Agenda anticapitalista

República y revolución

14/04/2016

Andy Durgan

AS10937[1]

Hace ochenta y cinco años, el 14 de abril de 1931, se proclamó la Segunda República. Con ella  se abrió una época de esperanza de cambio y de justicia social que quedó aplastada a  sangre y fuego cinco años más tarde. El recuerdo de la República quedó como la  antítesis de la dictadura que la siguió, pero también se debe recordar cómo años de lucha y del gran florecimiento de ideas revolucionarias.

La República surgió después de que la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) se  mostrara incapaz de solucionar los problemas económicos y estructurales del país y fuera abandonada por las clases dominantes. Al mismo tiempo una nueva clase media urbana  reclamó la democratización. Más clave aún, fue la ola de huelgas sin precedentes  durante 1930 que movilizó decenas de miles de obreros. Las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, convocadas con la esperanza de desviar el creciente movimiento de  masas, dieron la victoria a la izquierda. El rey abdicó y la República fue proclamada  desde los balcones de numerosos ayuntamientos.

El nuevo gobierno de republicanos y socialistas introdujo los derechos sociales y  políticos básicos. Pero su tarea más ambiciosa era la de modernizar el país; tarea nada  fácil dado el gran poder de una oligarquía opuesta a cualquier ataque contra sus  intereses.

La reforma religiosa que separó el Estado y la Iglesia y que retiró su control de la educación produjo una reacción visceral por parte de un catolicismo acostumbrado a  todo tipo de privilegios. La modernización del ejército, sobre todo la reducción drástica  del número de oficiales no fue bien recibida por unos militares que temieron la  desintegración de la unidad “nacional” con la aprobación del primer Estatuto de  Autonomía de Catalunya en 1932.

No obstante, la oposición más dura fue en contra de la tan necesitada reforma agraria  que tuvo como objeto acabar con la miseria en el campo. El boicot de la reforma por  parte de terratenientes y poderes locales la dejó sin efecto en muchas zonas. Mientras  tanto, en el parlamento, la derecha hizo todo lo posible para obstaculizar la labor del  gobierno.

La radicalización del movimiento obrero durante los primeros dos años de la República  fue debida tanto al estancamiento de unas reformas largamente prometidas como por la  represión dirigida contra los sectores más combativos; sobre todo contra los sindicatos  anarquistas de la CNT. Los socialistas, influenciados cada vez más por su izquierda,  rompieron su alianza con los republicanos y, como consecuencia, la izquierda fue a las  elecciones de noviembre 1933 dividida. Al mismo tiempo la CNT promovió la  abstención electoral. Ganó la derecha.

Bienio negro
El nuevo gobierno del Partido Radical, partido republicano conservador, desmontó  muchos de los avances de los dos años anteriores. En el campo y en las fábricas, los  dueños aprovecharon para echar sindicalistas; además de recortar salarios y derechos  laborales. Los Radicales fueron apoyados en el parlamento por la Confederación  Española de Derechas Autónomas (CEDA), partido muy ligado a la Iglesia.

En un contexto del avance del fascismo a nivel internacional, el apoyo de la CEDA al  gobierno fue visto por el movimiento obrero como la antesala de la introducción de un  sistema autoritario en España. La amenaza del fascismo y el fracaso del proceso  reformista, radicalizó las bases de la UGT y las Juventudes Socialistas. Como respuesta  al peligro fascista, se organizaron las Alianzas Obreras para luchar tanto en contra del fascismo como en favor de la revolución social. Las Alianzas incluyeron a socialistas,  sindicalistas escindidos de la CNT y comunistas disidentes del Bloque Obrero y Campesino y de la Izquierda Comunista. La CNT, con la notable excepción de Asturias, sumida en una política sectaria quedó al margen.

La entrada en el gobierno de la CEDA en octubre de 1934, llevó a los socialistas y las  Alianzas a declarar una huelga general revolucionaria. No fue para menos: las simpatías  de la CEDA con los Nazis, quienes habían llegado al poder “legalmente” en Alemania el  año anterior, fueron notorias. El movimiento revolucionario fracasó, excepto en Asturias  donde la combatividad de los mineros y la unidad entre la UGT y CNT significó que los huelguistas tomaran el control de la región y desataran una revolución social. Sin  embargo, el movimiento fue derrotado dada las vacilaciones de los dirigentes  socialistas, la falta de participación en el resto del país de la CNT y, en Catalunya la  timidez de los nacionalistas de izquierdas.

