Agenda anticapitalista

¿Podemos? De las elecciones andaluzas y más allá

29/03/2015

Jesús M. Castillo

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“Lo organizativo también es político”. Esta frase que se escucha habitualmente en las organizaciones políticas se está evidenciando cada vez más en el desarrollo de Podemos.

La primera gran etapa de Podemos fue desde su presentación con el manifiesto ‘Mover Ficha’ hasta el magnífico resultado obtenido en las elecciones europeas de Mayo de 2014. Tras una campaña construida con ilusión desde abajo, con frescura y autoorganización de la gente de unos círculos que bullían en debates políticos, y con una presencia mediática importante de Pablo Iglesias y un fuerte nivel de activismo en las redes sociales, se obtuvieron 5 escaños en el Parlamento Europeo. Desde entonces, Podemos entró en una fase organizativa para articular un movimiento muy extenso y diverso lleno de potencialidades para cambiar la situación política. Este proceso se dio a varios niveles, primero a nivel estatal con la Asamblea Ciudadana ‘Sí se Puede’ de la que salieron unos documentos directores (ético, político y organizativo) y una dirección estatal, después a nivel municipal con la elecciones de secretarías generales y consejos ciudadanos locales y, posteriormente, a nivel autonómico (proceso que tuvo que interrumpirse en Andalucía tras la convocatoria de las elecciones andaluzas y que será retomado a inicios de Abril). Con este acontecer organizativo, Podemos pasó de ser un movimiento social heredero del Movimiento 15M a un partido político, ¿pero qué tipo de partido?

El proceso organizativo estuvo diseñado desde el inicio (por un supuesto comité técnico que realizó mucho trabajo político) para ocasionar un enfrentamiento total (no había posibilidades de enmiendas parciales a documentos, había que aceptar todo o nada) entre dos visiones sobre cómo y para qué construir una organización política. Por un lado, gente que pensaba bajo las siglas de ‘Claro que Podemos’ que Podemos debía ser principalmente una “máquina electoral” centralizada y monocolor para ganar las elecciones generales y, por otro, gente que pensábamos, y pensamos, que Podemos debe ser una herramienta de empoderamiento popular desde abajo para tomar el poder en las instituciones, en las calles y los centros de trabajo, potenciando y visibilizando nuestra diversidad y los debates políticos claves. Este proceso organizativo, marcado en todo momento por un presencia mediática y una visibilidad muy descompensada entre ambas alternativas, concluyó con la victoria a nivel estatal y en la mayoría de territorios y municipios de las candidaturas ‘Claro que Podemos’. Su “máquina electoral” estaba en marcha y en ella se temía, y se teme, a la autoorganización desde abajo dentro del partido que se intenta combatir con una excesiva centralización que oculte la diversidad y relegue debates claves que están sobre la mesa como el impago de la deuda, la reforma agraria en Andalucía, la banca pública, la renta básica o la salida de la Unión Europea.

Este modelo organizativo llevó, como no podía ser de otra manera, a una campaña electoral para las elecciones andaluzas al estilo de la vieja política de la “casta”, dirigida en gran parte desde Madrid por un comité de campaña celoso de controlar desde arriba hasta el último detalle. Una campaña a la que llegó tras unas primarias en circunscripción única en las que se pactó con la CUT y con Equo, sin que estos pactos fueran votados, como marcan las normas de Podemos, por sus bases. Una campaña a la que se llegó confeccionando unas listas electorales provinciales de manera arbitraria por el comité de campaña, marginando a las candidaturas de Andalucía desde Abajo. Una campaña de la vieja política a la que se llegó con un programa confeccionado de manera opaca de espaldas a las bases del partido y que no recogía, ni comprendía, la idiosincrasia propia de nuestra tierra, su carácter de nación recogido en el Estatuto de Andalucía, ni temas claves para la mejora de la vida de la gente de abajo como la reforma agraria, la renta básica o una banca pública.

