Agenda anticapitalista

2011: Primer año de revoluciones

07/12/2011

Manel Ros nos habla sobre el año lleno de luchas y revoluciones que dejamos atrás, su importancia y cómo podemos aprender de la historia para afrontar un nuevo año de luchas.

Si una cosa ha quedado clara durante este año que se acaba es que las revoluciones –algo que muchos “opinólogos” han querido negar y esconder bajo la alfombra– son posibles. Y no sólo fueron posibles durante el siglo XIX o el siglo XX —otra de las grandes mentiras, que las revoluciones sólo tenían sentido en el pasado— sino que se han dado en pleno siglo XXI, hasta el punto de que podríamos denominar el año 2011 como el año de las revoluciones.

Sin duda durante todo este año —y hacia finales del anterior— el nivel de las luchas ha ido aumentando a medida que los efectos de la crisis sobre la vida cotidiana de las personas iba creciendo. Y esto, al igual que se dio durante los años 60 —la década donde todo parecía que era posible— se ha dado no sólo dentro de las fronteras de ciertos estados, sino que se ha ido desarrollando a nivel internacional, cruzando fronteras y conectando las luchas, desde El Cairo hasta Wisconsin, desde Santiago de Chile hasta Atenas y desde las calles de Barcelona o Madrid hasta las calles de Londres.

Cuando tienes la suerte de formar parte de momentos que pasarán a la historia, muchas veces no te das cuenta de la importancia de aquel momento. Es por esto que es necesario poner en contexto el año que hemos vivido y darle la importancia política que se merece. Que las luchas se den en un mismo momento y que se generalicen no es nada fácil que pase, puesto que el nivel de luchas acostumbra a ser bastante diferente entre los diferentes movimientos, a la vez que toman diferentes formas. Lo que queda claro es que la trayectoria de las diferentes luchas ha sido ascendente y la situación económica internacional no parece ayudar a que disminuya.

A finales del año 2010 Portugal, Grecia y el Estado español vivieron sus respectivas huelgas generales. Francia por su parte vivió huelgas masivas, donde cada día se votaba por su continuación. En Gran Bretaña los estudiantes en protesta contra la subida de tasas irrumpieron en la sede del partido conservador, levantando barricadas y hogueras alrededor. A nivel del Estado español es importante recalcar que la huelga general del 29 de septiembre de 2010 —a pesar de lo que dice algunas personas de izquierdas— no sólo fue un éxito y una demostración de fuerza por parte de la clase trabajadora, sino que sirvió también de catalizador de las luchas que vendrían el año siguiente.

Fue en medio de esta situación explosiva donde prendió la chispa que hizo tambalear regímenes que parecían indestructibles al paso del tiempo. El 17 de diciembre y avanzándose en el tiempo llegó la Primavera Árabe en Túnez, que llevó las luchas a un nivel superior no visto en décadas. La Revolución de Túnez hizo caer una dictadura de décadas en menos de un mes. Esta revolución condujo directamente a la Revolución Egipcia del 25 de enero, que ante la mirada atenta de todo el mundo, derrocó a unos de los dictadores más sangrientos y opresivos de Oriente Medio. Hosni Mubarak, que parecía indestructible, cayó finalmente con sólo 17 días de revolución. Lo que durante décadas parecía imposible se volvía posible en cuestión de días.

No hay duda de que la Revolución Egipcia ha sido el acontecimiento político más importante del año. Pero, ¿por qué?, ¿qué tuvo de importante? Las razones son básicamente tres: 1) La escala de las movilizaciones de masas, casi más de 15 millones de personas se manifestaron de forma constante y diaria por las calles de Egipto; 2) el tamaño y la combatividad de la clase trabajadora egipcia, la más grande de Oriente Medio y su papel clave en la caída de Mubarak; 3) la importancia de Egipto para el imperialismo norteamericano en Oriente Medio, especialmente respecto al conflicto entre Israel y Palestina.
Como resultado de esto la Revolución Egipcia sirvió como inspiración a nivel internacional, trayendo revueltas y revoluciones en todo la región: Libia, Bahrein, Yemen y Siria. A pesar de algunos contratiempos, la inmensa represión y la intervención imperialista en Libia y Bahrein, las revoluciones en los países árabes continúan —como han demostrado las manifestantes de la Plaza Tahrir estos últimos días— y todavía nadie sabe cómo pueden acabar y hasta donde llegarán.

