Agenda anticapitalista

Origen y metamorfosis de la OTAN, una alianza para la guerra

29/10/2015

Isaac Salinas

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El origen de la OTAN no debemos buscar en el fin de la Segunda Guerra Mundial (SGM), sino al inicio de la Guerra Fría. Después de la SGM, los EEUU se convirtieron en la principal superpotencia mundial, la hegemonía de la que se había ido gestando durante años. Pero estos necesitaban identificar un adversario bastante creíble que diera alas a sus ambiciones imperialistas. La URSS y su “comunismo” fueron los mejor situados para llevar a cabo esta función. La tesis de Churchill del “telón de acero” en 1946 y la “doctrina Truman” – inflar la amenaza de ataque soviético en Europa occidental para justificar la nueva marcha norteamericana en política exterior – formulada un año más tarde, dieron el disparo de salida de la Guerra Fría y crearon un clima adecuado para la creación de la OTAN en 1949. El Golpe de Praga y el Bloqueo de Berlín en 1948 -que dejaban claro el propósito expansionista de la URSS- aceleraron este proceso. La OTAN era, en teoría, una solución defensiva de los EEUU y sus aliados europeos. Sin embargo, en la práctica la Alianza ha sido siempre un instrumento militar al servicio de los intereses de Occidente -y de EEUU en particular- que, ahora y siempre, pasan por asegurar y ampliar las esferas mundiales de influencia del mercado capitalista.

Desde un principio se perfiló una dependencia de Europa occidental en política exterior respecto de los EEUU y, en consecuencia, una distribución de poder asimétrica dentro de la OTAN. A cambio, los socios europeos de la Alianza recibían la “protección” militar de EEUU. Así, fueron instaladas bases militares estadounidenses en diferentes enclaves europeos bajo el manto de la OTAN, lo que fue muy bien recibida por los dirigentes de Europa occidental.

En 1955, la firma del Pacto de Varsovia (PV) entre la URSS y los países de su zona de influencia formalizó la división de las potencias en conflicto en dos bloques: el Este y el Oeste. Sin duda, el PV fue una respuesta a la OTAN, con una estructura de la parte más débil y con menos socios de confianza.

La oposición entre bloques se consolidó durante la década entre 1956 y 1966. La carrera nuclear llevada a cabo por ambos resultó en un equilibrio de fuerzas que hacía improbable un final próximo de la Guerra Fría a favor de uno o del otro lado. Esto dio paso a una nueva etapa de calma relativa, la que duraría hasta el 1973. El riesgo de un posible “armageddon” atómico en caso de enfrentamiento abierto sirvió para contener las disputas y, incluso, hizo posibles algunas negociaciones entre los bloques para el control armamentístico, sin por ello erosionar sus respectivos intereses.

Pero a partir de mediados de los ’70 se agudizaron de nuevo las tensiones entre Este y Oeste. Ante el reto estratégico que representaba el alto grado de desarrollo nuclear y armamentístico alcanzado por la URSS, los EEUU adoptaron una postura más agresiva frente el PV. Este fue uno de los motivos que llevó a un empeoramiento de las relaciones dentro de la OTAN entre sus miembros europeos y EEUU, aunque los intereses comunes seguían teniendo más peso.

Entonces vino el ingreso de España en la OTAN en 1982, el cual fue interpretado como una señal de que la Alianza seguía manteniendo su atractivo en Europa y que su futuro estaba garantizado.

A mediados de los ’80, con Reagan y Gorbachov como máximos dirigentes de los respectivos bloques, la Guerra Fría entraba en su recta final. El colapso de la URSS significó la victoria de la OTAN y la disolución en 1991 del PV. Así, la OTAN había cumplido su misión histórica y, por tanto, había perdido su razón de ser. Sin embargo, lejos de disolverse, la Alianza inició entonces un proceso en el que tuvo que reinventarse a sí misma para justificar su existencia ante la opinión pública en ese nuevo escenario.

