Agenda anticapitalista

La gente dice no al cambio climático, la solución no puede venir de quien crea el problema.

01/12/2015

Sonja Coquelin y Aitor Bayón

cop21

Más de 600.000 personas en 175 países tomaron las calles para pedir una justicia climática. Las manifestaciones más impresionantes tuvieron lugar en Melbourne y Londres con 60.000 y 50.000 manifestantes respectivamente. En Madrid, la marcha convocada por cientos de organizaciones sociales reunió unas 15.000 personas.
Esas manifestaciones globales ocurren al inicio de la cumbre COP21 en París para marcar la amenaza catastrófica del cambio ambiental, y los daños a las personas y al planeta que va a causar si los gobiernos fallan, otra vez, en tomar acciones significativas.

Las marchas de ayer muestran que la gente puede ser movilizada sobre temas como la justicia climática pero es difícil tener un consenso sobre qué acciones se necesitan. Aunque 147 jefes de estado y 25.000 representantes oficiales se están reuniendo en París para “limitar los efectos del calentamiento global del planeta”, sería cándido pensar que lograrán un acuerdo vinculante que realmente pueda mejorar la situación.

Primero, es importante rechazar cualquier proyecto con fines lucrativos que permita, a quien sea, sacar beneficios usando el cambio climático como pretexto. También, debemos desafiar las campañas que sólo sirven para avergonzar las elecciones que hacemos cuando consumimos e instan a las personas para que sean “responsables” a nivel individual. La manera de vestirse, qué energía usar o comer más ecológicamente no son cuestiones que todo el mundo puede elegir y tampoco debe ser el movimiento que necesitamos.

Por el otro lado, sería crucial favorecer la solidaridad con las personas refugiadas y migrantes porque los efectos negativos del cambio climático tendrán como consecuencia el desplazamiento de aún más gente a través el mundo. La lucha por un sistema sostenible debe ser conectada con la lucha contra el imperialismo y las guerras.

Después de los ataques de París: la libertad de expresión es reprimida.

Los líderes del mundo han tenido un minuto de silencio al inicio de la reunión de la COP21 para las víctimas de los ataques del 13 de Noviembre en París. Desde que ocurrieron los trágicos eventos en la capital, el gobierno ha declarado un estado de emergencia de 3 meses para “garantizar la seguridad” de la población.

El problema es que el estado de urgencia es un gran peligro para las libertades públicas porque es usado como un pretexto para silenciar cualquier voz de la oposición. Desde su proclamación, todas las manifestaciones públicas han sido canceladas por razones de seguridad. Eso incluyó la movilización contra la violencia machista del 25N y las planificadas por la COP21. Al mismo tiempo, la policía tiene muchas más libertades y han realizado numerosos arrestos domiciliarios sin ordenes de registro.

El 22N, algunas cientos personas desobedecieron a las órdenes y se unieron para un rally “pro-migrantes”y para disputar la cancelación de las manifestaciones. Es raro que por razones de seguridad, no hayan cancelado los partidos de fútbol o cerrado los centros comerciales. El domingo 29 de noviembre, la policía cerca a quienes se manifestaban de manera pacifica, pero clara, para exigir una solución real al cambio climático. La policía deliberadamente provocó a la gente y uso gases lacrimógenos para reprimir a esas personas. Arrestaron a más de 200 personas. Los medios de comunicación y el gobierno francés actuaron al unísono al distinguir entre buenas y malas manifestantes. Las organizaciones que no cuestionan el sistema y que están dentro de la Cumbre del Clima pudieron concentrarse sin problema, quienes desafían las políticas ambientales de forma clara y directa fueron atacadas por la policía. El discurso antiterrorista se extiende ahora hacia “los extremismos”, entendiendo extremistas a las organizaciones sociales, políticas y sindicales que denuncian que la solución al cambio climático no puede venir del mismo sistema social, el capitalismo, que lo provoca.

Por todas esas razones, es necesario seguir luchando, construir una alternativa ecologista desde abajo y desafiar sus prohibiciones. No podemos dejar a los gobiernos que nos dividan y repriman nuestra libertad de expresión.

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