Agenda anticapitalista

15-M, ¿Dónde estás?

29/12/2013

Franco Casanga

Jose Alfonso

¿Qué fue de aquellas macros asambleas en las plazas?, ¿Dónde quedaron esas manifestaciones de indignación, emotivas y lúcidas a la vez, que en mayo del 2011 recorrió el Estado español a lo largo y ancho? ¿Qué queda de ese movimiento creativo y confrontativo que sacudió la escena mediática de la península hace dos años y medio? ¿Dónde se fue la protesta de aquellas miles de personas que mostraron a sus gobiernos (municipales, autonómicos y estatal) que otra política es necesaria, que no somos mercancía en manos de banqueros y políticos? ¿Qué ha quedado? ¿Dónde está el 15-M?

Ciertamente sería injusto afirmar que el 15-M ha desaparecido. Cualquier persona que se siga movilizando en la calle sabe que esto no es así; ya sea en una asociación de vecinos, un centro social, en una cooperativa o en alguna de las tantas plataformas contra los recortes, allí está, algo por lo menos, el 15-M. Pero esta constatación no exime de dejar de interrogarnos abiertamente qué le ha sucedido a este movimiento desde sus primeros días hasta hoy. Es evidente que no pasa por una fase de efervescencia, el movimiento como órgano vivo, cambia, se desarrolla, muta. ¿Por qué vías se ha encauzado toda esa energía social? ¿Bajo qué nuevas formas subyace el espíritu de esa explosión social? ¿Hacia dónde va el 15-M?.

Nos interrogamos sin ánimos de ofrecer un diagnóstico taxativo, como si se tratara de una cuestión del pasado; más bien, nos interrogamos, desde una crítica militante, porque pensamos que su potencia, ahora difusa y dispersa, necesita de una profunda reflexión que le vuelva a capacitar de músculo político, organizativo, elementos básicos para cualquier proyecto emancipador que aspire a mantenerse en el tiempo.

Sobre virtudes y contradicciones

Gran parte de las contradicciones o conflictos que subyacen en el estado fragmentario que padece hoy el 15-M proviene paradójicamente de sus principales características que le constituyeron como tal. Identificaremos las que creemos que son las más relevantes en su práctica, más allá de la trayectoria y complejidad de cada asamblea: la horizontalidad radical, su rechazo a todo agente institucional y la apuesta por lo “autónomo” o la “autogestión”.

Ante la vergonzante política parlamentaria estatal y europea, sumisa de poderes extraparlamentarios como era y son las grandes corporaciones y la banca, no hay demasiado secreto en comprender por qué se definió el 15-M rabiosamente horizontal. La representación vista como un sofisma que oculta la tiranía de unas élites fue para el 15-M una enemiga con la cual no podía haber ningún tipo de concesión, ni siquiera en sus propias dinámicas asambleístas. La democracia directa como contra paradigma de la política oficial no solo abrió experimentaciones masivas de isegoría (participación igualitaria de los asuntos públicos), sino que se proyectó culturalmente como una nueva metodología de la res publica, es decir, de lo común a todos y todas. El repertorio asambleario es uno de los grandes aportes que recuperó el 15-M de la mejor tradición obrera con el positivo efecto de expandirse en diferentes instancias de la lucha social. Lamentablemente, como toda herramienta que se sobre valora ya no por su utilidad o valor sino por el sólo hecho de existir o ser, la horizontalidad en muchos casos se volvió un fetiche, hasta el punto, como sucedió en muchas “coordinadoras” o “interbarrios”, de entorpecer ciegamente los procesos de decisión sobre cuestiones estratégicas que convenían a la conjunción de las diferentes asambleas de un territorio para actuar conjuntamente.

De la radical horizontalidad, sana siempre y cuando no se divinice, se acabó generalmente en radical dispersión. Y, al contrario de lo que piensan colectivos como Comité Disperso, la dispersión tiene poco que ver con una supuesta “nueva forma de autoorganización”, sino, más bien, en el medio y largo plazo, con la desactivación de aquello en lo cual hacemos causa común; multiplica la diversidad, sí, pero bajo una base individualista, liberal, que fue y va en detrimento de las fuerzas totales activas.

La segunda virtud paradójica en la praxis del 15-M provino de otra lectura evidente de la realidad, la creciente burocratización de los principales representantes de la llamada sociedad civil: partidos políticos y sindicatos (mayoritarios, especialmente), pero también de las administraciones locales que actúan como brazo guardián de estos intereses electoralistas. Lo “institucional” para mucha gente del 15-M es visto como un monstruo kafkiano que lo traga todo, hasta las personas, dejándolas sin alma una vez pasan por sus laberintos inextricables. De aquí cierta imperiosa necesidad de ser “originales”, de crear “nuevas estructuras”, al margen de lo establecido; lo “alternativo” como antídoto de lo oficial, aunque a veces en esa búsqueda solo se terminara cediendo terreno que disputarle a las ideas dominantes (en los foros, debates, planes municipales) o bien se acabara distanciándose de la realidad cotidiana de la mayoría con proyectos sólo al alcance de unas pocas personas (ecoaldeas, consumo alternativo o ciberactivismo).

