Agenda anticapitalista

Luchas contra el racismo, la miseria y la represión policial en Sudáfrica

12/03/2015

Jesús Sabariego


Las manifestaciones por la exigencia del cumplimiento de los derechos humanos y la justicia social por parte del gobierno surafricano y contra la precariedad de las condiciones de vida de la población negra, básicamente por falta de electricidad en los hogares y servicios básicos, acontecidas en las poblaciones de Tsakane (Brakpan), al sur de Soweto, y en Thembelihle, al sudoeste de Johannesburgo, a finales del pasado febrero, han acabado saldándose con la muerte de dos menores de edad a causa de la brutal represión policial. Los temibles Red Ants, policías de élite antidisturbios, irrumpieron de madrugada con tanquetas en estas comunidades abriendo fuego contra la población.

Además de las muertes por impacto de bala de los dos escolares y decenas de heridos, permanecen arrestadas decenas de personas acusadas de violencia pública, a las que se les han impuesto fianzas y sanciones extremamente altas, sin el pago de las cuales no podrían obtener su libertad. El Frente Unido sudafricano ha iniciado una campaña de recogida de fondos para el pago de las fianzas y las multas impuestas a personas empobrecidas que no tienen como asumirlas, exigiendo la inmediata libertad de quienes permanecen encarcelados sin pruebas.

A pesar de la represión policial y la violación de los derechos humanos, activistas del Frente Unido y otros movimientos de las comunidades de Tsakane y Thembelihle han continuado con las movilizaciones. Para el próximo 21 de marzo, con motivo de la conmemoración de la masacre de Sharpeville en 1960, se está organizando una marcha que instaure este día como efeméride nacional contra brutalidad policial, intentando centrar la atención de los medios de comunicación en la represión en Tsakane y Thembelihle, y exigiendo una investigación independiente que depure responsabilidades entre los responsables policiales y políticos.

La historia de las luchas contra el Apartheid, el régimen político racista instaurado en Sudáfrica por la minoría blanca descendiente de los colonos británicos y holandeses, cambió tras la masacre de Shaperville en 1960. Civiles desarmados reivindicaban sus derechos fundamentales en una manifestación pacífica y fueron brutalmente reprimidos, muriendo cerca de un centenar, muchos niños. Tras la matanza, la policía detuvo a más de diez mil personas en todo el país, se declaró el estado de excepción, agudizándose la represión, la tortura, los asesinatos y las desapariciones, prohibiéndose las organizaciones convocantes de aquella protesta, entre ellas el Congreso Nacional Africano (ANC por sus siglas en inglés) de Nelson Mandela, y el Congreso Panafricano, cuyos integrantes pasaron a la clandestinidad, el exilio o la cárcel, como el propio Mandela.

En recuerdo de esta masacre y tras la ola mundial de protestas y manifestaciones contra el gobierno sudafricano y el Apartheid, al tiempo que en EEUU crecía el movimiento por los derechos civiles encabezado por el Dr. Martin Luther King, y otras experiencias como los Black Panthers, la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó en 1966 el 21 de marzo Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial.

Cabe preguntarse qué sucede pues en Sudáfrica y cómo es posible que, tras el fin del Apartheid y la llegada del ANC al poder, el partido con el que Mandela conquistó la presidencia, la población negra continúe empobrecida, sin recursos y acceso a servicios básicos, clamando por el cumplimiento de sus derechos fundamentales y brutalmente reprimida.

Tras unos años de cierta paz social y bonanza económica, la recesión y el incumplimiento de las promesas de cambio por parte del gobierno del ANC, encabezado actualmente por Jacob Zuma, han agudizado las protestas y articulado movimientos que en todo el país continúan clamando por mejoras en la vida de las personas mientras la represión y la violencia policial crecen paralelamente. Baste mencionar la represión de los mineros que protestaban por mejoras salariales en 2012 en Lammin. La peor masacre desde el final del apartheid, en la que perecieron 32 personas a manos de la policía.

Estos acontecimientos merecen un análisis más complejo y profundo que aquel al que podemos dedicarnos aquí, baste apuntar apenas que si bien la transición democrática en Sudáfrica y los gobiernos del ANC con Mandela al frente trajeron una cierta paz social y la igualdad jurídica formal para la población negra, la igualdad real dista aún mucho de ser una realidad para amplios sectores de la población. Esta situación, unida a la recesión económica global y al papel estratégico geopolítico que juega Sudáfrica, nos muestra claramente un estado de apartheid económico manifiesto. El racismo, en el fondo, no es una cuestión de raza, es una cuestión económica. Funciona como una ideología que enmascara la desigualdad material, la profunda brecha entre clases, para afianzar un modelo económico e ideológico de explotación de los seres humanos y la naturaleza que no es otro que el capitalismo neoliberal.

En Sudáfrica, como en tantos lugares sangrantes de ese paradigmático Sur del mundo que sufre y padece la opresión capitalista, quienes asumieron la tarea de construir una sociedad justa e igualitaria, inclusiva y democrática acabaron traicionando a quienes habían apoyado esas luchas. La llegada al poder del ANC sirvió para una cierta distribución material de recursos y bienes al principio, junto a la creación de un consenso amplio que desactivó las luchas durante un tiempo, en la espera de que la igualdad formal trajera la igualdad material. Las promesas frustradas y la agudización de la desigualdad, la construcción de una nueva élite, una nueva oligarquía del partido en el gobierno aliada a la hegemonía económica blanca, ha redundado en la profundización de la miseria de la población negra.

En estas décadas de gobierno del ANC y tras la muerte de Mandela, numerosas protestas y movimientos vienen desarrollándose en pos de mejores condiciones de vida, agudizándose la represión y la violencia estatal y política. La discriminación racial ya no existe en las leyes, pero continúa en la vida de la gente. Las protestas y los movimientos desde abajo no son sino el síntoma evidente de la violación de los derechos por los de arriba y donde radica la única posibilidad real de cambio.

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