Agenda anticapitalista

¿Rajoy y Gallardón como Fanfani? Lecciones de Italia de los años 70

05/10/2014

Nikos Loudos

PretiBasta
Existe una semejanza obvia entre la retirada de la reforma Gallardón y los acontecimientos en Italia en 1974. La historia nunca se repite, pero hay algunas lecciones cruciales que surgen de aquella experiencia, algunos errores que la izquierda no debe volver a cometer.

Italia en 1974 estaba dentro del fuego que había encendido el otoño caliente de 1969. El movimiento obrero y los estudiantes habían abierto un período de enfrentamientos que fue dañando a la derecha.

La crisis económica que estalló en 1973 presionaba al mismo tiempo al Gobierno y a los capitalistas. Se encontraban entre la espada de los trabajadores y la pared de la crisis. El camino “ingenioso” que eligió para salir de este dilema Amintore Fanfani, el secretario del Partido Demócrata Cristiano (la derecha italiana), se parece mucho a la estrategia de Rajoy y Gallardón. Decidió celebrar un referéndum para prohibir el divorcio. Pidió al pueblo italiano que votara “Sí” a la suspensión de la Ley Familiar que se había votado hacía sólo tres años, en 1970, la cual concedía el derecho al divorcio.

Fanfani tenía de su lado a la Iglesia y los fascistas. Él mismo, además, hasta 1943 había sido miembro e intelectual del partido fascista de Mussolini. Sin embargo, la estrategia del referéndum no era ninguna conspiración de “fuerzas extremas”. El objetivo era movilizar a la “silenciosa” mayoría conservadora, hacer que la gente se aliara -especialmente en el campo- con la Iglesia y, a través de esto, aislar a la izquierda y los sindicatos. Una situación así podría darle la posibilidad al Gobierno y al Estado de contraatacar a la radicalización, contando además con una legitimidad masiva.

Pero el resultado fue una derrota no esperada para los conservadores. Más del 59% dijo “No” a la reforma Fanfani. Hasta en el sur, donde los tentáculos de la Iglesia estaban más extendidos, Fanfani no obtuvo más de un 50%. Le salió el tiro por la culata. Un año después, Fanfani dimitió del liderazgo del Partido Cristiano Demócrata.

Desde el 1969 hasta 1976, la crisis política continuó y el referéndum de 1974, en vez de salvar la situación, la agravó. En esos años Italia cambió de primer ministro siete veces.

¿Cuál era la raíz de esta desestabilización? Italia fue el país donde la ola del Mayo 1968 llegó al punto más alto. El “otoño caliente” de 1968 fue una explosión de huelgas masivas y ocupaciones de fábricas; desde Pirelli, en Milán, y la FIAT, en Turín -donde las luchas habían empezado en 1968-, ya se extendían por todo el sector metalúrgico y llegaron a todas las fábricas. El movimiento estudiantil en universidades e institutos, que había aparecido antes del de los trabajadores, se orientó hacia las luchas de la clase obrera. Una manifestación masiva de los alumnos de Turín en diciembre de 1969 terminó en la entrada de la fábrica de FIAT.

Era un movimiento fresco e incontrolable. Las luchas en las fábricas se basaron en comisiones de base como la CUB, en estrecha relación con las nuevas organizaciones de la izquierda revolucionaria que se fundaron y se hicieron masivas empezando casi desde cero.

El movimiento encontró al sistema político italiano ya en crisis. El capitalismo italiano había conseguido construirse y mantenerse estable después de la Segunda Guerra Mundial, teniendo continuamente en el gobierno el derechista Partido Demócrata Cristiano. La principal preocupación de los EEUU, de la Iglesia y de los capitalistas, era sostener la Democracia Cristiana en el gobierno a toda costa. La corrupción y la rigidez que producía esta situación se convirtió en los años 60 en un problema para los capitalistas mismos, que necesitaban reformas profundas en la economía. Por eso desde 1963 los Demócratas Cristianos, buscando un mayor consenso, forman gobiernos comunes con el Partido Socialista. La explosión de 1969 fue una señal de alarma para los capitalistas y sus partidos: las aperturas “centroizquierdistas” no les bastaban para llevar a cabo sus ataques.