La Plaza Tahrir y la Revolución Egipcia fueron una inspiración para millones de personas, pero no sólo en el mundo árabe. La oleada revolucionaria llegó mucho más allá, conectando con las trabajadoras americanas de Wisconsin y Okland, las indignadas en el Estado español o las estudiantes chilenas. En el Estado español la influencia de la Revolución Egipcia ha sido más que evidente con la ocupación de plazas en todo el Estado durante los meses de mayo y junio. Movimiento que a su vez ha inspirado a las indignadas norteamericanas ocupando decenas de ciudades en todo EE.UU. Grecia por su parte ha vivido la oleada de huelgas generales más grande de su historia, con una que se alargó 48 horas, mientras Gran Bretaña tuvo la huelga general del sector público más masiva de las últimas décadas.

Algunas perspectivas históricas

A corto plazo todas las personas están generalizando este tipo de experiencias. La situación lo permite puesto que la mayoría de las personas están teniendo que enfrentarse a ataques a su nivel de vida desde el estallido de la crisis el otoño del 2008. Pero para que esta generalización se mantenga a largo plazo hay que dar un vistazo a las experiencias anteriores y poner lo que está pasando en una perspectiva histórica.
Desde la aparición de la clase trabajadora moderna la lucha revolucionaria ha visto tres grandes oleadas. La primera fue en el año 1848. Fue entonces cuando apareció el primer movimiento organizado de trabajadores con el movimiento Cartista en Gran Bretaña y la publicación del Manifiesto Comunista de Karl Marx y Fredric Engels. Esta vez la chispa de la revuelta tuvo lugar en Palermo, Sicilia, y se esparció por toda Europa a través de Francia, Alemania, Hungría, Austria, Italia y Suiza. Por desgracia decenas de miles de personas murieron, la reacción triunfó en todas partes y el movimiento se apagó con la entrada del capitalismo en una expansión económica que parecía que resolvería los problemas más inmediatos de las personas. En aquellos momentos la clase trabajadora era demasiado pequeña y el capitalismo demasiado fuerte para que pudiera haber una posibilidad real de victoria.

La siguiente oleada revolucionaria empezó antes de que estallara la Primera Guerra Mundial con la Revolución Rusa de 1905, que incluyó los años llamados “Great Unrest” (el Gran Malestar) en Gran Bretaña entre 1910 y 1914, la formación del sindicato internacional Industrial Workers of the World en EE.UU, o la revuelta irlandesa de 1916. El punto culminante fue la Revolución Rusa de 1917, la primera revolución victoriosa de la historia. En 1917 le siguieron seis años donde el sistema capitalista se vio seriamente amenazado. Revoluciones o situaciones pre revolucionarias se dieron en Finlandia, Hungría, Austria, Alemania e Italia, acompañados de situaciones casi revolucionarias en Gran Bretaña, Francia, Irlanda o el Estado español.

Por desgracia de nuevo los procesos revolucionarios no culminaron del todo. La Revolución Rusa no se consiguió extender y la reacción triunfó en Italia con la subida al poder de Mussolini, Hitler en Alemania y la contrarevolución estalinista en Rusia.

La tercera oleada revolucionaria, y la más reciente, empezó a finales de los años 60. Durante el año 1968 estalló la lucha de los derechos civiles de los afroamericanos en EE.UU, las revueltas estudiantiles y el masivo movimiento contra la guerra del Vietnam. Todo esto se unió con la lucha de la clase trabajadora a nivel mundial, que tuvo su máximo exponente durante mayo de 1968 en Francia, donde tuvo lugar la huelga más importante de la historia con diez millones de trabajadoras parándolo todo. Pero también hubo revueltas en las calles de EE.UU, la Primavera de Praga en Checoslovaquia o el movimiento de los derechos civiles en Irlanda.