Los dilemas ético-políticos de las asambleas de trabajar con “instituciones” se presentaron a la hora de emprender acciones reivindicativas más pro-activas que requerían necesariamente la colaboración o la intervención de las administraciones. No pocos y pocas activistas miraron con recelo las actividades negociadoras de la PAH con los bancos, así mismo el trabajo con secciones sindicales o qué decir de los interminables debates sobre la participación de colectivos “subvencionados” en tal o cual acción de protesta, todas estas muestras de un conflicto interno dentro del 15-M que aunque no existió en un comienzo sí apareció a la hora de habitar la vida más material de los barrios.

¿Autogestión emancipadora o autarquía liberal?

Así, mientras las dos características primeras se centraban no tanto en la crisis de la democracia como en la crisis dentro de la democracia, la tercera, la defensa de la “autogestión” o lo “autónomo”, pretende ofrecer una especie de “tercera vía” entre el horizontalismo radical y el rechazo a lo institucional.

Este posicionamiento crítico de “rechazo del poder” suscitó grandes debates dentro de las asambleas cuando los sindicatos mayoritarios convocaron protestas y huelgas generales o cuando colectivos “del sistema” en general quisieron buscar apoyo en las asambleas del 15-M. Bajo este pensamiento “autonomista” muchas veces se coló cierta idea que Miguel Mazzeo, basándose en la experiencia piquetera post-argentinazo (2001), denominó “socialismo en un solo barrio” ((Miguel Mazzeo, ¿Qué (no) hacer?”. Ver también “El autonomismo y su influencia en el 15-M”), es decir, una praxis que por autodefinirse “auténtica” acabó en un aislamiento purista que sospechaba de toda influencia “externa”.

Sin embargo, los proyectos que han sido capaces de mantenerse en el tiempo hasta arraigar en una legitimidad social mayoritaria han sido justamente aquellas que han comprendido que para cambiar las cosas no bastan buenas ideas, sino, también, buenas tácticas, buenas estrategias y movilización social sostenida. Ahí están los ejemplos de las PAHs y las Mareas de todo tipo que se encumbran como unas de las nuevas formas políticas de aunar a militantes y no militantes en lucha. La “autogestión” como mera gestión de “nuestros particulares problemas” (que parece más bien una reedición postmoderna del “yo y mis circunstancias” de Ortega y Gasset), lejos está de la autonomía obrera de los años 70 contra la empresa capitalista y el estado franquista. En un mundo tan interdependiente como en el que vivimos, nuestras causas están más cerca de lo que pensamos, solo el trabajo conjunto, transparente y respetuoso de los espacios, con objetivos determinados, podrá materializar la indignación social en poder popular.

¿Hacia dónde?

El balance del 2013 para el 15-M no parece a primera vista demasiado satisfactorio. Pero si tenemos en consideración las múltiples formas en que la indignación ha infiltrado el cuerpo social de las actuales luchas (contra la Ley Wert, contra las privatizaciones de hospitales, ocupaciones de viviendas y edificios, etc.), el panorama no puede ser pesimista. El 15-M para muchas personas, activistas o no, se ha vuelto una forma de activismo político, de inconformidad social, plenamente incorporado en el acervo común de la calle.

Pero aquí surge otro problema: el tiempo político abierto en parte por la crisis capitalista y, luego, por el propio 15-M, ha hecho surgir nuevas (y no tan nuevas) propuestas rebeldes que van ocupando poco a poco el vacío de poder que ha ido dejando el 15-M, ejemplo de ello son iniciativas como Alternativas Desde Abajo en Madrid, Asamblea Ciudadana de Andalucía, Partido X, Frente Cívico, el Procés Constituent en Catalunya y muchas más; pero además, como en todo proceso dialéctico de fuerzas antagonistas, también han surgido proyectos que se sitúan ideológicamente en las antípodas de las anteriores, tales como el Movimiento Ciudadano de Albert Rivera o el auge, en Catalunya, de un cierto indepedentismo neoliberal que ha sido capaz, gracias a la burguesía mediática, de ahogar la cuestión social bajo el ambiguo “Dret a decidir”.

¿Qué le espera al 15-M en el 2014? Los movimientos sociales, por lo general, nacen, se desarrollan y mutan hacia otras formas de acción política abriendo nuevas posibilidades de ruptura del sistema, pero nadie tiene la bola mágica para saber cuándo será el momento decisivo ni cual forma tendrá este o estos sujetos revolucionarios.

Los excesos y defectos del 15-M que hemos tratado de caracterizar no son obstáculos insuperables, pero dependerá de la capacidad reflexiva de las personas que lo integran para darle vuelta, de su articulación territorial a diferentes escalas, de su conexión con otros colectivos y de la definición de sus objetivos a corto y largo plazo. Estos son los desafíos que tiene el 15-M por delante, ¿podrá superarlos?.

 

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