A la crisis política se añadió la crisis económica mundial después de 1973. La vertiginosa subida de los precios del petróleo fue un duro golpe para los industriales. La inflación subió de un 5,7% en 1972 a un 10,8% el año próximo, y a un 18,7% en 1974. Aún así, la inestabilidad política era tan grande que los trabajadores en 1975 ganaron la “scala mobile”, o sea, la adaptación automática de los salarios cuando suben los precios.

La única buena noticia para los patrones era la política del Partido Comunista Italiano (PCI). Puesto que ni siquiera el Partido Socialista podía salvar al capitalismo italiano, el líder del PCI, Enrico Berlinguer, consideraba que esto era tarea del Partido Comunista. De esta manera, el PCI aseguraría su vuelta a la escena política oficial, de la cual había sido expulsado por la Guerra Fría. Ya en agosto de 1970, cuando el gobierno del demócrata cristiano Mariano Rumor se derrumbó durante una huelga general, Berlinguer se había posicionado diciendo que el asunto más importante era el aumento de la productividad en las fábricas. Estas fueron las primeras muestras de lo que se llamaría el “compromiso histórico”.

Las conclusiones que sacaba la Corriente Eurocomunista -como se conocieron a nivel internacional las opiniones de Berlinguer- de la experiencia del golpe de estado en Chile eran contrarias a las de la izquierda revolucionaria. Según los eurocomunistas, el derrocamiento del elegido presidente Allende por el ejército no sólo no suponía que el camino parlamentario fuera un callejón sin salida, sino que significaba que la izquierda tenía que construir un consenso más amplio que la mayoría parlamentaria. La izquierda tenía que caerles bien a las instituciones. Para eso, tenía que demostrar continuamente su “seriedad”. En otras palabras, tenía que convencer de que quería la salvación del sistema y no su derrumbe.

El problema fue que la izquierda revolucionaria era inexperta y no estaba preparada ideológicamente para confrontar esta situación. Refiramos sólo un momento que resultó crucial, las elecciones de 1976. En las elecciones locales de 1975 el PCI obtuvo un número de votos récord en su historia, y la izquierda revolucionaria obtuvo también buenos resultados, especialmente en las regiones industriales del norte. Esto aumentó la impaciencia por una resolución “política” de la crisis. El PCI apostó por su ascensión electoral y por la perspectiva de participar en el gobierno. La izquierda revolucionaria siguió esta línea impaciente, poniéndole un signo izquierdista. O sea, participó en las elecciones con el eslogan del “gobierno de izquierdas”, intentando convencer de que una coalición de ellos y el PCI sería un gobierno que podría materializar las demandas del movimiento. Sin embargo, no se hace política revolucionaria con términos de aritmética electoral. El PCI estaba mirando hacia su derecha para encontrar aliados, siendo indiferente a los sectores de la clase obrera que estaban dando luchas para ganarlo todo. La izquierda revolucionaria esperaba frenar este reformismo del PCI a través de su propia subida electoral. El resultado de todo esto fue que éste bajó en las elecciones en vez de subir, y la izquierda revolucionaria fue aplastada. El problema no fue la derrota electoral en sí misma, sino la pérdida de orientación, que dejó el camino abierto hacia el “compromiso histórico” entre el PCI y la derecha. Desde 1976, el capitalismo italiano consiguió estabilizarse políticamente. El punto final fue la derrota de la huelga en FIAT en 1980.

De aquellos años en Italia podemos extraer dos lecciones útiles para nosotros en 2014. La primera, sobre las posibilidades que puede abrir la crisis del sistema, posibilidades que llegan hasta la revolución. Pero esta experiencia también demuestra que los revolucionarios no podemos olvidar que la fuerza motriz es el movimiento, y que en el centro de todo está la clase trabajadora. La intervención en las elecciones y los éxitos electorales los necesitamos para dar fuerza a la confianza de la gente que está luchando, para ganar más gente a las líneas del movimiento, para radicalizar su consciencia, no para dar falsas esperanzas de que algo puede cambiar a través de las instituciones.

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