Agenda anticapitalista

25N, la lucha sigue: Contra la violencia machista y por la libertad sexual y de géneros

25/11/2015

Ángela Solano

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El 25 de noviembre de 1960, tres activistas opositoras al régimen de Rafael Leónidas Trujillo eran asesinadas por orden del dictador dominicano, provocando una indignación popular tan incendiaria que acabaría conllevando la muerte del propio Trujillo al año siguiente. Hablamos de las hermanas Mirabal, mujeres revolucionarias que honramos cada 25 de noviembre en el Día Internacional de la No Violencia Contra las Mujeres, tal y como se acordó durante el Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, celebrado en Bogotá en 1981. Treinta y cuatro años más tarde, un 70% de nosotras continuamos enfrentándonos a esta violencia de forma directa en algún momento de nuestras vidas. En estos últimos tiempos, incluso hemos percibido ciertos retrocesos para las mujeres en diversos ámbitos y un repunte generalizado de la violencia de género.

Violencia de género hoy: refuerzos sexistas y resistencias al cambio

Centrándonos en el Estado español, cincuenta y cinco mujeres han sido asesinadas por su pareja o ex pareja en lo que llevamos de 2015, siete de ellas tras la multitudinaria Marcha del 7N Contra las Violencias Machistas en Madrid. Unas 200.000 personas y más de 400 organizaciones tomamos las calles de la capital para denunciar la violencia de género y exigir un pacto de estado contra ella. El sexismo estructural, reforzado a lo largo de la crisis económica y unido a las resistencias de una parte de la sociedad a la toma de autonomía de las mujeres, pueden despertar reacciones violentas ante la consolidación de un movimiento por la igualdad legal y real. Esta reacción se extiende a las mujeres transexuales, que desafían las identidades y roles de género tradicionales de forma radical, reivindicando su libertad sexual.

Tampoco el tratamiento que reciben las noticias acerca de violencia de género contribuyen a explicar y combatir los orígenes y los mecanismos de perpetuación de dicha violencia. Más bien tienden a basarse en el morbo y el amarillismo, victimizando al conjunto de las mujeres y relativizando la intencionalidad de los agresores, a los que retratan como casos aislados no relacionados con la cultura de la violación vigente en este sistema. En otros casos se recurre al racismo, señalando la nacionalidad del agresor si fuera extranjera, como si éste constituyera un dato de especial relevancia, propagando ideas xenófobas al tiempo que difunden un discurso del miedo.

Al tratamiento acrítico que reciben los casos de violencia de género en los medios de comunicación -a menudo meros informes policiales ilustrados con imágenes escabrosas- se añade esa concepción de “mujer objeto” que se fomentan en ellos, sobre todo a través de la publicidad. Esta representación de la mujer como complemento de su homólogo masculino y cuyo cuerpo hipersexualizado es de dominio público, legitima la desigualdad entre hombres y mujeres, alimentando la “cultura de la violación”.

Por otra parte, resulta extremadamente complicado para las mujeres, por no decir imposible, alcanzar la imagen ideal que se transmite de nosotras. Tenemos que ser prudentes con el número de encuentros sexuales que mantenemos, pero a la vez se nos exige estar sexualmente receptivas, debemos parecer “respetables”, no demasiado provocativas, pero a la vez resultar sexys y atractivas, se nos alienta a llevar maquillaje pero sin dejar de parecer naturales, a trabajar y a estar en casa, a ser la esposa y la mistress…; todas estas contradicciones llevan a la frustración y la ansiedad.

Vivimos una etapa de cosificación masiva y normalizada, pero también de refuerzo de los estereotipos de género que obstaculizan la igualdad, llegando a interiorizar muchos de ellos. A través de productos culturales convertidos en operaciones de marketing como ciertas películas, series televisivas o novelas -Crepúsculo, 50 sombras de Grey- se nos habla del rol sumiso de la mujer, de su carácter emocional, su entrega al amor romántico o a la maternidad. Esta nueva vindicación del hogar y la familia no es de extrañar en un periodo histórico de retroceso económico que hace más necesario que nunca repartir el poco trabajo que queda, y que fomenta la natalidad ante el progresivo envejecimiento de la población de los países occidentales, responsabilizando de su atención a las propias familias al retirar o reducir los subsidios pertinentes. El retroceso económico conlleva en este caso un retroceso ideológico.

Por todo esto, resulta imprescindible que continuemos denunciando la violencia de género como una violencia alimentada de forma sistémica y rechacemos las lecturas que hacen hincapié en la cultura o el origen de los agresores, que los retratan como enfermos mentales o que achacan el problema a cuestiones biológicas como la supuesta “agresividad innata” de los hombres. La violencia contra las mujeres no es intrínseca ni a la “naturaleza masculina” ni a la naturaleza humana: si así lo asumiéramos, resultaría inútil tratar de erradicarla. En ese caso, el foco volvería a situarse sobre nosotras, victimizándonos, estigmatizando a las agredidas y limitando nuestra autonomía y libertad. Tampoco podemos restringir dicha violencia a un legado cultural o histórico, ya que se trata de un reflejo del sexismo y la discriminación que mujeres de todo el mundo sufrimos a diario en todos los ámbitos.

