Agenda anticapitalista

Aprender de Tahrir

23/05/2011

Por David Karvala. Era difícil imaginar, observando las imágenes de Plaza Tahrir en El Cairo hace unos meses —con miles de personas autoorganizándose para debatir, comer, dormir, etc.— que hoy estaríamos viviendo experiencias parecidas en ciudades de todo el Estado español.

Esta similitud no es algo rebuscado; la reivindican a gritos las y los activistas en las nuevas Plaza Tahrir de Madrid, Barcelona, Sevilla, etc. En un ambiente político sobrecargado de islamofobia, donde se argumenta que los musulmanes no entienden la democracia, en que se niega a las musulmanas el derecho incluso de decidir cómo vestirse, este reconocimiento de que nos inspiramos en nuestras hermanas y hermanos tunecinos y egipcios es valiosísimo.

Lo que podemos aprender de Tahrir, y del conjunto de la revolución egipcia, va más allá de las imágenes de plazas alborotadas. Nos puede enseñar cosas esenciales acerca de cómo se hace una revolución.

En Egipto, igual que aquí, la primera iniciativa de las acampadas vino de grupos de jóvenes radicalizados, pero rápidamente les desbordó. Cientos de miles — incluso millones— de trabajadores, parados, campesinos, etc., fueron a Tahrir al principio para observar, pero se convirtieron luego en protagonistas. Los bloggers y estudiantes no exigieron a la gente corriente que adoptase la manera de ser de los jóvenes, ni viceversa; tuvieron que respetarse los unos a los otros.

El éxito de Tahrir vino de integrar fuerzas muy dispares, incluyendo entre ellas organizaciones como los Hermanos Musulmanes. Éstos llegaron tarde y de manera vacilante, pero su juventud jugó un papel clave en defender la plaza. Sin ellos, el sueño de Tahrir habría acabado bajo las barras y los palos de los matones a sueldo enviados por el Estado.

Pero la lección clave de Tahrir es lo que ocurrió fuera de la plaza. Tahrir fue sólo una chispa; Mubarak cayó porque ésta encendió un fuego en todo el país, sobre todo en los lugares de trabajo.

Muchos trabajadores acudieron, como individuos, a Tahrir. Pero no podían quedarse allá indefinidamente. Tuvieron que volver al tajo, llevando consigo el espíritu de Tahrir. Empezaron a hacer huelgas, a organizarse sindicalmente, incluso a echar a los jefes y a ocupar las fábricas. Esto se reflejó dentro de Tahrir, donde a las demandas democráticas se añadieron las de un salario mínimo digno, el fin de la precariedad laboral, la libertad sindical, etc.

Bastaron pocos días de explosión obrera para que el 11 de febrero los generales dejaran de apoyar a Mubarak. Y la cuestión de clase ha sido central desde entonces. Nada más caer Mubarak, muchos facebookeros y twitteros empezaron a argumentar que “ya está bien, ahora que todo el mundo vuelva a trabajar”, exigiendo efectivamente que se dejase el poder en las manos de unos pocos, que los trabajadores continuasen con sueldos de miseria, solo con el derecho de votar cada x años a un político que no los representaba.

Muchos no pensaron igual. La fuerza principal que exigía —que aún exige— ir más lejos es la clase trabajadora. La explosión de la organización desde abajo, de la creación de sindicatos y de organizaciones políticas continúa.

El gran logro de Tahrir fue que ese “otro mundo posible” dejase de ser un sueño abstracto e idealista, y se tradujo en una serie de demandas concretas, capaces de inspirar y movilizar a millones de personas pobres y trabajadoras.

Libertad para bajar cosas de Internet, por supuesto. Pero aún más libertad para poder dar de comer a los niños por la noche y para llegar a fin de mes.

El éxito de la #spanishrevolution, igual que el de la egipcia, dependerá de dar prioridad a las demandas básicas, no de la minoría radicalizada existente, sino de la mayoría de la población: la gente trabajadora.

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