Esta campaña electoral tradicional y centralizada se desarrolló en medio de un boicot mediático brutal (cuando no campañas de difamaciones y mentiras), con un presupuesto mucho menor que los demás partidos, sin experiencia real directa en Podemos en este tipo de campañas, en un clima social generalizado de rechazo a la política tradicional y de giro a la izquierda, y con muchos círculos abandonados por el partido y atareados de cara a las elecciones municipales. Además, había circunstancias propias de Andalucía, una tierra con un alto porcentaje de población rural donde todavía, en muchas zonas, reina el caciquismo y las redes clientelares políticas tejidas por el PSOE durante más de 30 años.

En este contexto, una campaña electoral tradicional, controlada desde Madrid, excesivamente centralizada, y con miedo a la autoorganización desde abajo y los debates fue un error político grave. Un error que, simbólicamente, comenzó con las declaraciones de Luis Alegre, secretario de Participación Interna, diciendo que no salíamos a ganar en Andalucía; declaraciones rectificadas rápidamente pero que dejaban entrever la posición de la dirección estatal respecto a las elecciones andaluzas. Posteriormente, se apartaría sistemáticamente a las candidaturas de Andalucía desde Abajo en los actos electorales, el mensaje de “no somos ni de izquierda ni derechas” abriría las puertas a Ciudadanos (que desembarcó en Andalucía con un gran apoyo de los podres económicos), no se enviarían las papeletas por correo (esencial para romper el miedo al cacique de turno que vigila los votos en muchas zonas rurales), se dejarían de lado actos en infinidad de pueblos, prácticamente no se visibilizarían luchas sociales durante la campaña, no se animaría a participar en la cita clave de las Marchas de la Dignidad del 21 de Marzo, y se utilizarían a las bases del partido como “músculo” para pegar carteles y poco más, sin fomentar, cuando no cortando, su capacidad de autoorganización de lo que debería haber sido una campaña fresca, descentralizada, de guerra de guerrillas en cada municipio. La campaña se cerraría, simbólicamente, con el gran mitin en el velódromo de Dos Hermanas en el que Teresa Rodríguez, candidata a presidenta andaluza, sería relegada a un segundo plano al no cerrar el acto como le debería haber correspondido. Y el día de las elecciones, justamente y de manera inoportuna en la noche electoral, se haría pública una nota anunciando que se rompía la pareja de Pablo Iglesias y Tania Sánchez.

Aún así, los resultados de las elecciones andaluzas no han sido malos para Podemos. Muestran que Podemos es un partido de gente trabajadora de izquierda. Estamos mejor que antes de las elecciones. Contamos con 15 escaños, el PP ha perdido medio millón de votos y el PSOE ha obtenido los peores resultados de su historia, perdiendo 800.000 votos desde 2004. Nuestras parlamentarias deben ser ahora un ejemplo de transparencia y de lucha, llevando la voz de la gente de abajo al parlamento al tiempo que están en primera línea en las movilizaciones sociales. Y lo que es más importante, Podemos cuenta aún en Andalucía con unas bases diversas, críticas y combativas, capaces de rescatar el espíritu inicial del manifiesto ‘Mover Ficha’.

Los resultados de Podemos en Andalucía han dejado un sabor agridulce. Mucha gente pensamos que podíamos haber conseguido muchos mejores resultados de haber sido capaces de movilizar a parte de la abstención y de atraer a toda la gente que se está radicalizando con la crisis.

En parte, esto no se ha conseguido por el mensaje y el modelo de campaña diseñados desde la dirección de Podemos. Este mensaje y esta campaña pueden haber fallado parcialmente en Andalucía debido a algunas características propias de nuestra tierra, pero no todo en estos resultados deviene de lo especial de Andalucía respecto a otras zonas del Estado español. Espero que este breve análisis sea de utilidad para los y las compañeras de Podemos en otros territorios que afrontan en breve elecciones autonómicas, así como para todas las que queremos echar a la casta del gobierno central a finales de año. Paradójicamente, una visión excesivamente electoralista puede acabar mermando las posibilidades electorales en función del contexto en el que se desarrolle. Acabo como empecé: “Lo organizativo también es político”.
Jesús M. Castillo es activista de En lucha, en Podemos participa en Andalucía desde Abajo, en el Círculo Macarena y miembro del Consejo Ciudadano de Podemos en Sevilla.

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