Estas luchas más adelante se transformaron en el “Otoño Caliente” italiano en 1969, la Unidad Popular en Chile, el derribo de la dictadura griega o la Revolución portuguesa de 1974. Nuevamente la reacción a través de la terrible derrota en Chile a manos de Pinochet en 1973, la neutralización de la Revolución Portuguesa y las traiciones de las burocracias sindicales y sus pactos con los gobiernos de turno –como los Pactos de la Moncloa durante la Transición en el Estado español– hicieron retroceder la oleada revolucionaria.

La historia nunca se repite, pero sí que es cierto que la situación actual está más cerca de la tercera oleada revolucionaria que de las dos primeras. La clase trabajadora es mucho más fuerte y mucho más internacional que a finales del siglo XIX y la perspectiva de un nuevo ciclo de expansión del capitalismo parece actualmente imposible. No ha llegado todavía al nivel de la lucha de clases de 1917 pero estamos viviendo luchas explosivas y revoluciones que tenemos que tener claro que son sólo la punta del iceberg de un nuevo y más radical ciclo de luchas.

La situación económica es cada vez peor y ni la clase dirigente sabe cómo ponerle solución. La explosión del 1968 vino a raíz de la primera gran crisis después del boom económico de la postguerra, con un sistema en plena recesión, como el actual. Esta vez el movimiento está creciendo para hacer frente a los efectos de una crisis que incluso los comentaristas neoliberales advierten que durará años.

Por otro lado hay un nuevo aspecto que hay que tener en cuenta: el cambio climático. De hecho el cambio climático ya está teniendo consecuencias devastadoras en muchos lugares del planeta y a buen seguro que hará aumentar los conflictos sociales y la lucha de clases. Junto con la inflación, el cambio climático es un factor muy importante en el aumento de los precios de los alimentos básicos, precios que han tenido un papel clave en las revueltas árabes.

Perspectivas para un nuevo año lleno de luchas

Tenemos que ser conscientes que a pesar de que conseguiremos victorias nos enfrentamos a un enemigo muy poderoso —la clase dirigente internacional— que contraatacará. Pero la derrota en alguna de las batallas no quiere decir perder la guerra. Por lo tanto es importante encarar este nuevo año, que seguro estará lleno de luchas, con optimismo, confianza y esperar lo impensable. No sólo habrá nuevas irrupciones de luchas, sino que aparecerán nuevas formas de llevarlas a cabo, como ha pasado con el Movimiento 15M. Las huelgas de masas, los consejos de trabajadoras, las sentadas, etc., eran algo nuevo en su momento.

Por otro lado, precisamente debido a la novedad y la espontaneidad de la lucha que se lleva a cabo, ésta se caracterizará por consignas antipolíticas y antiorganizaciones, como de hecho pasa en el 15M. Muchas personas que se convierten en sujetos activos políticamente a menudo piensan que sólo hace falta que la gente se una, más allá de la política. Es necesario responder con buenos argumentos a estas ideas, haciendo ver la necesidad de organizarnos bien en cada momento. Al fin y a la cabo será la lucha de la gran mayoría de la clase trabajadora, especialmente la lucha en los lugares de producción del sistema, la clave para conseguir la victoria. Como decía la revolucionaria Rosa Luxemburgo “será donde las cadenas del capitalismo se forjan donde éstas serán rotas”.

La revolución no es nada más que una huelga a lo grande. Durante las revoluciones, cómo hemos visto, millones de personas se levantan por primera vez y se dan cuenta del poder que tienen para cambiar ellas mismas la sociedad en la que viven. Sólo a través de la lucha la gente cambia de conciencia y es capaz de liberarse a sí misma. Cómo decía Marx: “La revolución no sólo es necesaria porque es la única manera de derrocar a la clase dirigente, sino también porque sólo así la clase derrocadora podrá deshacerse de la mugre de los siglos y ponerse a la altura de la nueva tarea: la de crear una nueva sociedad”.

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