El aplastamiento de la Comuna de Asturias, después de casi tres semanas de combates,  fue dirigido por el General Franco dejando dos mil muertos y miles de presos, muchos  de ellos torturados. Tanto la combatividad de los mineros como la salvaje represión  fueron lecciones inolvidables para el movimiento obrero.

A pesar de su derrota, el movimiento de octubre de 1934 minó los planes de la derecha  de introducir un régimen autoritario por vías institucionales. La inoperancia del  gobierno de centro-derecha, salpicado por varios escándalos de corrupción, llevó a  nuevas elecciones en febrero de 1936.

El Frente Popular
Después del fracaso electoral de 1933 y con miles de personas encarceladas a raíz del  octubre de 1934, la presión fue muy grande para que la izquierda recompusiera la  unidad. Así se constituyó en enero de 1936 el Frente Popular, alianza electoral basada  en toda la izquierda: republicanos, socialistas y comunistas. Fue en parte la resurrección  de la alianza socialista-republicana de 1931, pero también cuadró con la nueva táctica  comunista del frente popular antifascista.

El nuevo gobierno del Frente Popular, formado exclusivamente por republicanos de  izquierda, intentó reflotar el proyecto reformista. Sin embargo, las masas no estuvieron  dispuestas a esperar y salieron a la calle, primero para liberar los miles de presos y  después para imponer los derechos laborales y sociales. En el campo, sobre todo en el  sur, se lanzaron a la ocupación de las tierras de los terratenientes. Ya en junio hubo una creciente ola de huelgas, a pesar de los llamamientos a la tranquilidad por parte de los  socialistas y comunistas, que tuvo su punto álgido en Madrid, donde los anarquistas habían empezado a acabar con la hegemonía socialista en el movimiento obrero local.

La derecha, después de su derrota electoral, abandonó por completo su ya débil  compromiso con la democracia. Miles de afiliados de las juventudes de la CEDA  pasaron a las filas de la fascista Falange Española y participaron en una campaña de  terrorismo callejero contra la izquierda. Las clases dominantes y su fiel Iglesia católica,  animaron abiertamente al ejército a sublevarse. El 18 de julio, un sector del ejército salió a la calle para acabar con la República. Fracasó en su propósito, al menos de  entrada, gracias a la reacción de miles de obreros y campesinos, quienes, haciendo caso  omiso a las llamadas suicidas de los republicanos a la calma, se enfrentaron a los  sublevados: había empezado no solamente la guerra civil sino una revolución social de  gran alcance.

La revolución pendiente
En julio de 1936, el movimiento obrero se unificó en las calles para derrotar el  fascismo y hacer la revolución, pero en los años anteriores, a pesar de toda su  radicalidad, su debilidad política e ideológica había sido un lastre para llevar a cabo la  revolución tan ampliamente deseada.

Los dirigentes de la izquierda socialista, a pesar de gozar de un apoyo masivo entre los  sindicatos y la juventud, habían dejado en evidencia tanto en 1934 como en la  primavera de 1936, que sus declaraciones revolucionarias fueron diseñadas tanto para asustar a la burguesía, y así evitar un retroceso político, como para mantener el control de sus bases.

La mayoría de los dirigentes anarquistas habían caído en el sectarismo, incluso organizando movimientos insurreccionales sin la participación de otros sectores. Huyendo de la “política”, nunca plantearon seriamente cómo construir un movimiento  revolucionario unificado.

Los comunistas del PCE, siguiendo fielmente las directrices de Moscú, pasaron del sectarismo desenfrenado, acusando a los socialistas de ‘social-fascismo’, al Frente de populismo, oponiéndose a la movilización obrera, en nombre de la defensa de la  democracia y aliándose con unos republicanos pequeños burgueses con una base muy estrecha, que se habían mostrado totalmente incapaces de hacer frente a los conspiradores militares.

El nuevo partido comunista disidente, el POUM aún era demasiado débil para cambiar esta situación cuando empezó la guerra. Sin embargo, tuvo toda la razón cuando después de las elecciones de febrero de 1936 declaró que la solución definitiva de las múltiples injusticias que padecían la mayoría de la población debía ser la unidad obrera, la creación de un nuevo poder democrático revolucionario y la construcción del  socialismo.

Andy Durgan es autor de Comunismo, Revolución y Movimiento Obrero en Cataluña 1920-1936. Los orígenes del POUM (Laertes 2016).

Formulario de suscripción

Rellena este formulario si quieres suscribirte a alguna de nuestras publicaciones.

Periódico En Lucha y revista La Hiedra - 25€ / año
Periódico En Lucha - 15€ / año
Revista La Hiedra - 12€ / año

×