Agenda anticapitalista

El miedo y la inquietud llevaron a la victoria de Erdogan en las elecciones turcas

07/11/2015

Ron Margulies


El tweet más gracioso que vi durante las elecciones generales de Turquía lo escribió una persona que vive fuera del país. Decía: “Cuando llegue el fin del mundo, lo único que quedará serán cucarachas y Erdogan.” En Turquía el humor últimamente escasea. Parece que una densa niebla de pesimismo y desmoralización ha caído sobre la mitad de la población que no votó al Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) del presidente Recep Tayyip Erdogan.

Sin incluir los comicios poco concluyentes del pasado junio, ésta es la cuarta elección general que el AKP ha ganado por mayoría aplastante. A esto se pueden añadir varias elecciones municipales que han dejado la mayoría de los ayuntamientos en manos del mismo partido. Y la elección presidencial del año pasado dio a Erdogan más del 50% de los votos.

Pero las elecciones del pasado junio fueron el primer indicio de que la máquina del AKP empieza a fallar. A pesar de recibir un voto respetable, el 41%, el AKP no consiguió suficientes escaños como para formar gobierno.En condiciones normales, se habría acordado una coalición. Pero el AKP dio largas, saboteó las negociaciones y convocó elecciones anticipadas. Ni un solo sondeo predijo el resultado final y nadie —salvo el mismo Erdogan, por supuesto—imaginaba que conseguiría la mayoría necesaria. De hecho, el AKP obtuvo el 49% de los votos, un aumento de cinco millones respecto a la elección de junio; ahora tiene una cómoda mayoría parlamentaria.

Todo esto ha llegado tras un verano infernal para el país. La guerra contra la organización de liberación kurda, el PKK, se reanudó tras dos años de alto el fuego. Ya se han cobrado cientos de vidas de ambos bandos. Dos atacantes suicidas de ISIS causaron la muerte a más de 100 personas en un acto por la paz en Ankara. Mucha gente culpa al gobierno por no haber protegido a su propia ciudadanía. A principios de verano, otra bomba de ISIS mató a 30 jóvenes activistas que se preparaban para ir al norte de Siria para ayudar en la reconstrucción de una ciudad kurda.

Inquietud
Se ha extendido una sensación general de malestar, mezclada con miedo, respecto a la creciente participación de Turquía en el violento y confuso conflicto de Siria. La continuada batalla entre el gobierno y los seguidores del exiliado clérigo musulmán, Fethullah Gülen, desembocó en una redada policial contra las empresas de un “respetable hombre de negocios”: requisaron sus periódicos y canales de televisión.

Existía la perspectiva de gobiernos de coalición débiles e inestables, y el temor de que la inestabilidad política afectaría a la economía. Todo esto podría haber perjudicado al gobierno. En realidad, lo favoreció. El AKP argumentó que todos estos problemas surgieron porque perdió su mayoría: “Devuélvannos al poder, y volverá la estabilidad”.

Normalmente se esperaría que un gobierno pagara el precio del caos, en vez de beneficiarse de él. Y no es casualidad que el junio pasado el AKP perdiera cerca de la quinta parte de los votos que había conseguido cuatro años antes. La transformación de Erdogan en una figura implacable y el creciente autoritarismo del AKP causaron grietas dentro del partido y empezaron a erosionar su apoyo popular.De ahí la desmoralización: mucha gente esperaba que las grietas y la erosión continuarían, y que el voto al AKP caería aún más el pasado domingo.

No ha sido así, pero no hay motivo para la desmoralización o el pesimismo. En primer lugar, el gran perdedor de las elecciones fue el fascista MHP, que perdió dos millones de votos. En segundo lugar, el partido kurdo HDP consiguió el 11 por ciento. Así volvió a romper la barrera del 10 por ciento y logró mantenerse en el Parlamento, a pesar de que se podía haber imaginado que la guerra provocaría la reacción hostil del nacionalismo turco. En tercer lugar, el autoritarismo del gobierno y el descontento, tanto en general como entre las filas del AKP, no han desaparecido.
La gente votó por el AKP no porque de repente le gustasen sus políticas, sino debido a la ausencia de una alternativa. Los supuestos socialdemócratas del CHP, la principal oposición parlamentaria, siguen siendo firmemente nacionalistas. Se les percibe, y con razón, como ligados al Estado y a los militares. No ofrecen alternativa alguna.
Las lecciones son claras. Tenemos que construir un partido de masas que defienda claramente la democracia y la paz con el pueblo kurdo, y que se oponga al militarismo, al nacionalismo y a la islamofobia. La tarea no es fácil, pero está clara.

Ron Margulies es militante del DSIP (Partido Socialista Revolucionario de Trabajadores/as), partido hermano de En Lucha en Turquía.

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