Agenda anticapitalista

Junio de 1936: se avecina la tormenta

07/06/2016

Andy Durgan

Alistaos[1]

En junio de 1936 la situación de polarización política y social en el Estado español  había llegado a un nivel insostenible. El  Gobierno del Frente Popular elegido en febrero,  compuesto por republicanos de izquierda, y con el respaldo de los socialistas más  moderados y los comunistas, no fue capaz ni de detener la creciente amenaza de la  extrema derecha, ni de introducir las medidas adecuadas para satisfacer las  reivindicaciones populares.

En zonas rurales del sur, los jornaleros habían ocupado las tierras hartos de esperar la  reforma agraria. En las ciudades, los trabajadores luchaban para mejorar sus  condiciones laborales. En Barcelona una huelga masiva de trabajadores del comercio  (tiendas y oficinas), dirigida por sindicalistas del nuevo partido socialista revolucionario  el POUM, paralizó la ciudad. En Madrid hubo una ola de luchas organizadas por la  CNT, y encabezadas por los obreros de construcción. Los llamamientos de socialistas y  comunistas para mantener la calma no tuvieron efecto. Incluso, la CNT empezó a retar  la hegemonía socialista en el movimiento obrero en la capital.

El aumento en la lucha popular se desarrolló en el contexto de una amenaza de  intentona contrarrevolucionaria por parte de la derecha autoritaria. La mayoría de los  dirigentes de la derecha “legalista” ya habían abandonado cualquier interés, aunque  meramente formal, de sostener la democracia. Miles de afiliados jóvenes del principal  partido conservador, la CEDA, pasaron durante la primavera de 1936 a las filas del  partido fascista, la Falange. En las calles de Madrid, y otros lugares, los falangistas  lanzaron una ola de terror, asesinando docenas de huelguistas y militantes de izquierdas.  Sin embargo, los sectores más combativos del movimiento obrero no estuvieron  dispuestos a esperar un destino similar a sus compañeros alemanes o italianos y organizaron la autodefensa frente al terrorismo fascista.

La derecha civil no tuvo la fuerza suficiente para acabar con la democracia o el  movimiento popular. Por eso toda la esperanza de la derecha y las clases dirigentes  estuvieron en una intervención militar. Dado el papel histórico altamente conservador e  intervencionista del ejército español, no faltaban candidatos castrenses para ser los  salvadores de la patria. El complot para acabar con la República ya había empezado  antes de las elecciones. No solamente fue la amenaza de una revolución, o según la  propaganda franquista un absurdo “complot comunista”, que provocó la sublevación  militar, sino la posibilidad de cualquier reforma, por limitada que fuera, que podría  poner en entredicho el poder de la oligarquía. La iglesia, desesperada por mantener sus  privilegios, tuvo un papel central en la trama derechista, proporcionando una  justificación ideológica y movilizando las bases sociales católicas.

En el parlamento español el máximo defensor de una intervención militar fue el  dirigente monárquico José Calvo Sotelo, cuyas arengas abiertamente fascistas subieron  de todo en las semanas anteriores al “pronunciamiento”. El 12 de julio como venganza  por el asesinato de un conocido teniente de izquierdas de la Guardia de Asalto,  miembros de este cuerpo policial mataron a Calvo Sotelo. Serviría como la excusa  definitiva para lanzar la sublevación militar seis días mas tarde.

El gobierno republicano hizo muy poco para sofocar los conocidos planes de los  golpistas, dado que temieron igualmente, si no más, a la izquierda revolucionaria que la  extrema derecha. Por eso, el POUM insistió en que no solamente la clase trabajadora  tenía que tomar la iniciativa delante la inminencia de un golpe militar, sino que además,  tenía que romper con cualquier subordinación política al gobierno pequeño burgués del  Frente Popular para imponer sus propias soluciones revolucionarias.

Afortunadamente los sectores más combativos del movimiento obrero no se resignaron  a la pasividad. Miles de militantes obreros estaban movilizándose, muchos durmiendo  en las sedes de sus organizaciones o vigilando los cuarteles. El 19 de julio estos  militantes, apoyados por miles de personas, saldrían a la calle para enfrentarse a los  golpistas. Su coraje y combatividad evitaría el triunfo de los sublevados en muchos  lugares. Había empezado una terrible guerra civil pero también una profunda revolución social.

Andy Durgan es autor de Comunismo, revolución y movimiento obrero en Cataluña 1920-1936. Los orígenes del POUM, y militante de En lucha.

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