamos alimentar mejor, con productos agroecológicos, sin transgénicos ni productos tóxicos añadidos. La tierra y las semillas serían de quienes las trabajan.

La vivienda sería también un derecho fundamental cubierto para todas las personas, sin que nadie se pudiera quedar en la calle con casas vacías. En definitiva, se le quitarían todas las capas podridas al sistema actual: las mentiras neoliberales, el odio racista, la destrucción del medio ambiente con la excusa del progreso, la naturalización de la opresión de las mujeres y LGTBI…Para hacer todo eso, la única manera es un proyecto a largo plazo que aglutine a todas las clases populares.

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