Nuevo (des)orden mundial

El fin de la Guerra Fría abrió un nuevo período no de paz, sino de intervencionismo permanente por parte de EEUU. Ya en la Conferencia de Roma en 1991 se elaboró el nuevo “concepto estratégico” de la OTAN -también llamado “Declaración de Roma” – el cual supuso una reorientación estratégica de la Alianza militar, otorgándole un papel más amplio y abiertamente ofensivo. Esto supondría el inicio de la “internacionalización” de la OTAN y la intervención en misiones “fuera de zona”, tal como hizo en Bosnia en 1995, en Kosovo en 1999 y en Afganistán a partir de 2003.

En la Declaración de Roma se mencionaban también los nuevos retos (más concretos) de la OTAN. Además del clásico caso de un posible ataque a la Alianza – que en la práctica quedaba descartado – la alianza debía centrarse en la lucha contra la proliferación de armas de destrucción masiva, la interrupción del suministro de recursos vitales y los actos terroristas y/o de sabotaje.

De este modo, una OTAN renovada y sin ningún rival serio a la vista se disponía a proclamar un “nuevo orden mundial”. Este nuevo contexto, sin embargo, no permitió una relajación de los EEUU. Su economía había sufrido un debilitamiento relativo desde los ’80, lo que infundió entre la clase dirigente estadounidense el temor de un desplazamiento de poder global contrario a sus intereses. Algunos llegaron a predecir, en 1992, que la economía japonesa superaría la de EEUU en 12 años.

En efecto, existe una contradicción entre la pérdida relativa de poder y la permanente superioridad militar de EEUU. La última es utilizada con el objetivo de consolidar posiciones geoestratégicas, ganar nuevo terreno de influencia e implantar este nuevo orden mundial. Esta dirección se fortaleció durante la segunda legislatura de Clinton. La ampliación de la OTAN hacia el Este jugó en este sentido un papel clave, con la adhesión, en 1999, de la República Checa, Polonia y Hungría. Estos sirvieron en el Ejército estadounidense como bases de apoyo.

El año de su 50 aniversario, la OTAN aprobó una declaración en virtud de la cual señalaba que, de ahora en adelante, sus acciones militares no necesitarían ajustarse a una resolución específica del Consejo de Seguridad de la ONU. Así, daba vía libre a los bombardeos sobre Kosovo -a iniciativa de los EEUU- los cuales desencadenaron nuevas tensiones en el interior de la OTAN por falta de consenso. Esta era la forma de Clinton de hacer saber a los europeos que la OTAN seguía siendo la “policía de Europa”.

La Guerra de Yugoslavia formaba parte de un panorama internacional en el que las rivalidades geopolíticas imponían a las tendencias de integración, alimentadas por la existencia de regiones “inestables” desde Oriente Próximo hasta Asia Central. La realidad de países emergentes – sobre todo China y Rusia- con aspiraciones de ampliar su poder económico y geopolítico había sustituido a finales de los ’90, en Japón como principal amenaza a la hegemonía norteamericana.

¿Un nuevo siglo americano?

La sociedad norteamericana no afrontaba el cambio de siglo en su mejor momento: estancamiento económico, desempleo creciente, fondos de pensiones en caída libre, etc. A los promotores del “Proyecto para un Nuevo Siglo Americano” – en el poder después de la entrada en el gobierno de Bush el año 2000 – el 11-S les ofreció el apoyo popular y los objetivos concretos – Bin Laden – que justificarían la implementación de su nueva estrategia imperialista.

Los países de Oriente Próximo y Medio – a diferencia, por ejemplo, de América Latina – no estaban en situación de dependencia financiera gracias a sus reservas petrolíferas y por tanto no podían ser “disciplinados” mediante los mismos instrumentos de antes, como el FMI o la OMC. Así pues, si los EE.UU. que querían hacerse con el control de la región, tenían que pasar a la acción.

