Agenda anticapitalista

La chica danesa: transexualidad y cultura de masas

14/01/2016

Ángela Solano

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Lucinda Coxon adapta la novela homónima de David Ebershoff en esta película dirigida por Tom Hopper, para narrar la historia de una de las primeras mujeres transexuales que se sometieron a cirugía, Lili Elbe. Una brillante Alicia Vikander da vida a Gerda Wegener, mientras que el papel de Lili recae sobre Eddie Redmayne, a veces espléndido, a veces al borde de lo histriónico o excesivamente técnico. Sin embargo, la elección del oscarizado actor sembró la polémica dentro de la comunidad trans por otros motivos en cuanto se hizo pública, llegando a alentar su boicot. En este artículo se repasan algunos de sus argumentos.

Que un hombre cisexual –no transexual- interprete a una mujer trans resulta inapropiado o incluso peligroso por diversas razones. Por un lado, se perpetúa la situación de desigualdad que afronta la comunidad trans en la industria cinematográfica. Existen muchas actrices y actores trans de talento que al fin empiezan a tener presencia en series de éxito, como Laverne Cox en Orange is the New Black, Bethany Black en Banana, o Jamie Clayton en Sense 8, obra de la directora trans Lana Wachowski. Sin embargo, el propio Hooper reconoce la existencia de un “problema” de transfobia en el sector, quien a pesar de contratar entre 40 y 50 extras transexuales para La chica danesa, escogió a Redmayne como actor principal. Otros ejemplos recientes fueron Jared Leto en Dallas Buyers Club o Felicity Hoffman en Transamerica, y volverá a suceder en películas pendientes de estreno como About Ray o Stonewall, donde además presenciaremos un nuevo caso de whitewashing. Es justo que la comunidad trans haga propios estos papeles para evitar este moderno blackface –transface- y que la industria les abra el acceso a todo tipo de retos interpretativos.

Por otro lado, la elección de un hombre para el papel de una mujer trans alimenta la confusión entre travestismo y transexualidad. En Transamerica, tanto Felicity Hoffman como su personaje son mujeres; esta correspondencia, según objeta una parte de la comunidad trans, no se da en La chica danesa. Más allá de las maravillas de la caracterización, ha quedado documentado que Lili Elbe nunca dejó de parecer la mujer que era incluso cuando vestía como hombre. Cualquier actriz hubiera podido rodar las escenas en las que Lili aparece como Einar, no sirve como excusa que la película dé comienzo antes de su transición.

Se refuerza la idea de que belleza y delgadez son claves para la aceptación social, sin cuestionar el concepto de feminidad. La delgadez de su protagonista se achaca a que Lili desea “cuidar su figura”, quedando asociada a la idea de mujer, aunque Lili no fuera especialmente delgada en la vida real. La película se recrea tanto en los gestos, las miradas y las sonrisas de Lili, que no termina de profundizar en la psicología del personaje. La autoexploración de su cuerpo y su identidad se plasma por medio de recursos ya utilizados en otros trabajos de la misma temática, como espejos y reflejos, que se emplean con eficiencia pero nos dicen poco de Lili. Así, el fondo de la historia se pierde en una experiencia artística basada en la imitación que también alimenta el concepto de passing: la única forma de transexualidad que se baraja aceptar es aquella que consigue confundirse entre el colectivo cisexual, mientras que la expresión de otras identidades no binarias es censurada de pleno.

La película retrata buena parte de la crudeza de su experiencia, pero olvida muchas de sus victorias. Ningún biopic es una adaptación fidedigna de la realidad, pero definitivamente Lili no vivió su transexualidad a escondidas: en 1913 se descubrió que posaba para su mujer y a partir de entonces vistió regularmente como tal, trasladándose a París para vivir como la hermana de Einar antes de la cirugía. Lili consiguió legalizar su cambio de nombre y obtuvo un pasaporte nuevo que respaldaba su verdadera identidad, también se prometió cuando ella y Gerda se divorciaron, ya que aunque la película se erija como una oda al matrimonio, sus vidas tomaron rumbos diferentes. A pesar de reflejar la determinación de Lili, omitir estas conquistas supone la afirmación del discurso dominante -basado en la tragedia y la victimización, como sucede tan a menudo con la violencia de género-, en lugar de lanzar un mensaje de empoderamiento. También se pasa por alto que probablemente Lili nació como intersexual, perdiendo la oportunidad de visibilizar a este colectivo y al colectivo bisexual, al soslayar la orientación de Gerda.

Donde sí insiste la película es en la diferenciación entre transexualidad y homosexualidad, se retrata la homofobia y la patologización de las personas trans, la idea de que Lili siempre se sintió mujer, a pesar de su matrimonio con Gerda, y se abre el debate sobre qué es una “mujer real”. En cuanto a Gerda, es retratada como una mujer fuerte e independiente, con intereses y objetivos propios, a la que sólo le sobra una tópica escena en torno a la menstruación. Su análisis de la mirada masculina es uno de los grandes logros de la película: Gerda explica cómo las mujeres somos observadas del mismo modo que un pintor analiza su objeto de estudio antes de plasmarlo en el lienzo, porque nuestra imagen es construida en y para el ojo del otro, algo a lo que los hombres no están acostumbrados.

La chica danesa es una película pictórica de enorme belleza plástica, con una banda sonora que recoge lo mejor de Alexander Desplat, pero ese preciosismo formal la vuelve excesivamente académica y conservadora, convirtiendo la historia de Lili en un producto artístico asimilable por el público de masas. Aún así, supone una forma de invitar a documentarnos por cuenta propia, permitiendo que gran parte de la audiencia descubra por primera vez a una mujer excepcional, cuya determinación por reivindicar su propia identidad hizo Historia.

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