Agenda anticapitalista

Argelia y Marruecos: las revueltas que vienen de lejos

04/03/2011

Por Xoán Vázquez. Antes de la caída de Ben Ali y Mubarak, el pueblo argelino había dado muestras de unos importantes niveles de combatividad. Las revueltas contra la carestía de la vida que sacudieron el país a comienzos de año estuvieron precedidas por cerca de 10.500 motines.

Asimismo, las huelgas se multiplican en grandes y pequeñas empresas, y también en el sector público. En octubre de 2010 fue la huelga de los trabajadores de las empresas del acero ArcelorMittal (con más de 5.000 trabajadores secundando la huelga. En enero 900 estibadores en huelga paralizaron durante días las actividades en el puerto de Argel.

En Marruecos, la aplicación desde hace años de las medidas impuestas por la UE para permitir su entrada en la zona de libre comercio, ha provocado unos niveles de paro del 30% de la población activa y unos índices de pobreza del 28%. Esto ha provocado que desde 2008 los conflictos laborales se hayan radicalizado.

En 2010 la lucha de los 850 trabajadores de la empresa de fosfatos SMESI (OCP) de la región de Khourigba tuvo enorme repercusión internacional. A lo largo de 2010 y hasta la convocatoria del “día de la cólera” el 20 de febrero, las huelgas y protestas no han parado de producirse.

Con este nivel de conflictividad, ¿por qué la situación no termina en un estallido de la magnitud del que se produjo en Túnez y Egipto? En primer lugar, ambos países han conocido en los últimos años una liberalización del espacio político importante: prensa “libre” (con cierto nivel de censura) y partidos políticos que canalizan el descontento de determinados sectores de la población, inexistentes en el caso de Túnez y Egipto.

En segundo lugar la dificultad de identificar un objetivo concreto de las protestas. El poder despótico en Túnez, como en Egipto, se concentraba en manos de una persona. En cambio, el Gobierno argelino se parece más a una coalición burocrática de las clases propietarias que tiene una base más amplia que las dictaduras personalistas de Túnez y Egipto. Por lo tanto, menos vulnerable.

En Marruecos, la consigna de una reforma constitucional en la que el rey reine pero no gobierne no resulta suficientemente movilizadora ni ha servido como punto de partida para unificar la oposición al régimen. Por último, ambos países han puesto en marcha una serie de elementos que actúan como válvulas de escape. El desahogo financiero debido al petróleo y el gas en el caso de Argelia y la exaltación nacionalista y de la territorialidad (Sahara y Ceuta y Melilla) en el caso marroquí, han sido auténticos balones de oxígeno.

Pero todo esto no excluye la necesidad de reanudar la construcción de una alternativa. Reducida a revueltas y disturbios, la cólera popular necesita una expresión política creíble, y cuando hay un viento de cambio, las dinámicas populares tienen más probabilidades de superar todos los obstáculos.

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