Justo después del 11-S, los socios de la OTAN recurrieron al artículo 5 del documento fundacional de la Alianza, según el cual un ataque a un miembro de la OTAN es considerado como un ataque contra todos los miembros. Este apoyo estaba en sintonía con la estrategia de internacionalización de la OTAN. Pero a estas alturas, los EEUU habían iniciado ya su marcha unilateral. Esto quedó claro con la invasión en 2001 de Afganistán, sin consulta previa a la OTAN. Con esta nueva estrategia, los EEUU buscaban evitar las restricciones que en Kosovo los había supuesto actuar como Alianza.

Es así como comenzó la llamada “guerra contra el terror”, la cual apunta a la existencia de células estructuradas en red que amenazan la “civilización occidental”. Así, el “terrorismo internacional” daba origen a una nueva “amenaza común”, llenando el vacío que el derrumbe de la URSS había dejado. No obstante, lo cierto es que este terrorismo no alcanzó nunca el poder, en el sentido de gran potencia armada de la antigua “amenaza comunista”. Pero esto no detendría las ambiciones imperialistas de los “halcones” de Washington, el discurso de los que no distinguía ya entre guerra y terrorismo. El peligro de este discurso radica en el hecho de que, una vez los ataques terroristas son considerados una nueva forma de guerra, las acciones de guerra contra estos grupos quedan justificadas. Así se llega a un “Estado de excepción permanente”, en el que el Ejército se convierte en una especie de policía al servicio del imperialismo.

La OTAN, para readaptarse a su papel de ejército imperialista, había de transformar su filosofía de “defensa colectiva” en “seguridad colectiva”. La “seguridad” ya no se entiende como defensa del propio territorio ante el posible ataque de fuerzas extranjeras, sino más bien como el impedimento de inestabilidades en otras zonas que podrían afectar el territorio propio. La ampliación del concepto de “seguridad” sirve, pues, a una creciente militarización de la política exterior y de la mano de la política expansionista de la OTAN.

Desde el inicio de la “guerra contra el terror”  impulsó una espiral de armamento y violencia. De todos los gastos internacionales en defensa el año 2006 -1204 billones de dólares- unos 800 correspondieron a los estados de la OTAN, 528 de los cuales sólo en los EEUU.

La militarización de la política exterior y la transformación de los ejércitos nacionales en “tropas de intervención rápida” que operan en un ámbito global muestran un peligroso desarrollo de la política internacional. La tragedia de la sociedad afgana bajo  ocupación pone de relieve cómo los Estados de la OTAN persiguen unos objetivos no justificados, cuando “seguridad” y “desarrollo” son todo lo contrario de lo que allí se ha dado.

La invasión de Afganistán se dirige, en parte, a impedir que los recursos energéticos de Irán y Asia Central puedan llegar a China a través de Afganistán. Y es que Afganistán se encuentra en medio de una región en la que vive casi la mitad de la población mundial y que dispone de unas 2/3 de las reservas de petróleo y gas del planeta. De ahí su relevancia geoestratégica y la lucha por controlar el país.

En esta misma lógica se engloba la guerra de Irak, la que generó la mayor crisis de la historia de la OTAN. Pocas semanas antes de la invasión de Irak, los socios Francia, Alemania y Bélgica bloquearon un acuerdo de la OTAN que incluía planes para la protección de Turquía ante el inminente estallido de la guerra. Algunos representantes del gobierno estadounidense llegaron a hablar de una posible disolución de la Alianza a favor de una “coalición de fuerzas de buena voluntad”, entre las que se contaba el gobierno de Aznar y aquellos que prestar su colaboración en la guerra de Irak.

