Agenda anticapitalista

Hacia la República Catalana

29/04/2016

Oscar Simón

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Este artículo tiene como objetivo comenzar a responder las preguntas, cuyas respuestas se encuentran en el corazón de los debates políticos que atraviesan Catalunya: ¿Qué es el proceso? Y, ¿Cómo conseguimos la República Catalana? Responder a estas dos cuestiones no es nada sencillo y requiere de la síntesis de los diferentes análisis que existen dentro de la CUP Crida Constituent y en otros sectores de izquierdas.

¿El proceso?
La Plataforma pel Dret a Decidir, las consultas populares, las fiestas, el Asociació de Municipis per la Independència (AMI), Òmnium Cultural y la creación de la Assemblea Nacional Catalana (ANC) son dispositivos y movilizaciones que han ido dando expresión política a un cambio de fondo en Catalunya: el surgimiento de un poderoso movimiento de base por la independencia que en estos momentos roza la mayoría social. Así, podríamos definir el proceso como la cristalización de un movimiento independentista de masas, autodefinido por muchos sectores que lo conforman como transversal, es decir, un espacio político que tiene como principal vínculo la consecución de la independencia de Catalunya y todas las acciones políticas (tanto favorables como desfavorables) que de aquí derivan. Este movimiento tectónico ha provocado una crisis política profunda en el sistema de partidos surgido de la transición.

En esta situación, el relevo generacional en la dirección de Convergència Democràtica de Catalunya (CDC) ha puesto todas sus fuerzas en dirigir el “proceso” evidenciando una doble batalla que involucra a todos los actores políticos que apuestan por romper con el régimen del 78; la lucha contra el Estado español y la confrontación para conseguir liderar el camino hacia la independencia. CDC ha optado por imponer su liderazgo en ERC que ha a su vez ha hecho de la necesidad virtud y ha adoptado una imagen de socio leal. La CUP, desde unos postulados irrefutablemente independentistas, ha mantenido su independencia política respecto a los posicionamientos de la AMI, el ANC y Òmnium, que hasta hace un año se puede decir que ejercían el liderazgo del proceso. La CUP impulsó el movimiento de las consultas y formó parte de lo que se denominó “efecto Montilla” por virtud del cual la manifestación del 10 de julio de 2010 en defensa del estatuto se transformó en un clamor favorable a la independencia. Por otra parte la participación de la CUP en el ANC ha sido desigual a lo largo del territorio en función de las fuerzas y prioridades de cada núcleo local.

Hasta aquí una descripción somera del proceso, que mayoritariamente se ha dado en el campo de las ideas con 3 hechos materiales concretos, en forma de dos declaraciones parlamentarias (rápidamente suspendidas por el Tribunal Constitucional) y el proceso participativo del 9N. Las elecciones del 27S, en clave plebiscitaria, tienen un carácter contradictorio para el independentismo, dado que dieron una mayoría parlamentaria pero no representan una victoria del Sí a la independencia, tanto porque no se logró más del 50% de los votos como porque no era un referéndum vinculante, y por tanto entraron en juego más factores aparte del posicionamiento político favorable o contrario a la independencia.

El discurso populista en el independentismo
Así, el proceso que tiene como sustrato material real el movimiento popular, que ha sobrevivido a todas las predicciones de bajadas de soufflé, se ha jugado principalmente en el ámbito de las ideas populistas¹. Es decir, la demanda de independencia ha sido utilizada como significante vacío, o sea, un contenedor de muchas demandas diferentes pero siendo capaz de convertirse en una idea hegemónica en sí misma, tanto por los que son independentistas como los que no lo son, que no predetermina los medios para conseguirla. Otros rasgos del populismo que se han expresado durante todo el proceso han sido el hiperliderazgo de una figura carismática, como la de Artur Mas, y la presencia de un discurso ambiguo capaz de permitir la alianza entre clases sociales diferentes, es decir el transversalismo. Esta indefinición ideológica se ha convertido en el pilar central del espacio social-liberal donde tanto la nueva CDC como ERC esperan cimentar su futura hegemonía.

Los sectores más neoliberales o conservadores del proceso han utilizado todo su poder para imponer el dogma actual de “primero la independencia y después ya veremos”. De ahí su esfuerzo en acabar con la independencia política de la ANC, ERC y la CUP. Sin embargo, la necesidad de conectar con grandes sectores de la población que llevan años sufriendo la crisis económica y los recortes ha propiciado un giro a la izquierda de la sociedad. De nuevo aquí el debate se ha articulado alrededor de significantes vacíos como justicia social o igualdad. Los medios de comunicación han jugado y juegan un papel clave en la configuración de este independentismo transversal o populista. Uno de los ejemplos más claros es el genial espacio humorístico «Polonia», que ha contribuido en gran medida a la apariencia de gran familia del independentismo donde Mas era el padre responsable, Junqueras el cuñado amable y la CUP los hijos rebeldes.

