Agenda anticapitalista

Cuando comunismo y catolicismo se dan la mano

17/03/2012

Por Mireia Chavarria. Se había instruido en el Vaticano y simpatizaba con el Opus Dei. Cuando fue elegido arzobispo de El Salvador, las altas esferas políticas y militares del país, esmeradas en purgar el país del peligro comunista, se alegraron. Se trata de la historia de monseñor Romero, el sacerdote que se convirtió en “la voz de los que no tienen voz”, cuya vida queda claramente retratada en el documental “El cielo abierto”, de Everardo González, proyectado en el marco de la iniciativa El documental del mes.

“El terreno de Dios no está en el cielo, sino aquí en la tierra”, afirma Óscar Arnulfo Romero desde el altar de la iglesia de El Salvador. Y es que, a finales de los años 70, mientras que la riqueza se concentraba en manos del 2% de la población del país, el pueblo salvadoreño vivía inmerso en la miseria. En los campos de milpa (en náhuatl, “milpa” es “lo que se siembra sobre la parcela”), las personas que trabajaban eran explotadas y tratadas como animales. Algunas morían desnucadas cargando sacos pesadísimos, y otros se desmayaban durante las misas debido a la desnutrición. “Yo servía de mula de carga”, expresa una de las entrevistadas. Si hasta entonces la religiosidad había alentado al pueblo a someterse a las injusticias, la represión y la explotación con la promesa del reino de los cielos, a partir de la llegada de Monseñor Romero, la iglesia deja de ser la aliada de la clase acomodada y se alinea con el proletariado. “Mi misión no es defender a los opresores, sino a los oprimidos”. Es así como Romero hace un llamamiento a la clase trabajadora para que se organice para luchar contra la explotación que sufre en los campos y a favor de la distribución de la riqueza, ya que la pobreza, alega, “es un pecado social”.

En el documental, testimonios de primera mano explican la violencia que se respiraba en la calle en aquella época: eran habituales los asesinatos, las torturas y todo tipo de humillaciones. “¿Cómo quieres aparecer: con piernas o sin piernas? ¿Con ojos, o sin ojos?”. Eso preguntaron a una mujer que, finalmente, se salvó de la muerte porque accedió a desnudarse ante el ejército. Después de relatar los hechos, la cámara de Everardo González lo observa mientras permanece unos segundos en silencio. Entonces, exclama: “No teníamos miedo”. Y es que el convencimiento cristiano de dar la vida por el pueblo estaba tan arraigado en la sociedad que, mientras aquella lucha se dirigiera a conseguir unas condiciones de vida dignas para todos, no había nada que temer. Si bien esta fe ciega en la construcción de una sociedad justa e igualitaria desvela los puntos de confluencia entre catolicismo y comunismo, las dudas que surgen en algunas de las “creyentes” en la revolución en el momento de empuñar las armas hacen que estas afinidades se tambaleen. Sin embargo, incluso Romero acaba justificando indirectamente la lucha armada como respuesta a la ilegítima represión del ejército. Aunque este llamamiento le costara finalmente la vida, tal como muestra el film, la semilla roja que él sembró en los campos de El Salvador aún está muy arraigada en la tierra. La película, que explora la realidad del país hoy en día, pone en evidencia que el legado de Romero sobre el pueblo salvadoreño es imborrable, así como su labor de concienciación de la clase trabajadora. Porque, como afirma una de las entrevistadas, “el color de la sangre no se olvida.”

Extraído de directa.cat

Traducción de Santi Amador

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