Agenda anticapitalista

“Hechos, no palabras”: cuatro argumentos a favor de Sufragistas

05/01/2016

Ángela Solano


Con toques de thriller, envidiable elenco de actoral y un nivel artístico y técnico muy respetable, Sarah Gavron y Abi Morgan nos trasladan a 1912 para sumergirnos en el movimiento sufragista británico. ¿Cuáles son los motivos que nos llevan a recomendarla?

Es una película escrita y dirigida por mujeres, con un reparto mayoritariamente femenino. La industria cinematográfica, además de sexista, comprende un sector masculinizado. En el Estado español, solo el 8% de las películas están dirigidas por una mujer; el porcentaje llega al 20% en guión y producción. Es importante que las mujeres ocupemos puestos de relevancia en la industria, que nos visibilicemos y narremos historias de todo tipo desde una mirada que, por nuestras experiencias vitales, resultará diferente a la mirada masculina. En palabras de Meryl Streep, “No se puede generalizar. Pero lo que sí es cierto es que las mujeres abren más el círculo y hacen que el trabajo sea más colectivo”.

El foco de la historia se sitúa en mujeres de clase trabajadora. En la película podemos apreciar la relativa diversidad del movimiento sufragista -sólo aparecen representadas mujeres blancas- y se evidencia que las diferencias de clase también afectan a sus activistas. Pankhurst, la mujer del ministro, la farmacéutica con estudios y las trabajadoras de la lavandería comparten una misma lucha, pero no su realidad social más inmediata. En ese sentido, su protagonista, Maud Watts, encarna a miles de mujeres anónimas que se sienten atrapadas en lo laboral y en sus hogares. Sus motivaciones originales, más emotivas que ideológicas, se transforman poco a poco y por medio del activismo en una militancia activa, confirmando que lo personal también es político.

La desobediencia civil y la acción directa son defendidas como herramientas válidas de lucha. En una época en la que la libertad del pueblo se coarta en aras de su propia “seguridad”, éste es un tema de actualidad que permite la relación con otros movimientos políticos, como sucede aquí entre el sufragismo y la liberación de Irlanda. Tras décadas de reivindicaciones pacíficas, las mujeres piden “hechos, no palabras”, y responden tanto a la indiferencia y a la represión directa del Estado y de sus fuerzas policiales, como a la represión indirecta de sus patrones y maridos, a los que se les presiona socialmente para “controlar a sus esposas”. Bajo la certeza de que ninguna ley que no sea respetable debe respetarse, manifestaciones, agitación, huelgas de hambre y explosiones se convierten en símbolos de resistencia.

El sufragio femenino se articula como el principio de una lucha, no como su final. Las protagonistas saben que el voto no modificará su calidad de vida de forma radical, del mismo modo que los hombres de menor clase social tampoco influyen de manera determinante en las suyas por medio de la toma de decisiones políticas o económicas, más allá de su propio hogar. Sin embargo, tanto ellas como sus detractores saben que el sufragio les abrirá las puertas a nuevas reformas y derechos, y ése es el verdadero motivo que las impulsa a seguir adelante.

La lucha por la igualdad real entre hombres y mujeres continúa, unida ahora a otros frentes como la deconstrucción del binarismo de género o nuestro derecho a forjar identidades libres y diversas. Películas como Sufragistas nos recuerdan que ninguna victoria se alcanzó en cuestión de días ni estuvo exenta de sacrificio, pero también que no estamos solas y que es de justicia rebelarse.

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