Agenda anticapitalista

8 de Marzo: por una ruptura feminista

03/03/2015

Lola Galera

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La política no consiste en consolidar órdenes institucionales establecidos, sino en buscar nuevas formas de relaciones productivas, afectivas, económicas y culturales. Sin la construcción de un espacio de visibilización y de ampliación de la realidad no puede haber política. La reciente emergencia y activación de los movimientos sociales, las asociaciones ciudadanas, partidos y agrupaciones que promueven la participación desde abajo, están contribuyendo a llenar esos espacios de lucha y de debate que se nos habían negado o habíamos dejado de lado durante años. Pero esta apropiación de los mecanismos de acción y de pensamiento, esta búsqueda de un espacio compartido, se vuelve mucho más difícil cuando son las mujeres las que reclaman un lugar de pleno derecho en la esfera de lo político.

Las mujeres vienen ocupando un lugar subordinado en la sociedad, por lo tanto, han sido y son ciudadanas de segunda clase. Sin embargo, la consolidación de la democracia en nuestro país originó una cierta preocupación por reconocer y garantizar los mecanismos que promueven la igualdad efectiva entre mujeres y hombres. Desgraciadamente, mucho antes de que se establecieran las bases reales para hacer posible esta igualdad, la crisis ha venido a remover los cimientos –poco sólidos, por otra parte– en los que se asentaban todos estos presupuestos. Como consecuencia, podemos observar un rápido retroceso en la situación de las mujeres, un aumento significativo de la precarización laboral y una sobrecarga de actividades de cuidados no remuneradas asociadas al cuidado de hijos, mayores y personas dependientes.

El capitalismo, y la cultura patriarcal que promueve, han constituido una unión perfecta para perpetuar las relaciones de poder que impiden la dinamización de la sociedad y la implementación de medidas que promuevan la igualdad de géneros. Y es que a pesar de la incorporación de las mujeres al ámbito público y de la elaboración de políticas públicas en materia de igualdad, las estadísticas e informes muestran que la desigualdad y la discriminación por razón de sexo se han incrementado como consecuencia de la crisis económica a la que nos ha arrastrado el poder político y financiero.

La política desde el feminismo es, en definitiva, la inserción de las mujeres en un “espacio social ampliado” -como lo denominaba Gramsci- donde se dé la intersección entre los ámbitos público y privado. Desde esta posición, la política deja de ser entendida como el lugar de intercambio de consensos para convertirse en un proceso continuo de lucha por condiciones sociales justas e igualitarias. Y precisamente porque nunca se nos ha permitido ocupar con legitimidad ese espacio social es por lo que las situaciones de crisis o de inestabilidad nos expulsan más y más lejos de los centros de toma de decisión y de poder.

Además, históricamente, se ha relegado a las mujeres a la periferia, no únicamente excluyéndolas de los derechos formales, sino asignándoles una multiplicidad de funciones que les impiden el acceso efectivo a las condiciones de igualdad con respecto a los hombres. Es decir, incluso cuando el orden jurídico y social no impide el acceso de las mujeres a determinadas logros que implican una posición social mejor valorada y retribuida, la realidad es que las otras demandas que se vierten sobre ellas son una forma de encadenarlas a una posición de subordinación permanente.

Es cierto que, gracias a las luchas, muchas reivindicaciones feministas han ido tomando cuerpo a lo largo del tiempo en forma de garantías jurídicas y cambios sociales; sin embargo, lo que subyace a toda esta apariencia de igualdad formal es el mantenimiento de la mujer en una situación de opresión. Es decir, las directrices de los políticos convencionales van encaminadas a mantener y potenciar la escisión entre las garantías formales y la concreción de esas garantías en el quehacer cotidiano de las mujeres.

Puesto que el poder formal tan solo nos ofrece garantías y derechos formales, las mujeres tenemos que tener claro que nuestra emancipación solo podrá hacerse efectiva en un contexto de ruptura real con el poder establecido. Un contexto que nos permita desarrollarnos y construir nuestra propia forma de estar y de entender el mundo con aquellos hombres que luchan con nosotras.

Por lo tanto, en este momento en el que importantes actores sociales están poniendo en cuestión el orden establecido, tenemos que entender la conmemoración del 8 de marzo como una oportunidad para expandir las voces que se niegan a aceptar la inmovilidad social e institucional que nos han arrastrado a esta pauperización de la existencia.

Lola Galera es militante de En lucha en Sevilla.

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