Agenda anticapitalista

Apuntes y comentarios | El teatro de la censura

01/05/2013

Por Concha Párraga. Censura: examen que hace un gobierno de los libros, periódicos, obras de teatro, películas, etc., antes de permitir su difusión.

La figura del censor convive entre nosotros desde la época romana, entonces, como ahora, se trataba de un magistrado que elaboraba el censo de la ciudad y cuidaba, y aquí está lo interesante, la moralidad de las costumbres.

Entonces, en la era romana, eran los mimos los que, de una forma satírica, escenificaban algo parecido a crónicas periodísticas. Al igual que los juglares del medievo daban cuenta de las batallas y las crónicas de la corte con sus canciones y así mantenían informada a la población de los avances de la reconquista, los mimos se encargaban de difundir lo más excelso o lo más jocoso. Sin embargo, unos y otros han tenido que jugar siempre del lado de los poderosos o atenerse a las consecuencias. San Ginés, patrón de los actores, era un mimo al que el emperador Diocleciano le encargó hacer una farsa de los cristianos. Ginés se metió tanto en el papel que encarnaba que acabó convirtiéndose al cristianismo, razón por la que el mismo Diocleciano acabó con su vida.

Desde entonces, son muchas las ocasiones en que las altas esferas del poder han ejercido la censura de muy diversas formas hasta nuestros días. Por citar algunos datos o anécdotas podríamos recordar el año 476: el Imperio acaba con el teatro. En los tratados que justifican dicha prohibición hay uno, quizá el más claro y contundente, de Tertuliano que dice del teatro: “Exaltan los dioses paganos y la lujuria. Los cómicos son indecentes, infames, de pérfidas costumbres”.

La censura a lo largo del tiempo ha contribuido a que se tuvieran que buscar nuevas fórmulas de expresión. Por ejemplo, en el Estado español, desde que el teatro romano quedó prohibido no volvemos a tener conocimiento de él salvo en fórmulas religiosas que las autoridades eclesiásticas fomentaban con la intención de formar a los fieles en las enseñanzas de las escrituras. Es ya en 1499 con la aparición de La Celestina cuando volvemos a encontrarnos con lo que la historia de la literatura ha dado en llamar la Época Áurea, que pervivirá hasta 1681 con la muerte de Calderón. Sin olvidar la prohibición de Felipe IV tras la muerte de su esposa Isabel de Borbón, seis años de prohibiciones y oscurantismo.

Algo semejante ocurre en Inglaterra, es la época del llamado teatro Isabelino, la edad dorada, la época de Shakespeare, Marlowe y tantos otros. En 1642 estalló la guerra civil y el parlamento, bajo el control de los puritanos, cerró los teatros hasta 1660. Muchos teatros de entonces fueron destruidos y cuando se levanta la prohibición cambia el modelo (los escenarios nuevos son construidos al modo italiano o francés; suben por primera vez las mujeres al escenario, amén de los cambios estructurales en los textos).

Sin embargo, la censura más brutal que han experimentado nuestros escenarios no es necesario buscarla tan lejos. La dictadura de Franco es bastante explícita y supuso cientos de exiliados, cárceles llenas de presos políticos y miles de libros prohibidos. Una censura que, justificada por el deseo de crear un orden civil, mediatiza la vida del país y la encauza hacia moldes totalmente identificados con la administración.

La propaganda de guerra o política, el encubrimiento de ideas contrarias al poder, la manipulación, la intervención directa o indirecta, no solamente vienen dadas por regímenes autoritarios, sino también lo ejercen las democracias más modernas. Un ejemplo claro lo tenemos en la “caza de brujas” que dirigió McCarthy en 1950.

La forma de aplicar la censura hoy es más sibilina: clientelismo subvencionista, asfixia económica, concursos públicos a dedo o negligencia institucional o de cargos intermedios, los llamados programadores. El autor, director y los actores, ante el temor de no encontrar donde representar sus ideas, pueden optar por hacer un teatro neutro y aséptico. O si no autoeliminarse con el silencio, antes de transigir con el “poder censor”.

La censura hoy es más implícita y peligrosa, en una sociedad que alardea de libertad, los hombres y mujeres que trabajan en el teatro u otras facetas de la cultura corren un peligro peor: la autocensura.

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