Esta estrategia de los EE.UU. alejaba del impulso de la integración europea, como había estado haciendo hasta entonces. Ese cambio dio un fuerte incentivo en Francia y Alemania para desarrollar, en el marco de la Unión Europea, capacidades militares que redujeran su dependencia militar respecto de los EEUU. Estos esfuerzos, sin embargo, se vieron limitados por la división dentro de la UE, debido a la existencia de un sector alineado con Washington, liderado por Gran Bretaña. Sin embargo, la UE ha seguido desarrollando -no sin problemas, como con la derrota de la Constitución Europea en los referendos de Francia y Holanda en 2005 o las dificultades a las que se enfrentó el Tratado de Lisboa- políticas de seguridad y defensa comunes, lo que habla de su voluntad de convertirse en una potencia imperialista independiente. En cualquier caso, mientras perdure el abismo tecnológico entre EEUU y los miembros europeos de la Alianza, seguirá
fortaleciéndose el unilateralismo de los primeros y la irrelevancia militar de la UE, y la OTAN seguirá estando sometida a los designios de los EEUU.

Nuevas maniobras

En los últimos años, la OTAN ha seguido expandiéndose hacia el Este. No es por casualidad que todos los nuevos miembros de la OTAN desde la caída del muro de Berlín son países que pertenecían al antiguo PV y se han convertido hoy en día en Estados que se someten política y económicamente a Alemania y / o EEUU. Este acoso a Rusia obedece, una vez más, al interés de los EEUU para controlar los recursos energéticos y las rutas de transporte en el continente euroasiático, debilitando así el auge de Rusia y China como posibles rivales imperialistas. La intervención de Rusia en la guerra de Georgia -país candidato a ingresar a la Alianza- en el verano de 2008 se entiende como un intento de los primeros de reafirmar su influencia en la región e, indirectamente, poner límite ale xpansionismo de la OTAN.

Pero ha sido la crisis en Ucrania, el conflicto que con más fuerza ha reavivado las tensiones de la Guerra Fría. Tanto Rusia como la OTAN la han instrumentalizado para reafirmar sus intereses geoestratégicos, contribuyendo decisivamente al estallido de la guerra civil y el auge de los fascismos que sufre el pueblo ucraniano. Las recientes pasos del gobierno de Ucrania hacia el ingreso en la UE y la OTAN y el despliegue de la última durante el verano pasado en el oeste del país indican que las tensiones entre los antiguos bloques se encuentran muy lejos de finalizar .

La Rusia actual, por mucho que actúe como bloque imperialista, ya no puede jugar el papel de adversario legitimador de la OTAN que tenía la URSS. Es por ello que, en un intento de actualizar la misión de la OTAN, su vice-secretario general, Alexander Vershbow, afirma que la Alianza se enfrenta a “un cambio rápido en la seguridad mucho más inestable y potencialmente más peligrosa “que la Guerra Fría. En consonancia con las tesis post-11S y la “guerra contra el terror”, insiste en que “de Siria a Libia, países fallidos o en vías de fracasar, han abierto la puerta a los extremistas y grupos terroristas. En este nuevo mundo, los aliados y socios de la OTAN tienen que ser capaces de reaccionar de forma rápida y decidida “.

Es en este escenario que debemos entender los actuales movimientos de la OTAN en el sur de Europa (incluyendo España), desde principios de octubre hasta el 6 de noviembre. Según el ministro de Defensa, Pedro Morenés, se trata de “las maniobras más importantes y de mayor entidad cualitativa y cuantitativa de la Alianza desde la operación en Afganistán”.

No queremos que la OTAN controle el acceso de refugiadas en Europa, con el pretexto -según el discurso de la derecha xenòfoba- que pueden entrar yihadistas. Recordemos que la guerra, como es el caso de Siria, se encuentra en el origen de la crisis de refugiados que ahora llaman a las puertas blindadas de Europa. Y la OTAN es una alianza para la guerra. Por eso tenemos que acabar con ella. Porque debemos evitar nuevas incursiones de tropas de la Alianza, ya sea en Siria, en países africanos o donde sea. Y por que no nos podemos permitir vivir con el peligro de un enfrentamiento armado entre potencias nucleares; la memoria de la Guerra Fría nos debería alejar de una escalada de las confrontaciones entre bloques imperialistas.

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