La lucha contra la austeridad, la guerra y el racismo también es lucha antisexista

Este 25N, volvemos a manifestarnos por la eliminación de la violencia machista, una violencia que no se reduce a la más visible –la violencia física o sexual-, sino que también es psicológica, verbal, social y económica. Las políticas propias del neoliberalismo y la austeridad impuesta desde inicios de la crisis favorecen un aumento de la violencia, que se suma a una mayor precariedad para las mujeres tanto en el mercado laboral –recordemos que los sectores más afectados por la crisis, como la educación o la sanidad, no sólo comprenden servicios públicos sino que están especialmente feminizados- como en la esfera privada, donde continuamos asumiendo el groso de las tareas domésticas, el cuidado de los hijos y las personas ancianas y dependientes. No sólo se mantiene la brecha salarial entre hombres y mujeres, sino que tras los progresivos recortes presupuestarios contamos con menos mecanismos de prevención, menos centros de atención especializada y menos subvenciones.

Por si fuera poco, también nos enfrentamos a un gobierno que impulsa leyes destinadas a mermar la libertad de las mujeres -de nuevo nos encontramos con el retroceso ideológico-, como el derecho a un aborto libre, seguro y gratuito, o la exclusión de mujeres lesbianas y bisexuales de la reproducción asistida en la Seguridad Social. En definitiva, aunque nos atacan por más frentes, disponemos de menos vías para posibilitar tanto nuestra emancipación económica –clave en procesos de empoderamiento, que facilita cuestiones como la separación y el divorcio- como nuestra seguridad más básica –el derecho a una vida sin el miedo constante a perderla- ante casos de violencia de género. El derecho al aborto, el acceso a los anticonceptivos, al trabajo fuera del hogar con un salario igualitario o a una educación pública y de calidad, así como la lucha contra la feminización de la pobreza y otras reivindicaciones feministas y sociales, son frentes abiertos en todo el mundo básicos para adquirir un mayor peso social que aumente nuestras expectativas de emancipación e igualdad, sin olvidar problemáticas específicas como las que asumen las mujeres con diversidad funcional.

Todo este contexto que acabamos de describir repercute con especial intensidad en las mujeres migrantes o en situaciones de exclusión, que en el caso de las mujeres musulmanas, deben soportar ahora una nueva oleada de islamofobia. Los conflictos en Siria y la consecuente avalancha de personas refugiadas también puede leerse en clave de género, como sucede en todas las guerras, prorrogándose cuando llegan a Europa: diversas asociaciones han denunciado ya abusos sexuales en mujeres, niñas y niños refugiados. La explotación, la exclusión social y la desigualdad siempre conllevarán violencia, ya sea machista, racista, homófoba, xenófoba… La violencia contra la mujer nos influye a todos y todas, y necesitamos trabajar codo con codo para erradicarla combatiéndola de forma transversal.

Mirando adelante

Debemos oponernos al cierre de los centros de atención a mujeres y a los recortes en materia de igualdad, pero también a los recortes y las privatizaciones en los servicios públicos y a los retrocesos en nuestros derechos, como es el caso del aborto. Practiquemos la corresponsabilidad entre mayores y pequeños, pero exijamos al mismo tiempo la socialización de las tareas de cuidados. Denunciemos el sexismo a nivel micro, en nuestras relaciones interpersonales y familias, en nuestros centros de trabajo y de estudios, en nuestras organizaciones, en sindicatos y en la calle, pero también a nivel macro, en los medios y las instituciones. Digamos no a la guerra, no a la islamofobia, la xenofobia y el racismo, y practiquemos la solidaridad en nuestra vida diaria.

La lucha por la igualdad no debe limitarse a lo legal, sino ser efectiva en la práctica. Atajemos el problema de raíz mediante estrategias colectivas que vayan más allá de los espacios feministas, apostando por la organización y por la implicación de toda la sociedad a la hora de combatir el sexismo. El 7N fue un claro ejemplo de auto-organización al que sería muy positivo dar continuidad, tanto para coordinar nuevas acciones y movilizaciones como para generar debates y aproximarnos a la sociedad, organizándonos como mujeres y feministas en todos los sectores. Cuestionemos este sistema capitalista que crea las condiciones para que se dé y se perpetúe la desigualdad y la violencia y construyamos un mundo nuevo, donde mujeres, hombres, ya sean cis o trans, intersexuales y todo un abanico por descubrir partamos de la igualdad para mostrar en libertad todo un universo de diversidad sexual y de género y géneros.

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