Esta batalla, parcialmente ganada por los sectores conservadores, ha convertido la idea de independencia en un auténtico significante flotante, como idea difusa que se encuentra a medio camino, no se sabe si uniendo o separando lo institucional de lo que se sitúa fuera del sistema. Así, la insistencia en mantener la “seguridad jurídica” repetida mil por veces por Artur Mas ha convertido el parlamento en el centro del movimiento por la independencia, transformando los activistas en meros votantes y seguidores de unos u otros partidos. Aquí los partidarios del populismo de izquierdas (los que defienden una especie de frente nacional) deberían ponerse muy en guardia, dado que incluso Laclau en su libro “La razón populista” advierte sobre el peligro que suponen la aparición de estos significantes flotantes que derrumban las ideas de ruptura bajo aquellas del cambio factible, que limitan (y mucho) los procesos de transformación profunda de las relaciones sociales. Una y otra vez hemos visto a lo largo de la historia que el capitalismo puede adaptarse a cualquier proceso de liberación nacional y que lo que determina la magnitud de las transformaciones sociales es la correlación de fuerzas entre las clases sociales involucradas en el proceso. De hecho, la resistencia de la CUP CC a investir a Mas y las necesidades de concreción material que establecía el plan de choque han puesto de manifiesto las contradicciones inherentes a este proceso.

Si la CUP CC quiere fortalecer el proceso ha de seguir luchando firmemente contra la institucionalización del mismo y contra la idea de que la independencia se puede hacer sin ruptura; porque si llegamos a ese momento la gente no estará preparada para afrontar los grandes retos que requerirá. En sí, la consolidación de la idea de “primero la independencia y después ya veremos que hacemos” reduce las potencialidades del espacio de oportunidad que representa la ruptura con el Estado español. Digo que reduce las potencialidades porque durante el momento constituyente de la futura república, donde se dan las condiciones para realizar los avances sociales (debilidad del Estado y agitación social), si se opta por un pacto interclasista para llevar adelante el proceso se apuesta claramente por dejar para más adelante cualquier demanda que pueda asustar a la burguesía.

¿Y la República?

El análisis anterior no descarta en absoluto el hecho material de que hoy la independencia de Catalunya es el eslabón más débil del Estado español y, por tanto, hay que luchar al máximo para lograrla. Como ya hemos dicho el proceso no puede ser caracterizado como algo de las derechas para esconder los recortes sino como un anhelo de amplias capas populares de Cataluña. Hay que tener en cuenta que los sectores neoliberales llevan la práctica totalidad del proceso diciendo que si ellos no mandan se van. No obstante, la realidad actual ha minado en buena parte su discurso. Así, el paso al lado de Artur Mas o la sustitución de Mas Colell y Boí Ruiz por Junqueras y Toni Comí nos muestran que las élites independentistas, a pesar de querer controlar el proceso, no pueden llevar adelante sus amenaza tan fácilmente sin sufrir un considerable desgaste y un fuerte cuestionamiento por parte de las bases votantes. De hecho, la idea de un proceso constituyente no subordinado, la unilateralidad, lleva a la desobediencia y tiene la virtud de unir la izquierda y dividir a la derecha, y por tanto permitiría un trabajo de base de muchos sectores sociales.

Hemos de buscar un camino que permita a las clases populares en general y en la clase trabajadora en particular romper el círculo populista. Es decir, hay que aportar contenido material al camino hacia la independencia. Este hecho pasa por dos puntos clave. El primero es orientar buena parte de las fuerzas organizativas a la acción colectiva para garantizar las necesidades de la población: vivienda, alimentación, trabajo, educación, sanidad, igualdad, etc. El segundo, a partir de esta práctica, construir un discurso propio del significado de independencia. Poner en práctica estas dos orientaciones lleva indefectiblemente al enfrentamiento con la derecha del proceso pero también a cuestionar las posiciones inmovilistas de ciertas partes de la izquierda.

Por lo tanto, la acción independiente de la izquierda rupturista articulada alrededor de la CUP es uno de los factores fundamentales para avanzar hacia la República Catalana. En este sentido las luchas reales para dar de contenidos a la soberanía son imprescindibles. A modo de ejemplo, ligar la lucha contra el Plan Hidrológico del Ebro a la nueva cultura del agua y la comunalización del bien que representa el agua es imprescindible. Cabe recordar que la mitad de las hectáreas de regadío planificadas, que supondrían la muerte del delta, se encuentran en Catalunya. O la lucha por la soberanía alimentaria en una Catalunya donde el sector del agronegocio ahoga las posibilidades de gestionar el territorio en función del bien común y convierte los comedores escolares y hospitalarios en grandes negocios.

No debe existir ningún miedo a fortalecer el papel de la CUP CC como herramienta de la lucha de las clases populares contra el modelo de país de los que quieren una nueva “Massachussets”, sino todo lo contrario. El proyecto de una República Catalana similar a la República Italiana o la República Federal Alemana no animará a los sectores que aún no ven bien la independencia. Por lo tanto, no podemos dejar para el día después de la independencia las cuestiones sociales, porque si no, no la lograremos. Ahora mismo el tren de República Catalana se acerca a la estación donde los vagones deben llenarse de conquistas sociales. Es preciso, pues, buscar espacios de debate y acción común con otros sectores de las izquierdas con los que podemos compartir parte del horizonte nacional y/o social.

1. La influencia de Laclau y Mouffe en Podemos: hegemonía sin revolución, Publicado en La Hiedra # 12 Junio-septiembre 2015

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